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viernes, 25 de noviembre de 2011

Peggy Sue, Su Pasado la Espera

Director: Francis Ford Coppola
Año: 1986 País: EE.UU. Género: Comedia/Fantasía Puntaje: 7.5/10
Interpretes: Kathleen Turner, Nicolas Cage, Barry Miller, Helen Hunt, Jim Carrey, Joan Allen, Catherine Hicks, Kevin J. O'Connor, Lisa Jane Persky, Barbara Harris y Don Murray



1985, Peggy Sue (Kathleen Turner) es una mujer que está a punto de separarse de su marido Charlie (Nicolas Cage), quien mantiene una relación extramatrimonial. Durante el proceso de separación, Peggy asiste a la fiesta de 25 años de su promoción donde se reencuentra con viejos amigos del instituto. A pesar de los buenos recuerdos, ella se encuentra muy alterada emocionalmente y cuando es elegida la Reina de la Noche sufre un ataque de corazón, cuando se despierta se encuentra de nuevo en los 60, con su ex marido siendo su novio, conviviendo con sus padres conservadores y con la posibilidad de arreglar todo aquello que le había llevado a ser infeliz en la actualidad, pero, acostumbrada a una vida independiente, la aclimatación a los 60 será más dura de lo que creía. En 1985 Coppola estaba bien necesitado de dinero, con el fracaso de “Cotton Club” (1984) nadie quería oír hablar ya de sus proyectos ambiciosos o de aventuras milagrosas. Tendría que pasar varios años a la sombra. Lo sorprendente es que con esas tres películas, empezando por esta, fuera capaz de filmar un material tan personal, tan inequívocamente coppoliano. “Peggy Sue, Su Pasado la Espera” está lejos de ser una de sus obras maestras, pero pertenece, sin lugar a dudas, a su mundo personal, y es de una solidez rocosa incontestable. Más sorprendente resulta teniendo en cuenta que era un proyecto de otro director (Penny Marshall), y con otra actriz prácticamente firmada (Debra Winger), sobre un guión primerizo de Jerry Leichtling y Arlene Sarner, al que Coppola sacó todo el jugo posible. Tanto es así que podemos afirmar que se acerca, aunque no sea capaz de igualarla, al tono de “Rebeldes” (1983), fundiéndolo con una fábula temporal (casi una parábola) que se puso de moda en aquellos tiempos, aunque con elementos más comerciales que los de Coppola, que se preocupaba más bien por la impresión anímica de una regresión temporal.



En el filme se puede encontrar cierta semejanza con “Volver al Futuro” (1985), pero sólo en cuanto a nivel primario de la historia, en la vuelta al pasado de su protagonista. En realidad, aquí asistimos al enfrentamiento de un personaje con su “yo”. Es una forma de entender el hoy: el buscar la realidad del ayer. ¿Por qué el presente es como es? ¿Por qué los hechos acontecidos no se han desarrollado como se esperaba? Peggy Sue, al igual que los protagonistas de “Fresas Salvajes” (1957) del genial Ingmar Bergman, marcha en busca de sus recuerdos y en ellos aparece como “es” hoy. Los demás personajes reencontrados se corresponden, por el contrario, con su edad en el ayer. Para Peggy Sue ni siquiera el ayer fue gratificante: su novio, marido actual de quien espera el divorcio, se nos muestra como un ser estúpido; sus amigas, integradas en el sistema, sólo esperan casarse para “tener un hogar”; el escritor progresista desea huir a un pueblecito para ser “servido” por dos mujeres... No todo es tan hermoso como se vivió. El pasado se acoge con cariño, como algo pasado. Objetivamente es un periodo triste, tan triste, al menos, como el presente. No se puede recuperar el pasado porque los hechos ya “han pasado”. El pasado y el futuro nunca funcionarán al ser sus errores propios de un presente que se niega a admitirse. No es, en verdad, como “Volver al Futuro”. Es otra cosa. Una segunda oportunidad tal vez, o un simple sueño o una alucinación, pero sobre todo un viaje emotivo y muy sobrio, en el que nuestra protagonista se verá de nuevo a sí misma yendo al instituto, peleando con su novio, cantando las canciones de los inicios de los sesenta y planteándose si realmente pudo elegir la vida que llevó hasta la regresión. Una vez más, el tema del tiempo, ineludible en Coppola. Esta vez olvida su caudal poético y cuenta directamente el paseo temporal, sin importarle la obviedad.


Porque es decididamente menor, en el polo opuesto de la ampulosidad y el vacío de “Cotton Club”, y seguramente por ello más valiosa y significativa para su autor que aquel híbrido mafioso-musical. Coppola se entrega al poderoso sentimiento de la nostalgia, como núcleo catalizador primordial de un relato que en otras manos probablemente hubiera caído en la zafiedad, y narra con una coherencia y una humildad casi tan grandes como en “La Ley de la Calle” (1983), también con mucha tristeza, como si supiera que con ella inicia unos años grises de endeudamiento. Todo arranca con una fiesta, como en “El Padrino” (1972), donde conoceremos a nuestros protagonistas. Como dije anteriormente es una fiesta de aniversario de graduación, donde se reencuentra con antiguos compañeros, y inevitablemente con su futuro ex-marido, interpretado correctamente por un joven Nicolas Cage, sobrino del director, al que estuvieron a punto de echar, como a Al Pacino doce años antes. En esa fiesta es Peggy la única que se ha puesto un vestido de los sesenta (que además le queda maravillosamente bien), y cuando la eligen reina del baile, termina desmayándose. Cuando despierta…sorpresa, es de nuevo una chiquilla. Y en ese momento nos vemos inmersos en una versión de la Norteamérica de los 60, fenomenalmente reconstruida por Dean Tavoularis, en un ejercicio de memoria tan sutil y sobria como detallista. Otra pieza de época para Coppola. El guión me parece modélico, aunque no es en modo alguno genial. Pero lo suficientemente bien escrito como para permitir una serie de ramificaciones psicológicas y existencialistas todo lo potentes que pueden ser en una tragicomedia tan ligera como “Peggy Sue, Su Pasado la Espera”. Con ella Coppola se reivindicaba como un autor que también sabía llevar (aunque sus últimas películas dijeran quizá lo contrario a los ejecutivos de los estudios) a buen puerto proyectos de encargo. Su éxito de taquilla, sino grande, fue lo suficientemente importante para que Coppola respirase tranquilo y planease su siguiente jugada.


Una de los aciertos de esta película es su ambigüedad y su capacidad fabuladora. Poco importa, por tanto, que Turner apenas cambie habiendo retrocedido nada menos que 24 años (como si cambia la caracterización de Cage o de Jim Carrey, en uno de sus primeros papeles). Hemos empezado a querer creernos lo que nos cuenten, también debido a ese tono de realismo mágico y a una espléndida fotografía de Jordan Cronenweth, que venía de filmar “Blade Runner” (1982), por ejemplo, que tiende a suavizar la luz de forma evidente, como si nos encontrásemos en un sueño, o en el sueño de Peggy. Primero llegará a casa, medio alucinada, en un bello momento fantásticamente rodado por Coppola, pues es capaz de hacernos partícipes de la nostalgia de un hogar que no conocemos, pero somos capaces de saber cómo se siente. A fin de cuentas ve a su madre joven de nuevo, y se reencuentra con su padre. Está atónita, pero intenta actuar con normalidad. ¿Es un sueño¿ ¿O el sueño fue un futuro que no se debe cumplir? Poco importa. Enseguida Peggy intentará cambiar esa vida que no le gustaba, rompiendo inmediatamente con su novio y probando cosas que a su edad le hubiera gustado probar. El filme de Coppola (aparentemente una simple comedia) insiste desde el inicio en el carácter de búsqueda interior (el espejo desde el que se inicia el filme y donde concluye reflejando a los personajes que “salen” y “entran” en el espejo), una forma de toma de conciencia que termina por mostrarse como inútil. Una total desesperanza se instaura en el acomodaticio y falso final: nada es posible cambiar, todo, siempre y por siempre, se repetirá, será igual. Para que el cambio se produzca tiene que existir una alteración del propio ambiente, de la sociedad.



Se dice que el filme es un encargo. Puede ser, pero Coppola dista mucho de tomárselo como tal. Ni está realizado con desgana ni se encuentra alejado de la estructura e ideas de sus filmes anteriores. Es, por cualquier lado que se mire, una película “made in” Coppola. En prácticamente todas sus obras se ahonda en el pasado como forma de conseguir la razón del momento actual, de conocer la inutilidad de un sistema o la mentira de un espectáculo. Mentiras sin cuento, personajes que se esconden de sí mismos, engañados por palabras, por situaciones. La verdad es difícil de alcanzar entre tanta palabrería, tanto discurso sin sentido. Peggy Sue al final se queda con lo que tiene (es lo único que realmente posee). Es decir se queda sin nada, soñando con sus hijos, como fue enseñada. A ellos añora y por ellos vuelve a la vida. ¿Qué ha sido todo en definitiva más que el ansia de morir, de huir? ¿Acaso un suicidio, un shock emocional? El dominio técnico del director es excelente. En muchos momentos asistimos a grandiosas lecciones de cine. La colocación de la cámara en la primera escena y en la final, vistas ambas a través del espejo. Precisión en el cambio de focalización al pasar de unos a otros personajes... Pero si, con todo, se duda del saber de Coppola basta con recordar todo el inicio de la película, repleta de pequeños y excelsos gestos y detalles. Peggy Sue viaja hasta el pasado creyendo que en ello (en soñar con lo que fue) alcanzará la felicidad. Es el terrible dilema que mantienen en el hoy muchos hombres y mujeres como forma de huir de la mediocridad existencial. Crudo retrato el dibujado por Coppola en este reflejo existencial de la (in)existencia. Algunas situaciones, por motivos obvios, resultan muy graciosas, pero las intenciones últimas de Coppola son bastante más elevadas, más agridulces, de lo que cabría suponer con semejante argumento. La moraleja se encuentra, quizá, en que no importa el orden de los factores, el producto no va a variar en demasía.



A diferencia de la cinta de Robert Zemeckis, donde el más mínimo cambio podía alterar el futuro con funestas (y descacharrantes) consecuencias, Coppola propone una línea del tiempo en que, a pesar de las pequeñas variaciones, el cauce tiende siempre a correr en la misma dirección, para que se cometan los mismos errores y los mismos aciertos, inseparables unos de otros. La evocación de una época está plenamente conseguida en las imágenes. Personajes y situaciones nos resultan cercanos. Los instantes aparecen remarcados por una acertada realización: la fiesta, la conversación con la madre sobre los hombres, la entrada en el “pasado” reviviendo los objetos del ayer, para comprobar cómo el paso del ayer al hoy (el salto de un tiempo a otro) no supone mucha diferencia. Compruébese, por ejemplo, en el personaje del investigador, un ser (en el ayer) exclusivamente preocupado por el dinero y que se ha transformado (en el hoy) en un rico hombre de negocios informáticos. El final del filme supone otro sueño imposible: la salida de la cámara del espejo (al principio entraba). Lo bueno de esta historia es que aunque sabemos, o creemos saber, que todo ya ocurrió, Peggy intenta cambiar su destino, y en su retorno al propio círculo, lo que hace es un reconocimiento de sí misma, de las razones que le llevaron a terminar amargada y dubitativa de sus elecciones. Y lo que en un principio es una carrera loca por cambiar el futuro, termina convirtiéndose en una aceptación de que ese futuro llegó por alguna importante razón. La conmovedora secuencia con los abuelos de Peggy, en aquella casa soñada rodeada de árboles es una aceptación parcial de que de los errores también se aprende. En definitiva una cinta imperdible, en donde veremos a un Coppola muy personal.



“Viaje al pasado lleno de ironía"

domingo, 13 de noviembre de 2011

Zack y Miri Hacen una Porno

Director: Kevin Smith
Año: 2008 País: EE.UU. Género: Comedia Puntaje: 7.5/10
Interpretes: Seth Rogen, Elizabeth Banks, Jason Mewes, Gerry Bednob, Traci Lords, Katie Morgan, Craig Robinson, Tom Savini, Jeff Anderson, Brandon Routh y Justin Long



Zack (Seth Rogen) y Miri (Elizabeth Banks) son dos amigos que se conocieron en el instituto y a los que les cuesta afrontar la edad adulta, pues a sus veintitantos años, se ven inmersos en deudas, para hacer dinero rápido deciden montar una empresa para grabar porno amateur con sus amigos, mientras rueden las películas, descubrirán que sentían algo más el uno hacia el otro que la platónica amistad que les había unido hasta ahora. Muchos catalogaron a esta cinta como “la resurrección de Kevin Smith”, a mi parecer esto no es así, solo se trata de una buena cinta de Smith, “Zack y Miri Hacen una Porno” es una película sorpresivamente previsible. Denota la vuelta de un director que en sus tiempos sabía jugar con los tópicos de una generación urbana dedicada al fanzine y al merchandising, y que se perdió irremisiblemente en productos sonrojantes como "Padre Soltero" (2004). Pero aun así con “Zack y Miri Hacen una Porno” Smith vuelve a rescatar ese espíritu de un estereotipo social relativamente reciente en nuestras sociedades, pero afincado de manera definitiva: el de aquel para el que la vida consiste en un espectáculo y se convierte en un chiste casero, que además es todo aquello de lo que aún no se ha hecho una película. Kevin Smith es un tipo listo, consciente del agotamiento de su fórmula personal, ha echado mano de la inagotable máquina de oro que es Judd Apatow para dar un necesario soplo de aire fresco a su cine, sin renegar por ello de sus obsesiones y discursos (a su vez muy parecidos a los de Apatow). Así esta cinta de Smith podría colar perfectamente como secuela de "Ligeramente Embarazada" (2007) no sólo por su reparto, si no por una similitud a veces excesiva en su argumento (o por lo menos, moraleja), humor, cameos, tratamiento según temáticas e incluso diálogos.


El principio de la cinta es duro pues recuerda, o al menos intenta remedar, el estilo Apatow. No hay diálogo que no gire en torno a los genitales, aficiones y ocupaciones sexuales, llegando a resultar cansino, como resulta en general cualquier diálogo repetitivo, sólo es aliviado por la extraordinaria química que desprenden Elizabeth Banks y Seth Rogen. Porque sí, queridos lectores: “Zack y Miri Hacen una Porno” es la prueba patente y descarnada de que un hombre no tiene que ser guapo para resultar atractivo. Que Rogen ejerza de galán de comedia y encima salga triunfante del aprieto es algo que debería hacer reflexionar a los metrosexuales de toda la vida. La gracia de su personaje, basada en el humor y la seguridad en sí mismo, le convierten en un activo romántico de primer orden aún e incluso cuando pronuncia frases como "se me han quemado los pelos de los huevos". Elizabeth Banks se ve disminuida en ocasiones por el tono que desarrolla Smith, obligándole a pronunciar unas frases que si bien ya quedan mal en el agreste físico de Rogen, a duras penas cuesta creerse que dos seres humanos puedan mantener ese tipo de conversación continuamente. Gracias a los benditos puntos de giro, pronto se entra en materia y cuando los protagonistas deciden realizar un porno amateur para saldar sus deudas, es en ese momento que Smith manda a tomar viento a la moda, utiliza la foto de Apatow y empieza a hacer lo que mejor se le da: recrear el estilo "geek". Aunque tal vez todo este discurso caiga en saco roto, y sea injusto decir que Smith bebe del productor de "Super Cool" (2007), cuando en verdad sea éste quien quizá le deba absolutamente todo a su actor fetiche, Seth Rogen. Y ya se sabe que si A es igual a B y B igual a C...vamos, que si una cosa queda clara de todo este batiburrillo es que hay un nombre que brilla con luz propia (como siempre) y ese no es otro que el del rollizo actor.



Evidentemente, los actores suponen un gran acierto para el correcto funcionamiento de “Zack y Miri Hacen una Porno”, pero sería injusto olvidarnos de la labor de Kevin Smith, guionista imparable cuando está en forma, como demuestran no sólo sus películas. Caracterizado por coquetear siempre con el mal gusto y evitándolo a última hora (aunque también cayendo en él, en algunas ocasiones), sus mejores películas se caracterizan por diálogos tan picantes como naturales o incluso “freaks”, en los que el cineasta aprovecha para dar rienda suelta a sus inquietudes sobre las relaciones, los jóvenes, las drogas, la cultura underground y el sexo. Recordemos el memorable discurso de Superman y Lois Lane y su imposibilidad de mantener relaciones íntimas. Haciendo gala de una madurez inaudita en él pero propia de su edad, en “Zack y Miri Hacen una Porno” Smith ha logrado un equilibrio muy cercano a la perfección entre la ordinariez y el buen gusto, entre el humor y el corazón, la gamberrada y la madurez. Porque otra de las grandes virtudes de su propuesta radica en que si bien se trate abiertamente de sexo, haya escenas de alto contenido erótico con desnudos integrales tanto femeninos como masculinos (esto último, otra apatowada más) y momentos de caca-pedo, nunca da la sensación de estar viendo un sucedáneo de "Road Trip" (2000) y otra gamberrada más a lo "Jay y Bob el Silencioso Contraatacan" (2001), sino más bien de una comedia romántica pensada y sentida como, qué curioso, "Ligeramente Embarazada". Claro que también está ahí, al acecho, la consabida dosis de comedia romántica al uso de nuestros días, disfrazando sus intenciones más almibaradas bajo la adecuada capa de acidez y burrada de trazo grueso…pero que no por eso deja de estar ahí (una patente, por cierto, que ha conseguido monopolizar Judd Apatow, hasta el punto de que uno le busca en los créditos sorprendido de que no ande por ahí.



No cabe duda que uno de los grandes atractivos de cine porno es su aspecto paródico del cine convencional. De hecho es posible que ese sea su único atractivo (aparte de lo evidente). La parafernalia que toda la troupe, integrada entre otros por la mismísima Traci Lords, monta para rodar "La Guarra de las Galaxias", con todas las líneas disparatadas haciendo juegos de palabras como "Ano Solo" hacen que la película despegue completamente. Es en ese momento cuando el humor deja de estar basado en sonrojar a las abuelitas de la audiencia con registros de tipo gamberros y se comienza a explorar situaciones cómicas de verdad. Comedia que no hace más que crecer hasta la conclusión del filme. Ahora bien, dejando a un lado las situaciones divertidas derivadas del rodaje del vídeo, como dijimos anteriormente el eje central de la trama es una comedia romántica como la copa de un pino. Y quizá esa es la parte más floja del guión ya que cuando la trama pasa su acto central, la historia va teledirigida y muchas veces parece de libro de recetas. Si algo tenia “Mi Pareja Equivocada” (1997) es que pese a ser una historia similar, la estructura no se dejaba encorsetar por la obligación de acabar con todo el mundo feliz y en su sitio, si no que dejaba el final abierto a varias interpretaciones. “Zack y Miri Hacen una Porno” es más bien convencional en ese sentido lo que en mi opinión le resta frescura al conjunto. Pero quizá lo más evidente es la evolución de Smith como director. Aquí se ha preocupado de mimar momentos concretos de la narración, y sorprende con movimientos de cámara muy expresivos que facilitan la comprensión de los sentimientos de los personajes. Que Kevin Smith no es Scorsese dirigiendo, es más que sabido. Que jamás nos deleitará con diálogos tarantinescos o con profundas metáforas a lo “Matrix” es también más que sabido. Que Kevin Smith es un maestro en hacer interesante lo cotidiano y divertido lo anodino es un hecho. No es una película pensada para cinéfilos, ni para sabiondos, ni para gente culta, es humor asurdo, te puede gustar o no.



Si hay un caso en el que un debut fulgurante termina pesando como un encasillamiento, ése debe de ser el de Kevin Smith. Su ópera prima, “Clerks” (1994), se convirtió en todo un símbolo de los noventa, y el santo y seña de una generación curtida a los sones del grunge y de los inicios de la desilusión por la incapacidad de acceder a una seguridad que parecía prolongar la adolescencia. Y claro, esa enorme sombra se ha cernido sobre prácticamente todo lo que ha hecho después. Y lo peor es que las comparaciones, en general, nunca han sido demasiado favorables a sus nuevas propuestas. Aún así, hay que reconocer que, cuando vuelve a lo que mejor sabe hacer, Kevin Smith gana. Y en “Zack y Miri Hacen una Porno” hay suficiente dosis de ese Smith como para que la película transcurra con una saludable mala leche y diálogos que podrían ser los firmados por un Woody Allen formado en la cultura de los cómics, la serie B y los largos atardeceres de centro comercial. El momento cúspide de la película es, sin lugar a dudas, la secuencia en la que Zack y Miri, hacen el amor, por primera vez, delante de las cámaras. Les digo de verdad que pocas veces se ve una situación tan bien llevada. Como es preparada la coyuntura creando las expectativas, cómo está rodada y montada, como incluso es aliviada con toques de humor porque de no ser así posiblemente algún que otro espectador estallara con tanta tensión romántica/sexual no resuelta que se resuelve...vaya, que sólo por esa escena y por ver lo que virtuosismo detrás de una cámara, merece la pena ver esta cinta. Aquí Smith parece estar mucho más cómodo, y pisar un terreno lo suficientemente conocido como para no tropezar… o para que lo más comercial, convencional y previsible no termine hundiendo el conjunto. Desde luego, no estamos ante un título inolvidable, pero sí uno que nos arrancará alguna que otra sonrisa. Además, veremos los perfiles de un mundo que marcó nuestra memoria cinéfila. Y ya saben: la nostalgia también juega su papel en esto de sentarse en una butaca y disfrutar de una película.



Y así, sin ser una gran película, “Zack y Miri Hacen una Porno” sí que termina funcionando como un buen entretenimiento, en gran parte por lo ajustado de las interpretaciones, empezando por un Seth Rogen que cada vez consolida más su estatus cómico, y una Elizabeth Banks que no le va a la zaga. Su química acaba haciendo que la historia (por otro lado de manual, por más que las referencias al sexo oral y anal se entrecrucen una y otra vez en los largos diálogos marca de la casa) se sostenga. Y es lo que explica que el rodaje de su escena de sexo, uno de los pilares de la cinta y que incluye uno de sus mejores gags verbales, acabe por reforzar el filme. No faltan las referencias cinéfilas y mitómanas de Smith (a “Star Wars”, al aluvión de lo que todavía hay gente que sigue denominando “subcultura”), con momentos tan jocosos como convertir a Brandon Routh (el protagonista de la fallida “Superman returns: El regreso”) en… ¡un actor porno gay! Y cómo no, el universo de los que ya son treintañeros y aún no han comenzado lo que se supone que es la vida, atrapados en empleos precarios y un consumismo infantil que nunca les deja levantar cabeza. Acompañando a la pareja protagonista, una pléyade de secundarios (fantástico Justin Long, como siempre) cuyos personajes les recordarán los mejores momentos de Kevin Smith. Y que quede claro, un desnudo frontal de Jason Mewes, también conocido como "Jay". Curioso que toda esta banda trabaje prácticamente en exclusividad con Smith. Una película divertida, que mejora claramente cuando se libra de la última tendencia repelente, cosa que pasa pronto, afortunadamente, es una comedia romántica en el sentido más ortodoxo de la expresión y que para ello se vale de un medio tan heterodoxo como "el cine porno". Una buena experiencia para aquellos que no tengan reticencias ante ciertas temáticas/posturas. Recomendada para gente que cree que el atractivo sexual se lleva por dentro.



"Divertida, romántica pero cruda a la vez”

domingo, 18 de septiembre de 2011

El Curioso Caso de Benjamin Button

Director: David Fincher
Año: 2008 País: EE.UU. Género: Drama/Fantasía Puntaje: 09/10
Interpretes: Brad Pitt, Cate Blanchett, Taraji P. Henson, Tilda Swinton, Jason Flemyng, Julia Ormond, Eric West, Elias Koteas y Elle Fanning



Agonizante en un hospital y con la única compañía de su hija, la anciana Daisy repasa el diario de Benjamin Button (Brad Pitt), un hombre que en contra de los dictámenes de la naturaleza, nació con el aspecto físico de un anciano y a lo largo de su vida fue rejuveneciendo progresivamente. Para Benjamin su rareza no fue obstáculo para correr grandes aventuras, visitar lugares de todo el mundo y conocer al amor de su vida. La cinta es una monumental adaptación libre de un breve relato de F. Scott Fitzgerald del que apenas se toma la premisa. Desde el principio, el contexto y los motivos de la historia original se revelan sustancialmente diferentes y caminantes en otras direcciones. Tal voluntad de desprendimiento es explicitada en un prólogo que primeramente amenaza con manida excusa argumental y que rápidamente es redimido con un cuento dentro de otro cuento, es sencillamente magistral, uno de los responsables de este hecho es el premiado guionista Eric Roth, que se embarco así en una complicada producción, dilatada en el tiempo, de gran inversión económica, que supone todo un desafío para la técnica de efectos especiales, saldado con un resultado memorable (perfectamente integrados sin abrumar por sí solos), casi imposible de valorar en la actualidad. Una propuesta visual desbordante que obtiene unos resultados poco menos que asombrosos, aunque si bien la historia, repleta de momentos álgidos que estremecen el sentimiento del espectador, se le puede apreciar (tan sólo en apariencia) más el sello del guionista que la personalidad y fuerza del marcado estilo de David Fincher. Lo cual no desmerece a un conjunto que forma una película curiosa, entretenida, recomendable y hasta cierto punto, extraordinaria.



Todo lo concerniente a Benjamin Button resulta una suerte de fábula extraordinaria, narrada con mayor inspiración en los capítulos concernientes a la historia de amor. Así, asistimos a distintos momentos de este hombre que crece en edad, pero que su físico se afana por invertir, con drásticas y fantásticas consecuencias, que abarcan varias décadas de la historia de Estados Unidos, con episodios bélicos y épicos incluidos (que remarcan su carácter de cuento), y en donde se pueden encontrar las mayores semejanzas con “Forrest Gump” (1994), con la que acertadamente se le ha comparado (cabe destacar que ambos filmes tienen en común el mismo guionista). Muchos momentos se pueden destacar de este periodo, que abarca la primera mitad del filme, pero especialmente cuidada y espléndidamente bien contada es la ambientada en un frío puerto ruso, donde Benjamin Button vivirá su primera experiencia con una mujer madura (Tilda Swinton). Obviando la anecdótica formalidad en la narración a base de distintos episodios (que dilata en exceso la historia) en los que vamos conociendo personajes secundarios y asistimos al rejuvenecimiento físico del protagonista, David Fincher encuentra su máxima inspiración en la compleja y apasionante historia de amor de Benjamin Button con Daisy, la joven bailarina de espíritu libre que conociera de niña, y que magistralmente plasma la bellísima Cate Blanchett. Bajo capas de maquillaje y retoques digitales (mucho más sutiles que los de su amado, en algunos casos), logra encandilar y conmover, a medida que su relación se va convirtiendo en una realidad, un encuentro esperado en una etapa esencial de la vida de ambos y que se nos muestra con una enorme delicadeza y sensibilidad. Blanchett resulta fascinante, con una interpretación espléndida e hipnótica, y se erige como la actriz ideal para semejante y vital personaje.



Por su parte, Brad Pitt hace un meritorio esfuerzo por componer el complejo papel de Button, teniendo en cuenta que mucha parte del metraje tiene que sufrir la dificultad añadida de portar un espeso maquillaje (y en otras escenas es una recreación digital). Es notable el hecho de que tiene que afrontar su personaje a lo largo de toda una vida, con distintos puntos de madurez e inocencia, mientras su apariencia es la contraria, pero su composición interpretativa del personaje resulta algo fría. En cualquier caso su mérito tiene, puesto que al menos logra estar más comedido y esforzado que de costumbre. También tiene en su contra el hecho de tener como compañeras de reparto a unas actrices brillantes y sobresalientes, que hacen papeles memorables como Taraji P. Henson como su madre de adopción, Tilda Swinton como un amor fugaz y la mencionada Cate Blanchett que irradia magia en cada una de sus apariciones. Mucho se habló en su momento del descontento de Fincher con el montaje final de su obra, llegando a enfadarse con la productora renegando incluso de su cinta. Los productores querían que el filme rondase las dos horas y Fincher, tres. Al final, la película dura aproximadamente unos 165 minutos, por lo que podemos deducir que la balanza se ha inclinado más hacia el lado de Fincher, y aún así se pueden apreciar ciertas lagunas en la historia (en concreto en el que respecta a la relación de Benjamin con su padre o la parte en la que viaja por el mundo). Éstas no afectan demasiado a la narración, pero se notan. Por lo que a mi se respecta, hacía mucho tiempo que una cinta contemporánea no me proporcionaba un revolcón metafísico y emotivo de tanta envergadura, un revolcón minuciosamente descrito, impecablemente rodado y deliciosamente degustado. Tal vez pensarán que exagero pero “El Curioso Caso de Benjamin Button” es una de esas cintas que te abduce desde el principio y que no te liberan hasta el último fotograma.



En esta cinta David Fincher abandona los lugares más oscuros del ser humano para contarnos una de esas historias que la gente suele catalogar como “muy bonita”, expresión que le viene como anillo al dedo a “El Curioso Caso de Benjamin Button”. Además, hay que señalar el hecho de que la cinta es ante todo un trabajo de dirección, en el que Fincher imprime su fuerte personalidad al texto de Roth, haciéndolo suyo, erigiéndose como el verdadero maestro de ceremonias (habría que decir mago) de la función. La cinta es un cuento que habla sobre la vida y lo efímero de la misma. Sus personajes, todos ellos, siempre girando alrededor del personaje central, cuya existencia está marcada por un capricho del tiempo, esa invención del hombre, cruel como la propia vida, que nos cuenta una y otra vez lo que nos falta para dejar de existir y dar paso a la eternidad, formando parte de ella (impagable ese reloj cuyas agujas giran al revés ofreciendo la posibilidad de una segunda oportunidad a todo ser humano). Da igual que Benjamin Button rejuvenezca en lugar de envejecer, su paso por este mundo será como el de cualquier mortal, simplemente cambia el viaje y la forma de realizarlo. Y es precisamente esa forma la que llena de vida su peculiar historia. Empezar a vivir en un lugar al que la gente va a morir subraya y hermana el principio y el fin, la vida y la muerte, lo eterno y lo fugaz. Que la película esté enmarcada en todo momento por un desastre natural (el Katrina) no es más que una sencilla metáfora de la lucha diaria que supone vivir, y que una vez empezado el ciclo, todo empieza a morir, sin segundas oportunidades, con el futuro o el pasado, para llenarlo con una existencia lo más pletórica posible.



La historia de amor entre Benjamin y Daisy, tan imposible como lo son las grandes historias de amor, refuerza aún más esa imposibilidad de cambiar nuestro destino. Las idas y venidas de estos personajes, cruzándose una y otra vez, mientras él se hace joven y ella vieja, son golpes brutales de verdad a una relación imposible en las que la fuerza del amor queda por debajo de las de la naturaleza, algo tan cierto y tan terrible que la película nos muestra con delicadeza, sin caer ni un sólo instante en la ñoñería. Es más, si algo me falta en “El Curioso Caso de Benjamin Button” es un poco más de emotividad en algunos instantes clave de su argumento. Aunque la coherencia dicte que la cinta no posee más virtudes que otra fábula romántica hecha para arrasar en las salidas de pareja y los premios de apartados técnicos, la honestidad de Fincher en su papel de artesano conduce a un enamoramiento rendido y casi hipnótico. El relato de un relojero ciego que fabrica para la estación de tren unas manecillas que funcionan a la inversa no es más que una anécdota prescindible, un ejercicio de despiste con el que arranca esa hipnosis necesitada de sus casi tres horas de metraje para surtir efecto, como las películas de intermedio que en la época dorada se hacían para hechizar, y que, efectivamente, hechizaban. Fincher persigue lo imposible en un siglo escéptico donde el público ya no aplaude: recuperar los cánones imaginativos para rendir tributo al cine recargado, exagerado, medido al milímetro para que los defectos se hagan más evidentes, y la película, más humana. A lo largo del metraje uno se pregunta ¿Puede una película abarcar la esencia de la vida? ¿Puede una película emocionar de una manera tan honda, que sientas que difícilmente vayas a poder ver algo parecido en bastante tiempo? Son pocas las que lo consiguen, pero esas pocas siempre las recordamos, como pasa con la séptima cinta de David Fincher.



Y aunque "El Curioso Caso de Benjamin Button" parezca suceder en un tiempo y un mundo irreales, el director de la cinta se encarga de visualizar muy inteligentemente destellos de una realidad plausible y demoledora. Siempre a través de un aparato de radio o de una televisión, vemos noticias sobre diferentes hechos históricos que nos pegan al suelo en medio del cuento: Los Beatles, La Segunda Guerra Mundial (que el personaje central sólo vive en un episodio casi onírico), etc. Elementos con los que Fincher nos devuelve a la realidad. La película logra conmover, hace reflexionar y emociona a lo largo de la historia, que es acompañada de una notable partitura musical de Alexandre Desplat, además la cinta está repleta de pequeñas pinceladas de verdadera magia cinematográfica (como la narración secuencial del accidente de Daisy), aderezadas con toques de comedia y tragedia, ternura y drama, en un envoltorio visualmente prodigioso. La dificultad de llevar a cabo este gigantesco proyecto es elevada y David Fincher ha logrado manejar con rigor la realización, que tiende en ciertos instantes al preciosismo visual, alejándose de su habitual inmersión en lo tenebroso y oscuro, pero que logra orquestar con intensidad una entretenida y extraordinaria fábula sobre la vida, en líneas generales “El Curioso Caso de Benjamin Button” es una delicia firmada por un Fincher en plenitud de sus facultades. Un canto a la vida, como se ha dicho por ahí, y a la aceptación de la muerte, narrado a través de la excepcional historia de un hombre que sin pedirlo ni quererlo vivió la suya al revés. Y eso es lo importante, cada existencia es especial con su particular reloj vital. Unos avanzan más deprisa, otros más despacio, y nada se puede hacer por impedir el fatídico desenlace, sólo vivir. Dado el panorama actual, resistirse a ver una joya como ésta debería considerarse un delito en toda regla, recomendable.



"Una conmovedora reflexión sobre lo implacable del paso del tiempo”

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La Chica Que Saltaba a Través del Tiempo

Director: Mamoru Hosoda
Año: 2006 País: Japón Género: Animación/Fantasía Puntaje: 08/10
Productora: Madhouse Ltd.



Makoto, es una adolescente sencilla, algo inocente que disfruta alegremente de su juventud en compañía de sus grandes amigos Kousuke y Chiaki, con los que pasa la mayor parte del tiempo dentro y fuera del instituto, pero un día recibe un peculiar don: la capacidad de ir hacia atrás en el tiempo dando agigantados brincos, ella usará esta habilidad para evadir los problemas. La película esta basada en una conocida novela japonesa del mismo nombre, que escribió el autor Yasutaka Tsuitsui, publicada en el año 1965, la cual gozó siempre de gran popularidad y ha sido adaptada varias en varias ocasiones para el cine y televisión. Aunque su título sugiere una historia cargada de elementos de ciencia ficción, en realidad “La Chica Que Saltaba a Través del Tiempo” es más cercana a obras como “Susurros al Corazón” (1995) antes que a cosas como “12 Monos” (1995), de hecho el aspecto fantástico de esta película es precisamente aquel que es tratado con más superficialidad, siendo un mero vehículo para mostrarnos la personalidad y el crecimiento interior de la protagonista, Makoto una chica que puede usar su don para causas tan simples como evitar que su hermana menor se coma su postre o evitar tener que decirle “no” a la invitación de uno de sus amigos. Sin despegarse de ese estilo, en algunos momentos, “La Chica Que Saltaba a Través del Tiempo” muestra destellos de un humor, que casi roza el “slapstick”, provocados por la candidez de la protagonista, esos instantes son igual de torpes para arrancarnos la risa, sin embargo, dentro de una película tan entrañable, antes que parecernos tontos, nos hacen sonreír por ternura. Los saltos en el tiempo tienen un lugar secundario en el argumento del filme. Por este motivo, la explicación que la película introduce en sus minutos finales de por qué se producían estos viajes temporales y la solución que da a esta parte de la trama puede parecer pobre o poco estudiada.



Ganadora de varios premios, “La Chica Que Saltaba a Través del Tiempo” es una película de imágenes preciosas y de una elegancia exquisita. Los planos recurrentes de una calle peatonal en cuesta que acaba en la vía, de un semáforo y una barrera ferroviaria, así como del amenazante tren que se acerca creando un peligro mortal son de una enorme belleza. Es en ese lugar donde ocurren casi todos los saltos temporales y donde tienen lugar los importantes giros de la trama que harán avanzar el argumento. El estilo del dibujo es sencillo, limpio y la animación en 2D está bien resuelta, aunque tenga menos intercalado que las grandes producciones. Los colores cercanos al pastel y los grises y azules muy apagados contribuyen a esa delicadeza que tienen todas las imágenes. Son especialmente originales los relojes y las imágenes que se pueden ver cuando se producen los saltos en el tiempo. El retrato de los personajes transmite una gran inocencia que se traduce en un encanto general en el tono de la película que acaba invadiendo el espíritu de los espectadores. Esto se armoniza a la perfección con un ritmo pausado y contemplativo que demuestra que el filme tiene más interés en mostrarnos los sentimientos de su joven protagonista que en narrarnos una peripecia de ciencia ficción. Como dije la idea de los viajes en el tiempo se convierte, así, en una mera excusa para hablarnos de Makoto, Chiaki y Kousuke. El personaje principal resultará ser el de más interés, evitando así los estereotipos o esquematismos que suelen aparecer en las series anime. La estética de la cinta nos podría hacer pensar que se trata de una producción de los estudios Ghibli, pero más que nada, ese “aire” a película de Hayao Miyazaki consigue plenamente su efecto gracias a la sobriedad de la narrativa y lo honesto de su sensibilidad, demostrando así que en el cine es posible ser muy emotivo sin resultar por ello empalagoso o melodramático. Quien espere ver un filme del género de ciencia ficción, dejándose guiar por el título, puede que no encuentre en esta película lo que está buscando. El poso que deja “La Chica Que Saltaba a Través del Tiempo” es el de haber visto algo muy bello en imágenes de animación.



Creo que el filme se maneja de forma intelectual, me refiero a que hay un esfuerzo por darle un trasfondo reflexivo. La protagonista, por azar, se encuentra de la noche a la mañana con que puede retroceder en el tiempo, lo que utiliza para intentar evitar situaciones desagradables y enmendar errores: para soslayar el máximo de problemas y preocupaciones posibles. Lo que narra esta película son las complicaciones y problemas adicionales que sobrevienen al no afrontar de forma natural los obstáculos, las situaciones penosas, la realidad. La protagonista cree, con su nueva capacidad, ser el único factor del que depende el curso de los acontecimientos, pero se equivoca, por eso cometerá errores continuamente, y ve como va complicando las cosas cada vez más, hasta lograr situaciones insostenibles. De esta forma la película pasa apaciblemente de la simpática comedia adolescente al sutil drama, con algún giro extraño que no llego a comprender del todo (cosas del anime), pero dando la sensación de que sus responsables se han preocupado realmente por plantear algo respecto a las relaciones humanas y la responsabilidad. Algo que me ha gustado bastante es que presenta ese poder sin igual (viajar en el tiempo) de forma diferente al montón de películas que hay sobre el tema. Desde el principio lo muestra como algo peligroso e insensato, ya que Makoto solo puede retroceder en el tiempo sin saber cuando, y exclusivamente poniendo en riesgo su integridad, ya que solo se produce el salto temporal cuando Makoto se lanza temerariamente como un prisma al suelo. La película intenta enseñarnos que a más enrevesadamente intentemos eludir los problemas, más serán los que nos granjeemos, y que la manera más simple de salvar obstáculos será siempre la mejor, por comprometida que parezca.



Sin embargo, ésa no es la visión que quería dar Mamoru Hosoda con esta historia. Muchos otros se habrían centrado en la anécdota, sin profundizar en lo que ocurre realmente; por eso ésta es una obra tan valiosa. Habla de las consecuencias, de un hipotético equilibrio que se rompe. De un juego mucho más peligroso de lo que parece. Es una reflexión ética sobre las dos caras de los viajes en el tiempo; la posibilidad de manipular sin control y, por ello mismo, de desencadenar un suceso demasiado grave. Makoto descubre que hay más que una simple diversión pasajera. Desperdicia insensatamente la oportunidad de oír cómo Chiaki se le declara, pero a parte de eso, convierte el destino de sus amigos en una pesadilla. Y entonces surgen las inevitables preguntas. ¿Merece realmente la pena todo esto? Es posible que sea una cinta pretenciosa, pero es una película que incita a reflexionar. No se queda en la carcasa, no trata de deslumbrar con asombrosos efectos. Golpea con la dura realidad. Por mucho que se pueda anticipar el futuro, nunca se llegará a conocer del todo el motor de las relaciones humanas. Nada es predecible, no existe una fórmula matemática para manipular los sentimientos y los actos de los demás, y Makoto lo descubre de la forma más cruda. Un interesantísimo planteamiento, que en manos de Hosoda se convierte en una historia inolvidable. El tema de los saltos temporales es algo muy manoseado, pero en este filme me resulta tremendamente adictivo ver como la protagonista dibuja y desdibuja las pequeñas cosas de su presente alterando sus acciones del pasado. Supongo que todos alguna vez hemos imaginado esa posibilidad por lo que de ahí que empatice tanto con la protagonista y toda su historia.



Lo que desconocía es que tiende mucho al amorío adolescente, aunque de una forma agradable y un tanto moderada, sin llegarse a exceder. Tiene planos y diálogos muy poéticos y quizás un tanto azucarados, pero plenamente disfrutables para el público adulto y sin llegarse a indigestar en ningún momento. Me sorprendí al verme interesada en la evolución de los personajes animados, es decir, un personaje de caricatura que va adquiriendo profundidad a medida que avanza la trama y que se va pintando a sí mismo con cada detalle. Algo que a veces, ni los actores de carne y hueso logran hacer en las películas. Hay imágenes muy vívidas y coloridas, instantáneas de momentos que se alargan para mostrar su belleza a cada segundo. Gotas de agua que avanzan muy lentamente, el crecimiento de una nube de tormenta, el parpadeo de una señal de tránsito, cosas mundanas, simples que se ralentizan para llamar la atención que normalmente no prestamos. Lo más llamativo es lo tensa de algunas situaciones, inevitables y por evitar que se repiten en el tiempo pero que no se sabe el resultado. Como dije la estética del filme acompaña y da sentido a cada situación y ayuda a formar a cada personaje, por ello uno de los aspectos para resaltar de la película, sin dudarlo y aunque parezca mentira es la fotografía: paisajes urbanos, cuadros que pintan a una ciudad japonesa de una belleza especial, calles, barrios, parques, horizontes de edificios, reflejos de agua a lo largo de la película que también ayudan a vestir de normalidad a personas que en realidad no existen. Teniendo en cuenta que no deja de ser un producto de animación la historia te atrapa sin que te des cuenta y resulta entretenida de ver.



Los viajes en el tiempo se van complicando y vuelven un poco loco al espectador que se queda con dos opciones: dejarse llevar o analizarla durante un buen rato después. Su director tiene poco bagaje tras de si, pero ha logrado un trabajo que, si bien visualmente no resalta, simplemente porque opta por la sencillez, no por dejadez o déficit alguno, es complejo intelectualmente, y tiene una buena historia narrada con muy buen pulso. Esta película marca su diferencia con otras películas que buscan ser un “espejo” de la realidad, no en el sentido de que introduce un elemento fantástico, sino basándonos en el hecho de que aquí, el “realismo” no busca impactar o chocar al espectador, sino que se expresa a través de matices y formas delicadas, sin violencia, a pesar de la intensidad de las escenas. Es la realidad turbulenta y acelerada de la juventud, reflejada bajo un lente amable y gentil, una visión conmovedora y nostálgica, a la vez que tranquila de todo aquello que implica ser joven, así como el proceso de la madurez. Pese a este elemento fantástico (los saltos en el tiempo), la cinta es razonablemente realista, introduciendo pequeñas subtramas amorosas muy, muy livianas, de forma que no se hacen pesadas nunca. La galería de secundarios es realmente genial, con un trío de jóvenes damiselas indecisas, los dos amigos de Makoto (Chiaki y Kosuke), la familia de Makoto, e incluso una amiga suya que admite haber tenido, también, ese don. Una excelente película de animación más allá de lo aparentemente previsible de la película puesto que conlleva un montón de interrogantes y preguntas para el espectador una vez finalizada la historia. Una película que contiene muchos tintes de comedia durante la primera parte, una pizca de drama casi hasta el final y un desenlace romántico con despedida nostálgica con trocitos de amargura, todo rodeado de una fantástica y agradable banda sonora.



"Divertida y creativa”

miércoles, 6 de julio de 2011

Golpe al Corazón

Director: Francis Ford Coppola
Año: 1982 País: EE.UU. Género: Romance/Musical Puntaje: 8.5/10
Interpretes: Frederic Forrest, Teri Garr, Nastassja Kinski, Raúl Juliá, Rebecca de Mornay, Tom Waits, Lainie Kazan, Harry Dean Stanton y Allen Garfield



Las Vegas, Hank (Frederick Forrest) y Frannei (Teri Garr), es una pareja que está a punto de celebrar su quinto aniversario de noviazgo, pero tienen una discusión y se van cada uno por su lado, encontrándose con las dos personas de sus sueños: él se encuentra a una bella artista de circo (Nastassja Kinski) y ella a un hombre bohemio que comparte sus sueños (Raúl Juliá). Y en este punto ambos se encuentran con el terrible dilema ¿más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer? ¿Se irá ella a Bora Bora con el pianista, y él se quedará con la bella circense? En realidad la intriga y la historia, es lo de menos, aunque la película comienza con una carga de diálogo importante, lo que trasciende de "Golpe al Corazón" es la forma que tiene Coppola de contarlo. Lo que existe detrás de esta producción es la historia de un sueño y de un exorcismo. Coppola en 1982, recién salido del psiquiátrico que fue el rodaje de su magna obra “Apocalipsis Ahora” (1979), buscó darle otro sentido y dirección a su nuevo proyecto, partiendo de patrones más sencillos y menos ambiciosos en cuanto a la historia, todo ello retratado dentro del marco de un musical, con la ayuda de un guión previo que fue modificado por el director (transcurría en Chicago y no había música). No fue así en el caso de la manera de rodar y mostrar las imágenes, tomando como referencia los antiguos patrones televisivos, con cámaras rodando a la vez, todo ello en un megaestudio dividido en varios escenarios donde transcurre el relato. De todas formas, viniendo de Coppola, “Golpe al Corazón” es un filme singular y único que causa una impresión en el espectador.



La ambición visual es la nota predominante en la mente del director, y esa ambición y ese deseo de crear una historia simple le crean grandes problemas, al menos en su presupuesto, ya que en el rodaje parece que se olvidó un poco de qué quería contar y eso le pasó factura al mostrarla a los críticos. ¿Pero es “Golpe al Corazón” una mala historia? Para nada. Simple, mil veces vista pero bien narrada y con estupendos actores, lo que Coppola mostró a los críticos fue una historia incompleta y esta fue machacada sin piedad; por mucho que luego fuera completada y bien montada, su destino era el olvido en las taquillas. Centrémonos en la película “Golpe al Corazón” es una historia de amor en crisis, que busca revitalizarse en una noche loca, y dejar de vivir en la monotonía y aburrimiento. La forma que se produce este renacer es mediante la separación de la pareja, provocado por el hastío, la desgana y la falta de alicientes; donde cada uno encuentra a la persona de sus sueños y hace replantear su vida y su futuro en ese mismo instante. La intención original de Coppola era homenajear el cine musical de los años 30 y 40, creando un gran espectáculo, pero al mismo tiempo experimentando con el cine. Para conseguir este efecto de cine de otro tiempo Coppola decidió, primero, filmar en el mismo formato usado en ésas décadas. En cuanto a la manera como enfocó el musical fue única y propia de Coppola: en lugar de ser los actores los que cantaran, las canciones expresarían sentimientos de los protagonistas pero serían cantadas a modo de voz en off, expresando el interior de los personajes pero sin que éstos lo verbalicen.



Coppola, dentro de la sencillez del guión con personajes corrientes, crea magia donde la alegría impregna cada escena y los sueños pueden cumplirse. Un claro culpable de que esto suceda es Vittorio Storaro, con un trabajo fotográfico sensacional que acompaña un trabajo de cámara revolucionario, empleando técnicas innovadoras que hacen de Las Vegas un lugar de fantasía y que sin duda es el principal reclamo en esta producción. Este relato no deja de tener ciertas coincidencias con la vida del propio director. Coppola estaba atravesando una acentuada crisis matrimonial con su mujer, que finalmente vio evitar el naufragio, igual que en el filme. Además, fue Las Vegas la ciudad donde realizador y compañera habían contraído matrimonio. En este sentido, el filme aborda varios problemas conyugales, como la demora en sacar a la luz detalles insondables, los peligros de la rutina y el desgaste físico, la honestidad de una pareja o el sacrificio para mantener una relación a flote. El aspecto experimental de la cinta se centra en dos aspectos: su realización y su manera de enfocar el musical. Coppola utilizó entonces un novedoso sistema de “Video Feedback” con el que podía ver las tomas rodadas recientemente y editar la película al momento, en lugar de esperar a que el laboratorio revelase el filme. Esto le permitía trabajar y experimentar con la edición de la cinta de manera continuada. Este sistema en el cual Coppola fue un pionero ahora es estándar y es usado de manera general por todos los cineastas. La película puede tocar al espectador a través de su música y sus personajes, despertando una respuesta emocional canalizada a través de las composiciones dependiendo claro del viaje emocional que haya experimentado el espectador.



Francis Ford Coppola siempre creyó que las nuevas tecnologías eran una herramienta perfecta como vehículo expresivo del séptimo arte. Según sus propias palabras, él creía que la tecnología podía aportar una nueva dimensión en la sensibilidad de las historias narradas. Éstas debían ser explotadas puesto que eran nuevas y se desconocían sus posibilidades estéticas. Esta creencia es la que explica a la perfección la existencia de un filme como “Golpe al Corazón” dentro de su filmografía. El ingente gasto empezó con una minuciosa reconstrucción de Las Vegas en estudio, con el diseñador Dean Tavoularis en cabeza, quien logró un trabajo insuperable. La intención de Coppola, seguramente llevado por el cansancio después de las duras condiciones de rodaje que tuvo que padecer en su anterior película, era que el producto tuviera un aspecto artificioso, casi teatralizado, aunque siempre realzado con sus cánones estéticos. De hecho, el filme se abre y se cierra con la presencia de un telón, como si de una obra de teatro se tratara. Francis Ford Coppola siempre ha atendido a su corazón, tratando de superarse a sí mismo, de dar lo mejor de sí, de marcarse sus propios límites. “Golpe al Corazón” es una plasmación de todo esto. Para rodarla Coppola decidió traer sus estudios Zoetrope a Los Ángeles, tras comprar unos terrenos. Allí pensaba rodar sus películas como se hacía en los años cuarenta. Estaría todo bajo control, sin depender de las inclemencias climatológicas. Los actores y actrices serían de reparto y podrían colaborar en las siguientes películas que Coppola rodara. Todo esto se nos cuenta en los extras del DVD de más de dos horas de duración, recomiendo visionarla.



Todos los planos, composiciones y movimientos de cámara en esta película tienen una razón de ser. Todo es simbólico, todo es eternamente onírico, todo está medido. La forma en la que una escena pasa a otra sin cortar la cámara es una auténtica virguería que permite hallazgos visuales que aportan, sorprendentemente, emotividad a la historia. Historia, por cierto, narrada por una suerte de coro griego, que explica los sentimientos de los personajes. Hay, sí, un par de números musicales genuinos, con baile, música, alegría, pero lo importante de la película es que toma un tema "pequeño", sencillo y le da un envoltorio de cuento de hadas. Y Coppola emociona con ello, con escenas impresionantes como la del aeropuerto, que es una fusión cromática para la recreación de espacios y atmósferas llamativas, así como de conceptos alegóricos: el amarillo era el color de la acción, el azul era el del descanso y el dedicado al personaje de Hank, el rojo se reservaba para Frannie...Coppola también apostó por los juegos visuales con sus personajes, el montaje en paralelo para la narración evolutiva de sus dos protagonistas y el uso y abuso de largos planos secuencia. Las intenciones grandilocuentes de Coppola eran tales que cortejó a Gene Kelly, nada más y nada menos, para que se hiciera cargo de las coreografías del filme pero el mítico actor, en parte por su avanzada edad y en parte porque temía el peso de tamaña responsabilidad, declinó la oferta, por lo que fue finalmente Kenny Ortega, quien hoy se encarga de los musicales Disney, quien diseñara los pasos de baile para esta odisea. De todas formas, viniendo de Coppola, “Golpe al Corazón” es un filme singular y único que causa una impresión en el espectador, ya sea negativa o positiva, pero duradera.



Un elemento crucial que hace que el montaje sea dinámico y se cree una simbiosis perfecta entre las imágenes y la historia en “Golpe al Corazón”; es la música creada por Tom Waits y que es conjuntamente interpretada por Crystal Gayle en la cinta. En este caso no tenemos una banda sonora orquestal o uniforme, sino un conjunto de canciones originales creadas por el músico que adornan momentos oníricos que se producen entre los actores (esas luces de neón que hacen creer a Frank ver la cara de Leia en ellas y que luego es acompañado por un número musical donde la Kinski derrite los corazones de cualquier persona que la ve). Las letras tienen incidencia en la historia y siguen en paralelo las acciones de los protagonistas. Como decía antes, la sencillez bajo un manto de imaginación y creatividad. El tiempo es un juez implacable y ese tiempo le da a este filme las virtudes que siempre se debieron reflejar. Sin ser una película perfecta, “Golpe al Corazón” es un trabajo con riesgo y calidad, con escenas que encandilan por su energía y colorido. Coppola buscó limpiar su alma después de su anterior trabajo con un filme distinto, un viaje tranquilo y sin quebraderos de cabeza, que hechizara al espectador y le hiciera creer que los sueños se pueden recrear. Desgraciadamente, el público dio la espalda y el dinero invertido hizo que Coppola viviera un endeudamiento que marcó su posterior carrera. En estos tiempos de muchos musicales, a mi modo de ver, vacíos y faltos de estilo tanto visual como narrativo, Coppola nos dejó un trabajo diferente, atractivo y lleno de interés que muchos deberían descubrir.



"Una arriesgada, original y lírica película que habla de la pérdida del amor”

domingo, 15 de mayo de 2011

La Edad de la Inocencia

Director: Martin Scorsese
Año: 1993 País: EE.UU. Género: Drama/Romance Puntaje: 08/10
Interpretes: Daniel Day-Lewis, Michelle Pfeiffer, Winona Ryder, Richard E. Grant, Alec McCowen, Geraldine Chaplin, Mary Beth Hurt, Stuart Wilson, Alexis Smith, Michael Gough y Miriam Margolyes



Newland Archer (Daniel Day-Lewis) es un caballero de la alta sociedad neoyorkina del siglo XIX que está prometido con May Welland (Winona Ryder), una joven de su misma clase social. Pero sus sentimientos cambian cuando conoce a la poco convencional prima de May, la condesa Ellen Olenska (.Michelle Pfeiffer). Desde el principio, Archer defenderá la difícil posición de la condesa, cuya separación con su marido autoritario la ha convertido en una especie de proscrita dentro de su propia clase social. A menudo, la veneración por un director determinado, provoca ciertos prejuicios en sus admiradores, prejuicios que impiden valorar algunas propuestas, alejadas de lo habitual en apariencia, por considerarlas ridículamente inapropiadas para la personalidad del artista en cuestión. Cuando Scorsese anunció que llevaría a cabo la adaptación de la novela de Edith Warthon “La Edad de la Inocencia” (con la que ganaría en 1921 el premio Pulitzer), muchos se apresuraron a expresar su desagrado, como si el cineasta italoamericano sólo fuera capaz de filmar con brillantez sangrientos y vertiginosos dramas gangsteriles, y como si esta decisión respondiera más a una necesidad de búsqueda de prestigio que a un impulso personal y creativo. Pero si Scorsese es el gran cineasta que tantos veneran, lo es también porque su universo personal no está restringido por géneros, temas o etiquetas, sino que se ve influenciado, ampliado y enriquecido por una insaciable curiosidad cultural e intelectual, que presiona constantemente sobre sus límites artísticos, y los expande.



Lo cierto es que llevaba mucho tiempo, Scorsese, deseando zambullirse en una historia de estas características, y la novela de Wharton era ideal para él por muchas razones. Nacida en una aristócrata familia neoyorquina, Wharton fue instruida desde muy pequeña para llegar a ser una distinguida dama de la alta sociedad. Pero su apasionante vida la desvincula completamente de ese destino. Casada por conveniencia, mantuvo una relación amorosa clandestina, que con toda seguridad fue el germen de esta novela. Un relato que explora la hipocresía social del último tercio del siglo XIX en Nueva York, la doble moral de sus miembros más privilegiados, y las normas no escritas que aprisionaban y finalmente aniquilaban cualquier muestra de individualismo. Todo esto lo recoge el bellísimo y magistral filme de Scorsese, con el que inicia una trilogía de obras magistrales no siempre considerada como tal, y con la que alcanza, por fin, la maestría absoluta. Colaborando por primera vez en el guión con su antiguo amigo Jay Cocks, adaptaron una excelente novela que, en realidad, es una literatura muy visual y muy cinematográfica, aunque sus diálogos precisaron de una reelaboración a fin de no sonar demasiado vetustos, modernizándolos para luego añadir algunos modismos de la época. Asesorado por una especialista en historia de Nueva York, Robin Standeferd, que recopilaría una enorme cantidad de volúmenes imprescindibles para la recreación visual, Scorsese contó por primera vez con el diseño de producción de Dante Ferreti, que desde entonces sería un colaborador fijo y esencial en sus proyectos. Para la complejísima y crucial elaboración del vestuario, se contrató a la legendaria Gabriella Pescucci, que con esta película ganaría el único Oscar para la película.



“La Edad de la Inocencia” es un certero e implacable retrato de universo cerrado en sí mismo, cuyas leyes impiden la natural expresión de los sentimientos y cuyos rastreros partícipes encuentran placer en todo tipo de rumores y cotilleos, juzgando a los demás, metiéndose en sus vidas y en sus relaciones personales. Sus títulos de crédito, creación por tercera vez de Elaine y Saul Bass para Scorsese, contextualizan ejemplarmente el tema de la película, con una sucesión de flores de distintos colores, que vemos a través de un filtro con caligrafía victoriana. La sucesiva eclosión de las flores revela ese encaje, ese filtro que parece apresarlas. Metáfora evidente de la lucha contra la represión que Madame Olenska y Newland Archer, con su secreta relación que llevan a cabo. Pero toda la escenografía, el minucioso detallismo, van encaminados a representar una sublimación de lo superficialmente lujoso frente a la urgencia y la angustia de la pasión irrefrenable. Con esta cinta, Scorsese explora una telaraña de ambiciones y falsedades que no es tan diferente de sus microcosmos gangsteriles. La secuencia del baile en el salón de los Beaufort, con la presentación de los distintos personajes que tendrán relevancia en la historia, recuerda poderosamente a sus planos subjetivos de “Calles Peligrosas” (1973) o “Buenos Muchachos” (1990), en los que la cámara se encarga de introducirnos a los habitantes de ese universo. Scorsese sólo se aleja de los ambientes urbanos, pero a cambio estudia de nuevo las actitudes que restringen la libertad y ataca con virulencia a sus personajes.



A fin de cuentas, Archer, como Henry Hill, Travis Bickle o Jake LaMotta, es un hombre condicionado por una obsesión casi neurótica, la que le ata a un amor imposible. Ellen, un poco más práctica, se encargará a veces de hacerle comprender que no pueden estar juntos, pues son demasiado diferentes para ser felices. Pero en esa imposibilidad radica la extrema pasión y la fugaz efervescencia de una relación trágica y arrolladora, sin la que no pueden vivir, pero por la que paralizan sus vidas. En realidad, ella representa todo lo que el desearía, y viceversa. Para él, Ellen es la libertad absoluta, por su valentía y su desprecio a las normas. Pero para ella, él es lo que no puede tener, por su integración en un mundo que ella venera con infantil afecto. Estar juntos significaría, a la postre, vivir separados. En su renuncia a dar ese paso hacia una felicidad inalcanzable, “La Edad de la Inocencia” posee varios puntos en común con “Lo Que Queda del Día” (1993), otra obra maestra de ese mismo año. Después del ejercicio de memoria y simulación estética de la irregular, aunque con momentos apasionantes, “Cabo de Miedo” (1991), la perfección estilística y narrativa de esta película es abrumadora. No solamente desde un punto de vista visual, sino por los múltiples niveles narrativos de los que están compuestos sus secuencias más importantes, por la sutilidad conque elementos como los cuadros o la ornamentación afectan anímicamente al espectador mientras cuentan algo de los personajes, y por las dinámicas invisibles que se establecen entre unos personajes trazados con total maestría. No hay un solo gesto, réplica o conducta que no tenga una utilidad dramática de gran fuerza emocional, como venas subterráneas que hacen avanzar el relato hacia su desolador y angustioso final.



Empleando con frecuencia el recurso del plano detalle, lo hace para una doble función: Por un lado, destacar con precisión de cirujano, o mejor, de voyeur pertinaz, la abundancia y la ostentación de unos privilegiados, para mostrar después con mayor contraste lo miserables y lo abyectos que pueden llegar a ser. Por otro, analizar los múltiples objetos que Newland Archer observará y tocará con sus delicadas manos de aristócrata, casi con febril ofuscación, con deleite. Así, los detalles figurativos, el atrezzo, los cuadros, cualquier elemento o rasgo del vestuario o de la dirección artística, deviene parte fundamental de la mirada y la cámara de Scorsese, que narra con una energía juvenil esta arrasada historia de amor. Sabe moverse con cadencia, pero también con vértigo. Con ayuda de Schoonmaker el montaje se convierte en una herramienta emocional, y con su uso podemos acceder de una forma mucho más nítida al interior anímico de los personajes. Siendo la película más “lenta” de su director, no hay sensación de aburrimiento, porque por debajo de esa placidez corren ríos tormentosos. Cualquier pensamiento o anhelo es utilizado para un veloz corte de montaje, para mostrar las imágenes interiores que atormentan a los personajes. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: la violencia de esta película es tan sutil, y a la vez tan patente, como los hermosos encajes que ornan la sociedad elegante en la que nos sumerge la cinta. Aquí las pistolas desaparecen, no hay rastro de sangre; pero bajo el estricto protocolo, la hipocresía y la elegancia de la sociedad adinerada, todo esta más afilado que una navaja, y las miradas, cuando miran, lo hacen para controlar, sin que nada escape a ese control, incluida la libertad de amar.



El trío protagonista es insuperable. Daniel Day-Lewis es el protagonista pasivo, incapaz de dar el paso con el que liberarse de la sociedad que secretamente desprecia, y de irse con Ellen. Y hace un trabajo tan formidable, contenido y elegante como era de esperar. Pfeiffer, a su vez, quizá hizo en esta cinta la interpretación de su vida. Y Winona Ryder, un año después de “Drácula de Bram Stoker” (1992) vuelve a demostrar lo buena actriz que es. Está perfecta como la tímida manipuladora que parece incapaz de matar una mosca y que es la más artera de todos. Pero cada actor, pequeño que sea su papel, está perfecto en esta telaraña que vendría a ser una suerte de lujosa mafia de la que nadie puede escapar. A mi criterio la encuentro como una inmensa metáfora sobre la forma en que la vida te envuelve y las dificultades de acceder al deseo. Y sobre lo que parece, pero no es. Y sobre lo que subyace en lo que creemos que es la realidad. Y nos hace ver que en una sociedad tan obtusa, compacta y censora puede nacer un romance que no puede ser. Pero nadie ha dicho que los impulsos se acomoden a la realidad. Es cómodo plegarse a lo que hay. Apagar los engranajes del cerebro en el opio de la rutina bien vista, deslizarse suavemente por aguas calmas, siguiendo la corriente. Dos horas largas de cine que se hacen cortas por su inseparable trenzado de agilidad e intensidad, de invisible dinámica y de pasión fervorosa. Con ella, Scorsese toca el techo de los maestros y encuentra la plenitud de su carrera. Plenitud que le duraría varios años y que ya era una certeza con la genial “Buenos Muchachos”. Ningún amante del cine de Scorsese debería pasar por alto esta joya.



"El otro lado de Scorsese"

domingo, 27 de marzo de 2011

La Fuente de la Vida

Director: Darren Aronofsky
Año:
2006 País: EE.UU. Género: Drama/Ciencia Ficción Puntaje: 09/10
Interpretes:
Hugh Jackman, Rachel Weisz, Ellen Burstyn, Sean Patrick Thomas, Donna Murphy y Mark Margolis

“La Fuente de la Vida” es una historia de ciencia-ficción que aborda la odisea de un hombre (Hugh Jackman) y su lucha a través del tiempo para salvar a su amada mujer (Rachel Weisz). Desde la España del siglo XVI hasta el profundo espacio del futuro siglo XXVI, el héroe de este filme intentará encontrar el árbol de la vida, la entidad legendaria que otorga la vida eterna a aquellos que beben su savia, para intentar salvar la vida de su esposa enferma de cáncer. Como una pintura o una escultura, "La Fuente de la Vida" no busca contar una historia convencional, sino sugerir ideas y emociones que deben ser interpretadas por el espectador. Quizás esas ideas no sean particularmente novedosas o relevantes, pero al menos hay que apreciar la increíble dirección de Aronofsky y su diestro manejo de la técnica cinematográfica, por medio de la cual logra una historia coherente que no necesariamente entendemos en un plano intelectual, pero sí en uno emotivo. En otras palabras: ¿estamos viendo a los mismos personajes a lo largo de 1000 años? Tengo mis teorías, pero prefiero callármelas, porque no hacen falta explicaciones lógicas para apreciarla. Quizás todo sea una metáfora del proceso de aceptar la muerte de un ser querido; quizás sea una saga de ciencia ficción que culmina en una lejana estrella; quizás sea simplemente una fábula que nos muestra que la inmortalidad no es vivir para siempre, sino integrarse al proceso natural de renovación que aplica a todos los seres vivos.

Creo que Darren Aronofsky corre el riesgo de ser víctima de su propio éxito. La excelente recepción crítica de sus películas previas "PI” (1998) y "Réquiem por un Sueño" (2000) estableció un estándar de intensidad narrativa y fervor dramático que su nueva propuesta (romántica, además de todo) no logra alcanzar. De cualquier forma, creo que "La Fuente de la Vida" es una clara muestra del talento de Aronofsky como director, aunque sus dotes como guionista se hayan quedado cortas. O tal vez hay que achacar la culpa a los miopes estudios hollywoodenses que hace años cancelaron la producción de la cinta, cuando era un enorme proyecto que iban a estelarizar Brad Pitt y Cate Blanchett. Quizás un presupuesto más elevado y una producción más pulida hubieran logrado el épico espectáculo visual que respaldara el drama de los protagonistas. Supongo que nunca lo sabremos. Hay bastantes motivos por los cuales “La Fuente de la Vida” ha provocado y provocará reacciones de todo tipo (y aquí se incluye también la indiferencia, claro). Dejando a un lado “juegos” visuales más o menos discutibles, básicamente, el centro de la “polémica”, ineludible, radica en el tratamiento que da la película a la muerte, al fin de la vida. Aronofsky dijo que los productores habían calificado su guión como de “poema sobre la muerte”. Efectivamente, ésa sería una buena definición de parte de las intenciones del filme, muy diferente a todo lo que vemos actualmente, y desde hace años, lo cual, al menos para un servidor, resultó una grandiosa noticia. Como señalaba el propio director ante los medios, la historia de la película, al centrarse en la muerte, toma referencias de muchos sitios, especialmente, de las diferentes religiones, al haberse preocupado tanto por esa circunstancia vital.

He aquí el otro gran elemento de controversia en “La Fuente de la Vida”. Y es que tocar temas religiosos, o al menos acercarse a ellos, conlleva, desgraciadamente, el levantamiento instantáneo del mismo grupo de fanáticos de siempre. Como es algo que está ahí y no se puede evitar, por ahora, lo mejor es hacer oídos sordos en este aspecto. Los protagonistas de “La Fuente de la Vida” son Hugh Jackman, que probablemente realiza aquí su mejor trabajo hasta el momento, y Rachel Weisz que aparece especialmente encantadora. Pero Jackman es realmente quien carga con todo el peso del filme, interpretando a un personaje que es tres a la vez, en diferentes épocas o mundos o realidades, y que hacen todo lo posible por encontrar esa fuente de la vida que salve a Weisz, en sus diferentes aspectos (o realidades); especialmente llamativa e impactante resulta la parte de Jackman como soldado colonizador, enfrentándose a los nativos americanos. Aronofsky dijo que el actor estaba muy implicado en el proyecto y se le nota. Jackman está inmejorable, a un nivel similar al que nos ofreció en la fascinante “El Gran Truco” (2006). Especialmente inspirado en la parte final de la película, Jackman compone un personaje que son tres en realidad y a cuál más interesante, logrando un gran trabajo. Weisz participa menos activamente, aunque su presencia no deja de latir en todo el filme, al ser el motor que mueve a los personajes de Jackman, y su trabajo es más que notable. Weisz, como he dicho, está radiante en la película, lo cual debe tener alguna relación con que, desde el rodaje, es la pareja de Aronofsky.

Aparte de las dos estrellas, en el filme vemos a gente como Ellen Burstyn (que estuvo impresionante en “Réquiem por un Sueño”), Sean Patrick Thomas o Donna Murphy, pero sus personajes apenas tienen relevancia, centrándose toda la historia en la pareja protagonista y sobre todo, como he dicho, en los papeles de Jackman. No es “La Fuente de la Vida” una película fácil de ver ni de resumir, porque se aleja de casi cualquier componenda comercial o de entretenimiento. Tampoco, en el fondo (y me temo que a pesar de los intentos de su director), es una película para reflexionar, porque sospecho que en este terreno contiene bastante menos de lo que podría parecer. Pero sí que es una película para dejarse llevar por ella, por su poderoso aparato visual que funde en una misma paleta apagada, y con un pie en el misterio, una recreación de una estancia de la Alhambra, un laboratorio de investigación oscuro como un templo que guarde los misterios, por la belleza de Rachel Weisz y la obstinada determinación de Hugh Jackman, por la inquietud de sus creaciones visuales (atención a la escena junto al Árbol, en Guatemala), de esta fábula sobre cómo el amor se ve enfrentado a la muerte. Ante ello, ¿importa de verdad que por momentos Jackman nos recuerde a un buda barato de todo a cien, o que la necesidad de dar un sentido último a la obra destruya la magia de instantes como el del templo maya? Ahí ya entra la decisión última del espectador; creo que, como se puede leer hasta aquí, para quien esto firma, no; lo que no quiere decir que ojalá el bueno de Darren no hubiera hecho mejor en ahorrárnoslo y buscar otra solución. Pero ahí queda la valentía, la belleza, los aciertos y los errores de una propuesta atípica.

En la cinta la vida eterna queda desligada del tiempo, huye de su significado y florece dentro de una nebulosa moribunda. La muerte es un acto de creación, y el sentido mismo de la vida no reside en el tiempo que pasamos viviendo, sino en el tiempo que realmente destinamos a ser felices y no buscando esa felicidad. Por eso esta cinta de Aronofsky no nos habla de ser inmortales, pero para corroborar su sentido opuesto o diferenciado de esa utopía, de esa ciencia-ficción. ''La Fuente de la Vida'' no es opulenta ni pretenciosa como así nos lo querían hacer ver, pues es todo lo pretenciosa que pudiera ser una historia de amor entre un hombre y una mujer. No obstante, tampoco se trata de una historia cualquiera, sino aquella que muestra la verdadera esencia de lo que significa el amor, que nos enfrenta directamente al problema de la escasez del tiempo con el que contamos y de nuestro error existencial al no saber qué hacer con él. Las imágenes de esta obra maestra son tan poderosas, (en su concepción tanto como en su abstracción, en su plano estético y filosófico, o como simple canto a la vida) que volvemos a estar delante de un ser con vida propia que hace suyo el milagro del cine: transmitir a otro nivel por encima del lenguaje, clavarse como un dardo en el hipotálamo y extenderse como un dulce veneno a través del alma. Un alma que vive en una urna de cristal líquido viajando a cientos de miles de kilómetros por hora surcando el universo hacia "Xibalba", donde el árbol de la vida volverá a renacer, o donde por fin comprenderemos que ''juntos para siempre'' no es sólo una abstracción brotada de la boca de un corazón enamorado, pues su significado trasciende la esencia mortal de la carne, trasciende el alimento de la madera de la vida, el vello erizado al contacto de unos labios amantes, las pisadas sobre el barro que circunda la presencia arbórea de una vida marchitándose ante un corazón en pena; la conquista de la Nueva España en busca de una utopía que no está más allá que dentro de nosotros mismos.

“La Fuente de la Vida” es cine en estado puro, su potencia visual es tan deslumbrante y abrumadora que se resiste a cualquier tipo de análisis racional. Aronofsky ha trascendido las fronteras del cine y se ha adentrado en terrenos más propios de la poesía y el arte del subconsciente. Y, sin embargo, lo poderoso de la imaginería de Aronofsky nos retiene más que nos aleja, nos fascina y, sobre todo, levanta sus mejores momentos en la historia de amor contemporánea de los sobresalientes Hugh Jackman y Rachel Weisz, en el hipnotizante acierto visual de esa esfera celestial sumergida en el seno de una nebulosa con el Árbol y un Jackman futurista en su interior, en la soberbia banda sonora de un Clint Mansell que firma su mejor partitura para Aronofsky, superior incluso a su ya excelente trabajo en "Réquiem por un Sueño", en una construcción musical que no duda en utilizar la repetición de planos y secuencias parecidas para crear un orden en su interior, una cadencia que acaba impregnando aunque, en algún momento, algo de ruido visual o conceptual interfiera en nuestra recepción de la obra. En resumen, “La Fuente de la Vida” es una extraordinaria aventura fantástica alrededor de la vida y la muerte, ofreciendo algunos de los momentos más inspirados que se han visto en los últimos años en una pantalla de cine. Una pequeña maravilla que, desgraciadamente, no ha podido ser todo lo que Aronofsky quería contar. Quizá haya que hacerse con el cómic. Personalmente, situaría a esta cinta al mismo nivel que la famosa “Réquiem por un Sueño”’. Y mucho cuidado, público, no se trata de una obra fácil, no es nada comercial, y requiere que el espectador se entregue por completo. Tenerlo en cuenta.



“Un hermoso poema a la muerte”