jueves, 6 de octubre de 2011

Érase Una Vez en el Oeste

Director: Sergio Leone
Año: 1968 País: Italia Género: Western/Drama Puntaje: 9.5/10
Interpretes: Charles Bronson, Henry Fonda, Claudia Cardinale, Jason Robards, Gabriele Ferzetti, Frank Wolff, Woody Strode, Jack Elam, Lionel Stander, Paolo Stoppa y Keenan Wynn



Armónica (Charles Bronson) es un forajido callado y misterioso (a lo largo de buena parte de la película toca la armónica en vez de hablar) y que busca desesperadamente a Frank (Henry Fonda), un despiadado pistolero que está bajo las órdenes del millonario Morton (Gabriele Ferzetti). Por otra parte, Cheyenne (Jason Robards) es un conocido de Armónica que acaba de fugarse de prisión y que ayudará a este en su búsqueda de Frank, ya que ha sido acusado de la matanza de la familia McBain. En medio de todo esto y procedente de un burdel de Nueva Orleans, se encuentra Jill McBain (Claudia Cardinale), recientemente viuda y con un suculento terreno en su poder, heredado de su marido muerto y por el cual ha de pasar el ferrocarril. Esto hará que todos luchen por conseguir un mismo objetivo. Aunque parezca mentira y más propio del imaginario cinematográfico que suele acompañar a las grandes obras, sí es cierto que la gran mayoría de las grandes joyas del séptimo arte suelen surgir por un cúmulo de circunstancias concretas enmarcándolas en un espacio y tiempo determinado que una vez acabada, pasa a formar parte del infinito, de la memoria popular, del Olimpo cinematográfico e incluso de los estudios que algunos medios de cine hacen sobre lo mejor de las décadas. En el caso de la película de Sergio Leone, hablamos de “Érase Una Vez en el Oeste”, constituyó un cúmulo de deliciosas casualidades y hechos forjados por el destino que desembocaron en una de las películas más míticas dentro de la memoria del espectador. El western parecería incompleto sin “Érase Una Vez en el Oeste”, épica, lírica, violenta, bella como pocas, reúne a lo grande todos los elementos del cine de Sergio Leone (miradas eternas, tiempos muertos, elipsis que fluyen armoniosamente, violencia, y sobre todo el paso del tiempo y la muerte), que visten su peculiar universo. La película fue un éxito en Europa, no así en los Estados Unidos, donde se estrenó recortada. En cualquier caso su influencia en el cine posterior fue de tal calibre que justifica prácticamente la existencia de varios cineastas cuyos nombres me niego a citar. Uno de los más grandes westerns jamás rodado, sensación que queda tras su visionado, es una de esas películas que quieren volver a verse justo después de verlas. ¿Qué tipo de películas dejan ese poso? Las obras maestras.



Construida como contrapunto y finalización a la famosa “Trilogía del Dólar” que se rodó durante la década de los 60, y que le lanzó a la fama además de inaugurar y crear lo que se conoce como el "Spaghetti Western", Sergio Leone decidió iniciar su nueva trayectoria artística hacia lo que sería la construcción y concepción de un mundo y un país que le fascinaba. De este modo, América se convertiría en el centro gravitatorio de su giro artístico estableciendo una nueva trilogía que se inicia con la presente película, continúa con la aceptable “Agáchate Tonto” (1971) y culmina con la impresionante “Érase Una Vez en América” (1984). Amante absoluto del cine americano en general, y del western y del maestro John Ford en concreto, Leone explota en el largometraje la riqueza y complejidad que alcanzó en “El Bueno, El Malo y El Feo” (1966), estableciendo un cambio radical con las películas anteriores. Si bien la “Trilogía del Dólar” se caracterizaba por su tono árido y seco, duro, directo y sin concesiones, la presente película es un canto alegórico al western, un poema de amor cinematográfico a todas las grandes obras que nos han acompañado desde el inicio del cinematógrafo. El cineasta construye una enorme declaración de pasión y devoción enmarcándola en una gran obra épica que bascula hacia la lírica demostrando una vez más que el western es algo mucho más profundo que los consabidos tópicos entre vaqueros e indios. “Érase Una Vez en el Oeste” resume a lo grande todo lo que Sergio Leone sentía por el western de un modo distinto, además fue un hombre de cine como pocos (recordemos que ya desde niño siempre vivió en ambiente cinematográfico debido a la labor de su padre, director de cine), a muchos les sorprendió el enorme conocimiento que un italiano tenía de un género propiamente estadounidense. A través de ese conocimiento, Leone hace una declaración de amor absoluta hacia un tipo de cine del que estaba enamorado y lo más importante es que consigue hacernos partícipes de esa emoción. “Érase Una Vez en el Oeste” es un filme visceral en todo su esplendor, y el gran acierto es Leone al respecto fue sortear lo fácilmente emotivo y adentrarse en un profundo y arrebatador lirismo.



No resultaría desacertado afirmar sin rubor que éste es el cenit autoral de su director, la cumbre de su carrera, aunando todos los elementos que elevan la cinta hacia el panteón que se merece. En primer lugar porque nunca en una película de su director, los personajes habían estado tan desarrollados y tan consonantes con el espacio en el que interactúan. Siendo su guión una curiosa mezcla de cine social policíaco, thriller, venganza y western (no en vano viene firmado por Sergio Donati, Dario Argento, Bernardo Bertolucci y el propio Leone), la película alcanza las dosis más complejas que su autor demostró en toda su filmografía. Por otra parte, el dominio de lenguaje cinematográfico y la excelente conjunción en la utilización de los elementos cinematográficos al unísono conforman un armónico círculo donde cada pieza encaja suavemente, sin chirriar. Con claros ecos de Sam Peckinpah, Leone dice adiós a la época dorada del western, dando no sólo paso a una nueva etapa crepuscular, y que el director de “La Pandilla Salvaje” (1969) se encargó de asentar, sino también a un lugar intermedio, suspendido en el tiempo y que le pertenece por derecho propio, gracias a su tono de fábula. Sirva como ejemplo la impresionante secuencia que da comienzo con la llegada de Jill a la estación, su posterior paso a la ciudad que crece, y antes de llagar a su destino, atraviesa Monument Valley, escenario de varios de los westerns más conocidos de John Ford. La puesta en escena de Leone es de tal precisión que logra un instante de emoción única, que hurga en el pasado, sobre todo cinéfilo. El cine da la inmortalidad a unas obras y sume a otras en el olvido. En un tiempo en el que pocos confiaban en que el western podía recuperar los gloriosos galones que John Ford o Howard Hawks habían ganado para este, un italiano demostró que no sólo era posible recuperar la fascinación por aquella mitología cinematográfica e histórica del viejo Oeste, sino incluso superarla con creces y por ello volcó su pasión por el escenario fundacional de América, allá donde la vida bien podía valer un puñado de dólares y los límites de la ley luchaban por imponerse a los de la supervivencia, hizo del “Spaghetti Western” la mejor revisión posible.



Empezando por los personajes, Leone consigue elevar los tópicos hasta llevarlos a su terreno y moldearlos para obtener unos matices que por ejemplo no consiguió en su “Trilogía del Dólar”. Desde el bandolero Cheyenne (interpretado por un magnífico Jason Robards), un bandido con conciencia que al final toma partido frente al malvado Jack por haber traicionado su concepción del mundo que se acaba y termina, ese tono crepuscular que empezó a surgir en esa década, donde el western pasó a ser una elegía, un epitafio, tal como demostró Ford en su “El Hombre que Mató a Liberty Valance” (1962). Por otra parte tenemos a Frank, interpretado magistralmente por un inquietante Henry Fonda. Frank supone el villano por antonomasia, la falta de escrúpulos pero que esta vez cambia porque se siente a gusto con los nuevos tiempos que corren y ve que el poder en el futuro no estará regido por la pistola sino por las butacas de los despachos. Jill, una descomunal y bellísima Claudia Cardinale representa la prostituta que acude al Oeste en busca de una nueva vida, y la hallará en torno al ferrocarril que se está construyendo. El papel de Jill como eje central y catalizador de toda la acción sobre la que circundan los personajes representa a la perfección la voluntad del cambio y la fuerza interior. Será su particular historia de amor con cada uno de los protagonistas y su correspondiente reciprocidad lo que desatará el avance de la acción. Por último Armónica, un sorprendente Charles Bronson que representa el hombre sin nombre que vive buscando saciar su venganza. Leone lo representa y lo define valientemente haciéndole expresarse a través de su armónica, lo que acentúa su hierático y fantasmal carácter. De hecho, todos los personajes son espectros que pertenecen a un mundo en decadencia. Unos representan al pasado y otros al futuro, ninguno al presente. De hecho, cuando Armónica sacie su venganza matando a Frank, su existencia no tiene sentido alguno por lo que se marcha. Cheyenne por su parte, partirá sin el amor de Jill, y ésta se quedará sola junto al ferrocarril, símbolo de progreso que continúa su construcción, como América, a pesar de las pequeñas historias que en ella perviven.



Miremos a donde miremos en la película existe una referencia de lo más sentida y sincera. La breve aparición de Woody Strode rememora al Ford más otoñal, y el hecho de convertir al buenazo de Henry Fonda en un asesino implacable es uno de los mayores aciertos de casting que mis ojos han visto nunca. Al respecto cabe señalar la anécdota en la que Fonda, no muy convencido de aceptar el papel, se le presentó a Leone con lentillas oscuras y un gran bigote. El director le ordenó deshacerse de ello, pues quería que el público reconociese al gran Henry Fonda en la piel de un asesino. Su aparición en escena representa un shock para todo aficionado. Tras asesinar a tres miembros de una familia, varios pistoleros con amplias gabardinas parecen surgir como por arte de magia. Leone se acerca por detrás de ellos con un sugerente travelling que da la vuelta cuando llega a Fonda y nos descubre su rostro. Acto seguido mata a un niño ante el estupor de la audiencia. Leone no sólo indaga en nuestros recuerdos del western, sino que los sacude violentamente. Leone se preocupa en mostrar esto a través de una voz rota, triste pero épica, como demuestra por ejemplo la llegada de Jill en el excelente movimiento de cámara que la sigue elevándose a través de la estación con la música de Morricone resonando, o la primera aparición de Frank y sus secuaces con los guardavientos (igual que fantasmas), haciendo levantar los pájaros y el viento (esa épica de nuevo), en un escenario con grandes y vacíos paisajes, que simbolizan todo el vacío interior de unos personajes que se saben condenados porque pertenecen a otra época, a otro mundo. Al compás de la excepcional banda sonora de Ennio Morricone (y más profunda de lo que parece puesto que creó un tema para cada personaje que los acompaña, los precede y los define), Leone desafía y salva con nota el difícil examen de sortear el fácil sentimentalismo para ahondar en un perfecto lirismo que, como ocurre en las mejores películas, parecen suspendidas en el tiempo sin importar el país de procedencia o el año de su realización.



Muchos han tomado a “Por Un Puñado de Dólares” (1964), “Por Unos Dólares Más” (1965) y “El Bueno, El Feo y El Malo” como películas irrevocables, estandartes del “Spaghetti Western”. Hay poderosas razones para creerlo. No olvidemos que se trata de la trilogía del hombre sin nombre, un Clint Eastwood que adquirió identidad propia en los anales del celuloide con un personaje anónimo (cabe destacar que Eastwood rechazo el papel de “Armónica”), o la de las épicas construidas en torno a la codicia de los hombres en tierras poco respetuosas con las directrices del orden. Sin embargo, otros preferimos señalar que “Érase Una Vez en el Oeste” como el culmen de un cine que, nunca como aquí, destiló el hedor de tragedia que afectaba a cada esquina de un lejano Oeste en construcción, dominado por el primitivismo del hombre y la venganza, siempre ineludible a este. Sin embargo, fue “Érase Una Vez en el Oeste” el último gran western de Leone y emblema de un autor que se hallaba en su máxima y pletórica expresión como artista. Que en su más de cuarenta años de estreno, sigue revelándose como una obra de un lirismo desbordante, cautivador desde sus panorámicas del Monument Valley a los primeros planos del rostro embelesador de Cardinale. Pese a ser acusada por parte de la crítica de un ritmo lento, algo explícitamente pretendido por el italiano para alcanzar la cadencia y los méritos reportados, el tiempo la ha puesto merecidamente en el sitio que le corresponde: el de una de las obras imprescindibles del western. En resumen plagada de secuencias memorables que pertenecen a los recuerdos más entrañables, como ese inicio mudo, toda una lección de cine, donde a modo de homenaje, Leone recuperó a Woody Stroode, Jack Elam y Al Mulock, dejando clavado al espectador en su butaca, la primera aparición de Jack, asesinando a sangre fría a un niño o el excelente duelo final, tras este “Érase Una Vez en el Oeste”, al western le llegó su hora, pero luego de esta increíble cinta Sergio Leone nos dejaría su testamento cinematográfico, de la que hablaremos en futuro post.



“El lirismo de lo abstracto”

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