jueves, 11 de febrero de 2010

La Muerte y la Doncella

Director: Roman Polanski
Año: 1994 País: Inglaterra Género: Thriller Puntaje: 08/10
Interpretes: Sigourney Weaver, Ben Kingsley y Stuart Wilson

Sigo repasando la filmografía de Polanski, esta vez me toca hablar de una de sus películas más infravaloradas “La Muerte y la Doncella”. El argumento de la cinta es la siguiente, Paulina Escobar (Sigourney Weaver) es la esposa de un prominente abogado, Gerardo (Stuart Wilson), ellos viven en un innombrado país del tercer mundo. Una noche una tormenta obliga a su marido a traer a casa a un vecino, el Dr. Miranda (Ben Kingsley), a quien Paulina cree reconocer como parte del antiguo régimen que la torturó. Paulina le recluye, decidida a desvelar la verdad, mientras se debate entre su represión psicológica y su memoria; Gerardo entre su esposa y la ley, y el Dr. Miranda se ve forzado a un duro cautiverio mientras marido y mujer tratan de descubrir la verdad sobre un oscuro pasado. La cinta es una escalofriante disección del poder. Una atmósfera de suspense enfermiza, de volcánica violencia externa e interna. Qué talento el de Polanski, irrenunciable buceador de las tinieblas.

Con esta cinta vuelve Polanski por donde solía, por los amados territorios de los personajes encerrados con un solo juguete, ellos mismos, en atmósferas claustrofóbicas, en tensos ambientes donde se desencadena la tragedia conforme la tensión ambiental se eleva, se eleva, se eleva, hasta llegar a ser vitalmente una válvula de escape que deje salir tanto humus, tanto miedo, tanta irracionalidad. No es éste el gran Polanski de "Repulsión " o "El Inquilino", ni tampoco el protodemoníaco de "El Bebé de Rosemary", como se sabe de Roman Polanski uno debe estar siempre previamente avisado: con algunas excepciones, sus obras rodearán asuntos turbios, siempre muy turbios. En esta ocasión la protagonista es la muerte...y nos involucra en el meollo entre un abogado, su mujer otrora torturada en tiempos de dictadura y un médico que, casualmente, va a parar al lugar menos debido…El mal, la locura, el miedo, la tristeza, la angustia, la soledad... todas esas sensaciones se hayan unidas por el eje común del horror. Y Polanski conoce muy bien ese eje, y es más, sabe interpretarlo.

Imagino que la tenebrosa causa de ese talento se haya en que él lo conoce muy bien. En la memoria de Polanski tiene que haber múltiples cicatrices que jamás desaparecerán. Por ello, su plasmación en la pantalla del horror no puede ser más escalofriante y brutal. "La Muerte y la Doncella" se trata de un relato profundamente desolador cuyos protagonistas se hallan atrapados por un tenebroso pasado que les oprime y no lo suelta. En este pasado tortuoso hubo una víctima, y consecuentemente, un verdugo, y ahora, en el presente, aquella víctima superviviente cree encontrarse con ese verdugo. La voz de éste, su risa, su olor, una cinta de Schubert, expresiones y detalles; pistas sobre las que el sufrido cerebro de aquella víctima relaciona al diabólico verdugo que la torturo, tejiendo acto seguido una venganza para exorcizar sus demonios internos. Hay un tercero, el marido de la víctima, convertida ahora en verdugo, unido a ella por amor, y al otro por el sentido cívico. A partir de ahí, Polanski nos guía por un aterrador viaje al lado oscuro del ser humano, a sus instintos más míseros y primitivos.

Por supuesto que "La Muerte y la Doncella" se resiente de su origen teatral, por más que Polanski haya procurado "airear" en lo posible la película, con hermosos aunque estáticos paisajes nocturnos (gallegos, curiosamente, aunque la acción se supone que se desarrolla en Hispanoamérica). Su nudo gordiano, el hecho de que las víctimas tomen el papel de los verdugos y hasta qué punto el ser humano vejado es capaz de humillar también hasta caer en la misma abyección, es hoy por hoy tal vez una atractiva propuesta filosófica, pero desde luego es difícil que suceda: invariablemente los verdugos siguen siendo verdugos, y sus víctimas, víctimas. Acaso el papel más ambiguo, el del testigo que, a su vez, es el único que pugna por mantener la cordura en este marco de insania, resulte ser también el más culpable: culpable de no intervenir, de no tomar partido, de no imponer el imperio de la razón. Un guión magistral que Polanski da forma con su incomparable genio y su insuperable sentido del suspense, ayudado inestimablemente por unos intérpretes prodigiosos a los que se debe gran parte del filme.

La música recuerda la que acompañaba a Paulina durante su tortura, el opus para cuarteto de cuerdas de Schubert "La Muerte y la Doncella". La partitura original de Vojcieh Kilar intercala pasajes de gran melancolía (sentimientos de Paulina), con marchas marciales amenazantes. La fotografía, del gran Tonino delli Colli resalta los contrastes entre claros y oscuros, luces y sombras, en una atmósfera sombría, con predominio de formas geométricas, evocadoras de una prisión. El guión contiene unos diálogos fluídos y tensos, que dan paso a un desarrollo argumental muy cinematográfico, pese a su raíz teatral. La interpretación de los tres protagonistas es magistral, especialmente la de Weaver, que es simplemente espectacular. La dirección del filme se recrea en la exploración de los orígenes de la violencia. Todo funciona a la perfección en esta tela de araña, tejida con la lúcida y desequilibrada fibra de la venganza, el poder; del horror. Con esta película me he visto sumergido en un universo aterrador que cuando se muestra en carne viva es terriblemente doloroso, el de la maldad del ser humano, involuntaria o no, siempre espeluznante.

El siempre subyugante Roman Polanski nos ofrece en esta ocasión uno de sus filmes más redondos y efectivos, no sólo visto dentro de su estimable filmografía, sino encuadrándolo en el panorama cinematográfico de los últimos tiempos. Con tres personajes, una casa y poca luz, el realizador polaco narra una historia desgarradora y escalofriante a partes iguales, gracias sin duda al buen ejercicio del guión, claramente deudor de su origen teatral (por ésto conciso y de personajes bien definidos), además somos testigos de toda una gama de sentimientos: una rabia feroz, una insondable humillación, un miedo tremendo y un deseo brutal de vengar todo el dolor padecido. Con pocos elementos y sobriedad de recursos, aquí tenemos una contundente denuncia que no puede dejarnos indiferentes. Una gran película que usted deberia ver de todas maneras.

“Definitivamente claustrofóbica y aterradora”

martes, 9 de febrero de 2010

Super Cool

Director: Greg Mottola
Año: 2007 País: EE.UU. Género: Comedia Puntaje: 08/10
Interpretes: Jonah Hill, Michael Cera, Christopher Mintz-Plasse, Seth Rogen, Bill Hader, Emma Stone y Kevin Corrigan

En una de sus últimas noches como estudiantes del instituto, los amigos e inadaptados Evan (Michael Cera) y Seth (Jonah Hill) experimentarán una legendaria odisea durante una tarde en la que intentan comprar bebida para una fiesta en la que estarán las chicas de sus sueños. En su peripecia les acompañará el indescriptible Fogel “McLovin” (Christopher Mintz-Plasse), otro amigo inadaptado que acaba de comprarse un carnet falso que lo acredita como mayor de edad, con la ayuda de esto los tres amigos deciden comprar el alcohol. Esta película es una de la mejores comedias que nos ha dado el cine de esta última década, además marca el punto más alto de la llamada “Nueva Comedia Americana”, que tiene otros dignos representantes como “Virgen a los 40”, “Ligeramente Embarazada”, “¿Qué paso Ayer?, etc.

En los últimos tiempos hemos asistido al estreno en nuestros multicines de una serie de películas estadounidenses de fuerte raíz adolescente. Ya saben: sexo, porros, cerveza y majaderías. Muchos pensarán que se trata del mismo cine para retardados de toda la vida. Sin embargo, más allá del mal gusto, las películas de la denominada Nueva Comedia Americana (NCA), protagonizadas por una generación de cómicos surgidos en la televisión estadounidense la pasada década, no sólo son cada vez más hilarantes sino que están recibiendo una acogida crítica crecientemente seria y elogiosa. Este el caso de “Super Cool”, que a sido catalogada como la cumbre de las nuevas comedias adolescentes americanas, parece que será, merecidamente no una risa de temporada, sino una película de culto en el futuro. Si hay que ser más breve en el resumen de la película, “Super Cool” es, efectivamente, una “Polla”. Todos sus chistes verbales giran en torno a ella, la mayoría de sus gags físicos la tienen como centro, sus protagonistas viven para darle alimento y hasta me imagino cómo removían el café en el rodaje.

El lector habitual sabrá que por esta página normalmente los chistes de este calado suelen pasar con más pena que gloria. Pero sorprendentemente, “Super Cool” realmente consigue hacer reír con el tema de los “huevos”. En más de un sentido, la sensación que se tiene al terminar de ver esta película es muy parecida a la que muchos tuvimos con “Persiguiendo a Amy”, o con el monólogo inicial de “Reservorio de Perros”; no voy a decir yo que con la mierda se pueda hacer arte, pero con ella hay quien puede hacer más divertida una batalla de tortas. Así Seth Rogen y Evan Goldberg, guionistas de la que nos ocupa, son capaces de principalmente a través de la imparable verborrea de Seth salvar una comedia adolescente de tres al cuarto mezclando sin tapujos alusiones a los Beatles y “Ciudadano Kane” con imágenes mentales de prepucios y fornicaciones. Por poner un ejemplo, el intento de compra de alcohol por parte de Fogell o el trauma infantil de Seth. De todas maneras, son tantos los momentos delirantes del filme y las frases antológicas que sería estúpido nombrarlos todos en esta crítica.

La cinta está planteada a su manera como “La Odisea” de Homero (sí, no es en absoluto lo idiota que puede parecer a simple vista). En este caso nuestros intrépidos héroes deben recorrer media ciudad con su cargamento etílico para acabar lanzándose a los brazos de sus posibles amadas. En el camino, los personajes encontrarán incontables y variopintas ocasiones/personajes/situaciones en las que desplegar su desternillante humor gamberro. Un humor que recuerda al de los inicios de Kevin Smith: tremendamente soez pero a la vez dotado de una agilidad e ingenio en los diálogos que raramente se ven en este tipo de películas. No creo que sea desacertado decir que “Super Cool” debe ser vista como el fiel reflejo de una generación. Bill Gates (que sabe de lo que habla) ya advirtió hace tiempo que tratáramos bien a los “rarillos” de nuestra clase, porque es muy probable que algún día acabemos trabajando para ellos. No se equivocó. Actualmente estamos viviendo el apogeo de la enésima generación “friki”. Por eso no es de extrañar que la película esté cosechando tantos buenos resultados en las taquillas de todo el mundo.

“Super Cool” se vale mucho también de la buena combinación de sus tres protagonistas. Indudablemente tienen mucha vis cómica, y están a la perfección dentro de sus personajes. Comenzando por Seth (Jonah Hill), un chaval con una verborrea incontrolable y genial, y pasando por Evan (Michael Cera), un tímido muchacho que aporta el romanticismo al filme, pero quizá haya que mencionar a Christopher Mintz-Plasse por encima de los demás, aunque sólo sea porque su McLovin (el que haya visto la película lo entenderá) probablemente pase a la posteridad de segunda B, pero posteridad al fin y al cabo, que ocupan otras creaciones como el “Bad Motherfucker” de “Pulp fiction” o Kayser Soze. Aunque la contrapartida de la buena química entre sus protagonistas es que en cuanto no hay al menos dos de ellos en pantalla, “Super Cool” pierde bastante, especialmente un buen trozo de cinta que está ocupado por una pareja de policías (uno de ellos interpretado por el propio Seth Rogen) y que al no mentar en ningún momento sus partes pudendas ni las de otra persona hace que baje un poco el ritmo de la película.

La combinación es infalible: estilo, toneladas de humor fresco y un amplio abanico de protagonistas carismáticos y muy bien caracterizados en los que es fácil verse retratado. El filme que podría confundirse con la típica comedia de adolescentes para descerebrados, ojo “Para”, es sin embargo, un magnífico trabajo bien escrito, (los diálogos parecen escritos por un Tarantino de quince años), bien dirigido y mejor interpretado, con momentos memorables y una química entre los protagonistas impagable. Un par de perdedores que viven una noche gloriosa antes de dar un doloroso paso en sus vidas. El lenguaje es grueso, los chistes, bestias, pero funcionan, funcionan, funcionan, y el resultado final es innegable: dos horas de risas y diversión. El único pero, un final poco creíble y demasiado suave que impide la redondez total del producto. Pero igual no hay que perdérsela.

"Compulsivamente divertida y absurda comedia estudiantil"

domingo, 7 de febrero de 2010

Senderos de Gloria

Director: Stanley Kubrick
Año: 1957 País: EE.UU. Género: Bélico Puntaje: 10/10
Interpretes: Kirk Douglas, Ralph Meeker, Adolphe Menjou, George MacReady, Wayne Morris, Richard Anderson y Joseph Turkel

La cinta, basada en la novela de Humphrey Cobb que a su vez se inspiraba en un episodio real ocurrido durante la Primera Guerra Mundial en Francia, plasmaba los hechos acaecidos cuando un alto mando militar francés, el general Paul Mireau (George MacReady), sólo por la soberbia estúpida de alcanzar una nueva estrella con la que adornar su uniforme, ordenó al coronel Dax (Kirk Douglas) y a su regimiento emprender una misión suicida, atacar un punto estratégico alemán, la tarea fracasará, por lo que el general acusará al azar e injustamente a tres soldados inocentes, por cobardía y amotinamiento. Tal vez la más grande obra del genial director americano, toda una bocanada de sentimientos a flor de piel, de miseria, ingratitud, furia, y aflicción; al final del infernal calvario bélico y la indiferencia frente al prójimo, vendrá el regocijo.

Una obra maestra del cine en general y del antibelicista en particular, como dije probablemente la mejor película del director estadounidense Stanley Kubrick. El tema del antibelicismo es abordado de manera aguda, cínica y crítica, con continuas interacciones entre los oficiales y los soldados rasos, con la parafernalia inútil de un juicio ya visto para sentencia desde las cómodas poltronas de los altos mandos, con el paralelismo en contrapunto con el que Kubrick retrata las distintas estancias de los protagonistas; unas, estrechas, sucias y con olor a pólvora; otras, amplias, espaciosas, limpias, dominadas por un silencio roto en ocasiones por las botas paseantes de generales condecorados. La agria mirada con que esta materia está realizada resulta insuperable, ofertándonos una maravilla visual en la planificación de sus encuadres, los movimientos precisos de cámara (nunca utilizados de manera fatua) o el talento mostrado en el trabajo fotográfico de Georg Krause, con reminiscencias de documental, que prácticamente aúna a los soldados con el escenario bélico.

El filme es magnífico. No se anda por las ramas en ningún momento. Todo se cuenta sin florituras innecesarias. No en vano dura tan sólo 84 minutos escasos, sin desperdicio alguno. Y en ese tiempo mínimo, Kubrick, con la ayuda de dos guionistas más (uno de ellos el excepcional Jim Thompson), diseccionó el surrealismo con el que los altos mandos militares afrontan ciertas situaciones bélicas, el desprecio por la vida de sus subordinados y la hipocresía, altanería y cinismo con los que superaban ciertas críticas vertidas desde los sectores más liberales de su propio estamento. Un escalofriante canto pacifista y antibelicista que, al mismo tiempo, ofrece una visión cruda e impagable sobre el triste significado de las cadenas de mando. No sólo en el ejército, ya que esas cadenas son totalmente extrapolables al mundo laboral, pues la experiencia nos indica claramente que cuando el mando superior cojea, el que acaba recibiendo todos los golpes es aquel que está situado más abajo en el escalafón, el soldado raso, el conserje de la empresa.

Nada tiene lógica. Ni esa orden suicida, ni ese posterior Consejo de Guerra para acabar con la vida de tres soldados, elegidos al azar de entre el pelotón castigado, acusados de cobardía y sentenciados a morir ante un pelotón de fusilamiento. El castigo ejemplar para que sirva de escarmiento al resto de sus compañeros. Y Kubrick deja bien claro que todo es culpa de esa oxidada jerarquía militar, en donde el intelecto no cuenta en absoluto, sólo el honor y la vanidad personal, valores fatalmente arcaicos que, aún hoy en día, perduran en esa institución. Para narrar todo ello, “Senderos de Gloria” cuenta con tres personajes bien delimitados: El Coronel Dax (un impresionante Kirk Douglas, implicado totalmente en la ideología antimilitarista de la película), el general Mireau (un terrorífico George Macready con el rostro cruzado por una inmensa cicatriz) y el general Broulard (Adolphe Menjou, en uno de sus trabajos más inquietantes y logrados). O lo que es lo mismo, y desde el punto de vista más simbólico, las distintas encarnaciones del humanismo (Dax), la soberbia más nauseabunda (Mireau) y el Dios fascista en la sombra (Broulard). Y, por extensión, el enfrentamiento del primero con las dos fuerzas más antidemocráticas y maquiavélicas.

Sus diálogos son impactantes, tan duros como las crudas situaciones que nos muestra la cámara. A través de ellos conocemos el verdadero temor de los soldados antes de iniciar una peligrosa acción bélica. Ellos tienen verdadero pánico al sufrimiento, a caer malheridos. Ya no se plantean ni su posible supervivencia y, si tienen que elegir, desean la muerte antes que el dolor. Y ninguno de ellos, los de abajo, los más abnegados, los que tienen que morir como corderos degollados, no acaban de entender ese patriotismo exacerbado que rezuman sus superiores. Como bien dice el personaje de Kirk Douglas, citando al poeta británico Samuel Johnson y en defensa ante la propuesta suicida de su general, “el patriotismo es el último refugio del sinvergüenza”. De ese sinvergüenza almidonado, incapaz de pisar el frente de batalla y que sólo ansía tener una nueva condecoración en su recién planchado e impoluto uniforme, como el general Mireau. No sólo ideológicamente es incuestionable “Senderos de Gloria”, pues ese perfeccionismo compulsivo de Kubrick se nota en multitud de escenas, como esa maravillosa manera de afrontar la del ataque suicida al puesto alemán, siguiendo a Kirk Douglas a través de un travelling lateral, saltando escombros, medio agachado y rodeado de soldados que van cayendo, a su lado, víctimas de las continuas explosiones que van atronando sobre sus cabezas. Excepcional. Sin más.

Y, para acabar, una imagen para el recuerdo, aquella en la que una mujer alemana (Susanne Christian, la que al año siguiente se convertiría en la esposa de Kubrick), prisionera del ejército de Mireau y Broulard, entona forzosamente una canción en su idioma ante un grupo de soldados franceses, los cuales, ante esa tonada, no pueden evitar que las lágrimas empiecen a resbalar por sus mejillas. Nunca nadie, hasta ese momento, había reflejado con tanta claridad la absurdidad de una guerra. Ruego que se haguen películas como esta y es que el cine, a veces, como en este caso, se convierte en lo más maravilloso de este mundo. Lástima de la gente que lo habitamos. Esta dura crítica a la guerra, que más que enfrentar a países y nacionalidades, confronta al poder y la autoridad con sus servidores y subordinados, culmina de manera triste y melancólica, cantando juntos y con lágrimas en sus ojos personas de distintas procedencias, momentos antes de batirse a muerte en el fragor de una lucha injusta e inmoral.

“Una obra maestra, la mejor cinta bélica que he visto”

viernes, 5 de febrero de 2010

La Princesa Mononoke

Director: Hayao Miyazaki
Año: 1997 País: Japón Género: Animación Puntaje: 09/10
Productora: Studio Ghibli/Miramax International

El argumento se sitúa en la era Muromachi (1392-1573), periodo singular en la historia de Japón caracterizado por el desarrollo de la industria metalúrgica, las armas de fuego, una mayor libertad para la mujer y una sociedad donde aún no había hecho mella la rígida estructura de clases. En este Japón antiguo lleno de rebeldía, guerreros samurais y pueblos separados por miles de kilómetros, una guerra se desencadena en el campo. El clan Tatara, fundidores de hierro, empiezan a arrasar los bosques. Comienza así un conflicto bélico entre la civilización invasora y los dioses del bosque. Muy lejos de allí, Ashitaka, el último joven guerrero del clan Emishi, se ve obligado a matar a un monstruo para proteger a su pueblo. Al matarlo, la maldición de la bestia cae sobre él como una peste que irá poco a poco extendiéndose por su cuerpo. Ashitaka emprende un viaje hacia las tierras del clan Tatara, donde espera comprender el origen de la misteriosa maldición antes de que se cobre su vida. Allí conoce a la enigmática lady Eboshi, dueña de la ciudad del hierro, y a Sam "La Princesa Mononoke”, una joven criada por los lobos y dispuesta a morir para derrotar a los humanos. Sin querer, Ashitaka se verá envuelto en una agria lucha entre dos pueblos enfrentados entre sí y con los dioses del bosque.

"La Princesa Mononoke" es una película repleta de inventiva, digna de una persona (Hayao Miyazaki) que sabe lo que quiere. Ambientada en un universo de dioses y humanos, enseguida introduce al espectador en la historia gracias a sus trepidantes y fabulosos primeros minutos. Se ha hablado mucho del mensaje ecologista del filme. Es cierto, existe, pero, en mi opinión, más importante es el hecho de que, ante todo, el protagonista busca la convivencia entre seres distintos (de ahí que los dos bandos existentes lo tachen de traidor en numerosas ocasiones). Y eso es lo mejor (al menos en el argumento) de La Pricesa Mononoke: no muestra a unos buenos buenísimos o a unos malos malísimos. Todos realizan, en algún momento del filme, alguna acción que perturba la paz de los otros, pero en ningún caso nos da la sensación de que tales hechos se llevan a cabo por una maldad sin sentido, sino que más bien las limitaciones de la naturaleza, de la propia vida, hacen acto de presencia. Es decir, se critica el juzgar a los demás sin conocerlos, de pensar que nada pueden aportar a tu forma de vivir. Así, los humanos no respetan a la naturaleza, pero no lo hacen simplemente porque no de se dan cuenta de su belleza, de todo lo que les puede ofrecer.

Sin embargo, la temible Lady Eboshi, por ejemplo, sabe cuidar de los suyos, les da trabajo a las prostitutas y a los olvidados leprosos, rechazados por la sociedad. Por su parte, los animales se equivocan al pensar que todos los humanos son iguales, que todos merecen la muerte. Ellos también aprenderán algo (como muestran las secuencias en las que un lobo y un alce se saludan al encontrarse, cuando antes el primero hubiera atacado al segundo sin dudarlo).Además de todo lo comentado, La Princesa Mononoke presenta unos personajes muy poderosos, en referencia a su trabajada personalidad. Ashitaka, un joven guerrero que busca sobre todo la curación de su extraña enfermedad, pero también la paz de todos aquellos que lo rodean, lleva todo el peso de la acción, nos sentimos identificados con él, deseamos que logre el objetivo por el cual abandonó su aldea y a los suyos. Pero, seguramente lo mejor es el papel que las mujeres tienen en el filme. No son simples comparsas en la historia, sino que, tal y como demuestran Sam (la Princesa Mononoke) y Lady Eboshi, son fundamentales en el desarrollo del argumento. Se echa en falta, eso sí, más humor, más gags, y eso que los japoneses son unos expertos en el tema, pero eso resalta aún más la seriedad de lo que se nos cuenta.

En el centro de toda la historia yace el enfrentamiento entre la fuerza del progreso y la necesidad de conservar la naturaleza. Pero lejos de simplificar posiciones, ni los dioses del bosque ni las criaturas que los defienden son buenas ni la que representa al otro bando es mala. Toda la historia se plantea en pequeños conflictos que van creando sus propios mensajes. El mas valido, respecto a los dioses, es que estos, como seqala Rudolff Otto en su libro "Lo santo", tienen algo oscuro e irracional que nos impide encerrarlos en las categorías que nos harían sentirnos mas cómodos y seguros. Con el otro grupo ocurre lo mismo. No resulta fácil condenar a Lady Eboshi. En el terreno del dibujo, la fascinación que Hayao provoca es la misma que logra con los personajes. Es capaz de manejar el agua con un cuidado al que no estábamos acostumbrados. La luz, el movimiento, la sugerencia. La historia marca su ritmo, pero el dibujo la envuelve y la convierte en algo más rico. Basta ese momento en el que Ashitaka entra en el bosque y los kodamas empiezan a surgir para darse cuenta de que el discurso narrativo tiene sus limitaciones y que Hayao se propone superarlas. Estamos acostumbrados a que el dibujo sea un apoyo mas o menos artístico. “La Princesa Monoke” es la muestra de que a las películas de dibujos animados se les debe pedir mas. Y no solo a las películas, sino al público que se acerca a este género. Hayao lanza su propuesta y lo primero que logra es cierta confusión, pero a medida que el metraje se va constituyendo, la cinta hace que el público se sumerja en el mundo fantasioso y mitológico, pero como dije a primera instancia provoca confusión.

Una confusión lógica porque el que acude por el dibujo se queda a cierta distancia de una historia que le resulta inquieta. Al aficionado al que esa historia le resultaría interesante, por el contrario, el dibujo ya le aleja de la sala, apartándose de un trabajo muy sugerente. ? Cuando en una película de dibujos animados un protagonista se presenta con la cara manchada de sangre, chapándola y escupiéndola del cuerpo de un lobo?. Esta es una película de múltiples lecturas, como que si se destruye el bosque, no solo muere este sino que también muere todo lo que le rodea; el amor y la compasión como motores de la vida; la necesidad de comprensión, el inevitable final de un mundo e inicio de otro (no solo la llegada de la industrialización y con ello el fin de la vida basada en las labores del campo, sino el fin del temor atávico del hombre hacia la naturaleza y el final del poder de los samuráis frente a las armas de fuego) y como cada uno debe afrontar este cambio a su manera, todo ello narrado de forma magistral mediante bellas escenas alegóricas o como parte de la trama principal. Las técnicas de animación utilizadas son cautivadoras y solo se las podría acusar de ser algo simples comparadas con los últimos hallazgos occidentales en este campo pero el sentido del ritmo, de la narración, las magistrales escenas de acción, la belleza de sus imágenes.

Finalmente, he de reconocer que he ido a ver esta película por la música de Joe Hisaishi. Es decir, previamente a ver el filme, y gracias a una recomendación, pude escuchar esta banda sonora, y realmente me pareció muy buena. Una vez contempladas las imágenes que han servido para crear dicha música, he de decir que se trata de una banda sonora muy sólida. El habitual mensaje ecológico de Miyazaki cobra en esta ocasión protagonismo y guía la narración. El filme muestra la complejidad de la vida en sus muchas facetas, un mundo sin héroes ni villanos, en el que los "malos" están cegados por la avaricia y no son conscientes de las consecuencias de sus actos. Esto no significa que no haya conflicto. Muy al contrario, el filme es seguramente el más violento de la carrera del Estudio Ghibli, e incluye escenas realmente duras que la distribuidora internacional del filme (Disney) quiso editar, encontrándose con la prohibición expresa de sus creadores. El pequeño gran acierto en esta ocasión son los kodamas, espíritus de los árboles que aparecen en la penumbra, convirtiéndose en los personajes más memorables del filme, a pesar de la dura competencia. Acción, mensaje y buenos personajes: en definitiva, una de esas películas que hay que ver.

“Una gran cinta mitológica y fantasiosa”

martes, 2 de febrero de 2010

El Ladrón de Orquídeas (Adaptation)

Director: Spike Jonze
Año: 2002 País: EE.UU. Género: Tragicomedia Puntaje: 08/10
Interpretes: Nicolas Cage, Meryl Streep, Chris Cooper, Tilda Swinton, Maggie Gyllenhaal, Cara Seymour y Brian Cox

La película cuenta la historia de un guionista, Charlie Kaufman (Nicolas Cage), a quien le encomiendan adaptar para una película la novela escrita por una periodista, Susan Orlean (Meryl Streep), sobre un pintoresco personaje, John Laroche (Chris Cooper), excéntrico amante de la vida en general y de las orquídeas en particular. El eje del relato se centra en las terribles dificultades que encuentra el autodestructivo Charlie para esbozar siquiera una idea que le sirva para iniciar su trabajo. Además, mientras trata en vano de buscar la inspiración necesaria para volcar en el papel sus conceptos, debe convivir y sobrevivir a sus penas cotidianas, sus frustraciones con las mujeres, y especialmente a su hermano gemelo Donald, torpe, superficial, amante de los chistes malos y las groserías, y aspirante también a escribir guiones. Una historia... cuatro vidas... y un millón de maneras diferentes de finalizarla. Una película brillante y confusa de uno de los más originales directores de la actualidad, que obtuvo 4 nominaciones a los Oscar: Mejor actor (Cage), actor secundario (Chris Cooper), actriz secundaria (Streep) y guión adaptado.

Satisfactorio es descubrir que a estas alturas existen talentos que tienen la generosidad de trabajar de vez en cuando para esto del cine y demostrarnos que todavía podemos descubrir algo que jamás se había contado, encontrarnos con la originalidad en su estado puro y que, además, sea redondeada con una audacia narrativa digna de los mayores elogios. Después de su enloquecida, frenética y genial “¿Quieres Ser John Malkovich?”, la imaginación sin límites de el guionista Charlie Kaufman nos han vuelto a brindar en un apoteósico arranque de ingenio el ambicioso a la vez que resolutivo y triunfador, autorreferente a la vez que honesto y humilde guión de “El Ladrón de Orquídeas”. La calidad de autor de Kaufman respecto a esta película es tal que su chispeante maquinaria cerebral, en un estado de esquizofrenia, decidió firmarlo conjuntamente con un hermano gemelo ficticio, Donald que, a su vez, comparte con él el protagonismo de la historia. Compleja, recargada y brillantemente engarzada, la pelicula es una traca de ideas admirables que no deja género por abordar, tendencia por rematar magistralmente: comedia, acción, drama, suspense e incluso existencialismo tienen cabida para esta pieza de orfebrería que ha sabido encontrar, además, un director que transmita con oficio y unos intérpretes que capten con acierto el espíritu fresco y deslumbrante de este proyecto.

Realidad y ficción, paralelismos, metáforas, personajes reales o enmascarados, bifrontismos e idilios desenfrenados, el argumento de esta película es difícil de resumir en pocas líneas. Conformémonos con hacer referencia a la magnífica capacidad de su creador para lanzar, mediante la atipicidad, casi el surrealismo, mensajes de calado universal. Así, se puede decir que los protagonistas de las historias que trazan en dinámica carrera la espectacular inteligencia de “El Ladrón de Orquídeas”, tienen en común el vacío existencial, la crisis de motivación. Esto de puede notar en los personajes que escriben, en el caso de Susan Orlean novelas, y en el de Charlie Kaufman guiones de cine. Ambos son personajes reales, pero en la película se muestra la “realidad” que habita en los recovecos más insondables de Kaufman, hasta el punto de que se desdoble en su hermano gemelo y antitético Donald. Su descubrimiento del amor, la emoción y el sentido de la vida llegará por los caminos más anómalos, pero, en esa antípoda de la lógica, se encuentra el genuino romanticismo y la pura autenticidad vital de esta película. Espléndido en su poliédrica visión de la realidad, tan compleja y a la vez tan simple, y de su carísima sombra, el cine, el alcance de este filme exige una segunda visión que matice lo ya transmitido en la primera, que complete nuestra captación del bizarro y abigarrado universo que ya deberíamos apuntillar como kaufmaniano.

En realidad, a través de este entramado complejo, el filme de Jonze disimula su simpleza esencial. Porque básicamente, además de captar la belleza y el color de la flor que da nombre al título, "El ladrón de orquídeas" habla de seres humanos tristes, desesperanzados, inseguros y solitarios. Seres confundidos, incapaces de comenzar algo real, de dejarse llevar por la pasión, de salir de las redes de su intelecto, de su saber. Esta clase de seres están representados majestuosamente por Charlie y Susan, los pensantes, los que cargan a cuestas con el peso de su propia existencia, y sufren por su soledad, que no es otra cosa que la no aceptación de sí mismos. En la cinta además se retrata a otra clase de personas, menos reflexivos tal vez, pero más viscerales. Tanto Laroche como Donald le ponen el cuerpo a la vida, se exponen al ridículo, disfrutan de lo que les pasa cuando pueden, no son indolentes, arrastran también ellos dolor y sufrimiento, pero frente a un mundo que juzga y condena eligen simplemente tratar de ser como son. “Tú eres lo que amas, no lo que aman de ti, eso ya no es asunto tuyo”, explica Donald a su boquiabierto hermano y deja claro que a veces la sabiduría puede encontrarse donde menos se la espera.

Si bien es cierto que tanto Jonze como Kaufman recorren peligrosamente la línea que delimita la genialidad con la autocomplacencia exacerbada en su mordaz disertación sobre las circunstancias que determinan su angustia en medio del convulsionado entorno social (reflejado irónicamente en la afición onanística de Charlie, evasión perfecta del perdedor), el resultado es una enloquecida dicotomía de verdad e ilusión con flashbacks imposibles. Una obra de dimensiones trascendentales dentro de la innovación guionística del cine actual. Los personajes descritos por Kaufman y tan bien moldeados por Jonze están meticulosamente descritos en el ajuste a sus propias obsesiones dentro de un puzzle psicológico llevado al extremo, excediendo todo tipo de combinaciones narrativas. Para buscar al intérprete que pudiera meterse en la piel de tan insólito personaje, la elección de Nicolas Cage ha resultado un acierto pleno, y supone para el actor el tardío recordatorio de que en cierto momento fue capaz de ganar un Oscar. Su trabajo doble en esta película entronca directamente con lo que ésta quiere transmitir, en una labor de mimetismo con el guionista de una dinámica y una fuerza que traspasen la pantalla. Arropado por la eficacia impecable aunque siempre demasiado técnica de Meryl Streep y la camaleónica presencia de ese espléndido secundario que es Chris Cooper.

"El Ladrón de Orquídeas", probablemente, no se proponga otra cosa que abrir puertas. Ofrece en ese sentido un diálogo constante con el espectador, lo invita a ser parte de lo que sucede, a conectarse con las imágenes, y al mismo tiempo, lo lleva de un lado a otro, de la ficción a la realidad y nuevamente a la ficción; del presente al pasado y de nuevo al presente, y luego desde ahí al futuro. Siempre a un ritmo caracterizado por la fluidez. No impone un mensaje, esas puertas no son más que signos de preguntas y oportunidades. Esa energía, sutil y penetrante, es la atmósfera que predomina y se transfiere desde la pantalla. En resumidas cuentas “El Ladrón de Orquídeas” es sinónimo de disfrute, de euforia para el cinéfilo porque devuelve la grata sensación de descubrimiento, de estudiado descontrol y de inercia hacia la satisfacción de la incertidumbre. Es refrescante y serpentea ágil en su densidad imperceptible, intercala grandes perlas del guión en medio de ese circo de coordenadas invisibles pero firmes, porque sujetan sin el menor síntoma de desmoronamiento la estructura de esta magnífica obra.

“Deslumbrante e irracionalmente genial”

sábado, 30 de enero de 2010

Cara Cortada

Director: Brian De Palma
Año: 1983 País: EE.UU. Género: Gangster Puntaje: 10/10
Interpretes: Al Pacino, Michelle Pfeiffer, Steven Bauer, Mary Elizabeth Mastrantonio, Robert Loggia y F. Murray Abraham

Filme sumamente violento con un sólido guión, maravillosa banda sonora y lo mejor, sus cuidadísimas interpretaciones. Tony Montana (Al Pacino) y Manny Ray (Steven Bauer) son dos presos cubanos a los que el régimen de Fidel Castro ha permitido exiliarse en los Estados Unidos. En la ciudad de Miami, se integrarán en el clan del narcotraficante Frank López (Robert Loggia), ubicación en la cual Montana irá ascendiendo poco a poco, hasta terminar enfrentándose a su propio jefe. La novia de éste, llamada Elvira (Michelle Pfeiffer), se convertirá en el objeto de deseo de Tony, quien mantendrá una creciente mirada incestuosa hacia su hermana Gina (Mary Elizabeth Mastrantonio). Sin duda el mejor filme que haya filmado hasta ahora Brian De Palma y uno de los grandes titulos de la década de los ochenta y del género Gangster.

"Todo lo que tengo en esta vida son mis huevos y mi palabra". Es una de las frases que inmortalizó al personaje de Tony Montana en “Cara Cortada”, sin duda alguna, uno de los mayores clásicos de Brian De Palma, que es un director al que ciertos sectores de la crítica no le dejan escapar ni una. Se le acusa de ser un plagiador, sobretodo en lo que respecta a las referencias sobre Alfred Hitchcock. Lo que si es cierto es que la majestuosidad en la puesta en escena que despliega en todas sus películas, es algo que pocos poseen, pues convierte la mayor parte de sus obras (y ésta no es una excepción) en una auténtica delicia y gozada visual. “Cara Cortada” es un remake de un título muy anterior: “Scarface, El Terror del Hampa”, del maestro Howard Hawks, obra maestra y título cumbre que supuso un punto de inflexión y nacimiento del mejor cine negro. Oliver Stone fue el encargado de adaptar este guión a la obra DePalmiana. Ahora, esta nueva lectura de la película de Hawks, se centraba en el ascenso y caída del imperio creado por Tony Montana, siempre perseguidor del "Sueño Americano".

Montana y su carrera hacia la fama, el dinero, las mujeres y el control de la cocaína en esa Miami ochentera es meteórica. El deseo por poseerlo todo, por ser el amo del mundo se materializa en una lujosa mansión y en esa gran esfera del mundo en la que reza la frase: "The World is Yours". Y es que Montana, lejos de la discreción, no tiene el más mínimo interés por esconder su opulencia. Pero Tony Montana es un ser destructivo que arrasa y engulle todo lo que toca: por ejemplo en sus relaciones con Gina, su hermana, a quien, o bien su deseo de posesión, su cariño o su sentido de protección hacia ella, acaba por destrozarla, o, también por ejemplo, en las relaciones con su madre (pues Montana acaba por romper la armonía existente entre madre-hija) y sus relaciones conyugales con Elvira, su futura esposa, anteriormente mujer de su antiguo jefe, Frank. Eso si, todo por lo que se mueve Montana es por instintos y su afán de posesión, nada para él es esquivo a ser poseído. Tampoco lo son las mujeres. La tortuosa relación Montana-Elvira tan sólo puede acabar de la manera que acaba con esa magnífica escena en el restaurante.

Stone y De Palma configuran y llevan hasta el exceso un antihéroe chabacano, altanero, sin escrúpulos y violento, pues es su carácter agresivo lo que le permite, casi sin problema alguno, despuntar en la vida y llegar a la tan ansiada fama, al precio que sea. Y la verdad es que lo consiguen, creando con este personaje, tan poco afín a moralidad alguna (al menos en apariencia), todo un icono cinematográfico que pasó, merecidamente, a la historia del cine. Pero a pesar de la aparente vacuidad de cualquier tipo de sentimiento en un hombre como Montana, éste se muestra en contadas ocasiones en un ser con sentimientos y con conflictos morales. Y es esto lo que hace ser fascinante a un personaje como éste: un hombre frío a la hora de ejecutar la violencia más descarnada, pero que a la vez se torna como una persona sensible en ciertas ocasiones, incluso el llegar a cuestionar la moralidad de sus acciones. Este exceso en la creación de Montana, encuentra su justificación en la elevación del personaje a cotas casi místicas, llegando a pensar, en algunos momentos, en el carácter inmortal de este antihéroe en toda regla. Pero esta inmortalidad que envuelve al personaje y la incondicionalidad de sus seguidores (que los tiene, y muchos). No hubiese sido tal si debajo de la piel no hubiese estado el que está, me refiero a Al Pacino, que hace un “tour de force” impecable. El estilo fanfarrón y la mala uva que destila el personaje lo imprime magistralmente un excelente Pacino en uno de los papeles de su vida, memorable e irrepetible.

Y es que si algo sobresale en esta película son sus impecables interpretaciones de todos y cada uno de los actores: empezando por el inmortal personaje de Pacino, pasando por una excelente Michelle Pfeiffer o por la soberbia interpretación de la hermana de Montana a cargo de Mary Elizabeth Mastrantonio, hasta llegar a actores como Robert Logia o F. Murray Abraham en roles más secundarios pero no menos brillantes. Hay que hacer referencia también al buen guión de la película, obra del citado Oliver Stone. Además de la excelente creación del personaje de Montana (con sus contradicciones interiores) y la dosificación de escenas pletóricas de violencia, tienen cabida también unos buenos diálogos libres de parafernalias y pequeños matices críticos sobre su país y el sistema capitalista de consumo (no nos olvidemos que estamos hablando de Stone), que crea seres como este personaje venido de la nada con ansias de comerse el mundo. Como no podía ser de otra forma, también es obligatorio detenerse en lo respectivo a la dirección de De Palma, y es que esta película es todo un talante y ejemplo de cómo debe ser una puesta en escena. Es decir, que una vez más, la excelente dirección del director se repite aquí de nuevo, creando cuadros verdaderamente sutiles y soberbios.

Como ya ha quedado obvio, la violencia está muy presente en “Cara Cortada”, pero es una violencia que se presenta, hasta un cierto punto, estilizada y hasta coreografiada, sobretodo en la innumerable veces citada escena final, donde el exceso, la acción y la violencia confluyen como un torrente. No obstante, como en la mayoría de películas rodeadas del ambiente gangsteril, la violencia es también el motor que mueve a los personajes. Todos ellos se ven envueltos en ella y ayuda a comprender el entorno por el que se mueven dichos personajes. Aspectos técnicos como la estupenda dirección artística o la fotografía son dignos de elogio. Digno de elogio lo es también la penetrante y arrolladora banda sonora de Giorgo Moroder, que da a la película la fuerza que las imágenes necesitan. La duración de la misma (casi tres horas) podría ser también obstáculo para su seguimiento, pero la cinta está narrada ágilmente y su buen ritmo hace que el interés no decaiga en ningún momento. Para concluir y pese a sus nimias irregularidades en algunos de sus excesos visuales, si se quiere disfrutar de una película penetrante en su propuesta visual y magistralmente interpretada, “Cara Cortada” es una excelente opción, pues este clásico DePalmiano no deja de ser una espléndida película.

“Filme desgarrador y violento, una obra maestra”

jueves, 28 de enero de 2010

El Hombre de las Estrellas

Director: Giuseppe Tornatore
Año: 1995 País: Italia Género: Drama Puntaje: 08/10
Interpretes: Sergio Castellito, Tiziana Lodato, Franco Scaldati, Leopoldo Trieste y Nicola Di Pinto

En un pueblo de Sicilia, en los años cincuenta, el pícaro Joe Morelli (Sergio Castellito), cargado con su obsoleta cámara Ascania, promete que es capaz de hacer realidad los sueños de cualquier ciudadano que aspire a ser una estrella de cine. Así, Morelli llega a dicho lugar con el pretexto de descubrir nuevas caras para el cine. Los ingenuos lugareños le pagan la módica suma de 1.500 liras para convertir sus sueños en realidad. Todos forman una larga cola para abrir sus almas a la cámara de Joe, luchando por ese atisbo de esperanza que les situaría entre los agraciados, entre las estrellas de cine. “El Hombre de las Estrellas” o “Fabricante de Estrellas” (titulo que llevo en Latinoamérica) supone la constatación de Tornatore, como un gran director, luego de la extraordinaria “Una Pura Formalidad”, el director Italiano vuele a sus raíces “Sicilia”, para contarnos una gran historia.

Está claro que en “El Hombre de las Estrellas” renacen ciertos temas, cIimas y escenarios de “Cinema Paradiso”, el producto que se alzó con el Oscar al mejor film extranjero de 1990, pero también se nota que su director, el italiano Giuseppe Tornatore, empieza a superar la receta que lo consagró. El lugar vuelve a ser Sicilia, son tiempos de posguerra, más precisamente el año '53, cuando aparecían por la zona los primeros aparatos de TV y el protagonista, una vez más, es un profesional ligado de manera tangencial al cine. A diferencia de aquel proyectorista que servía como excusa para una avalancha de citas cinéfilas en “Cinema Paradiso”, el cazador de talentos que compone Sergio Castellitto (el incansable fornicador de “La Carne”, de Marco Ferreri) se dedica a recorrer provincias a bordo de una camioneta tapizada con afiches de actores célebres de la época. Allí carga una cámara de 35 mm, un micrófono y unos cuantos kilos en equipos de iluminación, con los que monta su pequeño estudio en cada plaza, tras anunciar con un megáfono que tomará pruebas de cámara a los que quieran ganar fama y dinero con el cine. A cambio, claro está, de pagar "para cubrir los costos de revelado".

El negocio de Morelli florece al compás de la fascinación de los campesinos, convencidos de que en cuestión de días llegará la prometida carta de la productora Universalia, con asiento en Roma, convocándolos para el estrellato. Las vanas ilusiones de posguerra, el auge del neorrealismo, que utilizaba actores no profesionales como los convocados por Joe, y el aura celestial que todavía revestía al cine estadounidense al mundo de ese cine, superior al terrenal y habitado por las divinidades glamorosas del “star system” forman parte de un contexto que consolida la tarea de Morelli ante los ojos del espectador. Los rostros de sus pobres clientes, a los que hace recitar un par de Iíneas de “Lo Que el Viento se Llevó”, nutren una galería de primeros planos deslumbrados (a veces coronados por el llanto, por la confesión quejosa o por el ataque de nervios, en arrebatos propiciados por la cámara) que acaban conformando una suerte de retrato colectivo de los postergados de Sicilia, la otra cara de la isla que no tiene tanta fama como los mafiosos.

Hay bolsones de obviedad, resabios, como ese plano general en el que todos los pueblerinos, absolutamente todos, se pasean por las calles repasando el bocadillo que Clark Gable le decía a Vivien Leigh, o esa escena en la que unos bandidos le perdonan el pellejo a Joe y hasta terminan pagándole para que los filme, como si la cámara, más que deslumbrar, idiotizara. El perfil de Joe Morelli, en cambio, goza de una ambigüedad que sostiene el rumbo con firmeza durante buena parte del relato: ¿tendrá rollo su cámara? ¿hasta dónde engaña al mundo este hombre, que parece conmoverse más que nadie ante las virtudes fotogénicas de los desdichados que se le cruzan (y que las tienen, como que llenan cómodamente la pantalla de Tornatore)? Morelli, en todo caso, pasa tanto rato engañando a los paisanos como al público, y aun autoengañándose. En el éxtasis del embaucador ante sus víctimas podrá rastrearse, luego, la semilla de su transformación. Porque a Joe le cuesta sustraerse al bien que, aunque no busca, ejerce fugazmente sobre los campesinos, quienes encuentran en las pruebas de cámara el alivio de una confesión. Alivio que él no podrá permitirse mientras persista con la trampa.

Siempre se agradece la incursión de una que otra película en el complejo mundo del metacine, ya sea desde el atribulado subconsciente del director (8 1/2 de Fellini), del guionista (el ladrón de orquídeas) o incluso del sonidista (“Historia de Lisboa”, de Won Wenders). En este caso, la ilusión cinematográfica (ya trabajada en “Cinema Paradiso”) se centra en una cruel historia de mentiras e ignorancia: un hombre recorre los pueblos más pobres de Sicilia ofreciendo a sus habitantes la posibilidad de convertirse en estrellas de Hollywood mediante un rudimentario casting. Más allá de la censura moral de lucrar a costa del candor de personas pobres, lo que rezuma este filme es la ilusión cinematográfica, ese contraste entre la fantasía del celuloide y la cruda realidad (algo similar, aunque en otra dimensión, a lo que sucede en "Bailando en la Oscuridad", de Lars Von Trier). Es un filme muy a la italiana, donde no falta el humor, el sexo, el drama, la historia de amor, la tragedia.

Pero lo destacable de la película, es la musa, que viene hacer la redención de avispado estafador, y lo favorable es que venga de la mano de una hermosa adolescente (Tiziana Lodato) acaso no haya sido la mejor idea, sobre todo si se considera que Tornatore la utiliza para igualar al público con cierto viejo verde que se excita contemplándola desnuda. Cierto es que la escena del manicomio pesa por melodramática, y que la última secuencia de montaje vuelve a descender a la obviedad, con los fallidos aspirantes a “stars” sobreimpresos con el rostro atribulado de Morelli (cuando las voces en off de ellos ya sobraban para comentar la angustia de él), pero “El Hombre de las Estrellas” tiene suficientes aciertos como para celebrar que Tornatore haya empezado a despegar de las chapucerías con que conquistó el aplauso de los cenáculos hollywoodenses.

“Un homenaje al séptimo arte”

martes, 26 de enero de 2010

Academia Rushmore

Director: Wes Anderson
Año: 1998 País: EE.UU. Género: Comedia Puntaje: 09/10
Interpretes: Jason Schwartzman, Bill Murray, Olivia Williams, Seymour Cassel, Brian Cox, Connie Nielsen y Luke Wilson

Max Fisher (Jason Schwartzman) es un joven estudiante rebelde de Rushmore, una de las escuelas más prestigiosas del país. Editor del periódico de la escuela, capitán y presidente de numerosos clubs y sociedades, Max es también uno de los peores estudiantes que ha tenido la historia de Rushmore, por eso, la idea de que algún día lo expulsen no para de rondarle por su cabeza. En un momento transcendental de su vida, Max se enamora de la elegante profesora Miss Cross (Olivia Williams), pero su conquista se ve frustrada cuando se entera de que su amigo, el Sr. Blume (Bill Murray), que además es padre de dos compañeros suyos de clase, también intentan conquistar el amor de la señorita Cross. Película que supuso la revelación de Wes Anderson tras la desconcertante y brillante “Bottle Rocket”, y con la que la gente empezó a ver que se trataba de uno de los realizadores más personales y originales que tiene el nuevo cine independiente americano, y un creador de mundos muy personales.

El cine de Wes Anderson se enclava dentro de la hornada (que no estilo) que supone la generación que componen Paul Thomas Anderson, Sofia Coppola, Charlie Kaufmann, y Alexander Payne, cineastas originales y creadores de singulares películas, todas ellas marcadas por una sutilidad y genialidad extraordinarias. Esto molesta a gran parte de público y crítica, que se niega a admitir de que los creadores "underground" siguen siendo Kevin Smith y Tim Burton, cuando tiempo hace ya, que ambos, perdieron aquella chispa de sus principios y han perdido toda aquella aureola que les rodeó a ambos. Aunque Burton ahora ya cuenta con un respaldo completo de publico y crítica y se erige en el creador mas sobrevalorado de Hollywood, cabe decir que todavía puede tener algo interesante que contar aunque parece haber iniciado una línea a la reiteración insostenible .En cambio, tan sólo la critica internacional parece ser la única que apoye en su justa medida a Anderson un cineasta insobornable, y cuyas películas se caracterizan por el equilibrio de formas que consigue en ellas, arriesgándose siempre, nunca decantándose por apuestas fáciles. Es por ello que es criticado tan frecuentemente, por un público poco acostumbrado a ver filmes diferentes que no vengan prefabricados desde Hollywood.

Lo que nos encontramos aquí es ante de una de las mejores películas que he tenido ocasión de ver. Es un filme genial, y por ello, difícil. La película puede resultar un tanto apático, pero si uno entra de lleno en su juego de ambigüedad se va a encontrar ante la mas rotunda de las películas sobre adolescentes, y que tendría que ser obligatoria para muchos, que no entienden el universo que rodea a esta etapa cuanto menos, difícil en la que uno tiene la laboriosa faena de formar su propio carácter, y esto no siempre es fácil de asumir. La trama de la película que puede parecer un tanto absurda, pronto se revelará como genial. La descripción que hace Anderson de sus personajes, auténticos outsiders en un mundo que no logran entender es genial. Eso se facilita gracias a las grandiosas interpretaciones de todo el reparto. Jason Schwartzmann es la revelación, y esta estupendo como Max Fischer, al que dota de humanidad y carisma, y Olivia Williams consigue hacer adorable su personaje, de la frágil señora Cross. Y que decir del grandioso Bill Murray, pues que dota de una personalidad increíble a su Heman Blume, personaje desencantado que ha perdido el rumbo completamente entre tanta miseria de dinero.

Fischer y Blume podrían ser la misma persona en distintas etapas. Por algo quizás se enamoran de la misma persona. Pero, es que el filme tiene momentos geniales debido a su mezcla prodigiosa entre Salinger y Schulz, logrando un tono de comedia amarga perfectamente engranado. Y por aquí transita durante su metraje, con gags tan logrados como las obras de teatro de Fischer, y la descripción de los personajes, y sus problemas existenciales. Anderson y Wilson articulan en su guión una dramaturgia perfecta, que engrana comedia y drama con una perfección nunca vista antes. Esa mezcla es tan sutil, tan imperceptible, que le resultará extraña al espectador medio que no se atreva a entrar en ella. Pero es que este Max Fischer mitad bastardo, mitad genio, también tiene una mitad de nosotros mismos. Su periplo no es otro que el del primer amor, y con ello, la primera renuncia. Y es que esta película habla siempre con una triste sonrisa dibujada en sus protagonistas de los sueños frustrados que rodean nuestras vidas cotidianas.

Para seguir analizando la película, el humor del señor Anderson me parece interesante. Complicado y extraño, pero tremendamente rabioso. Aquel que no disfrutara con cualquiera de sus películas no creo que lo haga en un futuro. Parece mantener la misma línea en su trayectoria, y por mí, que siga así. Anderson le puso narices y junto con su amigo y actor Owen Wilson escribe guiones originales, desenfadados y sobre todo marcados para una marginación y exclusividad de una sociedad de consumo en cadena. En “Academia Rushmore” hace gala de esta excentricidad. Porque Wes Anderson no es más que un contador de cuentos. Extraño sí, pero visualmente portentoso. Él cuida mucho la planificación de las escenas, utiliza una banda sonora (como siempre) fantástica que acopla perfectamente con la historia y envuelve sus estrambóticos personajes en un ambiente que hasta nos son identificables. Este “rarito” realizador se junta con actores que son llamados poco expresivos, para realizar una gran comedia. Lo que más me interesó tambien en esta película fue el estupendo ejercicio de estilo que Wes Anderson realiza, su manera de rodar la película, sus travellings y su curiosa puesta en escena.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que esta pequeña joya cinematográfica no es una comedia al uso. Deberíamos hablar más bien de realismo mágico: es una maravillosa fábula, dónde todo pertenece a la vez al mundo real y a una especie de sueño, dónde unos increíbles y entrañables personajes llenos de originalidad, ingenio y vitalidad, hacen que vuelvas a contemplar tu propia vida desde una óptica diferente, con un renovado amor en el empeño humano de ir contracorriente y con una nueva visión (no por diferente menos legítima y real) sobre sentimientos tan trillados como el amor, la amistad, la ambición,o los sueños a conseguir. Todo es perfecto es esta película: todos y cada uno de los secundarios, la dirección, la fotografía, la banda sonora...y sobre todo la sensación de estar viendo cine que nunca se ha hecho antes. Si te sumerges en ella, te conquistará.

"Inteligente e irónica comedia, sobre la juventud y los sueños fustrados"

domingo, 24 de enero de 2010

El Color del Dinero

Director: Martin Scorsese
Año: 1986 País: EE.UU. Género: Drama/Juego Puntaje: 09/10
Interpretes: Paul Newman, Tom Cruise, Mary Elizabeth Mastrantonio, John Turturro, Helen Shaver y Forest Whitaker

Con este post retomo el estudio filmográfico de mi director favorito me refiero al gran Martin Scorsese, ahora hablare de “El Color del Dinero”, que es una meritoria continuación de uno de los mejores filmes de la historia; "El Audaz". La trama se centra en Eddie Felson (Paul Newman), antiguo campeón de billar, que vive ahora retirado de todo ese mundo y se dedica a sus negocios de licores. Un día, en una sala de juego, conoce a Vincent (Tom Cruise), un joven también jugador de billar, que aún no ha encontrado todavía oponente y que siempre va acompañado de su novia (Mary Elizabeth Mastrantonio), encargada de las apuestas que se hacen sobre él. Así el veterano campeón entablara una amistad con la joven promesa del billar. Por esta película el desparecido Paul Newman gano un Oscar.

Hermosa película. Hermosa como historia, como reflexión ética, como lección de continuidad de la obra de un realizador, como modelo de observación de ambientes y personajes, como ejercicio casi compulsivo, cardíaco, de maestría en inteligencia cinematográfica. Si no fuera porque su obra está profundamente asociada al concepto de redención tal como el “Toro Salvaje”, este filme no deja dudas al respecto y el hecho es herencia seguramente de sus días en el seminario jesuita de Nueva York se diría que la prosa fílmica de Scorsese, por la magnitud de sus arrebatos y la voluptuosidad de su imaginación, no reconoce otra moral que el cine, tal como el en caso de Hitchcock. Curiosa similitud: artistas de sensibilidad católica ambos, comparten también una devoción por la forma y una suerte de malignidad análoga en la administración de la puesta en escena. En las películas de uno y otro, el gran cine, traducido a inclementes movimientos de cámara, a difíciles soluciones formales, a osados manejos de la compaginación y la banda de sonido, está invariablemente unido a una red de complicidades y guiños que transiten, en forma paralela, agudos comentarios sobre el oficio.

La relación entre maestro y discípulo o entre "padre" e "hijo" vuelve a plantearse en este largometraje de Scorsese, pero esta vez el relato no se ajusta al punto de vista de quien amenaza la autoridad patriarcal sino de quien se propone retenerla. El protagonista es Eddie Felson, un personaje de abolengos cinematográficos que en 1961 encarnó el mismo Paul Newman en “El Audaz”, la memorable realización de Robert Rossen. Han pasado 25 años desde entonces, hay una indudable tensión en el hecho de recluir a Newman en un personaje hierático y distante si se tiene en cuenta el perfil sincopado e intenso de su mito de actor. Es posible que también haya una cuota de ensañamiento sobre la figura de Tom Cruise, destituido aquí de su pedestal de actor de moda y encerrado en un notable personaje en el cual la torpeza y la fantochería venial coexisten con ese tipo de inocencia que no proviene de la virtud sino más bien de la barbarie. Su Vincent es quizás el gran hallazgo de la película y en él habitan las tradicionales debilidades de Scorsese por los personajes ambivalentes y complejos.

Además de eso es un interesante ejercicio de estilo cinematográfico, en el cual Martin Scorsese demuestra su capacidad detrás de las cámaras logrando un producto bastante absorbente en intensidad filmado en espacios reducidos. Y es meritorio el lograr una oferta tan cautivante y dinámica gracias al férreo pulso narrativo, a la vibrante puesta en escena, a la solvencia interpretativa del dúo protagónico Newman - Cruise, a la lucidez en los diálogos y en las situaciones descriptas, y a los sugestivos y atractivos travelings sobre las mesas de billar. Una cinta sobre tres personajes que llevan por estandarte la idea de que el dinero es dos veces más dulce si se gana apostando que trabajando. Así se desarrolla una cinta sobre el juego de billar, donde un hombre audaz y experimentado (Paul Newman) conforma una oportunista sociedad con un muchacho muy talentoso para ganar dinero mediante hábiles estrategias que implican engaños y picardías. Pero no sólo se trata de avivadas y picardías, también hay una cinta donde se establece una cruda competencia intergeneracional donde el maestro mide constantemente sus fuerzas con su pupilo, donde de fondo hay una competitividad para demostrar quién es el mejor, y en ello está en juego el orgullo y no la ambición económica. Si habría que mencionar un punto flojo yo citaría a la femme fatale que aparece en medio de las dos grandes estrellas, a Mary Elizabeth Mastrantonio le falta chispa y carisma para estar a la altura del duelo de actores que hay en pantalla.

A pesar de eso, nos encontramos con un filme sobre la iniciación o el aprendizaje, si lo planteamos en términos seculares de un joven por su antecesor ya decadente, con lo que retornaríamos a un esquema tradicional dentro de la historia de los relatos, ese aprendizaje, por otra parte, impartido desde la experiencia, orientado así hacia la realidad, aunque eso signifique corromper la inocencia juvenil, sofocar el ardor del triunfo, el exhibicionismo de la propia capacidad, acabar con todo idealismo. Otro de los aspectos más interesantes de “El Color del Dinero” nos viene indicado por propio título de la película, que no resulta nada metafórico. En pocas películas anteriores el dinero ha tenido semejante conexión que en ésta: no sólo tiene color en la película, sino que casi diría que tiene peso u olor. Sin duda el dinero, los verdosos dólares que pasan de mano en mano, son la materialización del éxito o el fracaso; por eso a lo largo de un enfrentamiento, de la serie de partidas que lo constituye, el dinero va y viene de unos a otros. Esos gestos de sacarse el fajo de dólares, de depositarlos sobre el tapete verde de la mesa de billar, se constituyen en auténtico ritual. La puesta en escena de Scorsese es, una vez más, de una extraordinaria variedad en la selección de los ejes, las figuras antinómicas se hacen insistentes: sea un movimiento que parte del choque inicial de las bolas para ampliar hacia toda la mesa (es el sonido quien manda sobre la imagen), sea el movimiento inverso, menos violento, que va desde las manos de los jugadores hacia el centro o los rincones de la mesa (es la imagen quien manda sobre el sonido).

Espléndida reflexión sobre los sueños y la vida, disfrazada de enfrentamiento generacional. Paul Newman borda su interpretación de Eddie Felson, dotándole de una profundidad incluso mayor que en "El Audaz", Tom Cruise se mueve como pez en el agua en uno de los mejores papeles de su carrera. El conjunto lo completan secundarios de la talla de John Turturro o un inmenso Forest Whitaker, con su personaje que no es sino un oscuro reflejo del joven Felson, en una de las mejores escenas de toda la película, que con su "Are you a hustler?" saliendo de los labios de Newman (en versión original, por supuesto) nos remonta de una forma extraña a la genialidad en blanco y negro filmada por Rossen. Para rematar, una espléndida banda sonora, con temas de Eric Clapton "It`s in the way that you use it" o el maravilloso "Werewolves of London", del mítico Warren Zevon, que pone música a una de las escenas más recordadas de todo el filme. Aunque no es la obra maestra de Scorsese, es una verdadera pincelada de buen cine y eso se agradece.

“Sólo puede decirse una cosa: impresionante"