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domingo, 15 de enero de 2012

Stereo

Director: David Cronenberg
Año: 1969 País: Canadá Género: Ciencia Ficción Puntaje: 5.5/10
Interpretes: Ronald Mlodzik, Jack Messinger, Ian Ewing, Clara Mayer, Paul Mulholland, Arlene Mlodzik y Glenn McCauley



En un futuro no muy lejano la Academia Canadiense para la Investigación Erótica mantiene recluidos en sus instalaciones a ocho pacientes muy especiales, todos ellos fueron sometidos a una intervención quirúrgica cerebral con el fin de potenciar sus habilidades telepáticas. El Doctor Luther Stringfellow (Ronald Miodzik) se incorporará al grupo de científicos para investigarlos de cerca y probar en carne propia diversas teorías acerca del fenómeno PSI y su vinculación de sus comportamientos psico-sexuales; De esta manera damos comienzo al Estudio Filmográfico de la obra del director David Cronenberg y lo hacemos comentando “Stereo”, una película de apenas una hora de duración que no fue editada en Latinoamérica; la primera que hay es “Parásitos Mortales” (1975), que muchos la etiquetan como el primer largometraje del realizador, lo cual no es del todo cierto. Tampoco es que se pierda mucho, salvo para los más fanáticos de la obra del canadiense. “Stereo” es una obra difícil de clasificar y difícil de ver, por no decir insoportable. Sin embargo, ya en este primer trabajo encontramos algunos de los temas más recurrentes en la trayectoria de Cronenberg, como son la misteriosa capacidad del cerebro, la degeneración del ser humano o los comportamientos sexuales. Esta cinta es una pieza de vanguardia muy poco conocida y valorada. De hecho podemos encontrar en ella aspectos que no tienen nada que envidiar a los “productos” de la factoría de Andy Warhol: el cuestionamiento de los valores en los que se basa la sociedad tradicional, los elementos arquitectónicos cuidadosamente elegidos, los movimientos de cámara, la distancia, el uso de planos detalladamente encuadrados y nivelados, y aun así rodados de tal manera que dejan lugar al extrañamiento. No obstante, “Stereo” se presentó en varios festivales (con dinero del bolsillo de su autor) y fue una de las diez películas seleccionadas para integrar un bloque llamado “Nuevo Cine Canadiense”.


Hay directores que han aportado elementos innovadores al cine, permitiendo que este pueda seguir evolucionando. Por supuesto, estas palabras no pretenden ocultar que este experimento cinematográfico en bruto haya originado multitud de películas absolutamente prescindibles: simplemente son campos de prueba para experimentar con libertad absoluta, intentando hallar nuevas formulas visuales que funcionen y resulten atractivas, aunque por el camino un porcentaje muy elevado de las mismas lleven a la nada más absoluta. Son un riesgo necesario para que cualquier arte logre evolucionar. Con “Stereo” David Cronenberg nos introduce en un gélido recinto donde se experimenta con las mentes de un grupo reducido de individuos. Dice el director que el título se refiere al modo en el que los telépatas perciben el mundo, en oposición a cómo lo hacen las personales normales; quizá se le olvidó añadir que sólo los telépatas podrán disfrutar de este producto audiovisual, que fue posible gracias a la ayuda económica de un organismo público (el Canada Council, que pensaba que estaba financiando una novela), un hecho que volverá a repetirse más adelante. Por mi parte, desde ahora, si alguien me pregunta si he escalado una montaña de tres mil metros, le responderé: No, pero he visto “Stereo” dos veces. Según cuenta el propio realizador, David Cronenberg no tenía claro qué hacer en 1965. Tenía entonces 22 años y le apasionaba el arte y la literatura (se graduó en esta especialidad tras decepcionarle las ciencias), pero no encontraba su vocación. Hasta que ese año vio una película que le abrió los ojos. El filme, de David Secter, se titulaba “Winter Kept Us Warm” (1965) y se había rodado prácticamente sin presupuesto entre un grupo de amigos, del mismo entorno de Cronenberg. Le impresionó el resultado, y vio las posibilidades del medio para alguien como él. Se le encendió la bombilla y decidió probar suerte. Casualmente, Secter se perdió por el camino y el otro llegó (entre otras cosas) a presidir el Festival de Cannes.



Pero Cronenberg todavía tardaría aún cuatro años en tener listo su primer largometraje. Durante ese tiempo se alió con otros jóvenes canadienses con inquietudes artísticas para crear una asociación de fomento del cine experimental, inspirados por el movimiento “underground” de Nueva York, y ya en 1966 graba su primer cortometraje, “Transfer”, sobre el concepto “freudiano” de transferencia, en el que un médico y su paciente hablan durante siete minutos en un campo. Un año después realiza el segundo corto, “From The Drain”, centrado en otros dos personajes que hablan durante varios minutos; en este caso, dos ex-combatientes y en una bañera. El cineasta no los defiende, los ve como experimentos, entrenamientos, como la preparación de lo que vendrá más adelante. En 1969 tendríamos ya el primer “aviso” serio de lo que se está originando. David Cronenberg quería rodar su primer largo en 35mm, porque le parecía que era el formato del “verdadero cine”, así que alquiló una cámara Auricon y produjo, a través de su recién creada productora “Emergent Films”, “Stereo”, a la que llegó a definir como “una investigación de la incapacidad de la sexualidad corriente”, que también escribió, dirigió, fotografió y montó. Ya puestos, podría haberla protagonizado (de hecho trabajará como actor en el futuro), pero quizá no se atrevió, o no quiso dejarle la cámara a otra persona. Al frente de ella puso, entre otros, a Iain Ewing y Jack Messinger, protagonistas de la mencionada “Winter Kept Us Warm”. “Stereo” no es para todo el mundo. Carece de una estructura narrativa convencional y su final resulta abrupto. No obstante posee una característica que la hace particularmente interesante. Por un lado, cuando uno “sintoniza” con las intenciones del director, no puede quitarle los ojos de encima. Hay cierto poder hipnótico en las imágenes que impiden abandonarla, aún cuando no alcancemos a entender certeramente lo que ocurre.



David Cronenberg asegura que nunca ha sido un cinéfilo, que siempre le interesó más la literatura, pero que Ingmar Bergman estuvo presente en su cabeza desde su más temprana juventud, cuando su padre le habló de “El Séptimo Sello” (1957). Viendo su primer largometraje, uno comprende enseguida que esto debe ser cierto. La estética de “Stereo” remite directamente a la obra del genial cineasta sueco, y hasta su protagonista (Ronald Mlodzik, un rostro habitual en los inicios de Cronenberg) parece el doble de un joven Max Von Sydow. Desafortunadamente, la cuidada factura visual de “Stereo” no llega para tapar el desparrame de ideas que Cronenberg quiso plasmar, siendo sin duda otro de esos “pretenciosos experimentos” (en palabras del director) con los que inició su carrera artística. A nadie le puede sorprender esto. El 99% de los veinteañeros con aspiraciones en el mundo del arte comienzan con aires pretenciosos, en parte por querer reivindicarse ante los demás, en parte porque Hollywood nos vende que con una pizca de suerte podemos superar a Steven Spielberg. Cronenberg tenía otro ideal en mente (el arte puro y duro), pero también se lo creyó demasiado pronto. En cualquier caso, sin sus primeros pasos no habría llegado a donde está ahora, y es imposible hacer algo grande sin jugársela, sin atreverse a romper las barreras. Le habría resultado más fácil ponerse a tirar cubos de pintura sobre un lienzo, pero le interesó el cine y se lanzó a exprimir sus posibilidades. Así que este joven continuó a lo suyo, trasladando los temas que le interesaban a esta primera pieza audiovisual. No obstante la buena acogida que tuvo en diversos festivales de cine independiente le valió una beca de la Canadian Film Development para filmar su siguiente trabajo “Crímenes del Futuro” (1970), pero es interesante que actualmente el director no guarde buenos recuerdos de sus primeros trabajos: "la dirección que tome en esa época estaba influida por las películas under que se hacían en Nueva York; necesitaba experimentar por ese lado para crecer. Pero “Stereo” y “Crímenes del Futuro” fueron para mí un callejón sin salida, simplemente decidí no hacer más esta clase de películas”.



La cinta posee un opresivo y expresivo blanco y negro (el color de las primeras películas de los estudiantes con pretensiones), que se grabó sin sonido directo. Durante gran parte de la película no se oye nada, y a esto se le podrán dar mil interpretaciones, pero lo cierto es que Cronenberg usaba una cámara que hacía demasiado ruido. Se tendría que haber incorporado el sonido en post-producción, cosa que hizo, pero a su manera. En lugar de añadir el ambiente y las conversaciones o los gritos, Cronenberg hace hablar a unos doctores ficticios que relatan los conocimientos teóricos, las pruebas y los comportamientos de los sujetos que están siendo investigados. De este modo las extrañas imágenes de “Stereo” (casi siempre estáticas y encuadradas con evidente esmero) son a veces acompañadas por una lenguaje científico deliberadamente recargada y prácticamente ininteligible, que llega a funcionar casi como música (por su tono repetitivo y distante), creando la sensación de estar contemplando un documento verídico sobre un grupo de pacientes reales a los que se les ha dado la facultad de la telepatía, lo que los transforma en seres nuevos, con su propia manera de entender la realidad, la sociedad y el sexo. No hay mucho más que decir sobre “Stereo”, salvo aplaudir la inteligencia de Cronenberg al aprovechar la laberíntica construcción del Scarborough College de la Universidad de Toronto (diseñado por John Andrews) donde rodó el filme. El centro iluminado con gran acierto, le sirve al incipiente cineasta no sólo para enrarecer aún más la atmósfera (junto al comportamiento de los personajes, casi como animales perdidos en una jaula), sino también como símbolo de las misteriosas investigaciones que se estarían llevando a cabo allí y de la complejidad de la mente humana, el objeto de estudio, que como un ente aparte, parece poder ser capaz de mutar y extender su poder más allá del limitado cuerpo físico. Cronenberg apunta, deja detalles interesantes, imágenes muy sugerentes, pero todavía es un chico inexperto que acababa de empezar.



“Un experimento peculiar”

jueves, 20 de octubre de 2011

Summer Wars

Director: Mamoru Hosoda
Año: 2009 País: Japón Género: Animación/Ciencia Ficción Puntaje: 08/10
Productora: Madhouse Studios



“Summer Wars” está ambientada en Japón en un futuro próximo, donde se ha creado la ciudad virtual de OZ, accesible desde casi cualquier dispositivo (móviles, consolas, televisores, ordenadores). Muchísima gente alrededor del globo tiene su avatar en OZ, donde se puede relacionar con otros, realizar compras (de productos reales o virtuales), jugar o realizar gestiones administrativas. Kenji Koise, un estudiante de secundaria superdotado para las matemáticas, está trabajando durante el verano en el mantenimiento de los sistemas de OZ, tras perder en un concurso de matemáticas, quedara muy enojado, pero esto pasara cuando Natsuki Shinohara, la chica más popular del instituto, le pide que le acompañe de vacaciones a la casa de su familia en Nagano. Una vez allí descubre que la familia de Natsuki es una familia noble cuyo linaje se remonta al siglo XVI y no conserva mucho dinero pero sí la enorme casa familiar en el campo, donde se reunirá todo el clan para celebrar el 90 cumpleaños de su matriarca, la abuela de Natsuki. Pero los problemas comienzan cuando Natsuki le pide que simule ser su novio para tener contenta a su abuela. Mientras está allí, recibe un enigmático mensaje para descifrar un código que le intriga. Cuando lo descifra, descubre con espanto que ha ayudado a una inteligencia artificial a burlar la seguridad de OZ, desencadenando un ataque al sistema que hará que millones de usuarios pierdan su cuenta y que la propia seguridad mundial peligre. Pero afortunadamente no estará sólo en la batalla que se desencadena, la familia de Natsuki le dará su apoyo. “Summer Wars” es la segunda película de Mamoru Hosoda desde que se convirtió en freelance y abandonó la compañía Toei, donde había trabajado en la serie de “Digimon”. “La Chica Que Saltaba a Través del Tiempo” (2006), fue su debut como independiente, consiguiendo muy buena acogida de público y crítica, por ella recibió 23 premios en distintos certámenes, entre ellos "El Premio Anima't" a la mejor película de animación en el "Festival de Sitges" del 2009. “Summer Wars” cuenta con el mismo equipo creativo y está producido por el mismo estudio, Madhouse, uno de los más pioneros del Japón.



“Summer Wars” tiene dos tramas; en una se plantea el ataque a la red OZ y en la otra se cuenta la dinámica de una familia grande. Cada una es interesante y está muy bien construida por separado, pero la principal virtud de la película es que logra unirlas perfectamente, sin fisuras. En la película el director reivindica la humanidad en un mundo tecnificado, el encanto del encuentro personal contra las relaciones virtuales del presente. Hablamos de una obra maestra cuando la épica del discurso no ahoga nunca ninguna de las historias íntimas, y en tanto que ambos mundos confluyen perfectamente en armoniosa unidad. Montada a modo de comedia ligera en su primer acto, poco a poco se va introduciendo (de fondo) a un subtrama de la que acaba alimentándose todo el filme: el mundo virtual pasa a ser el real, los problemas comienzan cuando un "hacker digital" ataca la seguridad del sistema. El problema es que todo el mundo, las empresas y organizaciones forman parte de dicha red social: imagínense algo como Google, un sistema desde el cual a través de cuentas de administrador puede variarse el sistema de tráfico de la ciudad, la comunicación (tele, radio, prensa), etcétera. Los efectos se dejan sentir al instante: los semáforos de todo el mundo se comienzan a volver locos, las bolsas de valores del mundo están totalmente fuera de control, los satélites GPS son manipulados totalmente al azar… se comienza a vivir un caos en el mundo real. Lo que la películas animes actuales consiguen por la vía de la estética, en cuanto a disolución de las fronteras entre animación e imagen real, Hosoda lo consigue por la vía de la narrativa, en un ensamblaje perfecto. Un perfecto mecanismo de reloj que fluye con inusual serenidad, sin que haya ningún elemento que cruja. Es una película ideal para romper prejuicios y que puede atrapar a un público de todas las edades.



La trama familiar es la gran protagonista de “Summer Wars”; la familia, liderada por una abuela carismática, es retratada de forma entrañable y creíble. El guión mezcla con gran habilidad el retrato de las tensiones familiares con la trama global de la amenaza a OZ, conduciendo a un más que satisfactorio final en que se resuelven ambas cosas. La familia tiene una importancia capital en la cultura japonesa, por ello las historias de familias vistas en su conjunto son uno de los temas recurrentes del cine japonés; han sido cultivadas desde todos los ángulos posibles, desde muchos géneros distintos y por los más variados cineastas. En “Summer Wars” se nos describe una antigua familia noble, que participó en multitud de guerras, perdiendo muchas pero orgullosa de siempre haber luchado con todas sus fuerzas. Actualmente no tienen mucho dinero y nada de noble; sus miembros viven dispersos por Japón y la mayoría son de clase media. Lo único que queda del esplendor familiar es su casa de campo en la prefectura de Nagano espléndidamente diseñada por Yougi Takeshije, colaborador habitual del Studio Ghibli. Takeshije ha creado una casa que es un personaje en sí mismo, grande, apacible, perfectamente integrada a los cielos azules y verdes montañas de la región. Aunque la historia parece muy geek, el mundo de Oz y la forma en que es contada están dirigidos al público en general, por lo que se puede disfrutar a la perfección sin necesidad de ser un erudito en menesteres de internet. Además, los personajes están perfectamente definidos: Kenji de plano es un chico sin mucha experiencia, pero Natsuki y su numerosa familia se llevan las palmas por tan diferentes personalidades y por la forma en que cuidan y ven por los demás miembros. No sorprende que la lucha contra el virus del mundo virtual sea emocionante, ni que el amor surja de encontrar la confluencia de los ideales personales y no de la atracción física.



La red OZ, a diferencia de muchas otras vistas en otras películas, es creíble. Ofrece una interfaz con el usuario agradable y sencillo, es fácil de usar y puede accederse desde casi cualquier dispositivo. Su sistema de avatares y la construcción de los fondos de la ciudad son también buenas ideas; en conjunto es fácil pensar que si llegara a implementar en la realidad cuando la conexión de banda ancha inalámbrica y el “cloud computing” sean un hecho, podría tener éxito. Esto contribuyó en mi caso a engancharme más a la trama. Dejando de lado la credibilidad, visualmente los diseños de los escenarios y de los avatares son espectaculares. A partir de un relato familiar, la película multiplica la riqueza de historias corales y entrelazadas sin perder nunca esa capacidad pasmosa para perfilar cada personaje con sencillez y profundidad en apenas unas pocas pinceladas, por ello “Summer Wars” no es solamente una historia costumbrista sobre las relaciones de diferentes generaciones en el Japón de la era contemporánea, sino una trepidante, afectiva y enérgica cinta de animación, que atrae al espectador desde un principio, sumergiéndolo en un futuro posible de la era digital, sin olvidar la emotividad y la sensibilidad, que hacen en su conjunto que sus dos horas de duración pasen en un abrir y cerrar de ojos. La música de Akihiko Matsumoto es otro milagro, pocas películas sin un leitmotiv musical definido han conseguido amplificar el valor de su intensidad narrativa a través de un universo sonoro tan dispar. El riesgo y la constante inventiva de una banda sonora muy peculiar intensifican la sensación de encontrarnos frente a algo diferente, frente a una película única en su género, frente a un verdadero acontecimiento. Cuando ves la película te preguntas ¿Podrá un simple chico de preparatoria con todo el peso de lo que hizo? ¿Estará el mundo de Oz a merced del hacker? ¿Qué peligros acechan al mundo real si Oz está al acecho de un total desconocido que parece que solo está jugando con todo lo que encuentra en su camino?



Se suele vincular a Mamoru Hosoda como el nuevo Hayao Miyazaki por el carácter intimista de sus historias y por la imbricación entre el mundo real e imaginario, donde el aspecto artificial acaba contaminando más de la cuenta al mundo real. Aquí, un mundo virtual, que lleva al paroxismo las redes de la tecnología de la información ya existente, amenaza al planeta, por culpa de un virus que entra en la red con ganas de tambalear los cimientos del universo regulado y ordenado. Los peligros del exceso de dependencia tecnológica en el que vivimos están patentes, pero Hosoda evita el sermón, para narrarnos de forma ejemplar un relato divertido, vital y entusiasta sin descuidar ninguno de los planos en los que se mueve. Porque la esfera sintética permite desplegar unas dotes fabulosas en lo que se refiere a animación y es donde el largometraje se apega más a las constantes del formato que se escoge. Por otra parte y como dije anteriormente, cuando se centra en el aspecto costumbrista de una familia nipona, con sus tres generaciones reunidas ante el aniversario de la abuela, funciona con la misma perfección de los dramas intimistas de Yasuhiro Ozu, al que seguramente se tenía en mente al hacer esta cinta. La visión de la familia unida, a pesar de las diferencias generacionales, tiene un marcado carácter conservador, acento que le diferencia de las acostumbradas familias disfuncionales de Miyazaki, pero la sensibilidad y el gusto por el detalle salvan un discurso que podría haber acabado en moralina. Y Hosoda logra esquivarlo. Si “La Chica Que Saltaba a Través del Tiempo” era una obra de arte por retratar aquel tímido universo femenino de la adolescencia con tanta delicadeza y pureza narrativa, “Summer Wars” tiene el sabor de la arquitectura narrativa más grande jamás construida. Lo más hermoso de todo es encontrar que incluso en ella los sentimientos siguen siendo lo más importante.



Además el apartado técnico de la película es muy destacable, con un diseño de personajes y de escenarios impresionantes y una animación suave y eficaz, pero es en el guión donde realmente la película tiene su punto fuerte. La historia atrapa, los personajes resultan creíbles y cercanos, su ritmo asegura el entretenimiento y su final es magnífico, cerrando y ligando las dos tramas a la perfección. Según Mamoru Hosoda su intención al hacer la película es que quería contar una historia que pudiera ser aceptada por un rango muy grande de gente, sin importar edad ni género. Sin duda ha superado la prueba, creando además una película notable, divertida y a ratos conmovedora. En medio de batallas virtuales, de mundos imaginarios, de avatares personalizados, de perfección visual y estética en una red social casi perfecta, Hosoda posa la mirada sobre los juegos de mesa que mantienen unida la familia, sobre las bromas y los gestos de unión, sobre esos detalles que acaban formando a la persona y construyendo sus ideales tanto como sus recuerdos. El director se empeña en querer recordar que lo importante en ese universo tecnificado deben seguir siendo las personas, y no la propia tecnología. Hosada todavía tiene mucho que decir, y sigue siendo uno de los directores más prometedores de la animación japonesa en la actualidad, es cierto que la idea principal del argumento no es novedosa, pero si el modo que lo desarrolla, mezclando el presente terrestre de hoy en día, con las tradiciones japonesas familiares, mostrándonos dos mundos, que tendrían que ser diferentes, pero que al final los sentimientos del mundo real son trasladados al ficticio; es admirable. Por último comentar que la animación, los dibujos, dentro de su sencillez creativa y artística, y simplicidad, muestran un gran abanico de personalidades, cada uno de ellos con sus dones y sus propias gracias, que los hacen atractivos y atrayentes para el espectador, y a su vez la hace una ingeniosa película de animación.



“Ingeniosa película de animación en su conjunto”

domingo, 25 de septiembre de 2011

8 Minutos Antes de Morir

Director: Duncan Jones
Año: 2011 País: EE.UU. Género: Thriller/Ciencia Ficción Puntaje: 8.5/10
Interpretes: Jake Gyllenhaal, Michelle Monaghan, Vera Farmiga, Jeffrey Wright, Russell Peters, Michael Arden, Cas Anvar y Craig Thomas



El Capitán Colter Stevens (Jake Gyllenhaal), es un héroe de guerra que es enviado a través del tiempo, durante ocho minutos, para intentar evitar que estalle una bomba alojada en un tren con dirección a Chicago. Colter regresa una y otra vez al tren, su misión es identificar al terrorista, va reuniendo poco a poco nuevas pistas, pero no acierta a dar con su presa. Cuanto más datos descubre, más se convence de que puede evitar que se llegue a producir la mortal explosión, además en el tren conocerá a una viajera (Michelle Monaghan) con la que se implicará emocionalmente. Mucho ojo a Duncan Jones y a lo que su filmografía puede suponer para el cine de consumo mayoritario, comercial, no autoral o como demonios quiera que se llame. Con tan sólo dos películas en su haber, tan aparentemente dispares desde la lejanía como sumamente vinculadas entre sí en verdad, el hijo de David Bowie ya ha conseguido crearse un universo único, rico y original. Un tándem que tira de lo fantástico y la Ciencia Ficción, y de referentes, que apunta directamente al conocimiento popular e incluso remarca su reverencia hacia él, pero que luego genera potentes sinergias para despuntar con una personalidad única, potente y refrescante. En definitiva, todo un “outsider” para los tiempos que corren, este Jones, que encima se permite el lujo de hacer sus productos apetitosos antes, saciantes durante y fácilmente digeribles después de su consumo. ¿El truco? Adoptar como premisa primordial del cine, ante todo, puro entretenimiento, pero sin que por ello deban verse afectadas las neuronas de nadie. ¿El resultado? Un debut sorprendente con “Moon” (2009), y ahora noventa minutos de trepidante y agotador “whodunit”, con conspiranoicos y científico loco incluidos, y el constante latido de las agujas de un reloj que antes incluso de activarse ya está llegando a su fin...Sólo que cada vez que llega, vuelve ocho minutos atrás y la película empieza a acabarse de nuevo.



Por supuesto, el más avispado encontrará un guiño muy, muy directo a la serie “A Través del Tiempo” (1989-1993), en la que el método del protagonista para viajar en el tiempo era parecido al utilizado aquí, aunque debemos subrayar que “8 Minutos Antes de Morir” no es una película de viajes en el tiempo exactamente. En ella ya se encargan de darnos la conveniente explicación para que no nos perdamos, una de esas concesiones al público que en este caso no era precisamente necesario, porque lo importante de la película no se encuentra en su cíclico argumento de ciencia ficción, ni siquiera en su sencilla trama de suspense, la cual haría las delicias del Hitchcock más desenfadado, sino en su metafórico aluvión de imágenes, obra y gracia de Duncan Jones, quien ha conseguido llegar más lejos que en su laureada opera prima. Precisamente, y aunque pueda parecer lo contrario, “8 Minutos Antes de Morir” guarda paralelismos con “Moon”, pues ambas narran la historia de un hombre condenado a la repetición de una experiencia vital. Pero si en su anterior filme, Jones se paraba demasiado en las referencias y lo verdaderamente interesante de la trama daba comienzo en la conclusión del filme, en la presente el ejercicio se realiza en cierto modo al revés. Que ciertas sorpresas argumentales sean desveladas enseguida ponen de manifiesto las intenciones de Jones al adaptar el libreto, para mediante un fascinante premisa de ciencia ficción, totalmente imposible pero perfectamente creíble, reflexionar sobre la vida, sobre el ser humano y la infinita gama de posibilidades que se tienen delante cuando se toma una decisión. Una vez más, la buena ciencia ficción tratando temas tan antiguos como lo es el hombre. Y logrando además, una de las cintas más endiabladamente entretenidas de los últimos años.



¿Cómo logra Jones ese pequeño milagro? Arriesgándose para nuestro asombro en una época marcada por los “blockbusters” grandilocuentes, y en medio de una hornada de directores que suelen tener más prepotencia que talento (me callo los nombres por aquello de no recibir hasta en el carnet de identidad); Jones se la juega mostrando una humildad fuera de lo común, y una sobriedad en su puesta en escena que es totalmente de agradecer. No hay montaje acelerado, de dos mil planos por segundo, no hay efectismos cargantes, ni giros de guión ambiguos o tramposos. Lo que hay es ritmo, emoción, y espectáculo bien entendido, ése que se pone al servicio de lo narrado, logrando una fusión entre fondo y forma encomiable. Sí, “8 Minutos Antes de Morir” es una película pequeña, modesta, sencilla si se quiere, y es precisamente en esa modestia donde Jones gana enteros logrando llegar al espectador de forma contundente, directa, y creo que difícil de olvidar. Algo así como un "Hechizo del Tiempo" (1993) a lo bestia, con algo de "Misión Imposible" (1996), más algo de "El Origen" (2009) y mucho de "Fringe" (2008), que basa su gracia en una repetición constante de la misma e idéntica estructura, regenerada una y otra y otra vez. Hace falta valor, sí, pero también mucho oficio para no caer rápidamente en el tedio, algo que aquí emana por todos sus poros: desde un guión (de Billy Ray y Ben Ripley) que gotea información prácticamente a cada fotograma, a una dirección que discurre a él emparejado, alterando cada vuelta atrás en el tiempo lo justo para no caer en la monotonía ni pasarse de la raya, pero sí ir descubriendo secretos, virtudes y dimensiones a cada paso. Entre uno y otro juegan con el espectador que, ávido por saber y por tratar de adelantarse a los misterios que brotan como setas, cae en sus trampas, yerra una y otra vez, se ve obligado a volver a empezar... En definitiva, recorriendo el mismo sendero que el protagonista del filme.



Toca detenerse un poco más en la estructura con que “8 Minutos Antes de Morir” ha sido concebida, resaltar la brillantez mediante la que no sólo maneja el interés de cada repetición, sino que lo desplaza hacia uno y otro foco de intriga sobre los que al público le toca investigar. Claro, importa saber quién es el terrorista, dónde está la bomba o cómo se desactiva. Pero por entre medio serpentean pistas sobre la otra gran pregunta: qué se esconde detrás de toda esta misión. Y la respuesta puede causar sorpresa, Jones se aprovechan de ello, dándole a la segunda parte del filme una carga moral/sentimental mucho más intensa, es allí en donde a los personajes se les coge cariño enseguida, resultan creíbles y entrañables y por eso, el giro emocional que marca la evolución de la trama se acepta sin peros pese a que suponga una mera preparación de lo que está por venir y que es ese tercio final que tanto parece haber molestado al otro lado del océano. Cierto es que un pequeño tirón de orejas, por exceso sentimentalismo en sus minutos finales, tampoco estaría de más tanto al filme en sí como a una banda sonora hasta ese momento espléndida pero sobrecargada aquí de violines, pero no menos cierto es que todo el arco está ahí para brindarle al personaje, y por extensión al espectador, la posibilidad de un devenir justo, por lo que la emotividad queda sobradamente justificada. Y es que tenemos el mismo trasfondo repetido hasta la saciedad del individuo que, tras descubrir poco a poco el mecanismo del que está formando parte, decide revelarse e intenta cambiarlo bajo sus fines, ya sean morales o puramente experimentales, en esta cinta encontramos una fusión de ambos fines. Esto demuestra algo que nunca me cansaré de defender: igualmente que una obra de arte no implica que sea buena por ser original o nunca se haya hecho antes algo similar; que otra obra de arte que repite unos argumentos y simplemente los trata con otra estética o una historia nueva, no implica que pierda validez.



No hay mejor sensación que la de empezar a ver una película que ya por su título y cosas que has podido o creído escuchar sobre ella, crees que va a ser un mero entretenimiento intrascendente, y que de pronto, poco a poco vaya cobrando interés y te sumerja en una sorprendente historia que de ninguna forma esperabas... es así que Jone nos sorprende con una maravillosa mezcolanza de ciencia ficción impregnada de acción de una forma que te mantiene totalmente pegado a la pantalla, pendiente de los detalles y ansioso de saber a cada "toma" más y más... todo ello rodeado de una misteriosa atmósfera en la que no está muy clara cuales son los límites de lo correcto y que plantea inquietantes cuestiones morales y/o filosóficas, con un argumento que quizás sin llegar a ser sólidamente perfecto si se analiza fríamente, pues se sirve de según que licencias en mayor o menor grado, a mi me convence por su frescura y original planteamiento. La grandeza de “8 Minutos Antes de Morir” no reside en su trama laberíntica en la que una y otra vez el protagonista (excepcional Jake Gyllenhaal, demostrando, esta vez sí, que puede ser un héroe de acción totalmente carismático) debe encontrar a un terrorista para evitar más tragedias. Llegado a cierto punto del relato, Jones descubre sus cartas y nos habla de algo mucho más importante, la enorme distancia que separa nuestros deseos de la realidad, aquello que siempre anhelamos y lo que en realidad poseemos. Su trabajo de dirección, tan intimista como enérgico, que como dije anteriormente se refleja en instantes tan poderosos como los que bañan el tercio final del filme, en el que Jones se revela casi como un poeta de la imagen. Hay un plano congelado que por derecho propio debería pasar a los anales, pues contiene más verdad (más cine) que muchas otras películas en las que se ha intentado hablar de lo mismo. Y ese plano parte de un beso, único, casi nuevo, y que da todo sentido a la película. Lo verdaderamente importante, pues tal y como recuerda continuamente el personaje al que da vida una entregada Vera Farmiga, hay cosas que no son relevantes.



¿Cuántas veces hemos de experimentar las mismas sensaciones o vivir las mismas experiencias para darnos cuenta de lo que de verdad queremos? “8 Minutos Antes de Morir” lo explica de la forma más sencilla posible, en un marco de abierta Ciencia Ficción, donde la sombra de Philip K. Dick navega sin disimulo (la suplantación o anulación de personalidad para encontrarse con el yo verdadero), y donde lo que realmente importa no es quién es el terrorista (quizá el elemento más previsible del relato, y creo que totalmente intencionado), ni cómo narices envían al protagonista al tren, o qué es realmente esta misión. Esa sería la trama en su superficie, pero dentro de sus poderosas imágenes, “8 Minutos Antes de Morir” desvela otra historia, aquella en la que las elecciones que se toman determinan el futuro, y los recuerdos que nos pesan pueden ser liberados con una simple llamada de teléfono, aquella en la que la realidad siempre es más dura y cruel que los deseos, sólo posibles en un sueño o universos paralelos. ¿Qué harías si supieras que te queda menos de un minuto de vida? ¿Hacer que cada segundo cuente? No, emplearlos en un beso que se repite y al mismo tiempo es el primero. Porque a veces, algo tan sincero como un beso es lo que marca la diferencia. Súmese a todo ello la posibilidad de teorizar sobre diversas explicaciones posibles a las que se deja la puerta entreabierta, y ya tenemos asegurado lo más valioso a lo que una producción cinematográfica puede aspirar: que se hable de ella. Y es que “8 Minutos Antes de Morir” es de aquellas películas que motivan, de esas que hay que ir a ver para poder comentar. Su juventud y vigor brillan con luz propia, la inteligencia con que se plantea y la originalidad que tanto cuesta hallar hoy en día aseguran una de las mejores inversiones hechas en una entrada de cine en los últimos tiempos, y aunque puede que no sea perfecta (queriendo se le puede achacar cierta simpleza de base) o que a no todos convenza su mirada hacia lo personal...qué demonios, garantiza un espectáculo total y visualmente exquisito.



"Sorprendente y nada pretencioso”

miércoles, 24 de agosto de 2011

Moon

Director: Duncan Jones
Año: 2009 País: EE.UU. Género: Ciencia Ficción/Drama Puntaje: 09/10
Interpretes: Sam Rockwell, Kaya Scodelario, Matt Berry, Malcolm Stewart y Kevin Spacey (voz)



Sam Bell (Sam Rockwell) está a punto de terminar su contrato de tres años en la Base Minera Sarang, que opera en la cara oculta de la Luna. Tres largos años con la única compañía de GERTY, una entidad robótica con inteligencia artificial programada para ayudarle y protegerle. Sam lleva adelante con normalidad su rutina diaria, que consiste en monitorear las 3 excavadoras, diseñadas para extraer de las rocas lunares el valioso isótopo Helio-3, indispensable para alimentar los reactores de fusión terrestres. La separación ha sido larga, la soledad abrumadora y la angustia de abrazar a su familia es frecuente en él. Sin embargo en un accidente en pleno trabajo descubre un terrible secreto. Como la letra de una canción “Aquí estoy flotando, alrededor de mi cápsula, lejos, por encima de la luna. El planeta Tierra está triste y no hay nada que pueda hacer”, que son las últimas y enigmáticas palabras que el Mayor Tom transmite al Control terrestre antes de desvanecerse en al inmensidad del espacio, donde la atmósfera todo es misteriosa, incomprensible, sobrecogedora o a frase promocional de una película que ahora cumple más de treinta años, “Alien” (1979) y que tantas noches de insomnio nos provocó fue “En el espacio nadie puede oír tus gritos”. Tal vez, porque allí no existe nada y tan sólo es el lugar que forma una suerte de representación de la soledad. La cara oculta de la luna todavía nos provoca escalofríos ¿Qué oculta entre las sombras nuestro asteroide? El astronauta Sam Bell, quizá logre acercarse a la resolución del enigma. Tal vez, al final, la única respuesta sea perderse como el Mayor Tom entre las estrellas mientras desde la Tierra nos preguntan si hay algo mal y si el sistema está fallando.



El alucinado Mayor Tom era el protagonista de una de las primeras, y más hermosas, canciones de David Bowie y sus imágenes parecían surgir como prolongación de la hipnótica “2001: Odisea en el Espacio” (1968). El astronauta Sam Bell, surge de la imaginación de Duncan Jones, también conocido como Zowie Bowie y no por casualidad hijo del marciano David Bowie. “Moon” opera prima de su director por momentos tiene cierta calidez y sobre todo una melancolía presente durante todo el metraje muy humana que poco tiene que ver con la hermosa pero excesivamente tecnológica propuesta del megalómano autor de “La Naranja Mecánica” (1971). Sin embargo el filme de Duncan Jones si tiene varias similitudes con la cinta “Solaris” (1972) de Andrei Tarkovsky, que no van mucho más allá de la idea de la identidad. El cineasta construye a partir de la aparición del clon del protagonista una interesante reflexión sobre la identidad humana muy sugestiva pero que lamentablemente en demasiadas ocasiones se acaba quedando en la superficie. El camino que se opta para la resolución del conflicto es más dramático que intelectual, por eso los paralelismos con la obra de Tarkovsky son en definitiva tan discutibles como los que pueda haber con la de Kubrick. Si debemos buscar la esencia y las raíces de “Moon” en otra película, acertaríamos de pleno si recordáramos la interesante “Silent Running” (1972) de Douglas Trumbull, pero si ampliamos nuestras miras nos daremos cuenta que este filme se construye en base a la esencia de los años setenta. En un plano digamos superficial, porque rechaza de pleno la tecnología digital que tan frías está convirtiendo a demasiadas películas en los últimos años, a favor de las maquetas y trucajes que se utilizaban en aquellos años.


Pero “Moon” sobre todo recupera, y además muy acertadamente, la aspereza, desencanto y sobre todo humanidad de trabajos que en su día firmaron cineastas como Robert Altman, Peter Bogdanovich o Jerry Schatzberg. De todas formas, todo esto no dejaría de ser secundario si Duncan Jones a la hora de construir su película no fuera coherente con la intención. Su puesta en escena se mueve entre la sobriedad y la corrección, y pese a que nunca llegue tan lejos como el material parece permitirle, la narración consigue en todo momento atrapar al espectador y transmitirle a la perfección la angustia del protagonista. Al igual que otras populares películas recientes, como “El Náufrago” (2000) o “Soy Leyenda” (2007), “Moon” se basa prácticamente en la labor de un único actor: Sam Rockwell, que debe soportar el peso de la película, atraer al público y mantenerlo interesado, entretenido, durante una hora y media. Sam Rockwell, compone magistralmente dos personajes totalmente opuestos, pese a tratarse del mismo y lleva brillantemente toda la película. Sigue siendo lamentable estar hablando de un intérprete (de los más solventes del actual cine Estadounidense) que no consigue salvo notables excepciones encontrar papeles a su altura y que de nuevo nos debería llevar a preocuparnos por la salud de la cada vez más hipotética “fábrica de los sueños”. Como dije, la película se centra en la vida de un hombre en la Luna. La primera escena es muy interesante, bastante reveladora de su existencia y su trabajo allí. Vemos al hombre en una de esas cintas mecánicas para correr. ¿Qué otra imagen nos viene a la cabeza? Yo pensé automáticamente en una rata de laboratorio, que se mete en una de esas ruedas para hacer ejercicio, frenéticamente, pareciendo desde fuera que intenta escapar de la jaula, sin posibilidad alguna, repitiendo siempre el mismo recorrido, siempre entre rejas. Sam Bell está viviendo algo parecido, sólo que aún no lo sabe.



No recomiendo seguir leyendo este texto si no se ha visto la película. Es algo que no suelo hacer, revelar aspectos importantes de la trama en mis críticas, pero en este caso me parece necesario romper la norma. En realidad, no creo que puedan considerarse “spoilers“, puesto que el propio Duncan Jones no quiso sorprender a nadie con el giro más relevante de la trama. He leído por ahí que, con “Moon”, da una nueva perspectiva al tema de la clonación. En realidad esto no es cierto, aunque como el propio director llegó a decir, la película está abierta a todo tipo de interpretaciones; una fórmula muy facilona y al mismo tiempo muy inteligente, porque así no sólo no te ves forzado a explicar tus intenciones, sino que permites que cualquier espectador se quede satisfecho con su propia visión de la historia. En cualquier caso, Sam Bell es un clon. Y esto plantea interesantes reflexiones. Pero lo más importante, y lo esencial de la película, es que Sam debe enfrentarse a dos dilemas: por un lado, todo lo que creía, todo lo que le habían dicho, es una gran mentira; y por otro lado, es un ser artificial que va a ser eliminado, una vez que acabe su misión. Por eso, más que una película sobre la clonación, “Moon” es una película sobre un ser humano que se plantea el sentido de su existencia, el sentido de la vida, la diferencia de lo orgánico y lo artificial. Hay claros homenajes cinéfilos como vimos anteriormente, pero en este sentido hay que acordarse de “Blade Runner” (1982), esa mágica obra de Ridley Scott. Sam Bell (o cualquiera de los Sam Bell a los que da vida un impresionante Sam Rockwell) tiene tres años de vida y en caso de sufrir un accidente o estar en peligro. En realidad, la idea de la clonación permite a Jones experimentar con otra posibilidad, que era la que más le fascinaba, y era que un hombre “viejo” pudiera interactuar con una versión “joven” de sí mismo. Además la banda sonora de un impresionante Clint Mansell le da una atmosfera fría, pero original.



De este modo, en “Moon” tenemos a un Sam Bell desgastado y cansado, pero experimentado, que conoce a un Sam Bell fresco y enérgico, pero torpe. Y entre los dos intentan saber qué demonios pasa en la Luna, por qué están allí y cuál debe ser el camino que deben recorrer juntos, pero al mismo tiempo, y esto es sumamente interesante, son dos personas diferentes, dos egos distintos con sus propias ideas y sentimientos, y les cuesta llevarse bien al principio, enfrentándose sin remedio, porque su forma de ser es así, tienen ese carácter difícil; en el fondo, están mejor solos que en compañía. Si un Sam Bell ya tiene problemas para relacionarse, dos puede resultar un completo desastre. ¿Qué pasaría si tuvieras que interactuar contigo mismo, podrías soportarte? He mencionado ya a “2001: Odisea en el Espacio”, la referencia a la mítica película de Stanley Kubrick es obligada, no sólo por momentos que parecen calcados (el viaje estelar, con el rostro de Rockwell iluminado por múltiples colores) sino por la presencia de un robot, una inteligencia artificial, que es, durante mucho tiempo, la única compañía del protagonista. Al igual que HAL, GERTY tiene información confidencial que no puede revelar y una voz extraña, amigable, que hace sospechar de sus verdaderas intenciones, al relacionarse con Sam Bell. Kevin Spacey da voz a este robot y lo hace estupendamente, porque da ese toque inquietante que necesita el personaje. No estamos acostumbrados a un cine lento, que dé la oportunidad de pensar. Y lo interesante de “Moon” es que si no lo haces estarás muy perdido, y no podrás comprender casi nada. Es una cuestión de perspicacia y mucha atención a los detalles para captar la profundidad del discurso. Y es que, es muy fácil buscar carencias en el exterior, en lugar de reconocer que hemos fallado como espectadores, que no hemos estado a la altura de una cinta que indaga en la naturaleza humana y sus conflictos. Una mirada superficial nos podría llevar a buscar defectos donde no los hay. Y, por supuesto, aunque todo es mejorable, no hay fallos de guión, puedo amigablemente rebatir cualquier cuestión al respecto.



Estamos ante unas de las mejores operas primas de los últimos tiempos (premios BAFTA y Sitges). Duncan Jones ha creado una película singular de ciencia ficción que como vimos recoge la sabia de maestros como Andrei Tarkovski, Stanley Kubrick o Ridley Scott, lo mejor es que no cae en la imitación (un mal creciente en el cine actual), porque los temas que plantea son novedosos, como el enfoque crítico sobre la moralidad de algunas prácticas científicas-empresariales, sobre si realmente vivimos libremente o estamos sometidos a los designios de un plan perpetrado. La mejor manera de resumir esta obra es afirmando que está muy bien equilibrada. Es una narración lo suficientemente entretenida para poder atrapar a un amplio sector del público, sin caer en lugares comunes y tonterías diversas, pero por otra parte es una interesante reflexión sobre la propia condición humana, pese a que como decía más arriba, se muestre en exceso superficial en ocasiones en este aspecto. Pero así “Moon” consigue superar esa condición de híbrido y sin ser especialmente valiosa resulta mucho más estimulante que otros trabajos de ciencia ficción, teóricamente más arriesgados, que se crean actualmente Creo no equivocarme al afirmar que esta película es un emotivo bastión de resistencia frente a un cine cada vez más técnico y menos humano. A principios de los años setenta, trabajos como “Silent Running” podían ser saludados como interesantes filmes de género. A día de hoy, “Moon” siendo objetivamente mejor, se convierte, en un panorama cada vez más desolador, en la más notable pieza de ciencia ficción que ha surgido del cine industrial en los últimos años. Así pues, siete hurras para “Moon” y un solidario abrazo de complicidad para todos aquellos cinéfilos que, como yo, adoramos el sci-fi retro de los setenta y ochenta, y que seguimos alucinando mucho más pensando que somos un microscópico ser en el universo que no contemplando parafernalia informática, estamos ansiosos por ver viscosos alienígenas o inverosímiles batallas intergalácticas.



“Ciencia Ficción con cerebro”

domingo, 14 de agosto de 2011

Ghost in the Shell

Director: Mamoru Oshii
Año: 1995 País: Japón Género: Animación/Ciencia Ficción Puntaje: 08/10
Productora: Bandai Visual Company / Kodansha / Manga Video / Production I.G.



En el futuro no muy lejano los humanos han mejorado sus cuerpos con partes cibernéticas, en algunos casos hasta el 100%, quedando sólo su mente a resguardo. Estos seres humanos mejorados se conectan a redes de información para comunicarse y obtener datos. Pero un peligroso hacker conocido como el “Gran Maestro de las Marionetas” ha comenzado a atacar las mentes de varios humanos mientras se encontraban conectados a la red. La sección 9, una fuerza policial de avanzada, se encuentra tras los pasos del hacker. A cargo de la investigación se encuentra la mayor Kusanagi (cuyo cuerpo es totalmente cibernético) y el oficial Batou. Pero un incidente (un androide extraviado en una autopista) resulta ser una pista para el caso. El androide es llevado a la sección 9, pero este se reactiva y se identifica como el propio “Gran Maestro de las Marionetas”, diciendo que es un software que ha realizado operaciones encubiertas para la sección 6 de El Ministerio del Exterior. El androide pide asilo a la sección 6 pero un atentado aborta el avance de la reunión y el “Gran Maestro de las Marionetas escapa”. Los oficiales lo persiguen sin saber que el verdadero propósito del androide es en realidad encontrar a Kusanagi y fusionarse con su mente humana para lograr una nueva etapa de evolución y dotarse de un cuerpo funcional. Basada en el manga de Masamune Shirow, “Ghost in the Shell”, que traducida al español seria “El Fantasma de la Máquina”, resulta ser una curiosa mezcolanza de filosofía, referentes al cine occidental y ciencia ficción. Menos engorrosa que el manga que la precedió, incluso con una estética diferente, debido a que Masamune Shirow no llegó a participar en su versión cinematográfica, pero también a que las técnicas de animación permitían efectos y escenas impensables en el manga y también a la inversa.



“Ghost in the Shell” es uno de los más importantes películas anime de los últimos años. Es notable la influencia que tendría sobre el género, ya que otros animes seguirían sus lineamientos, e incluso “Matrix” (1999) tomaría decenas de ideas e imágenes prestadas del filme. Con el tiempo ha desarrollado un estatus de culto, en particular por su trama críptica y sus particulares reflexiones acerca del futuro de la tecnología y la fusión de lo cibernético con lo humano. Como es costumbre en el cine de Mamoru Oshii, el villano de la historia es un personaje desconocido del cual nos cuesta sacar una conclusión concreta, pero este es quizá el más carismático de su filmografía. Y sin duda destaca su protagonista, la desvergüenza de cómo se la dibuja y la prueba sólida del talento que tienen los japoneses para crear personajes femeninos. La banda sonora, sobre todo en la canción que introduce los créditos, nos sumerge en la perspectiva del dominio de los japoneses sobre la tecnología y sobre todo la robótica. Shirow y Oshii crean un complejo y claustrofóbico mosaico plagado de cyborgs, con altas dosis de tecnología, ciudades hiperpobladas e hiperdesarrolladas y el siempre presente dilema existencial de qué es exactamente lo que nos define como humanos y nos diferencia de las máquinas más complejas y avanzadas que jamás hayan surgido. Esta emblemática obra es junto a "Akira" (1988) las dos grandes obras maestras del cine de animación japonés de ciencia ficción, al menos en occidente, pues no estaría de más añadir que este filme paso sin pena ni gloria por Japón. La película se hace demasiado corta y de hecho su duración apenas es de poco más de hora y cuarto. Una lástima, porque material había de sobra para haberla estirado un poco más.



Pero si hay que decir que “Ghost in the Shell” es una película particularmente compleja. Sigue sin lugar a dudas los lineamientos del “Cyberpunk”, en donde la carne se fusiona con la tecnología y hay toda una generación de seres humanos mejorados artificialmente. Prácticamente no hay personaje en el filme que no posea algún tipo de implante. El problema no es precisamente la exposición de esto, sino que el enfoque del director Mamoru Oshii es particularmente frustrante sobre las historias adicionales que dan carnadura al relato: hay toda una ensalada de tramas políticas, personajes que van y vienen, y toneladas de conceptos tecnológicos que por momentos aturden. Los minutos iníciales son una catarata de información que inunda al espectador, de la cual sólo extrae que las fuerzas policiales están tras la caza de un hacker que piratea los cerebros mejorados electrónicamente que poseen los humanos. En el medio hay pausas, secuencias de acción muy estilizadas, momentos reflexivos e imágenes de gran belleza. Pero esos intervalos bien podrían haberse acotado para darle más tiempo a las escenas de exposición e intentar que el guión baje algo de nivel a una altura más cercana al espectador promedio. Masamune Shirow es sin duda un apasionado de la filosofía, los diseños mecánicos basados en elementos de la naturaleza, las sofisticadas armas de fuego y ante todo es un gran creador de atmósferas futurísticas, donde la tecnología es el eje central a partir del cual gira el mundo de los humanos. Toda la carga filosófica de su obra quedó inteligentemente condensada en una entretenida película de anime, sin muchas pretensiones técnicas pero que acertó de pleno en su conversión del manga al anime.



Lo que resulta más original de “Ghost in the Shell” es la idea de un software que ha cobrado vida propia. En este caso es el proyecto 2501 (el nombre original de “El Gran Maestro de las Marionetas”), que ha realizado tareas de espionaje para la sección 6, comportándose como un virus, aprendiendo sobre la marcha, autoactualizarse, se pone en rebeldía ante el sistema y ha decidido seguir su propio curso de acción. El software se ha reconocido como una nueva forma de vida y está intentando escapar de sus controladores para obtener su independencia y su derecho a la existencia. Mientras que el filme tiene muy buenas escenas de acción, como la persecución del terrorista en la feria pública o el tiroteo final en el hangar, la intención del director sin dudas es centrarse en el aspecto reflexivo del tema. Largas escenas tienen lugar sólo como para ilustrar lo complejo del mundo futuro que concibe la historia, que por momentos sus climas recuerdan a “Blade Runner” (1982), así como los puntos de vista de los personajes sobre el proceso de integración entre hombre y máquina. El clímax en realidad es el encuentro del androide, ósea el “Gran Maestro de Marionetas” con los directivos de la sección 6, donde éstos le piden que demuestre que es una forma de vida y el programa les devuelve la pregunta exigiendo que ellos hagan lo mismo. Los humanos, termina diciendo, sólo son computadoras con ADN en lugar de bytes. Sin embargo, ambas películas difieren. Volviendo al tema de la influencia de “Blade Runner” a la cinta, el filme de los 80 considera los sentimientos parte esencial de la humanidad. En cambio “Ghost In the Shell” obvia en su historia todo sentimiento de odio o amor y define la humanidad como la capacidad de desarrollar y mantener una conciencia propia. También la estética difiere, siendo la del filme de Oshii mucho más tecnificada y cercana a nuestro tiempo.



“Blade Runner” planteó "¿que es la vida?" de un modo plásticamente genial, pero no respondió a la pregunta. Se limitó a tratar el tema de si un “replicante” es básicamente un ser humano con fecha de caducidad, por el hecho de ser inteligente y poseer emociones (o sea, circuitos de instrucciones instintivas sobre los que se desarrolla la inteligencia) y a pesar de estar construido por otros seres humanos. “Ghost in the Shell” no usa la analogía de la máquina, sino que desdibuja los límites entre vida planificada y vida fruto del azar (la llamada "natural"). La vida es interacción con el medio y acción dirigida a la auto-perpetuación, con un éxito al menos transitorio. Un remolino es una forma que existe en el medio, pero no posee una estructura que aproveche energía para mantener esa forma, estamos hablando de un virus (incluidos ciertos anomalías en el ordenador). Además la película entre mucho; ofrece reflexiones sobre lo desprotegidos, indefensos y fácilmente manipulables que parecemos frente a los progresos tecnológicos; que a su vez se retroalimenta con avidez de información; que así mismo clama por ser libre amenazando con empujarnos a una vorágine de alienación cyber-tecnológica. Entonces ante este panorama ¿Que nos queda? ¿Los recuerdos? ¿Que evitará el colapso? ¿Nuestro espíritu?; y si fuese posible que dicho espíritu habite o se genere en entes cibernéticos, ¿debemos considerarlos vivos? Cuestiones de este talante afloran por doquier en la obra, no así su respuesta. Quedándonos sólo el contemplar el virtuosismo plástico y por medio de la inteligente metáfora de la paradójica figura del Cyborg abordar la cuestión de que realmente nos caracteriza como humanos.



El inconveniente del libreto tiene que ver con que el propósito del proyecto del “Gran Maestro de las Marionetas”, no resulta demasiado claro. Debe evolucionar y por ello quiere fusionarse con una mente humana, además de adquirir un cuerpo. Pero no queda demasiado claro el por qué. Vale decir, el proyecto 2501 sobre el final del filme prácticamente va demostrando que es una especie de Dios, todas las máquinas y todos los implantes que tienen los humanos están bajo su control, con lo cual quedarse restringido a un cuerpo y poseer sentimientos humanos pareciera ser una rebaja de nivel. Hubiera sido preferible que, en vez de propósitos tan bondadosos, el proyecto 2501 se hubiera desatado en toda su furia y terminara controlando a toda la humanidad. El poder lo poseía, la ambición no, pero quizás hubiera sido mejor ya que sería una especie de castigo divino para los humanos que han cruzado las barreras de la creación, perfeccionándose con implantes y superando los límites de lo humano. Aquí el Dios informático decide transformarse en un mortal fusionado con lo cibernético, pero no resulta demasiado claro cuál es su futuro, esto es solo mi opinión personal, pero aun así me parece genial el desenvolvimiento que tiene la cinta. Así como todo el largometraje trata de la idea central del "espíritu" y de la diferencia que este supone entre máquinas y humanos, y de como la línea se ha difuminado lo máximo posible, el final supone la ruptura total de esa línea. El “Gran Maestro de Marionetas” es un ente artificial pero con algo que si no es un espíritu, es absolutamente indistinguible de este. Tanto es así que acaba fusionando su propia individualidad con la de la Major Kusanagi, en un plano de igualdad entre algo similar a un virus informático y un alma humana. Imperdible para todos los aficionados a la Ciencia Ficción.



“Gran cinta que nos revela que de alguna manera los humanos también somos máquinas”

domingo, 22 de mayo de 2011

Jinetes del Espacio

Director: Clint Eastwood
Año: 2000 País: EE.UU. Género: Drama/Aventura Puntaje: 7.5/10
Interpretes: Clint Eastwood, Tommy Lee Jones, Donald Sutherland, James Garner, James Cromwell, Marcia Gay Harden, William Devane, Loren Dean y Courtney B. Vance



Cuatro veteranos pilotos de la Fuerza Aerea de los Estados Unidos ven cumplidos sus deseos de convertirse en astronautas y viajar al espacio aunque sea con cuarenta años de retraso. Su misión es reparar un gran satélite de comunicaciones ruso, que se ha salido de su órbita, para asi evitar que caiga sobre la Tierra. El satélite en cuestión había sido diseñado por Frank Corvin (Clint Eastwood), el capitán de la expedición. Tras un severo y a veces, hilarante entrenamiento, estos veteranos astronautas tropezarán en el espacio con problemas más difíciles de lo que esperaban. Quizás no fuera casual que cumplidos los 70 años Clint Eastwood se decidiera a rodar lo que el biógrafo del otrora “Hombre Sin Nombre” citaba como una "aventura espacial geriátrica"; un filme de acción con naves espaciales y riesgos más allá de la estratosfera, muchos la catalogaron como una particular versión de “Armageddon” (1998), pero el ya veterano director decidió homenajear a la gente de su generación y declarar al mundo que la gente mayor tiene mucho que decir y aportar. Y ni corto ni perezoso, Eastwood, al que muchos definen como "el último de los clásicos", y como queriendo demostrar con hechos el mensaje subyacente en su veintiunavo filme, por primera vez en su carrera introdujo efectos especiales de ordenador en diversas escenas de la película. Cuando muchos otros directores antes y después que él lo tuvieron difícil para mantenerse en la brecha pasada cierta edad.



Lo nuevo y lo viejo vuelven a chocar una vez más. O lo que es lo mismo: el modo de hacer las cosas de toda la vida, fruto de la experiencia y el tesón que deposita su fe en la sofisticación tecnológica y trata de minimizar el impacto del factor humano. En toda la cinta Eastwood tratará de demostrarnos que más sabe el diablo por viejo que por diablo. La hidalguía bastante trasnochada de estos vaqueros reclutados para ir al espacio, un sueño dorado que no pudieron cumplir de mozos, en pleno apogeo del programa espacial y las misiones Apolo, constituye un simpático anacronismo sobre el que se vertebra la odisea. En un inicio deudor de “Los Siete Magníficos” (1960), con el permiso de Kurosawa, el alma mater del equipo, que el propio Clint representa naturalmente deberá recomponer el fragmentado pero todavía profesional grupo: descubriremos qué tal les han sentado estas décadas de inactividad a aquellos astronautas frustrados. Precisamente del modo en que cada uno ha enfocado su vida tras abandonar la NASA obtendremos las líneas maestras (que incluyen defectos y virtudes) de las contrapuestas personalidades de nuestros cuatro héroes por accidente. Muchos dirán que estamos ante una obra menor de Eastwood, quizá no estén muy alejados de la realidad, pero ya quisieran muchos directores tener un filme de esta calidad y que se le retratara como inferior a sus otras obras. Este es el mayor halago que puede recibir una cinta como esta, digno merecedor de haber sido realizado por este magnífico director, cuya huella impregna todo el producto.



Eastwood aprovecha la tesitura para ejercer algo de autoparodia y aportar mucho humor a la película, algo que se ve ya desde que su personaje va reclutando a sus antiguos compañeros a la manera de “The Blues Brothers” (1980): Tank Sullivan (James Garner), un experto en dirigir brazos espaciales y demás instrumentos espaciales; Jerry (Donald Sutherland), un Don Juan con coleta que construye montañas rusas y al que no podía ser de otra forma dedicándose a eso le apasionan las curvas y Hank (Tommy Lee Jones) el actor más joven, un ex-piloto de pruebas que se dedica a hacer piruetas, es un amante de las emociones fuertes y que no se habla con Frank desde hace años. Cuatro componentes de la tercera edad que deberán demostrar que están capacitados para salir al espacio y que son tan aptos como sus relevos más jóvenes. Tanto los cuatro astronautas como su oponente Bob Gerson (James Cromwell) deberán dirimir sus diferencias entre sí en beneficio del cumplimiento de la misión, mientras asistimos a una cómica competición entre jóvenes y viejos, con bromas incluidas, pero al final mucho respeto mutuo, aunque por supuesto habrá un joven arrogante que acabará metiendo la pata. Eastwood se encarga de retratar a los cuatro veteranos como los últimos de una raza y una manera de hacer las cosas (con sus apuestas, flirteos, bromas y en definitiva, una visión de la vida) pasadas de moda, sin que parezca que haya sitio para ellos en un mundo de ordenadores e Internet. En una especie de referencia a sí mismo y a una generación que se formó y creció bajo el amparo del western, por ello no es casualidad que la cinta se llame “Jinetes del Espacio”.



Antes las cosas se hacían mejor, nos dice el viejo pistolero. Que "¡cómo viene la juventud de hoy, señor!". Que lo artesanal es mucho mejor que lo digital (aunque curiosamente se decantase por “Industrial Light & Magic” para los efectos visuales). Y es que, después de todo, en “Jinetes del Espacio” no ocurre nada del otro mundo. La intriga es mínima, rusos que necesitan al Tío Sam para que les eche una mano. Pero el caso es que este cuarteto de sexagenarios tiene una gracia genuina y alguna de las situaciones a las que se enfrenta es francamente hilarante. Porque resulta que “Jinetes del Espacio” es la película más divertida de este director que como actor está acostumbrado a poner su ojo al servicio de tipos serios y con malas pulgas, pero que cuando se pone detrás de la cámara gusta verse cayendo del caballo, persiguiendo a criminales que no lo son o llorando por una mujer que se le escapa bajo la lluvia. Larga vida a los corderos con piel de lobo, porque de ellos será el corazón de las plateas. Como dije anteriormente lo más endeble del filme es la propia parte de la misión espacial, una misión derivada de la pretérita guerra fría que parece un recurso elemental (asimismo de poca intensidad y parco interés) para el desarrollo de una película que lleva una autoría tan prestigiosa en la responsabilidad direccional como la de Clint Eastwood hacedor de obras de gran calibre como "Bird" (1988) o "Los Imperdonables"(1992). Tampoco no están muy planteados los personajes femeninos, a pesar de algunos esfuerzos románticos de poca fuerza dramática no muestran enorme profundidad ni apego a la historia.



Al Clint Eastwood director le gusta echar la vista atrás. Es allí, en el pasado, donde ambienta sus reflexiones más personales “Cazador Blanco, Corazón Negro” (1990), “Un Mundo Perfecto” (1993) o “Los Puentes de Madison” (1995), quizás por ello se haya ganado a pulso la etiqueta de director prestigiado, su mirada cinematográfica posee la parsimonia y el rigor del observador avezado, de quien ya está a la vuelta de todo. El montaje de sus películas es cualquier cosa menos sofisticado o falsamente moderno: en las historias que dirige con devoción e interés, aunque también hay algunas en las que deja bien palpable su desgana, donde nunca ocurren muchas cosas, en realidad. Pero lo que acontece que está bien narrado, sin fisuras, sin excesos. La carrera cinematográfica hay que tomársela con cierta sorna y para ello Clint se rodeó de actores que ya habían demostrado su bis cómica. Donald Sutherland que esta genial en la cinta había hecho de tanquista hippie junto al propio Clint en “Los Violentos de Kelly (1970), Tommy Lee Jones ya se había puesto de luto en la primera entrega de “Hombres de Negro (1997) y James Garner se forjó allá por los cincuenta en su televisiva y más que desenfadada "Maverick". Como en todo western que se precie, pues eso es lo que es “Jinetes del Espacio”, hay pelea en un salón, romance entre personas tan maduras como desencantadas, glorificación de la amistad masculina, personajes dispuestos a hacer sacrificios supremos, armas (nucleares), un pueblo abandonado donde escenificar el duelo (una maltrecha estación rusa), alguna que otra traición y un par de rencillas personales.



Y es que "Jinetes del Espacio” no es una peliculita de ciencia ficción. Estamos ante una historia de personajes, un relato de interés humano acerca de la vida de cuatro profesionales que fueron parte importante en el inicio de la NASA pero que se vieron relegados a un segundo plano tanto por la testarudez de algunos como por la traición de uno de sus superiores. Así pues, tenemos una hábil combinación de drama, humor y cierta intriga en la que Eastwood mantiene siempre firme el pulso narrativo, que rezuma talento y calidad por los cuatro costados, capaz de hacernos reír, llorar e incluso inquietarnos, realizada con un mimo y un detalle exquisitos y una sublime y elegante banda sonora, es decir, con todos los elementos propios para convertirse en un gran clásico. “Jinetes del Espacio” es la "space opera" particular de Eastwood y un pequeño homenaje no sólo a los más veteranos trabajadores de Hollywood, sino a cualquier persona que se resista a jubilarse o a ser aparcado en un rincón sólo por tener más de sesenta años. Cabe destacar la solvencia de los cuatro actores veteranos que no sólo interpretan, sino que casi juegan ante nuestros ojos. Resaltar por último la escena final de la película: un hecho dramático que es reconvertido por el director en una preciosa y simpática escena con el "Fly Me To The Moon" de Sinatra de fondo, en lo que ha sido para mí una de los mejores finales que he presenciado en las películas de este nuevo siglo. Y es que Clint Eastwood lleva muchos años en esto y su artesanía está por encima de producciones en cadena.



"Una fantasía tragicómica"

domingo, 27 de marzo de 2011

La Fuente de la Vida

Director: Darren Aronofsky
Año:
2006 País: EE.UU. Género: Drama/Ciencia Ficción Puntaje: 09/10
Interpretes:
Hugh Jackman, Rachel Weisz, Ellen Burstyn, Sean Patrick Thomas, Donna Murphy y Mark Margolis

“La Fuente de la Vida” es una historia de ciencia-ficción que aborda la odisea de un hombre (Hugh Jackman) y su lucha a través del tiempo para salvar a su amada mujer (Rachel Weisz). Desde la España del siglo XVI hasta el profundo espacio del futuro siglo XXVI, el héroe de este filme intentará encontrar el árbol de la vida, la entidad legendaria que otorga la vida eterna a aquellos que beben su savia, para intentar salvar la vida de su esposa enferma de cáncer. Como una pintura o una escultura, "La Fuente de la Vida" no busca contar una historia convencional, sino sugerir ideas y emociones que deben ser interpretadas por el espectador. Quizás esas ideas no sean particularmente novedosas o relevantes, pero al menos hay que apreciar la increíble dirección de Aronofsky y su diestro manejo de la técnica cinematográfica, por medio de la cual logra una historia coherente que no necesariamente entendemos en un plano intelectual, pero sí en uno emotivo. En otras palabras: ¿estamos viendo a los mismos personajes a lo largo de 1000 años? Tengo mis teorías, pero prefiero callármelas, porque no hacen falta explicaciones lógicas para apreciarla. Quizás todo sea una metáfora del proceso de aceptar la muerte de un ser querido; quizás sea una saga de ciencia ficción que culmina en una lejana estrella; quizás sea simplemente una fábula que nos muestra que la inmortalidad no es vivir para siempre, sino integrarse al proceso natural de renovación que aplica a todos los seres vivos.

Creo que Darren Aronofsky corre el riesgo de ser víctima de su propio éxito. La excelente recepción crítica de sus películas previas "PI” (1998) y "Réquiem por un Sueño" (2000) estableció un estándar de intensidad narrativa y fervor dramático que su nueva propuesta (romántica, además de todo) no logra alcanzar. De cualquier forma, creo que "La Fuente de la Vida" es una clara muestra del talento de Aronofsky como director, aunque sus dotes como guionista se hayan quedado cortas. O tal vez hay que achacar la culpa a los miopes estudios hollywoodenses que hace años cancelaron la producción de la cinta, cuando era un enorme proyecto que iban a estelarizar Brad Pitt y Cate Blanchett. Quizás un presupuesto más elevado y una producción más pulida hubieran logrado el épico espectáculo visual que respaldara el drama de los protagonistas. Supongo que nunca lo sabremos. Hay bastantes motivos por los cuales “La Fuente de la Vida” ha provocado y provocará reacciones de todo tipo (y aquí se incluye también la indiferencia, claro). Dejando a un lado “juegos” visuales más o menos discutibles, básicamente, el centro de la “polémica”, ineludible, radica en el tratamiento que da la película a la muerte, al fin de la vida. Aronofsky dijo que los productores habían calificado su guión como de “poema sobre la muerte”. Efectivamente, ésa sería una buena definición de parte de las intenciones del filme, muy diferente a todo lo que vemos actualmente, y desde hace años, lo cual, al menos para un servidor, resultó una grandiosa noticia. Como señalaba el propio director ante los medios, la historia de la película, al centrarse en la muerte, toma referencias de muchos sitios, especialmente, de las diferentes religiones, al haberse preocupado tanto por esa circunstancia vital.

He aquí el otro gran elemento de controversia en “La Fuente de la Vida”. Y es que tocar temas religiosos, o al menos acercarse a ellos, conlleva, desgraciadamente, el levantamiento instantáneo del mismo grupo de fanáticos de siempre. Como es algo que está ahí y no se puede evitar, por ahora, lo mejor es hacer oídos sordos en este aspecto. Los protagonistas de “La Fuente de la Vida” son Hugh Jackman, que probablemente realiza aquí su mejor trabajo hasta el momento, y Rachel Weisz que aparece especialmente encantadora. Pero Jackman es realmente quien carga con todo el peso del filme, interpretando a un personaje que es tres a la vez, en diferentes épocas o mundos o realidades, y que hacen todo lo posible por encontrar esa fuente de la vida que salve a Weisz, en sus diferentes aspectos (o realidades); especialmente llamativa e impactante resulta la parte de Jackman como soldado colonizador, enfrentándose a los nativos americanos. Aronofsky dijo que el actor estaba muy implicado en el proyecto y se le nota. Jackman está inmejorable, a un nivel similar al que nos ofreció en la fascinante “El Gran Truco” (2006). Especialmente inspirado en la parte final de la película, Jackman compone un personaje que son tres en realidad y a cuál más interesante, logrando un gran trabajo. Weisz participa menos activamente, aunque su presencia no deja de latir en todo el filme, al ser el motor que mueve a los personajes de Jackman, y su trabajo es más que notable. Weisz, como he dicho, está radiante en la película, lo cual debe tener alguna relación con que, desde el rodaje, es la pareja de Aronofsky.

Aparte de las dos estrellas, en el filme vemos a gente como Ellen Burstyn (que estuvo impresionante en “Réquiem por un Sueño”), Sean Patrick Thomas o Donna Murphy, pero sus personajes apenas tienen relevancia, centrándose toda la historia en la pareja protagonista y sobre todo, como he dicho, en los papeles de Jackman. No es “La Fuente de la Vida” una película fácil de ver ni de resumir, porque se aleja de casi cualquier componenda comercial o de entretenimiento. Tampoco, en el fondo (y me temo que a pesar de los intentos de su director), es una película para reflexionar, porque sospecho que en este terreno contiene bastante menos de lo que podría parecer. Pero sí que es una película para dejarse llevar por ella, por su poderoso aparato visual que funde en una misma paleta apagada, y con un pie en el misterio, una recreación de una estancia de la Alhambra, un laboratorio de investigación oscuro como un templo que guarde los misterios, por la belleza de Rachel Weisz y la obstinada determinación de Hugh Jackman, por la inquietud de sus creaciones visuales (atención a la escena junto al Árbol, en Guatemala), de esta fábula sobre cómo el amor se ve enfrentado a la muerte. Ante ello, ¿importa de verdad que por momentos Jackman nos recuerde a un buda barato de todo a cien, o que la necesidad de dar un sentido último a la obra destruya la magia de instantes como el del templo maya? Ahí ya entra la decisión última del espectador; creo que, como se puede leer hasta aquí, para quien esto firma, no; lo que no quiere decir que ojalá el bueno de Darren no hubiera hecho mejor en ahorrárnoslo y buscar otra solución. Pero ahí queda la valentía, la belleza, los aciertos y los errores de una propuesta atípica.

En la cinta la vida eterna queda desligada del tiempo, huye de su significado y florece dentro de una nebulosa moribunda. La muerte es un acto de creación, y el sentido mismo de la vida no reside en el tiempo que pasamos viviendo, sino en el tiempo que realmente destinamos a ser felices y no buscando esa felicidad. Por eso esta cinta de Aronofsky no nos habla de ser inmortales, pero para corroborar su sentido opuesto o diferenciado de esa utopía, de esa ciencia-ficción. ''La Fuente de la Vida'' no es opulenta ni pretenciosa como así nos lo querían hacer ver, pues es todo lo pretenciosa que pudiera ser una historia de amor entre un hombre y una mujer. No obstante, tampoco se trata de una historia cualquiera, sino aquella que muestra la verdadera esencia de lo que significa el amor, que nos enfrenta directamente al problema de la escasez del tiempo con el que contamos y de nuestro error existencial al no saber qué hacer con él. Las imágenes de esta obra maestra son tan poderosas, (en su concepción tanto como en su abstracción, en su plano estético y filosófico, o como simple canto a la vida) que volvemos a estar delante de un ser con vida propia que hace suyo el milagro del cine: transmitir a otro nivel por encima del lenguaje, clavarse como un dardo en el hipotálamo y extenderse como un dulce veneno a través del alma. Un alma que vive en una urna de cristal líquido viajando a cientos de miles de kilómetros por hora surcando el universo hacia "Xibalba", donde el árbol de la vida volverá a renacer, o donde por fin comprenderemos que ''juntos para siempre'' no es sólo una abstracción brotada de la boca de un corazón enamorado, pues su significado trasciende la esencia mortal de la carne, trasciende el alimento de la madera de la vida, el vello erizado al contacto de unos labios amantes, las pisadas sobre el barro que circunda la presencia arbórea de una vida marchitándose ante un corazón en pena; la conquista de la Nueva España en busca de una utopía que no está más allá que dentro de nosotros mismos.

“La Fuente de la Vida” es cine en estado puro, su potencia visual es tan deslumbrante y abrumadora que se resiste a cualquier tipo de análisis racional. Aronofsky ha trascendido las fronteras del cine y se ha adentrado en terrenos más propios de la poesía y el arte del subconsciente. Y, sin embargo, lo poderoso de la imaginería de Aronofsky nos retiene más que nos aleja, nos fascina y, sobre todo, levanta sus mejores momentos en la historia de amor contemporánea de los sobresalientes Hugh Jackman y Rachel Weisz, en el hipnotizante acierto visual de esa esfera celestial sumergida en el seno de una nebulosa con el Árbol y un Jackman futurista en su interior, en la soberbia banda sonora de un Clint Mansell que firma su mejor partitura para Aronofsky, superior incluso a su ya excelente trabajo en "Réquiem por un Sueño", en una construcción musical que no duda en utilizar la repetición de planos y secuencias parecidas para crear un orden en su interior, una cadencia que acaba impregnando aunque, en algún momento, algo de ruido visual o conceptual interfiera en nuestra recepción de la obra. En resumen, “La Fuente de la Vida” es una extraordinaria aventura fantástica alrededor de la vida y la muerte, ofreciendo algunos de los momentos más inspirados que se han visto en los últimos años en una pantalla de cine. Una pequeña maravilla que, desgraciadamente, no ha podido ser todo lo que Aronofsky quería contar. Quizá haya que hacerse con el cómic. Personalmente, situaría a esta cinta al mismo nivel que la famosa “Réquiem por un Sueño”’. Y mucho cuidado, público, no se trata de una obra fácil, no es nada comercial, y requiere que el espectador se entregue por completo. Tenerlo en cuenta.



“Un hermoso poema a la muerte”