viernes, 19 de febrero de 2010

¿Quién Llama a mi Puerta?

Director: Martin Scorsese
Año: 1967 País: EE.UU. Género: Drama Puntaje: 07/10
Interpretes: Harvey Keitel, Zina Bethune, Ann Collette, Lennard Kuras, Michael Scala y Harry Northup

Cuenta la historia de J.R. (encarnado por el entonces debutante Harvey Keitel), un joven ítaloamericano, que junto a sus amigos deambulan por “La Pequeña Italia”. Paralelamente vamos conociendo como el protagonista va estableciendo una relación con una chica (Zina Bethune), de origen distinto, que vive independiente y posee una distinta moral. Él se siente muy atraído por ella, pero rehúye al sexo, al que sólo concibe dentro de un posible matrimonio, hasta que ella le cuenta que fue violada lo que echa al traste su concepción de ella. Entonces J.R. se echa a la depresión y al abandono. En líneas básicas esta es la línea argumental final, pero no fue así concebida en un principio, ya que el guión tuvo bastantes peripecias. Fantástico debut de Martin Scorsese, precedente claro de gran parte de la filmografía del director. Estilísticamente inspirada en la “nouvelle vague”, con una radiante fotografía en blanco y negro.

¿Quién Llama a mi Puerta? es el primer largometraje que hizo Martin Scorsese. Ya había realizado tres cortos, dos de ellos de gran factura y uno de ellos pues nada del otro mundo. El que no es nada del otro mundo es “What´s a Nice Girls Like you Doing in a Place Like This” (1963), que es la historia de un hombre que se obsesiona con un cuadro y termina metido en él. Después hizo “It´s Not Just You, Murray” (1964), en el que ya vemos a un Scorsese que experimenta y busca un estilo propio. Primer obra donde explora temas personales como son la vida en “La Pequeña Italia”, la significación del catolicismo y esa obsesión de algunos con los bienes materiales, por los que harían lo que fuese. En el año 1967 vendría una obra maestra, el cortometraje pacifista “The Big Shave”, en el que vemos a un hombre que entra a un baño blanco inmaculado, desnudo pero con una toalla blanca en la cintura y comienza a afeitarse. Una vez que termina sigue afeitándose y afeitándose hasta que se corta la cara, pero esto no lo detiene y sigue y sigue hasta que termina cortándose el cuello. Visualmente es tan poderosa y su trama es tan impactante en su sencillez que de verdad la considero una de sus mejores trabajos.

La película, a pesar de no ser una obra mayor, sí que tiene elementos técnicos muy destacables como son un manejo virtuoso de la cámara, el uso de imágenes congeladas, un montaje innovador que roza lo experimental, además de una sobresaliente puesta en escena. Todo ello teniendo en cuenta el escaso presupuesto que impidió rodar más escenas en exteriores. La escena más sobresaliente, quizás la más cuidada y que evidencia un notable dominio en la dirección es en la que el protagonista J.R. conoce a la chica (a secas, no tiene nombre alguno en el guión) en la estación del ferry que cruza a Staten Island. Allí se establece un primer contacto, contado con especial cuidado, con unos diálogos magistralmente rodados, en un espacio reducido (ambos sentados en un banco) pero que está resuelto con una enorme variedad de planos y ángulos que acompañan la conversación. También podemos destacar la de una fiesta que hay en cada de uno de los amigos donde todos los hombres se encuentran tomando, fumando y echando broma. Un largo paneo de derecha a izquierda que se repite en distintos lugares de la casa, siempre con el mismo paneo es algo impresionante. Otra ocasión es la escena final en la Iglesia, donde vemos las imágenes de lo santos con una música de rock and roll que inmediatamente nos hace sentir incómodos. Los eternos temas de Scorsese ya están aquí presentes: la culpa, la redención, el hombre que quiere ser bueno pero no sabe cómo hacerlo, los amigos y el barrio que ha marcado a cada uno de tal manera que no pueden separarlo de sus vidas diarias.

Con una inusitada, nostálgica y represora simbología religiosa y como un descarado homenaje al mundo del cine (y del western en particular) y de la radio... la introducción de la música como potenciador de relieve (influencia clave en las generaciones venideras), Scorsese debuta detrás de las cámaras con la ilusión vital del becario en busca de autosatisfacción y condescendencia y con el ánimo de aquel que se sabe tiene un diferente distinto al del resto de los mortales...Como una expresión minimalista, aún lejos en las formas de sus majestuosas, sobrecargadas y barrocas producciones posteriores, Scorsese, director y guionista de esta cinta, nos introduce en su particular universo de desorientación, violencia y desesperanza, con una ambientación y actuaciones que por momentos recuerdan el neorrealismo italiano, así como un ligero regusto a sabor Kubrickiano en alguna de sus escenas... La primera escena rinde homenaje al estilo clásico mientras inyecta un aire de renovación mediante dos pilares del realizador: el montaje y la música, fuerza impalpable que empuja la nueva oleada juvenil como principal valla de ruptura con la generación previa. Un momento familiar, de una mujer preparando la comida, que resume la ascendencia italiana, los símbolos católicos y el anacronismo de un blanco y negro muy granulado que, de una forma un tanto esnob, enarbola sus intenciones independientes.

Todo ello con el transfondo de su querida Nueva York, fotografiada en el citado blanco y negro de la cámara de Michael Wadleigh y con el debut también en los escenarios de dos actores con suerte dispar posterior a esta obra; el reputadísimo y requeridísimo Harvey Keitel, actor fetiche en los comienzos de Scorsese y quien desde entonces el ritmo de su filmografía aumenta cada año con una media de casi dos películas...La otra protagonista, la actriz Zina Bethune, se quedó en su papel de chica sin nombre, pues esta cinta no es una película donde se describa la profundidad psicológica de unos caracteres, sino más bien la proyección de algunas de las inquietudes de juventud del cineasta itlalo-americano... Las cosas cambian a cada momento, lo decía Bob Dylan y , “¿Quién Llama a mi Puerta?” Es el primer paso de una evolución evidente, llamada a la continuidad temática y temporal. Ya se perciben tics formales, la mencionada anteriormente tendencia a la referencia cinéfila y/o musical, y un arrojo narcisista con excelentes resultados de estilo, aunque a veces no casen con la crítica y el público.

Por otro lado, de Scorsese me encantan cuando suenan canciones enteras ilustrando una escena, generalmente son temas que poco tienen que ver con las imágenes, como por ejemplo el tema de los Searchers en la escena de la violación (un tema ligero en una escena trágica), o temas Doo Wop (The Genies) mostrando la desolación de J.R. mientras deambula por la calle. Con el tiempo esto se convirtió en habitual en Scorsese, tambien podemos escuchar el gran tema “The End” (The Doors). La selección musical, es fantástica y ya digo, encaja como la seda en la historia: Cuenta la leyenda que las escenas subiditas de tono Scorsese las metió a propósito y con primeros planos para encontrar rápidamente un distribuidor para la cinta...A Scorsese le debemos muchas horas de entretenimiento y deleite, y sin duda su comienzo es una película que seguro te sorprenderá por su potencia y rabiosa actualidad...Aquí les dejo un trailer de la película, que es muy sugestiva, pero este era el Scorsese de antes.

“Grandioso debut de un grande: Martin Scorsese”

miércoles, 17 de febrero de 2010

La Leyenda del Pianista en el Océano

Director: Giuseppe Tornatore
Año: 1998 País: Italia Género: Drama Puntaje: 08/10
Interpretes: Tim Roth, Pruitt Taylor Vince, Mélanie Thierry, Bill Nunn, Peter Vaughan, Niall O'Brien y Gabriele Lavia

La entrada del siglo XX genera grandes expectativas e ilusiones, y emigraciones masivas a Estados Unidos a bordo de los elegantes trasatlánticos. Danny, el maquinista de uno de esos barcos “El Virginia”, se encuentra a un niño abandonado sobre un piano y decide adoptarlo, bautizándolo como Mil Novecientos. El barco se convierte en su fortaleza y su hogar, y los pasajeros en sus ventanas al mundo. Tras la muerte de Danny, Mil Novecientos se ocupa de las bodegas hasta que casualmente, alguien de la tripulación descubre su innato talento con el piano. A través de la música, este inusual personaje muestra al mundo lo que siente dentro de su reducido mundo, que no se atreve a abandonar. Basada en la novela “Novecento” (No confundirse con la película de Bernardo Bertolucci). Esta cinta es una bella adaptación literaria, con decorados magníficos y estupendo reparto, fotografía y música a cargo del gran Ennio Morricone, que más se puede pedir.

Giuseppe Tornatore es consciente desde hace algunos años de la gran relevancia de “Cinema Paradiso”, la película que en 1988 le lanzó a la fama y al Oscar. Sabe que esta película agravó en Hollywood el "complejo europeo" y fue entendida como un antídoto al cine esquemático y deshumanizado de Estados Unidos. Habiendo visto de qué forma su pequeña película daba pie a los grandes monumentos cinematográficos más recientes, hijos perfectos del cruce Europa-Hollywood (“El Paciente Inglés”, “El cartero”, “La Vida es Bella”, etc.), se preparó para asumir dignamente su papel con una película en la que lo pequeño y lo magnífico se dieran la mano, en la que lo íntimo y lo espectacular se hicieran compatibles. De esta intención surgió “La Leyenda del Pianista en el Océano”, la relación entre un hombre pequeño (Tim Roth, símbolo del hombre kafkiano moderno) y la magnitud del océano, entre el valor cotidiano de una vida sin alcance y lo extraordinario del momento de cambio de siglo en el que se sitúa la película.

“La Leyenda del Pianista en el Océano” se beneficia del diseño de producción del cine norteamericano, sello principal del cine de los últimos años, de su puesta en escena y de su ritmo, pero, en oposición, el Tornatore europeo se detiene en lo particular y anecdótico, en el momento suspendido por la contemplación de los personajes. Y es en este sentido en el que la partitura de Morricone se adhiere a la película creando un tiempo alargado y plano, un tiempo interior, del que sólo se despierta cuando el piano pide protagonismo, siempre bajo la forma de ragtime. Tornatore representa una pequeña historia de relaciones entre personas solitarias, con el gran fondo de la Historia de principios del siglo XX. La imagen del arte, de la música, como aquello que sirve a la vida o que se sirve de ella, describe muy bien las contradicciones de la época; el individuo frente a la masa; el valor de la revolución industrial frente a la opresión de los obreros; la ópera y la música jazz; etc.

Tornatore ha definido su película como una "fábula universal construida en torno a una metáfora muy moderna sobre la condición humana". Y, fiel a este carácter de alegoría, plantea su musical apuesta con un romanticismo desbordante, matizado a veces con algún toque surrealista, al estilo de los empleados por Fellini. Entre estos parámetros estéticos se mueven en todo momento las excelentes interpretaciones, sobre todo de Tim Roth, la esmerada ambientación, la espléndida fotografía de Lajos Koltai, colaborador habitual del cineasta húngaro Istvan Szabó y la impresionante partitura de Ennio Morricone, una de sus mejores composiciones, injustamente excluida de los Oscars 1999 tras haber ganado el Globo de Oro a la mejor banda sonora dramática. Esa radical opción romántica de Tornatore quizá resulte empalagosa para ciertos paladares; pero propicia numerosas escenas de gran intensidad dramática e inusitado lirismo. Así, la escueta trama de amor, sencillamente magistral, resueltas siempre con elegancia formal, profundidad antropológica y un sentido casi operístico de la clásica tragedia en torno a la supuesta soledad del artista. Sin duda, resulta incómodo el fatalismo del desenlace, que podría entenderse como una cierta justificación estética del suicidio.

"¿Por qué no bajas a ver el mundo con tus propios ojos? insta a Mil Novecientos su amigo Max. El mundo está ahí; todo te espera al final de esos escalones". El propio Mil Novecientos intuye poéticamente que, desde tierra, quizá se oiga la voz del océano que grita "¡Tú!", como "un gran grito que te dice que la vida es inmensa, y cuando lo oyes sabes lo que debes hacer. Podría estar aquí eternamente, en el barco, pero el océano nunca me diría nada". Sin embargo, en su enfermizo ensimismamiento, no acaba de comprender plenamente esos puntos externos de fuga. Para él, "la gente de tierra pierde el tiempo preguntándose el porqué. Cuando es invierno, esperando que llegue el verano. Nunca te cansas de viajar en busca de un lugar donde esperar. A mí no me parece una buena apuesta". Por eso, ese magistral instante eterno, en que Mil Novecientos se debate en la escalerilla que une su barco con el resto del mundo, adquiere una dramática hondura antropológica, pues refleja el dilema universal entre inmanencia y trascendencia que atenaza a todo hombre.

Finalmente, al protagonista le falta valor, y prefiere quedarse en el controlado y pequeño universo de su piano: "La teclas empiezan y acaban, 88, no son infinitas. Pero tú eres infinito, y en esas teclas la música que haces puede ser infinita". Es la vieja tentación del arte como insuficiente sucedáneo de la vida: "El teclado de esa ciudad es infinito, no es para mí. Viendo toda aquella gran ciudad no se veía el final. El problema no fue lo que vi, sino lo que no vi; no vi donde terminaba, no vi el final del mundo". Es el ancestral miedo a salir de uno mismo para darse valientemente a los demás: "En ese barco, había deseos, pero no más de los que cabían entre proa y popa, no más de los que cabían en un piano que no era infinito. La Tierra es un barco demasiado grande, una mujer demasiado hermosa, una música que no sé tocar". Es, en fin, el paradójico, cobarde y pobre escapismo hacia el interior de uno mismo, al que se entrega todo aquel que no se atreve a embarcar de verdad en la aventura de la vida. En definitiva, por fuera y por dentro la película se mantiene siempre a gran altura, y confirma también respecto a la propia carrera fílmica de Tornatore la verdad de esas palabras con las que el narrador da comienzo a su relato: "No estás acabado mientras tengas una buena historia y alguien a quien contársela".

"Una melancólica y nostálgica cinta"

lunes, 15 de febrero de 2010

Los Excéntricos Tenenbaum

Director: Wes Anderson
Año: 2001 País: EE.UU. Género: Comedia Puntaje: 07/10
Interpretes: Gene Hackman, Danny Glover, Anjelica Huston, Bill Murray, Owen Wilson, Gwyneth Paltrow, Ben Stiller y Luke Wilson

Continuo repasando la filmografía del genial y procaz Wes Anderson, en esta ocasión voy hablar de “Los Excéntricos Tenenbaum”. La trama narra un pasaje en la vida de una extraña familia, cuyo bizarro comportamiento contrasta con la supuesta genialidad de sus miembros: una ex estrella del tenis, un genio financiero y una prestigiada dramaturga fueron fuertemente influidos por sus padres; Royal (Gene Hackman), el voluble y deshonesto padre los ignoró y humilló a cada paso, pero le deben también la férrea voluntad con la que los dotó. Y Ethel (Anjelica Houston), su sufrida e intelectual madre los condujo a sacar el máximo provecho de su intelecto. El resultado es que años después de que sus padres se divorciaron y de que se fragmentó la familia, Chas (Ben Stiller), Margot (Gwyneth Paltrow) y Richie (Luke Wilson) vuelven a casa, cada uno arrastrando sus problemas emocionales, cuando se enteran de que Royal, su padre, está muriendo y quiere "arreglar las cosas" con sus hijos. El problema es que los hijos tal vez no están tan dispuestos a olvidar tan fácilmente el pasado, lo que obliga a Royal a tomar medidas más drásticas para recuperar el amor de su prole.

¿Quiénes son los Tenenbaums"? ¿Es una comedia amarga? ¿Un ensayo sociológico? ¿Una broma inteligente? ¿Un estudio de trabajo social en clave surrealista? Es todo eso y mucho más, y lo único seguro es que la película del autor de "Academia Rushmore" es una de las propuestas más inclasificables y originales, aunque no perfecta, con las que nos podamos topar hoy en día. Mezcla del mundo de Salinger y de los Monty Python aderezada con elementos del Capra de "Vive Como Quieras" y de los flecos que la sociedad yanqui aún guarda del verano del amor, "Los Excéntricos Tenenbaums" tiene la rara cualidad de ser amada u odiada, sin términos medios. Para mí resulta un brillante ejercicio tragicómico sobre la soledad, la angustia del éxito, la libertad personal y el miedo al compromiso, pero también es una excusa para hacerse el loco, tirar por la calle del medio y no tomarse nada en serio. Wes Anderson, director que se ganó a la crítica con su anterior cinta, pero fracasó clamorosamente en la taquilla, nos presenta con estilo y agilidad las incongruencias de una familia, los Tenenbaums, en la que cada uno de sus miembros supone un verdadero universo de comportamientos anómalos y experiencias surrealistas. Las relaciones entre tan extraña fauna darán lugar a las situaciones más divertidas, pero planteadas con imaginación e inteligencia, a ratos incluso con genialidad.

El detonante de la acción se da cuando el descerebrado cabeza de familia, después de más de quince años de abandono familiar, decide recuperar el calor filial y marital fingiendo un cáncer de estómago. A lo largo de seis semanas indagará en las personalidades de cada uno de sus vástagos, intentará reconquistar a su mujer y será el mayor cómplice e instigador para sus dos gamberros nietos. El planteamiento es brillante, y durante más de una hora funciona como un reloj. Sin embargo, la farsa comienza a perder su gran dinámica y virtuosismo cómico cuando Royal es descubierto, y la película tratará de mantenerse con situaciones algo forzadas y un desenlace convencional. Pese a todo, el retrato de personajes está tan bien logrado, sus responsables consiguen imprimir tal personalidad en cada papel que la película mantiene su dignidad hasta el último minuto del metraje. Contiene el poder de corrosión de los hermanos Farrelly, pero con muchísima más elegancia narrativa e incluso visual. Porque la estética cutre, cochambrosa que luce toda la película es de antología, acompañada además de una colorista y setentera banda sonora, y el montaje del filme es fundamental en el muy convincente resultado final.

Llena de personajes de cristal, frágiles, al borde de la ruptura física y emocional a cada momento, "Los Excéntricos Tenenbaums" narra las vicisitudes de una extraordinaria familia neoyorkina que vive en un limbo espacio-temporal. Sólo la figura del padre, actúa como último agarre al mundo tal y como normalmente lo concebimos. La llegada, tras años de ausencia de este padre, convulsionará los cimientos de una familia a la que llamar peculiar sería insultarla. Wes Anderson y Owen Wilson firman un guión clásico en su estructura, con su prólogo (casi lo mejor de toda la película), su desarrollo y su correspondiente epílogo, pero todo él poblado de personajes extravagantes, tristes, ansiosos y amenazados por la figura libertaria de un padre que parece ser el único que hace caso a sus instintos. Royal Tenenbaum, el patriarca, da la sensación de ser el único personaje vivo y en movimiento de la trama donde sus hijos, programados para el éxito pero desconocedores de la vida, siguen viviendo como niños dotados de un recio autocontrol. Un elemento sustancial para el éxito de la película lo constituye la estética dadaísta del film, cuidada hasta el máximo detalle. Una ambientación retro-pop, hippie-estalinista abigarrada y decadente hace que sean los propios objetos y ambientes los que narren las vivencias de los personajes (siempre vestidos igual en todas las escenas) más que sus gestos, apenas esbozados.

Pero la verdadera vida de esta película es la reunión extraordinaria de unos intérpretes de lujo, que mantienen en perfecta armonía la línea que separa lo cómico y lo histriónico, y que tienen como gran padre de familia a ese colosal, flexible, activo e infatigable actor que es Gene Hackman. En un registro tan poco acostumbrado en él como es la comedia, se mueve como pez en el agua, cuando requiere juventud, socarronería y picaresca. Su composición de Royal Tenenbaum es uno de los mejores trabajos de su carrera y debería haber sido, cuanto menos, candidato al Oscar. No quedan eclipsados por su inmenso talento, lo que ya quiere decir mucho, Angelica Huston, siempre entre la fuerza de un carácter y la delicadeza de la sofisticación; Gwyneth Paltrow, en un papel apático y en las antípodas de la cursilería que más ha frecuentado; Ben Stiller, en "su" papel; Danny Glover, entrañable y patético; Owen Wilson, eterno hortera; y Bill Murray, que sigue abonado a los kilos de maquillaje. Ellos son los Tenenbaums, la familia más estrafalaria, bizarra y diversa del cine actual. Un zoológico exótico y encantador que, con su decrepitud y su dejadez, nos ha traído esta comedia.

Aunque la crítica internacional parece adorar a Wes Anderson a pesar de su pobre desempeño en la taquilla (¡sorpresa!). Desde luego sus películas son muy graciosas e impecablemente actuadas, pero no puedo ignorar un cierto aire pedante que hace que la aparente sofisticación de su comedia quede como una mera afectación y no como el honesto resultado de la vivacidad del argumento. Aún así, y sobre todo por el brillante elenco, puedo recomendar "Los Excéntricos Tenenbaums" como una buena comedia adulta, muy disfrutable y muy agradecida para hacernos olvidar por un momento la racha de comedias juveniles, vacías y con excesivo énfasis en la escatología, que amenaza en convertirse más adelante como una película de culto. Y desde luego, es obligatorio la visión de este filme para quien quiera disfrutar de la genialidad de Gene Hackman, quien no muy seguido hace comedia, pero que cuando la hace es siempre digna de admirar.

"Como su título dice, una excéntrica comedia"

sábado, 13 de febrero de 2010

Una Historia Sencilla

Director: David Lynch
Año: 1999 País: EE.UU. Género: Drama/Road Movie Puntaje: 10/10
Interpretes: Richard Farnsworth, Sissy Spacek, Harry Dean Stanton, Everett McGill y John Farley

Alvin Straight (Richard Farnsworth) tiene 73 años, es viudo, vive en Iowa con su hija discapacitada Rose (Sissy Spacek), padece un enfisema, tiene problemas de visión y de cadera y acaba de sufrir un brusco desfallecimiento. El médico le recrimina su mala alimentación y lo poco que cuida su salud. Cuando aún está convaleciente y necesita dos muletas para cualquier desplazamiento, recibe una llamada que alerta del grave estado de salud de Lyle (Harry Dean Stanton), su hermano mayor, con quien no se habla desde hace diez años. Al conocer la noticia, Alvin decide emprender un viaje en solitario hasta Wisconsin, donde vive Lyle, con el único medio de transporte que tiene a su alcance: un cortacésped. En la sencillez está la perfección. El turbio David Lynch sorprendió a todos con una película magistral que arrebata por su asombrosa y tierna simplicidad. El viaje en su pequeño tractor del conmovedor Farnsworth es un canto a la vida y un recital de clasicismo cinematográfico que alumbra, casi sin querer, una de las mejores películas de las últimas décadas.

En 1999 Lynch dirigió un pequeño proyecto, no escrito por él, sino por su compañera Mary Sweeny; se trataba de contar la peripecia real de un anciano de más de ochenta años, que durante varios meses, recorrió en su cortacésped, la distancia que le separaba de su hermano, con quien hacía años que no se hablaba, para verle, tras un infarto sufrido por éste. Ese viaje, se constituyó para mí en una experiencia mágica como espectador, en la última obra maestra que he visto en una sala de cine, y en la confirmación de que David Lynch era un creador de la talla de un Hitchcock, Ford o Wilder. Recuerdo que la primera vez que vi el filme, las lágrimas finales de Harry Dean Stanton, cuando por fin comprende lo que su hermano ha hecho por el, al final de la película, se confundieron con las mías. La emoción que Lynch es capaz de transmitir como nunca había hecho hasta ahora en este filme, solo pudo entonces y puede hoy, ser comparada con el placer de contemplar una noche estrellada con el hermano amado. Transmitir ese simple sentimiento, fue lo que convirtió a Lynch, en uno de los más grandes.

Lynch, demostró con “Una Historia Sencilla” que era un gran director de cine, más que eso, que era un gran autor, porque fue capaz de hacer lo que solamente hacen los grandes, tomar un material ajeno, desarrollado en un universo extraño a él, y llevarle a su terreno, dotándole de las obsesiones comunes en toda su obra, y de elementos reconocibles de su peculiar estilo, eso sí, respetando la base original. Es decir, seguir siendo Lynch, pero en una película como, en este caso, de John Ford. Si es cierto que Ford, tomó el Far West como lugar común de sus historias, no es menos cierto que trascendió ese espacio y ese tiempo concretos con temas universales, y que cuando salió de esa "reserva" donde desarrollaba sus filmes, siguió conservando la misma riqueza y rangos distintivos de su cine (ya fuese Irlanda, la guerra o el drama social). Lynch sigue sus pasos, en su evolución y confirmación como autor, y en el rodaje de este viaje que es además un viaje eminentemente fordiano.

Los personajes de Ford cabalgaban, emprendían un determinado viaje, y ese viaje no sólo era físico, sino además espiritual, el viaje exterior era además un viaje interior en el que los viajeros se transformaban por lo que iban encontrando, recordando o sintiendo, en cada parada del camino. Alvin Straight, el protagonista de esta filme que ingles se titula “The Straight Story” ("straight" no se correspondería sólo con el apellido del protagonista, sino que además daría el significado al título del filme de "una historia directa, auténtica", directa al corazón en este caso), en su viaje, su último viaje, va interaccionando con todos los personajes que va encontrando, aportándoles algo y desenredando gracias a ellos una compleja madeja de recuerdos personales. Resulta curioso, ver como la América profunda que Lynch retrata, es prima hermana de las Américas de “Terciopelo Azul” y de “Twin Peaks”, con personajes que podrían haber salido de cada una de estas películas: La mujer que compulsivamente atropella un ciervo cada día, los gemelos que reparan el cortacésped e incluso el propio hermano de Straight (que maravillosa aparición de Harry Dean Stanton)... En la América profunda de Lynch, un lugar propio, personal e intransferible, la gente se toma unas cervezas una tarde de domingo, viendo como se incendia la casa del vecino o toma el sol mientras devoran decenas de pastelitos rosas repletos de delicioso colesterol.

Straight, siente que debe hacer algo por la persona que compartió noches y noches enteras de sueños durante su infancia, y simplemente se pone en marcha. Durante los kilómetros que le separan, irá recordando como fue esa relación, la tragedia de su hija, (interpretada por una maravillosa Sissy Spacek), o el horror de las trincheras de una guerra enterrada en alcohol. Al ser una road-movie, el filme se estructura en episodios: el de la joven que aprende de Alvin el valor de la familia y decide volver al hogar del que ha escapado, el de la mujer de los ciervos, la carrera ciclista, la familia que le acoge cuando se encuentra en dificultades y su anciano vecino, el cura, el barman... cada capítulo le sirve a Lynch para ilustrar las reflexiones de este viejo marcado por el dolor, que Richard Farnsworth en la que fue su última interpretación, da vida de forma sobrenatural, a través de sus ojos..., de cada uno de los surcos de su cara..., de sus silencios... Y esas reflexiones, sobre lo que supone saberse viejo y pensar en lo que nunca mas vas a tener, sobre un mundo alocado en prisas permanentes, sobre la culpa y sobre el perdón van pegándose a la piel del espectador, estremeciéndolo por su veracidad y sencillez al mismo tiempo.

“Una Historia Sencilla” es en definitiva un inmenso travelling, un travelling de acompañamiento a 10 Km. por hora, plagado de emociones, crepuscular, reflexivo, muy similar al que abría “Terciopelo Azul”, que recorre el paisaje amado de Lynch, su fauna favorita, y que igualmente transcurre por los caminos y surcos del rostro de Richard Farnsworth, al son de las notas lentamente desgranadas por la partitura de un Badalamenti en estado de gracia. En su estreno, la película fue aplaudida por la cinefilia, pero ignorada por el gran público y los premios. Muchos seguidores de Lynch, ciegos, no le perdonaron su ruptura con el estilo de “Carretera Perdida”, y no supieron ver la fidelidad en el fondo del viejo maestro a sí mismo. Otros prefirieron premiar en Cannes a una película ya olvidada, en lugar de a esta. Los años han pasado y la película de Lynch sigue siendo una obra casi redonda, para disfrutar despacio y pensar. Una verdadera obra maestra. Aquí el trailer de España, en donde se titulo "Una Historia Verdadera".

"Una obra maestra absoluta. Una película íntegramente hermosa"

jueves, 11 de febrero de 2010

La Muerte y la Doncella

Director: Roman Polanski
Año: 1994 País: Inglaterra Género: Thriller Puntaje: 08/10
Interpretes: Sigourney Weaver, Ben Kingsley y Stuart Wilson

Sigo repasando la filmografía de Polanski, esta vez me toca hablar de una de sus películas más infravaloradas “La Muerte y la Doncella”. El argumento de la cinta es la siguiente, Paulina Escobar (Sigourney Weaver) es la esposa de un prominente abogado, Gerardo (Stuart Wilson), ellos viven en un innombrado país del tercer mundo. Una noche una tormenta obliga a su marido a traer a casa a un vecino, el Dr. Miranda (Ben Kingsley), a quien Paulina cree reconocer como parte del antiguo régimen que la torturó. Paulina le recluye, decidida a desvelar la verdad, mientras se debate entre su represión psicológica y su memoria; Gerardo entre su esposa y la ley, y el Dr. Miranda se ve forzado a un duro cautiverio mientras marido y mujer tratan de descubrir la verdad sobre un oscuro pasado. La cinta es una escalofriante disección del poder. Una atmósfera de suspense enfermiza, de volcánica violencia externa e interna. Qué talento el de Polanski, irrenunciable buceador de las tinieblas.

Con esta cinta vuelve Polanski por donde solía, por los amados territorios de los personajes encerrados con un solo juguete, ellos mismos, en atmósferas claustrofóbicas, en tensos ambientes donde se desencadena la tragedia conforme la tensión ambiental se eleva, se eleva, se eleva, hasta llegar a ser vitalmente una válvula de escape que deje salir tanto humus, tanto miedo, tanta irracionalidad. No es éste el gran Polanski de "Repulsión " o "El Inquilino", ni tampoco el protodemoníaco de "El Bebé de Rosemary", como se sabe de Roman Polanski uno debe estar siempre previamente avisado: con algunas excepciones, sus obras rodearán asuntos turbios, siempre muy turbios. En esta ocasión la protagonista es la muerte...y nos involucra en el meollo entre un abogado, su mujer otrora torturada en tiempos de dictadura y un médico que, casualmente, va a parar al lugar menos debido…El mal, la locura, el miedo, la tristeza, la angustia, la soledad... todas esas sensaciones se hayan unidas por el eje común del horror. Y Polanski conoce muy bien ese eje, y es más, sabe interpretarlo.

Imagino que la tenebrosa causa de ese talento se haya en que él lo conoce muy bien. En la memoria de Polanski tiene que haber múltiples cicatrices que jamás desaparecerán. Por ello, su plasmación en la pantalla del horror no puede ser más escalofriante y brutal. "La Muerte y la Doncella" se trata de un relato profundamente desolador cuyos protagonistas se hallan atrapados por un tenebroso pasado que les oprime y no lo suelta. En este pasado tortuoso hubo una víctima, y consecuentemente, un verdugo, y ahora, en el presente, aquella víctima superviviente cree encontrarse con ese verdugo. La voz de éste, su risa, su olor, una cinta de Schubert, expresiones y detalles; pistas sobre las que el sufrido cerebro de aquella víctima relaciona al diabólico verdugo que la torturo, tejiendo acto seguido una venganza para exorcizar sus demonios internos. Hay un tercero, el marido de la víctima, convertida ahora en verdugo, unido a ella por amor, y al otro por el sentido cívico. A partir de ahí, Polanski nos guía por un aterrador viaje al lado oscuro del ser humano, a sus instintos más míseros y primitivos.

Por supuesto que "La Muerte y la Doncella" se resiente de su origen teatral, por más que Polanski haya procurado "airear" en lo posible la película, con hermosos aunque estáticos paisajes nocturnos (gallegos, curiosamente, aunque la acción se supone que se desarrolla en Hispanoamérica). Su nudo gordiano, el hecho de que las víctimas tomen el papel de los verdugos y hasta qué punto el ser humano vejado es capaz de humillar también hasta caer en la misma abyección, es hoy por hoy tal vez una atractiva propuesta filosófica, pero desde luego es difícil que suceda: invariablemente los verdugos siguen siendo verdugos, y sus víctimas, víctimas. Acaso el papel más ambiguo, el del testigo que, a su vez, es el único que pugna por mantener la cordura en este marco de insania, resulte ser también el más culpable: culpable de no intervenir, de no tomar partido, de no imponer el imperio de la razón. Un guión magistral que Polanski da forma con su incomparable genio y su insuperable sentido del suspense, ayudado inestimablemente por unos intérpretes prodigiosos a los que se debe gran parte del filme.

La música recuerda la que acompañaba a Paulina durante su tortura, el opus para cuarteto de cuerdas de Schubert "La Muerte y la Doncella". La partitura original de Vojcieh Kilar intercala pasajes de gran melancolía (sentimientos de Paulina), con marchas marciales amenazantes. La fotografía, del gran Tonino delli Colli resalta los contrastes entre claros y oscuros, luces y sombras, en una atmósfera sombría, con predominio de formas geométricas, evocadoras de una prisión. El guión contiene unos diálogos fluídos y tensos, que dan paso a un desarrollo argumental muy cinematográfico, pese a su raíz teatral. La interpretación de los tres protagonistas es magistral, especialmente la de Weaver, que es simplemente espectacular. La dirección del filme se recrea en la exploración de los orígenes de la violencia. Todo funciona a la perfección en esta tela de araña, tejida con la lúcida y desequilibrada fibra de la venganza, el poder; del horror. Con esta película me he visto sumergido en un universo aterrador que cuando se muestra en carne viva es terriblemente doloroso, el de la maldad del ser humano, involuntaria o no, siempre espeluznante.

El siempre subyugante Roman Polanski nos ofrece en esta ocasión uno de sus filmes más redondos y efectivos, no sólo visto dentro de su estimable filmografía, sino encuadrándolo en el panorama cinematográfico de los últimos tiempos. Con tres personajes, una casa y poca luz, el realizador polaco narra una historia desgarradora y escalofriante a partes iguales, gracias sin duda al buen ejercicio del guión, claramente deudor de su origen teatral (por ésto conciso y de personajes bien definidos), además somos testigos de toda una gama de sentimientos: una rabia feroz, una insondable humillación, un miedo tremendo y un deseo brutal de vengar todo el dolor padecido. Con pocos elementos y sobriedad de recursos, aquí tenemos una contundente denuncia que no puede dejarnos indiferentes. Una gran película que usted deberia ver de todas maneras.

“Definitivamente claustrofóbica y aterradora”

martes, 9 de febrero de 2010

Super Cool

Director: Greg Mottola
Año: 2007 País: EE.UU. Género: Comedia Puntaje: 08/10
Interpretes: Jonah Hill, Michael Cera, Christopher Mintz-Plasse, Seth Rogen, Bill Hader, Emma Stone y Kevin Corrigan

En una de sus últimas noches como estudiantes del instituto, los amigos e inadaptados Evan (Michael Cera) y Seth (Jonah Hill) experimentarán una legendaria odisea durante una tarde en la que intentan comprar bebida para una fiesta en la que estarán las chicas de sus sueños. En su peripecia les acompañará el indescriptible Fogel “McLovin” (Christopher Mintz-Plasse), otro amigo inadaptado que acaba de comprarse un carnet falso que lo acredita como mayor de edad, con la ayuda de esto los tres amigos deciden comprar el alcohol. Esta película es una de la mejores comedias que nos ha dado el cine de esta última década, además marca el punto más alto de la llamada “Nueva Comedia Americana”, que tiene otros dignos representantes como “Virgen a los 40”, “Ligeramente Embarazada”, “¿Qué paso Ayer?, etc.

En los últimos tiempos hemos asistido al estreno en nuestros multicines de una serie de películas estadounidenses de fuerte raíz adolescente. Ya saben: sexo, porros, cerveza y majaderías. Muchos pensarán que se trata del mismo cine para retardados de toda la vida. Sin embargo, más allá del mal gusto, las películas de la denominada Nueva Comedia Americana (NCA), protagonizadas por una generación de cómicos surgidos en la televisión estadounidense la pasada década, no sólo son cada vez más hilarantes sino que están recibiendo una acogida crítica crecientemente seria y elogiosa. Este el caso de “Super Cool”, que a sido catalogada como la cumbre de las nuevas comedias adolescentes americanas, parece que será, merecidamente no una risa de temporada, sino una película de culto en el futuro. Si hay que ser más breve en el resumen de la película, “Super Cool” es, efectivamente, una “Polla”. Todos sus chistes verbales giran en torno a ella, la mayoría de sus gags físicos la tienen como centro, sus protagonistas viven para darle alimento y hasta me imagino cómo removían el café en el rodaje.

El lector habitual sabrá que por esta página normalmente los chistes de este calado suelen pasar con más pena que gloria. Pero sorprendentemente, “Super Cool” realmente consigue hacer reír con el tema de los “huevos”. En más de un sentido, la sensación que se tiene al terminar de ver esta película es muy parecida a la que muchos tuvimos con “Persiguiendo a Amy”, o con el monólogo inicial de “Reservorio de Perros”; no voy a decir yo que con la mierda se pueda hacer arte, pero con ella hay quien puede hacer más divertida una batalla de tortas. Así Seth Rogen y Evan Goldberg, guionistas de la que nos ocupa, son capaces de principalmente a través de la imparable verborrea de Seth salvar una comedia adolescente de tres al cuarto mezclando sin tapujos alusiones a los Beatles y “Ciudadano Kane” con imágenes mentales de prepucios y fornicaciones. Por poner un ejemplo, el intento de compra de alcohol por parte de Fogell o el trauma infantil de Seth. De todas maneras, son tantos los momentos delirantes del filme y las frases antológicas que sería estúpido nombrarlos todos en esta crítica.

La cinta está planteada a su manera como “La Odisea” de Homero (sí, no es en absoluto lo idiota que puede parecer a simple vista). En este caso nuestros intrépidos héroes deben recorrer media ciudad con su cargamento etílico para acabar lanzándose a los brazos de sus posibles amadas. En el camino, los personajes encontrarán incontables y variopintas ocasiones/personajes/situaciones en las que desplegar su desternillante humor gamberro. Un humor que recuerda al de los inicios de Kevin Smith: tremendamente soez pero a la vez dotado de una agilidad e ingenio en los diálogos que raramente se ven en este tipo de películas. No creo que sea desacertado decir que “Super Cool” debe ser vista como el fiel reflejo de una generación. Bill Gates (que sabe de lo que habla) ya advirtió hace tiempo que tratáramos bien a los “rarillos” de nuestra clase, porque es muy probable que algún día acabemos trabajando para ellos. No se equivocó. Actualmente estamos viviendo el apogeo de la enésima generación “friki”. Por eso no es de extrañar que la película esté cosechando tantos buenos resultados en las taquillas de todo el mundo.

“Super Cool” se vale mucho también de la buena combinación de sus tres protagonistas. Indudablemente tienen mucha vis cómica, y están a la perfección dentro de sus personajes. Comenzando por Seth (Jonah Hill), un chaval con una verborrea incontrolable y genial, y pasando por Evan (Michael Cera), un tímido muchacho que aporta el romanticismo al filme, pero quizá haya que mencionar a Christopher Mintz-Plasse por encima de los demás, aunque sólo sea porque su McLovin (el que haya visto la película lo entenderá) probablemente pase a la posteridad de segunda B, pero posteridad al fin y al cabo, que ocupan otras creaciones como el “Bad Motherfucker” de “Pulp fiction” o Kayser Soze. Aunque la contrapartida de la buena química entre sus protagonistas es que en cuanto no hay al menos dos de ellos en pantalla, “Super Cool” pierde bastante, especialmente un buen trozo de cinta que está ocupado por una pareja de policías (uno de ellos interpretado por el propio Seth Rogen) y que al no mentar en ningún momento sus partes pudendas ni las de otra persona hace que baje un poco el ritmo de la película.

La combinación es infalible: estilo, toneladas de humor fresco y un amplio abanico de protagonistas carismáticos y muy bien caracterizados en los que es fácil verse retratado. El filme que podría confundirse con la típica comedia de adolescentes para descerebrados, ojo “Para”, es sin embargo, un magnífico trabajo bien escrito, (los diálogos parecen escritos por un Tarantino de quince años), bien dirigido y mejor interpretado, con momentos memorables y una química entre los protagonistas impagable. Un par de perdedores que viven una noche gloriosa antes de dar un doloroso paso en sus vidas. El lenguaje es grueso, los chistes, bestias, pero funcionan, funcionan, funcionan, y el resultado final es innegable: dos horas de risas y diversión. El único pero, un final poco creíble y demasiado suave que impide la redondez total del producto. Pero igual no hay que perdérsela.

"Compulsivamente divertida y absurda comedia estudiantil"

domingo, 7 de febrero de 2010

Senderos de Gloria

Director: Stanley Kubrick
Año: 1957 País: EE.UU. Género: Bélico Puntaje: 10/10
Interpretes: Kirk Douglas, Ralph Meeker, Adolphe Menjou, George MacReady, Wayne Morris, Richard Anderson y Joseph Turkel

La cinta, basada en la novela de Humphrey Cobb que a su vez se inspiraba en un episodio real ocurrido durante la Primera Guerra Mundial en Francia, plasmaba los hechos acaecidos cuando un alto mando militar francés, el general Paul Mireau (George MacReady), sólo por la soberbia estúpida de alcanzar una nueva estrella con la que adornar su uniforme, ordenó al coronel Dax (Kirk Douglas) y a su regimiento emprender una misión suicida, atacar un punto estratégico alemán, la tarea fracasará, por lo que el general acusará al azar e injustamente a tres soldados inocentes, por cobardía y amotinamiento. Tal vez la más grande obra del genial director americano, toda una bocanada de sentimientos a flor de piel, de miseria, ingratitud, furia, y aflicción; al final del infernal calvario bélico y la indiferencia frente al prójimo, vendrá el regocijo.

Una obra maestra del cine en general y del antibelicista en particular, como dije probablemente la mejor película del director estadounidense Stanley Kubrick. El tema del antibelicismo es abordado de manera aguda, cínica y crítica, con continuas interacciones entre los oficiales y los soldados rasos, con la parafernalia inútil de un juicio ya visto para sentencia desde las cómodas poltronas de los altos mandos, con el paralelismo en contrapunto con el que Kubrick retrata las distintas estancias de los protagonistas; unas, estrechas, sucias y con olor a pólvora; otras, amplias, espaciosas, limpias, dominadas por un silencio roto en ocasiones por las botas paseantes de generales condecorados. La agria mirada con que esta materia está realizada resulta insuperable, ofertándonos una maravilla visual en la planificación de sus encuadres, los movimientos precisos de cámara (nunca utilizados de manera fatua) o el talento mostrado en el trabajo fotográfico de Georg Krause, con reminiscencias de documental, que prácticamente aúna a los soldados con el escenario bélico.

El filme es magnífico. No se anda por las ramas en ningún momento. Todo se cuenta sin florituras innecesarias. No en vano dura tan sólo 84 minutos escasos, sin desperdicio alguno. Y en ese tiempo mínimo, Kubrick, con la ayuda de dos guionistas más (uno de ellos el excepcional Jim Thompson), diseccionó el surrealismo con el que los altos mandos militares afrontan ciertas situaciones bélicas, el desprecio por la vida de sus subordinados y la hipocresía, altanería y cinismo con los que superaban ciertas críticas vertidas desde los sectores más liberales de su propio estamento. Un escalofriante canto pacifista y antibelicista que, al mismo tiempo, ofrece una visión cruda e impagable sobre el triste significado de las cadenas de mando. No sólo en el ejército, ya que esas cadenas son totalmente extrapolables al mundo laboral, pues la experiencia nos indica claramente que cuando el mando superior cojea, el que acaba recibiendo todos los golpes es aquel que está situado más abajo en el escalafón, el soldado raso, el conserje de la empresa.

Nada tiene lógica. Ni esa orden suicida, ni ese posterior Consejo de Guerra para acabar con la vida de tres soldados, elegidos al azar de entre el pelotón castigado, acusados de cobardía y sentenciados a morir ante un pelotón de fusilamiento. El castigo ejemplar para que sirva de escarmiento al resto de sus compañeros. Y Kubrick deja bien claro que todo es culpa de esa oxidada jerarquía militar, en donde el intelecto no cuenta en absoluto, sólo el honor y la vanidad personal, valores fatalmente arcaicos que, aún hoy en día, perduran en esa institución. Para narrar todo ello, “Senderos de Gloria” cuenta con tres personajes bien delimitados: El Coronel Dax (un impresionante Kirk Douglas, implicado totalmente en la ideología antimilitarista de la película), el general Mireau (un terrorífico George Macready con el rostro cruzado por una inmensa cicatriz) y el general Broulard (Adolphe Menjou, en uno de sus trabajos más inquietantes y logrados). O lo que es lo mismo, y desde el punto de vista más simbólico, las distintas encarnaciones del humanismo (Dax), la soberbia más nauseabunda (Mireau) y el Dios fascista en la sombra (Broulard). Y, por extensión, el enfrentamiento del primero con las dos fuerzas más antidemocráticas y maquiavélicas.

Sus diálogos son impactantes, tan duros como las crudas situaciones que nos muestra la cámara. A través de ellos conocemos el verdadero temor de los soldados antes de iniciar una peligrosa acción bélica. Ellos tienen verdadero pánico al sufrimiento, a caer malheridos. Ya no se plantean ni su posible supervivencia y, si tienen que elegir, desean la muerte antes que el dolor. Y ninguno de ellos, los de abajo, los más abnegados, los que tienen que morir como corderos degollados, no acaban de entender ese patriotismo exacerbado que rezuman sus superiores. Como bien dice el personaje de Kirk Douglas, citando al poeta británico Samuel Johnson y en defensa ante la propuesta suicida de su general, “el patriotismo es el último refugio del sinvergüenza”. De ese sinvergüenza almidonado, incapaz de pisar el frente de batalla y que sólo ansía tener una nueva condecoración en su recién planchado e impoluto uniforme, como el general Mireau. No sólo ideológicamente es incuestionable “Senderos de Gloria”, pues ese perfeccionismo compulsivo de Kubrick se nota en multitud de escenas, como esa maravillosa manera de afrontar la del ataque suicida al puesto alemán, siguiendo a Kirk Douglas a través de un travelling lateral, saltando escombros, medio agachado y rodeado de soldados que van cayendo, a su lado, víctimas de las continuas explosiones que van atronando sobre sus cabezas. Excepcional. Sin más.

Y, para acabar, una imagen para el recuerdo, aquella en la que una mujer alemana (Susanne Christian, la que al año siguiente se convertiría en la esposa de Kubrick), prisionera del ejército de Mireau y Broulard, entona forzosamente una canción en su idioma ante un grupo de soldados franceses, los cuales, ante esa tonada, no pueden evitar que las lágrimas empiecen a resbalar por sus mejillas. Nunca nadie, hasta ese momento, había reflejado con tanta claridad la absurdidad de una guerra. Ruego que se haguen películas como esta y es que el cine, a veces, como en este caso, se convierte en lo más maravilloso de este mundo. Lástima de la gente que lo habitamos. Esta dura crítica a la guerra, que más que enfrentar a países y nacionalidades, confronta al poder y la autoridad con sus servidores y subordinados, culmina de manera triste y melancólica, cantando juntos y con lágrimas en sus ojos personas de distintas procedencias, momentos antes de batirse a muerte en el fragor de una lucha injusta e inmoral.

“Una obra maestra, la mejor cinta bélica que he visto”

viernes, 5 de febrero de 2010

La Princesa Mononoke

Director: Hayao Miyazaki
Año: 1997 País: Japón Género: Animación Puntaje: 09/10
Productora: Studio Ghibli/Miramax International

El argumento se sitúa en la era Muromachi (1392-1573), periodo singular en la historia de Japón caracterizado por el desarrollo de la industria metalúrgica, las armas de fuego, una mayor libertad para la mujer y una sociedad donde aún no había hecho mella la rígida estructura de clases. En este Japón antiguo lleno de rebeldía, guerreros samurais y pueblos separados por miles de kilómetros, una guerra se desencadena en el campo. El clan Tatara, fundidores de hierro, empiezan a arrasar los bosques. Comienza así un conflicto bélico entre la civilización invasora y los dioses del bosque. Muy lejos de allí, Ashitaka, el último joven guerrero del clan Emishi, se ve obligado a matar a un monstruo para proteger a su pueblo. Al matarlo, la maldición de la bestia cae sobre él como una peste que irá poco a poco extendiéndose por su cuerpo. Ashitaka emprende un viaje hacia las tierras del clan Tatara, donde espera comprender el origen de la misteriosa maldición antes de que se cobre su vida. Allí conoce a la enigmática lady Eboshi, dueña de la ciudad del hierro, y a Sam "La Princesa Mononoke”, una joven criada por los lobos y dispuesta a morir para derrotar a los humanos. Sin querer, Ashitaka se verá envuelto en una agria lucha entre dos pueblos enfrentados entre sí y con los dioses del bosque.

"La Princesa Mononoke" es una película repleta de inventiva, digna de una persona (Hayao Miyazaki) que sabe lo que quiere. Ambientada en un universo de dioses y humanos, enseguida introduce al espectador en la historia gracias a sus trepidantes y fabulosos primeros minutos. Se ha hablado mucho del mensaje ecologista del filme. Es cierto, existe, pero, en mi opinión, más importante es el hecho de que, ante todo, el protagonista busca la convivencia entre seres distintos (de ahí que los dos bandos existentes lo tachen de traidor en numerosas ocasiones). Y eso es lo mejor (al menos en el argumento) de La Pricesa Mononoke: no muestra a unos buenos buenísimos o a unos malos malísimos. Todos realizan, en algún momento del filme, alguna acción que perturba la paz de los otros, pero en ningún caso nos da la sensación de que tales hechos se llevan a cabo por una maldad sin sentido, sino que más bien las limitaciones de la naturaleza, de la propia vida, hacen acto de presencia. Es decir, se critica el juzgar a los demás sin conocerlos, de pensar que nada pueden aportar a tu forma de vivir. Así, los humanos no respetan a la naturaleza, pero no lo hacen simplemente porque no de se dan cuenta de su belleza, de todo lo que les puede ofrecer.

Sin embargo, la temible Lady Eboshi, por ejemplo, sabe cuidar de los suyos, les da trabajo a las prostitutas y a los olvidados leprosos, rechazados por la sociedad. Por su parte, los animales se equivocan al pensar que todos los humanos son iguales, que todos merecen la muerte. Ellos también aprenderán algo (como muestran las secuencias en las que un lobo y un alce se saludan al encontrarse, cuando antes el primero hubiera atacado al segundo sin dudarlo).Además de todo lo comentado, La Princesa Mononoke presenta unos personajes muy poderosos, en referencia a su trabajada personalidad. Ashitaka, un joven guerrero que busca sobre todo la curación de su extraña enfermedad, pero también la paz de todos aquellos que lo rodean, lleva todo el peso de la acción, nos sentimos identificados con él, deseamos que logre el objetivo por el cual abandonó su aldea y a los suyos. Pero, seguramente lo mejor es el papel que las mujeres tienen en el filme. No son simples comparsas en la historia, sino que, tal y como demuestran Sam (la Princesa Mononoke) y Lady Eboshi, son fundamentales en el desarrollo del argumento. Se echa en falta, eso sí, más humor, más gags, y eso que los japoneses son unos expertos en el tema, pero eso resalta aún más la seriedad de lo que se nos cuenta.

En el centro de toda la historia yace el enfrentamiento entre la fuerza del progreso y la necesidad de conservar la naturaleza. Pero lejos de simplificar posiciones, ni los dioses del bosque ni las criaturas que los defienden son buenas ni la que representa al otro bando es mala. Toda la historia se plantea en pequeños conflictos que van creando sus propios mensajes. El mas valido, respecto a los dioses, es que estos, como seqala Rudolff Otto en su libro "Lo santo", tienen algo oscuro e irracional que nos impide encerrarlos en las categorías que nos harían sentirnos mas cómodos y seguros. Con el otro grupo ocurre lo mismo. No resulta fácil condenar a Lady Eboshi. En el terreno del dibujo, la fascinación que Hayao provoca es la misma que logra con los personajes. Es capaz de manejar el agua con un cuidado al que no estábamos acostumbrados. La luz, el movimiento, la sugerencia. La historia marca su ritmo, pero el dibujo la envuelve y la convierte en algo más rico. Basta ese momento en el que Ashitaka entra en el bosque y los kodamas empiezan a surgir para darse cuenta de que el discurso narrativo tiene sus limitaciones y que Hayao se propone superarlas. Estamos acostumbrados a que el dibujo sea un apoyo mas o menos artístico. “La Princesa Monoke” es la muestra de que a las películas de dibujos animados se les debe pedir mas. Y no solo a las películas, sino al público que se acerca a este género. Hayao lanza su propuesta y lo primero que logra es cierta confusión, pero a medida que el metraje se va constituyendo, la cinta hace que el público se sumerja en el mundo fantasioso y mitológico, pero como dije a primera instancia provoca confusión.

Una confusión lógica porque el que acude por el dibujo se queda a cierta distancia de una historia que le resulta inquieta. Al aficionado al que esa historia le resultaría interesante, por el contrario, el dibujo ya le aleja de la sala, apartándose de un trabajo muy sugerente. ? Cuando en una película de dibujos animados un protagonista se presenta con la cara manchada de sangre, chapándola y escupiéndola del cuerpo de un lobo?. Esta es una película de múltiples lecturas, como que si se destruye el bosque, no solo muere este sino que también muere todo lo que le rodea; el amor y la compasión como motores de la vida; la necesidad de comprensión, el inevitable final de un mundo e inicio de otro (no solo la llegada de la industrialización y con ello el fin de la vida basada en las labores del campo, sino el fin del temor atávico del hombre hacia la naturaleza y el final del poder de los samuráis frente a las armas de fuego) y como cada uno debe afrontar este cambio a su manera, todo ello narrado de forma magistral mediante bellas escenas alegóricas o como parte de la trama principal. Las técnicas de animación utilizadas son cautivadoras y solo se las podría acusar de ser algo simples comparadas con los últimos hallazgos occidentales en este campo pero el sentido del ritmo, de la narración, las magistrales escenas de acción, la belleza de sus imágenes.

Finalmente, he de reconocer que he ido a ver esta película por la música de Joe Hisaishi. Es decir, previamente a ver el filme, y gracias a una recomendación, pude escuchar esta banda sonora, y realmente me pareció muy buena. Una vez contempladas las imágenes que han servido para crear dicha música, he de decir que se trata de una banda sonora muy sólida. El habitual mensaje ecológico de Miyazaki cobra en esta ocasión protagonismo y guía la narración. El filme muestra la complejidad de la vida en sus muchas facetas, un mundo sin héroes ni villanos, en el que los "malos" están cegados por la avaricia y no son conscientes de las consecuencias de sus actos. Esto no significa que no haya conflicto. Muy al contrario, el filme es seguramente el más violento de la carrera del Estudio Ghibli, e incluye escenas realmente duras que la distribuidora internacional del filme (Disney) quiso editar, encontrándose con la prohibición expresa de sus creadores. El pequeño gran acierto en esta ocasión son los kodamas, espíritus de los árboles que aparecen en la penumbra, convirtiéndose en los personajes más memorables del filme, a pesar de la dura competencia. Acción, mensaje y buenos personajes: en definitiva, una de esas películas que hay que ver.

“Una gran cinta mitológica y fantasiosa”

martes, 2 de febrero de 2010

El Ladrón de Orquídeas (Adaptation)

Director: Spike Jonze
Año: 2002 País: EE.UU. Género: Tragicomedia Puntaje: 08/10
Interpretes: Nicolas Cage, Meryl Streep, Chris Cooper, Tilda Swinton, Maggie Gyllenhaal, Cara Seymour y Brian Cox

La película cuenta la historia de un guionista, Charlie Kaufman (Nicolas Cage), a quien le encomiendan adaptar para una película la novela escrita por una periodista, Susan Orlean (Meryl Streep), sobre un pintoresco personaje, John Laroche (Chris Cooper), excéntrico amante de la vida en general y de las orquídeas en particular. El eje del relato se centra en las terribles dificultades que encuentra el autodestructivo Charlie para esbozar siquiera una idea que le sirva para iniciar su trabajo. Además, mientras trata en vano de buscar la inspiración necesaria para volcar en el papel sus conceptos, debe convivir y sobrevivir a sus penas cotidianas, sus frustraciones con las mujeres, y especialmente a su hermano gemelo Donald, torpe, superficial, amante de los chistes malos y las groserías, y aspirante también a escribir guiones. Una historia... cuatro vidas... y un millón de maneras diferentes de finalizarla. Una película brillante y confusa de uno de los más originales directores de la actualidad, que obtuvo 4 nominaciones a los Oscar: Mejor actor (Cage), actor secundario (Chris Cooper), actriz secundaria (Streep) y guión adaptado.

Satisfactorio es descubrir que a estas alturas existen talentos que tienen la generosidad de trabajar de vez en cuando para esto del cine y demostrarnos que todavía podemos descubrir algo que jamás se había contado, encontrarnos con la originalidad en su estado puro y que, además, sea redondeada con una audacia narrativa digna de los mayores elogios. Después de su enloquecida, frenética y genial “¿Quieres Ser John Malkovich?”, la imaginación sin límites de el guionista Charlie Kaufman nos han vuelto a brindar en un apoteósico arranque de ingenio el ambicioso a la vez que resolutivo y triunfador, autorreferente a la vez que honesto y humilde guión de “El Ladrón de Orquídeas”. La calidad de autor de Kaufman respecto a esta película es tal que su chispeante maquinaria cerebral, en un estado de esquizofrenia, decidió firmarlo conjuntamente con un hermano gemelo ficticio, Donald que, a su vez, comparte con él el protagonismo de la historia. Compleja, recargada y brillantemente engarzada, la pelicula es una traca de ideas admirables que no deja género por abordar, tendencia por rematar magistralmente: comedia, acción, drama, suspense e incluso existencialismo tienen cabida para esta pieza de orfebrería que ha sabido encontrar, además, un director que transmita con oficio y unos intérpretes que capten con acierto el espíritu fresco y deslumbrante de este proyecto.

Realidad y ficción, paralelismos, metáforas, personajes reales o enmascarados, bifrontismos e idilios desenfrenados, el argumento de esta película es difícil de resumir en pocas líneas. Conformémonos con hacer referencia a la magnífica capacidad de su creador para lanzar, mediante la atipicidad, casi el surrealismo, mensajes de calado universal. Así, se puede decir que los protagonistas de las historias que trazan en dinámica carrera la espectacular inteligencia de “El Ladrón de Orquídeas”, tienen en común el vacío existencial, la crisis de motivación. Esto de puede notar en los personajes que escriben, en el caso de Susan Orlean novelas, y en el de Charlie Kaufman guiones de cine. Ambos son personajes reales, pero en la película se muestra la “realidad” que habita en los recovecos más insondables de Kaufman, hasta el punto de que se desdoble en su hermano gemelo y antitético Donald. Su descubrimiento del amor, la emoción y el sentido de la vida llegará por los caminos más anómalos, pero, en esa antípoda de la lógica, se encuentra el genuino romanticismo y la pura autenticidad vital de esta película. Espléndido en su poliédrica visión de la realidad, tan compleja y a la vez tan simple, y de su carísima sombra, el cine, el alcance de este filme exige una segunda visión que matice lo ya transmitido en la primera, que complete nuestra captación del bizarro y abigarrado universo que ya deberíamos apuntillar como kaufmaniano.

En realidad, a través de este entramado complejo, el filme de Jonze disimula su simpleza esencial. Porque básicamente, además de captar la belleza y el color de la flor que da nombre al título, "El ladrón de orquídeas" habla de seres humanos tristes, desesperanzados, inseguros y solitarios. Seres confundidos, incapaces de comenzar algo real, de dejarse llevar por la pasión, de salir de las redes de su intelecto, de su saber. Esta clase de seres están representados majestuosamente por Charlie y Susan, los pensantes, los que cargan a cuestas con el peso de su propia existencia, y sufren por su soledad, que no es otra cosa que la no aceptación de sí mismos. En la cinta además se retrata a otra clase de personas, menos reflexivos tal vez, pero más viscerales. Tanto Laroche como Donald le ponen el cuerpo a la vida, se exponen al ridículo, disfrutan de lo que les pasa cuando pueden, no son indolentes, arrastran también ellos dolor y sufrimiento, pero frente a un mundo que juzga y condena eligen simplemente tratar de ser como son. “Tú eres lo que amas, no lo que aman de ti, eso ya no es asunto tuyo”, explica Donald a su boquiabierto hermano y deja claro que a veces la sabiduría puede encontrarse donde menos se la espera.

Si bien es cierto que tanto Jonze como Kaufman recorren peligrosamente la línea que delimita la genialidad con la autocomplacencia exacerbada en su mordaz disertación sobre las circunstancias que determinan su angustia en medio del convulsionado entorno social (reflejado irónicamente en la afición onanística de Charlie, evasión perfecta del perdedor), el resultado es una enloquecida dicotomía de verdad e ilusión con flashbacks imposibles. Una obra de dimensiones trascendentales dentro de la innovación guionística del cine actual. Los personajes descritos por Kaufman y tan bien moldeados por Jonze están meticulosamente descritos en el ajuste a sus propias obsesiones dentro de un puzzle psicológico llevado al extremo, excediendo todo tipo de combinaciones narrativas. Para buscar al intérprete que pudiera meterse en la piel de tan insólito personaje, la elección de Nicolas Cage ha resultado un acierto pleno, y supone para el actor el tardío recordatorio de que en cierto momento fue capaz de ganar un Oscar. Su trabajo doble en esta película entronca directamente con lo que ésta quiere transmitir, en una labor de mimetismo con el guionista de una dinámica y una fuerza que traspasen la pantalla. Arropado por la eficacia impecable aunque siempre demasiado técnica de Meryl Streep y la camaleónica presencia de ese espléndido secundario que es Chris Cooper.

"El Ladrón de Orquídeas", probablemente, no se proponga otra cosa que abrir puertas. Ofrece en ese sentido un diálogo constante con el espectador, lo invita a ser parte de lo que sucede, a conectarse con las imágenes, y al mismo tiempo, lo lleva de un lado a otro, de la ficción a la realidad y nuevamente a la ficción; del presente al pasado y de nuevo al presente, y luego desde ahí al futuro. Siempre a un ritmo caracterizado por la fluidez. No impone un mensaje, esas puertas no son más que signos de preguntas y oportunidades. Esa energía, sutil y penetrante, es la atmósfera que predomina y se transfiere desde la pantalla. En resumidas cuentas “El Ladrón de Orquídeas” es sinónimo de disfrute, de euforia para el cinéfilo porque devuelve la grata sensación de descubrimiento, de estudiado descontrol y de inercia hacia la satisfacción de la incertidumbre. Es refrescante y serpentea ágil en su densidad imperceptible, intercala grandes perlas del guión en medio de ese circo de coordenadas invisibles pero firmes, porque sujetan sin el menor síntoma de desmoronamiento la estructura de esta magnífica obra.

“Deslumbrante e irracionalmente genial”