miércoles, 27 de julio de 2011

Dogma

Director: Kevin Smith
Año: 1999 País: EE.UU. Género: Comedia/Religión Punatje: 08/10
Interpretes: Ben Affleck, Matt Damon, Linda Fiorentino, Salma Hayek, Jason Lee, Jason Mewes, Alan Rickman, Chris Rock, Janeane Garofalo, Kevin Smith y Alanis Morissette



Dos ángeles, Bartleby (Ben Affleck) y Loki (Matt Damon), fueron expulsados por Dios del cielo y desterrados a Wisconsin. Azrael (Jason Lee) los manipula ofreciéndoles la oportunidad de regresar a su hogar por medio de una enseñanza de la Iglesia Católica llamada “indulgencia plenaria”. Si esto sucede significaría el fin de la existencia de la raza humana, ante este peligro aparece la última descendiente de la Virgen María, Bethany (Linda Fiorentino), a detenerlos. Además Bethany contará para su misión con la ayuda del decimotercer apóstol, Rufus (Chris Rock), de Serendipity (Salma Hayek) y de dos excéntricos profetas, que son Jay y Bob el Silencioso. El director y escritor Kevin Smith tiene un culto de seguidores (entre los que me cuento) que tienden a defenderlo fanáticamente de las acusaciones que gente más objetiva hace a este cineasta. Digo esto como advertencia de que, aunque trataré de ser igualmente objetivo, tal vez me exceda en elogios y minimice las fallas de "Dogma". Smith es, primordialmente, un escritor. Él mismo reconoce que no tiene estilo visual alguno. Desde su primera película, "Clerks" (1994), se demostró que su estilo consiste en poner a dos personas contra una pared, poner la cámara enfrente y filmar estáticamente los interminables y complejos diálogos. "Dogma", con una naturaleza de épica religiosa sufre bastante por la imposibilidad de Smith de filmar dinámicamente. Las escenas de acción que forman parte del clímax son bastante torpes y desmerecen lo logrado por el hábil guión y los excelentes actores (bueno, casi todos son excelentes), la hace una cinta original.



Por otro lado, "Dogma" es una película de ideas, no de imágenes, por lo que su deficiencia en el campo cinematográfico es más que compensada por los afilados diálogos y los audaces cuestionamientos que en ella se hacen sobre la religión organizada. Lo que me lleva, naturalmente, a la controversia. "Dogma" fue agresivamente atacada por críticos y por organizaciones religiosas por blasfemar contra los preceptos cristianos y católicos que son más que intocables para los miembros de esas religiones. Estoy seguro de que la mayor parte de estas críticas vienen de gente que ni siquiera vio la película. Ciertamente "Dogma" satiriza muchos aspectos de la iglesia, pero siempre se mantiene totalmente respetuosa de las creencias básicas en las que se basa la religión católica. Los preceptos bíblicos son respetados, y cualquier cuestionamiento que sobre ellos se hace es válido, además de que ya han sido expresados previamente por docenas de estudiosos, muchos de ellos también católicos. El señalar la marcada tendencia anti-feminista de la Biblia, o su tergiversación de la posible etnicidad de Jesucristo, no es nada nuevo. Más aún, el darle un foro público a estas ideas, aunque cuestionable por muchos, sirve para darle nueva relevancia e interés, y para fomentar el estudio y la generación de ideas sobre principios frecuentemente olvidados. Para un crítico extremo de la Iglesia católica como yo, ésta es una verdadera obra, porque con humor y sin faltar tanto al respeto se puede hacer ver al espectador como la iglesia se pone en evidencia cada vez que intenta cambiar o "adaptarse" a los tiempos.



No entiendo hasta ahora por qué este filme fue tan polémico. Yo soy católico y no me sentí ofendido por ello, todo lo contrario: me encantó, y estoy completamente de acuerdo con cada uno de sus planteamientos y sus críticas. Es un gusto encontrar una película que haga críticas constructivas de la Iglesia así, con simpatía y acierto. Ojo, digo de la Iglesia, no de la religión en sí, porque a la religión en sí no la critica, que es algo de lo que muchas personas no parecen haberse dado cuenta. A lo largo del metraje la cinta toma la estructura de una "road movie", donde los antagonistas se dirigen por su cuenta a una iglesia de Nueva Jersey por razones que prefiero no revelar. Durante el camino, como es costumbre en este tipo de cintas, encontrarán amigos y enemigos, lo que cambiará motivaciones y sacará a relucir las razones que los personajes tienen para comportarse como lo hacen. Como todas las religiones cuando se sienten afectadas, los cristianos salieron prontamente a defenestrar al filme de Smith ni bien sintieron que estaban siendo atacados en su integridad. Es el mismo espíritu corporativo y dogmático (valga la redundancia) que provocó, por ejemplo, los incidentes entre el Islam y el resto del mundo a partir de las caricaturas de Mahoma publicadas en Europa, sin detenerse a analizar las intenciones o el sentido real de la religión. En una parte del filme hay un razonamiento muy inteligente donde uno de los personajes habla de que hubiera sido preferible que la religión fuera una idea y no una creencia. La idea uno la imagina como quiere y puede modificarla, mientras que la creencia es eminentemente cerrada y estática.



Y a pesar de todas las protestas infundadas, Dogma en realidad es un filme mucho más religioso y respetuoso de lo que aparentemente parece, no es una lapidación gratuita de la religión, sino una suerte de profundos cuestionamientos que sólo un cristiano de corazón abordaría, mezclados con mucha sátira. Es cierto que hay una enorme cantidad de profanidad en los diálogos, pero también hay una gigantesca convicción cristiana. Es verdad que Smith toma muchas cosas de la religión en broma: desde que Jesús era negro, que los apóstoles eran 13 (y el último, Rufus, no ha sido incluido en los textos bíblico por ser negro) hasta que Dios era mujer y que María y José tuvieron descendencia (no divina) que eran hermanos de Jesús y se prolongaron hasta nuestros días. Como se puede ver, Dan Brown no inventó nada nuevo con “El Código Da Vinci”, e incluso Smith lleva el concepto al máximo extremo. Pero en medio de todas sus patrañas, Kevin Smith se da tiempo para disparar profundos discursos religiosos: es un filme sinceramente pro cristiano pero decididamente anti clerical, mostrando a la Iglesia como un montón de palurdos que no saben como actualizar la religión para que vuelva a ser popular. Es necesario mencionar algunas frases que llaman poderosamente la razón: "El hombre necesita sentir esa figura paternal que posee autoridad sobre él, y que lo hace tener esa sensación de estar señalado por el dedo cuando actúa de forma incorrecta". "Las ideas son mejores que las creencias por que pueden cambiarse, en cambio las creencia se consideran inamovibles". "La humanidad actúa como lo hace por que ya no tiene miedo de nada" también vierte críticas contra el machismo, el racismo o la segregación social. De los temas puramente cinematográficos hay poco que resaltar por que quizás en ese aspecto no sea muy destacable.


Los actores han sido brillantemente elegidos; Linda Fiorentino, como Bethany, la trabajadora social de una clínica de abortos, responde con perfecta calma a las cada vez más extrañas situaciones, que la ponen frente a frente con lo que ella consideraba mitológico. Chris Rock, como el decimotercer apóstol y Alan Rickman como Metatrón (la voz de Dios) quedan perfectos en sus respectivos papeles, de algún modo combinando sarcasmo con solemnidad. Pero los que se roban la película son los profetas, Jay y Bob el Silencioso (interpretados respectivamente por Jason Mewes y el propio director, Kevin Smith), regresando por cuarta ocasión al universo que Smith ha creado alrededor del suburbio de Red Bank, en Nueva Jersey. En cuanto a Salma Hayek... bueno, sólo diré que es muy atractiva y que se ve que se divierte con su papel de bailarina exótica/musa. Supongo que el mensaje básico de la cinta, criticando a la iglesia y sus vicios pero manteniéndose siempre respetuoso de la fe cristiana, será mejor recibido por quien guste del análisis de temas religiosos. Los integrantes de la extrema derecha religiosa, quienes se opusieron a la exhibición de esta cinta, parecen ser poco tolerantes a cualquier cuestionamiento que se pudiera hacer sobre su fe, cuando tal vez sean los que más necesiten ese análisis. "Dogma" una película francamente interesante en la que el director pone patas arriba toda la institución eclesiástica y la enfoca como un negocio que está perdiendo a sus clientes. Para recuperar su influencia popular, decide dar a todo el mundo la oportunidad de purificar sus pecados y partir desde cero en un periodo de tiempo determinado.



Es de agradecer, y mucho, que la película no se quede en una sucesión de chistes buenos e introduzca una interesantísima y acertada reflexión sobre lo que significa la religión, las ideas y las creencias, y el peligro de manipulación por parte de las organizaciones religiosas, que al fin y al cabo están compuestas por seres humano como usted o como yo que no son ni mucho menos infalibles. En este sentido, es significativo el personaje del Cardenal Glick: no es un personaje malo, no quiere hacer daño, y sus intenciones son buenas, pero se niega a escuchar y al final acaba desencadenando muchos problemas por poner la captación de fieles por delante de Dios. Kevin Smith ha hecho por la comedia lo mismo que Tarantino por el policial: han disparado un estilo propio que implica la referencia cultural pop a flor de labios, diálogos frenéticos y observaciones descarnadas de la realidad. Todo esto hecho con una gracia y talento considerables, aquellos que se consideren vulnerables a lo que esta película pueda decir, simplemente no la vean , porque en algún momento puede resultarles ofensiva. Pero los que quieran pasar un rato muy divertido siendo capaces de no tomarse nada en serio, no se la pierdan, porque "Dogma", en casi todo momento, en eso no decepciona. Finalmente, "Dogma" es una obra seria, que con humor saca a relucir preguntas relevantes sobre la iglesia y nuestra relación con ella. También es un análisis hecho con respeto por una persona profundamente espiritual. Y como continuación de la "Trilogía de Jersey", donde se encuentran otras obras del director como "Clerks", "Banda en Fuga" (1996) y "Mi Pareja Equivocada" (1997). Muy divertida y benevolentemente vulgar, a la vez profunda y meditativa.



“Original, ingeniosa y divertida”

domingo, 24 de julio de 2011

Río Místico

Director: Clint Eastwood
Año: 2003 País: EE.UU. Género: Drama Puntaje: 10/10
Interpretes: Sean Penn, Tim Robbins, Kevin Bacon, Laurence Fishburne, Marcia Gay Harden, Laura Linney, Eli Wallach, Tom Guiry, Spencer Treat Clark, Emmy Rossum y Kevin Chapman



Cuando Jimmy Markum (Sean Penn), Dave Boyle (Tim Robbins) y Sean Devine (Kevin Bacon) eran unos niños pasaban los días jugando al béisbol en las peligrosas calles de Boston, un día, a Dave le ocurrió algo que marcó para siempre su vida y las de sus amigos. Veinticinco años más tarde, otra tragedia los vuelve a unir: el asesinato de Katie (Emmy Rossum), la hija de 19 años de Jimmy. A Sean, que es policía, le asignan el caso; pero también tiene que estar muy pendiente de Jimmy porque, en su desesperación, está intentando tomarse la justicia por su mano. A lo largo de su ya extensa filmografía y muy especialmente a través de los títulos realizados en la década de los noventa, Eastwood ha conseguido dotar a sus películas de una serie de elementos perfectamente reconocibles, unas casi invisibles pero perceptibles líneas que entrelazan unas películas con otras y permiten que todas ellas dialoguen entre sí y con el espectador con una especie de música interior que escapa a toda definición, pero que, como variaciones de esas piezas de jazz o blues que tanto gustan al realizador, consiguen que el espectador asista fascinado a una continua demostración de algo de lo que presumen demasiados directores y que en realidad sólo unos pocos poseen: una autoría y estilo propios inconfundibles. "Río Místico", como tantas otras obras de Eastwood, parte de una novela, en este caso un best seller de Dennis Lehane, adaptado con brillantez por Brian Helgeland, que ha sabido estructurar dicha obra en un guión de enorme complejidad que consigue reflejar las muchas lecturas que pueden hacerse de la misma, algo a lo que Eastwood contribuye con una puesta en escena sutil, elaborada e igualmente compleja que le permite desarrollar todo su potencial dramático y metafórico. "Río Místico" es entre otras muchas cosas, una película que nos habla principalmente de la pérdida de la inocencia y de la imposibilidad de evitar al destino.



El personaje, interpretado en una composición sobrecogedora por Tim Robbins, es no obstante un ser atormentado por el miedo, que se siente mucho más cómodo en la oscuridad y la soledad de la noche que a la luz del día. En una inteligente lectura del personaje, Eastwood visualiza cómo por un lado el personaje se ve a sí mismo fragmentado en dos, incapaz de conciliar su yo actual con el de ese niño que no pudo escapar de sus captores y al que ve como alguien lejano, distinto a él mismo. Como si fuera el portador de una enfermedad incurable, Dave se ve a sí mismo como uno de esos vampiros que mira en el televisor, como una bestia contaminada y marcada, enferma. Dave sabe que puede perder el control, que nunca conseguirá huir del todo de lo que le atormenta pues está dentro, unido a él y que lo único que puede hacer es convivir con el miedo que tiene de sí mismo. Cuando una noche llega a su casa, envuelto en sangre, confuso y asustado, sabemos que ha cruzado la línea. Jimmy, un magistral Sean Penn que hace aquí una de sus interpretaciones más ricas y llenas de matices que se le han visto, ha caminado por senderos distintos. Antiguo delincuente que ha pasado por la cárcel y poseedor de un pasado violento y oscuro, se ha redimido de su anterior vida gracias a su hija Katie, a la que tuvo que criar cuando su madre falleció mientras él estaba en la cárcel y a su mujer Annabeth, que le ha dado dos hijas más. Ahora lleva una tienda de comestibles y como el personaje de Eastwood en "Los Imperdonables" (1992). Eastwood construye magníficamente el mecanismo dramático de la tragedia: durante toda la primera hora de la película, uno puede sentir el peso sombrío de que algo terrible va a suceder, se anticipa a los hechos que ocurren con la determinación de lo inevitable.



Cuando Katie aparece asesinada a la mañana siguiente, el dolor y la furia que invaden al desesperado personaje de Jimmy es tal que uno puede sentir en toda su intensidad el peso de la tragedia que acaba de desencadenarse y que alcanzará a todos y cada uno de los personajes de la película. “¿Qué le digo a Jimmy? ¿Que Dios tenía una deuda pendiente y que se le ha cobrado?” El autor de esta frase tan elocuente es Sean, un sobrio Kevin Bacon, tercer vértice del triángulo perfecto que Eastwood construye. Sean es el tercer chico que jugaba en aquella calle, ahora convertido en detective de homicidios abandonado por su esposa al que el destino convierte, junto a su compañero Whitey (Lawrence Fishburne, un necesario contrapunto a los tres protagonistas de la historia, el único que observa "desde fuera", como el espectador, la complejidad de la situación) en el encargado de llevar a cabo la investigación del asesinato de la hija de su antiguo amigo. Eastwood ya tiene todos los elementos en juego y comienza entonces a desarrollar lentamente el alma de la película. Con la excusa de la investigación policial, ahonda de manera exquisita en los recovecos de la compleja personalidad de todos y cada uno de sus personajes. Junto a los tres protagonistas coloca a dos maravillosas actrices, esenciales para la película. Celeste (Marcia Gay Harden) es la prima de Annabeth, la mujer de Jimmy y está casada con Dave. Sabe que su marido le miente, que algo terrible sucedió aquella noche pero, como le sucede al propio Dave, es incapaz de afrontar sus propios temores y vive en un constante desconsuelo, destrozada por la culpabilidad y atrapada por la desconfianza que siente hacia Dave. Annabeth (una estupenda Laura Linney), por su parte, mantiene una lealtad absoluta hacia Jimmy y se mueve siempre en un segundo plano hasta el final de la película, siendo su contribución a la obra tan demoledora como imprescindible.



El dispositivo secuencial de "Río Místico" camina parejo a la introspección que Eastwood hace de sus personajes. Según avanza la película comprendemos más y más las motivaciones y el alma de cada uno de ellos. Y nos parece lógico que, llevado por su desesperación, Jimmy reasuma su ira incontrolable y su antiguo pasado en su búsqueda de la venganza (como le sucedía, una vez más, al protagonista de "Los Imperdonables") mientras que Sean se sitúe entre sus dos antiguos amigos y se niegue a admitir las evidencias que apuntan a Dave y éste se hunda más y más en sí mismo, perdido entre sus recuerdos de la tragedia que marcó su vida y la incapacidad de asumir los hechos recientes. El poder de sugerencia de la vigorosa puesta en escena de Eastwood es tal que uno absorbe los hechos uno tras otro como una esponja, sin asumir del todo la complejidad de los mismos hasta que se reflexiona sobre ellos. Un buen ejemplo de ello es la secuencia en el balcón durante el funeral de Katie en el que Dave y Jimmy son encuadrados en el plano con un suave contrapicado y según Jimmy comienza a abrirse a su amigo de infancia y a asumir la irreparable pérdida que para él supone la muerte de Katie, Eastwood se acerca más y más a ambos, de tal forma que uno entra de lleno tanto en el enorme dolor de un Sean Penn espléndido como en la comprensión que Dave siente hacia su dolor. Eastwood juega constantemente con esos dos recursos narrativos: grandes planos generales en tomas aéreas sobre el barrio, el enorme río que cruza la ciudad de Boston (“El río que lava y entierra nuestros pecados”) o los espacios cerrados de tal forma que podamos obtener una continua visión del conjunto mientras el director toma distancia con los hechos y, a la vez, acercamientos suaves y elegantes a los rostros de los actores cuando quiere que sintamos lo que ellos sienten, cuando quiere que compren-damos sus motivaciones y nos acerquemos más y más a su interior. Por supuesto, Clint filma con su aliento clásico habitual, se toma su tiempo para desarrollar pacientemente la historia de ese pequeño microcosmos que tiene entre las manos y demuestra una maestría en el encuadre y el montaje.



El pesimismo que invade toda la película es tal que resulta inevitable no hacer una lectura de "Río Místico" como certera imagen de una sociedad que, como hacen los personajes de la película, esconde y entierra sus pecados donde nadie pueda verlos, con las terribles consecuencias que ello conlleva. Una sociedad carcomida por la violencia que sin duda ha ayudado a construirla, una violencia que no agota sus efectos en los hechos puntuales que suceden en su momento sino que extiende sus ramificaciones a lo largo del espacio y el tiempo, atrapando por igual en su espesa e inevitable telaraña tanto a los que ejercen esa violencia como a los que son víctimas de ella. Esa metáfora cobra toda su fuerza en la secuencia final de la película, ambientada con certera precisión en las celebraciones del cuatro de julio, que conmemora los orígenes de la nación y que reúne a todos los protagonistas de la película en una contundente y escalofriante consecuencia que va desde el silencio cómplice que oculta que siempre quedan cosas pendientes de resolver y sacar a la luz, al aislamiento y soledad de uno de los personajes contrapuesto a la reafirmación del apoyo familiar como manera de encubrir los hechos y evitar que el cáncer salga a la luz y sobre todo, el rostro de un niño tan perdido en medio de esas celebraciones y con un futuro tan incierto como el que se abría ante esos tres personajes veinte años atrás. Si bien "Los Imperdonables", "Un Mundo Perfecto" (1993) o "Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal" (1997) ya reflexionaban sobre la violencia como recurrente forma de encubrir los defectos de una sociedad y su falta de castigo como un mal necesario para asegurar la convivencia y la persistencia de la misma, "Río Místico" lleva aún un paso más adelante esa acertada disección, levantando acta de forma tan lúcida como descarnada de los males que la corroen por dentro como un cáncer. Tratar de poner solución a esos males usando las mismas viejas y corrompidas armas no lleva sino a una perpetúa repetición de los mismos errores en un proceso cíclico que parece no tener fin.



Dentro de su infinita negrura, Eastwood ha construido una película luminosa, consiguiendo extraer grandeza de una historia que se sustenta en los entresijos de dos actos de extrema violencia (la violación de un niño y el asesinato de una adolescente) que el realizador trata con sutileza e infinito respeto, sin hurgar ni por un segundo en la sordidez de los mismos y fijando su atención en las consecuencias que deparan, como los círculos concéntricos que se extienden de una piedra arrojada al agua y que no dejan de crecer aun cuando ya no podemos percibirlos. Resulta casi increíble comprobar la sintonía que hay entre la sórdida, durísima historia que se nos cuenta y la casi impecable factura visual con la que se representa en la pantalla, apoyada con un maravilloso trabajo de unos actores (todos, sin excepciones) en perpetuo estado de gracia que se hunden en el abismo de sus personajes y nos los presentan en toda su complejidad, mostrando a las claras sus infinitas debilidades, tan propias, parece decir el director, de la condición humana. Si "Río Místico", indiscutible obra maestra personalísima de un autor en su mejor momento, esta cinta de Eastwood nos ofrece, como la gran película que es, con una riqueza y una complejidad fuera de lo común, una ración del mejor cine, además cine de muchísimos quilates: ése que te reconcilia con el sano hábito de ver películas y te devuelve el orgullo de pertenecer a la cofradía de la sala oscura, esa misma sobre cuya pertenencia empiezas a cavilar cuando te encuentras con muchos de los productos que se exhiben en ellas. Y, sobre todo, te devuelve un hálito de esperanza, y la constatación de que ese mismo Hollywood que manufactura a todo trapo bodrios execrables con los que atiborra los cines de medio mundo, haciendo ostentación de una desvergonzada prepotencia, la que le confiere su dominio comercial, omnímodo e incontestable, también da cobijo, no se sabe muy bien si en su trastienda o en sus entresijos perdidos, a todos estos monstruos. Paradojas e incoherencias, como la vida misma. Imperdible.



"Otra sombría obra maestra de Clint Eastwood"

miércoles, 20 de julio de 2011

Adiós a Las Vegas

Director: Mike Figgis
Año: 1995 País: EE.UU. Género: Drama Puntaje: 8.5/10
Interpretes: Nicolas Cage, Elisabeth Shue, Julian Sands, Richard Lewis, Steven Weber, Valeria Golino, Laurie Metcalf, Vincent Ward y Danny Huston



Ben Sanderson (Nicolas Cage) es un guionista alcohólico de Hollywood que acaba de perder su trabajo por sus problemas con la bebida y su bajo rendimiento. Sin amigos y sin familia, Ben quema sus recuerdos y viaja hasta Las Vegas con el propósito de beber hasta morir. Pero en dicha ciudad conoce a Sera (Elisabeth Shue), una atractiva prostituta de la que se queda inmediatamente enamorado, de esta manera estas dos almas perdidas paradójicamente trataran de sobrevivir a la vida. Existen pocos dramas como éste hoy en día, solo alguno se esconde por ahí. Observando “Adiós a Las Vegas” más allá del rol que adquieren los protagonistas, uno se da cuenta de que la película atraviesa un trasfondo mayor, que Nicolas Cage junto a Elisabeth Shue trasladan a la pantalla con soberbias interpretaciones. Se la puede tomar como una cinta sencilla y fugaz, ahí Mike Figgis el director, hace de éste filme algo normal, porque su guión no es que sea sobresaliente, en lo que destaca la cinta es la dedicación de el director en la maniobra hacía los actores de su película. Recuerdo que cuando la vi me dejó huella y una huella que aún persiste, pues la brutalidad que envuelve a esta historia es imposible de olvidar. Obra que sobrecoge y reluce al mismo tiempo, con una trama tan realista que te hace pensar y saber, hasta donde puede llegar una persona que no ve ningún sentido a su día a día.



Sus minutos iníciales presentan una variedad de hechos en la vida del personaje de Cage para que ya vayamos encontrando la pista y cojamos aire para la increíble interpretación que a continuación nos demuestra el actor norteamericano, que le valió el Óscar en 1995. Lo más positivo de “Adiós a Las Vegas” junto al gran deber de Nicolas Cage, lo encontramos en la maravillosa sorpresa de Elisabeth Shue, quien hace el mejor papel de su carrera. El director pretende hacernos ver en esta película lo dura que es la vida, desde dos puntos de vista diferentes, o si se quiere desde dos personalidades distantes pero a la vez complementarias. Una de ellas es una prostituta, harta de los desprecios de los hombres, de sus humillaciones. Este personaje se siente un objeto en manos de hombres solo sedientos de sexo. Sola en un mundo que no llega a comprender donde no encuentra un verdadero amor, un hombre que la comprenda y la quiera. Un hombre que sepa escucharla, que la mime y la respete.Por otro lado un alcohólico. Un hombre sin rumbo fijo. A quien la vida le ha dado la espalda de manera injusta. Un personaje también solo y perdido en el mundo. Una persona en fase terminal que pretende poner punto y final a una vida que ya no sabe encauzar. Ante estas dos personalidades aparece el amor, aquel misterio de la naturaleza que todo lo une. Una fuerza suprema que hace que nuestros dos personajes se sientan amarrados a tal vez su última salvación. Cada personaje encuentra en el otro lo que a el le falta.



Creo que es una de las mejores historias de amor que se ha podido ver en el cine. Está tan bien realizada que nunca se cae en la cursilería a la que estamos tan habituados. Contrario a lo que ha sucedido hasta el cansancio, no se crea un guión para glorificar un amor imposible o lleno de dificultades; es todo lo contrario, la mesa está puesta y ellos prefieren seguir con sus vicios porque están profundamente arraigados. A pesar de todo lo que hay en contra, la tan inusual pareja se acepta tal y como es y bastan algunos diálogos para saber que están hechos “el uno para el otro”. Sera quiere tanto a Ben que soporta su repugnante comportamiento y aunque lo cuestiona, sabe que no puede hacer nada. Él por su parte consiente de su profesión y aunque le duele profundamente nunca trata de censurarla. Es efectivamente una historia romántica; totalmente “sui generis” si se quiere pero muy sentimental. Lo más rescatable es que se deja a un lado el cliché barato y narra las cosas como son en la vida real, duras, complicadas y bastante crueles. Tiene una profunda esencia moral y reflexiva, y de paso te enseña indirectamente todo lo perjudicial del alcohol, sus consecuencias. Y la lamentable situación de prostitución. Dos historias estrechamente ligadas en la que accidentalmente surge el amor. Otra lección más: se puede amar sin tener en cuenta los prejuicios.



Además el filme estudia de modo sucinto pero efectivo el mundo de la prostitución femenina. Es de gran interés la descripción del universo que la rodea, hecho de perversiones, abusos, maltratos y agresiones. La prostituta suele ser una mujer que ha tenido escasas oportunidades de educación y formación y que se ha visto obligada a ejercer una profesión degradante por coacciones, violencia o tráfico de personas. Resulta patético que haya usuarios de servicios de prostitución que pretendan justificar sus agresiones a mujeres indefensas bajo el delirante pretexto de castigar la mala conducta de éstas. El filme presenta una conmovedora historia de un amor. Muestra cómo y en qué medida, incluso en situaciones extremas de desesperación, se puede encontrar alivio y consuelo dando y recibiendo amor. La película deviene una historia singular y atípica de amor, de un amor extraordinario entre dos personas atormentadas, desasistidas y abandonadas a su suerte. Es de enorme interés la descripción que se presenta de una relación amorosa entre un hombre y una mujer, que se respetan mutuamente, que no se imponen condiciones, que se tratan con respeto y libertad. Desde mi punto de vista; desde mi conciencia y sentimientos, opino que la película es triste; cargada de una impenetrable soledad, que no se llena con nada ni nadie. Pero despierta la esperanza en mi como espectador; pero los intentos de bondad y de afecto no conducen al amor y se pierden, para mi desilusión y rabia, en la pura violencia y impotencia.



En un tramo de la película Ben Sanderson, explica la razón de su comportamiento: “No sé si empecé a beber porque mi familia me dejó o si mi familia me dejó porque empecé a beber”. El hecho es que es un sujeto moralmente destrozado y ya no le importa nada, sólo desea un poco de felicidad, la cual es proporcionada por el alcohol. Por eso se dirige a Las Vegas, donde los bares nunca cierran. Toda ella es un gran complejo de emociones inteligentemente amarradas. La fotografía es memorable, la musicalización es acertadísima y la dirección está impecablemente ejecutada, Es admirable que en los confines de la vida, dos personas humanas no especialmente cualificadas, sepan desarrollar una relación tan limpia, transparente, libre, cautivadora y auténtica. Sorprende el estoicismo de Ben y la presencia de ánimo que exhibe. No menos admirable es la serena aceptación de la voluntad de Ben por parte de Sera, su resignación ante lo inevitable, la firmeza de su afecto y la fortaleza de su ánimo. Ella seguirá su camino, pero la vida ya no será igual, porque ha conocido el amor verdadero. Es sorprendente la definición que se hace del amor: no pone condiciones, no busca ventajas, no es interesado, no impone restricciones, no coarta la libertad de la pareja, no crea dependencias. El filme explica que amor es entrega, aceptación, respeto y compañía.



La cinta está basada en la novela autobiográfica de John O’Brien. Este escritor nació en 1960 y en 1990 redactó el libro “Leaving Las Vegas”. En 1994, dos semanas posteriores al inicio del rodaje, se suicidó; contaba con 34 años. Su padre aseguró que la novela era su nota póstuma. En fin esta cinta es para los que creen que perder no es un fracaso, para los que encuentran la vida oscura y triste pero hermosa, para los que pasan sus días con la mirada perdida en el ayer, olvidándose del mañana, para aquellos que creen que el dinero sólo es papel y números, para todos los que jamás cambiaron una sonrisa por un grito, para los que creen que duermen duendes en los neones de una ciudad, para quién cree que la vida dura y vale lo que dura y vale amar a alguien, para el que dijo que el amor es un sentimiento terrible y desolador que destruye a la persona hasta hacerla de papel, a sólo un paso de volar en el viento o de caer sobre el suelo bajo la lluvia y que luego de decirlo no dejó de enamorarse, para todos los que valoran el tiempo y lo saben infinito pero corto, para aquellos que le dieron la vuelta a sus pasos cuando ya veían el abismo, para los que viven en él, incapaces de salir o simplemente, convencidos de quedarse. Así pues esta cinta es un canto al amor. Un amor necesario, puesto que una persona necesita a la otra para poder afrontar su difícil situación, lo que hace especial al filme es que el alcoholismo del protagonista le hace ser un tipo fuera de si, ausente, enfermo, sin casi uso de razón. Ante esto nos preguntaremos ¿como alguien se puede enamorar de alguien así?. Una cinta imperdible.



“El amor en tiempos de cólera”

domingo, 17 de julio de 2011

Kundun

Director: Martin Scorsese
Año: 1997 País: EE.UU. nero: Biopic/Histórico Puntaje: 8.5/10
Interpretes: Tenzin Yeshi Paichang, Gyurme Tethong, Tencho Gyalpo, Tenzin Thuthob Tsarong y Ken Leung



En 1937 un niño tibetano es elegido por un grupo de monjes para representar a su pueblo y convertirse en el decimocuarto Dalai Lama, la más alta figura del budismo en el Tíbet, el niño, de dos años, es arrebatado a su familia y llevado al palacio de Potala para ser educado y preparado para asumir el liderazgo político y espiritual, antes de hacerse adulto tendrá que liar difíciles dificultades como la invasión de China al Tíbet. Que Martin Scorsese, después de filmar la magistral “Casino” (1995), decidiese hacer una película sobre el decimocuarto Dalai Lama, fue acogido por muchos como la prueba evidente de su indefinición personal, e incluso como un intento de demostrar y demostrarse que podía abordar temas exóticos en su filmografía para dar la apariencia de una forzada y desesperada versatilidad artística. Otros fueron más cautos y menos prejuiciosos y esperaron a ver sus imágenes para formarse una opinión al respecto. Lo cierto es que “Kundun” conforma, a mi juicio junto con “La Edad de la Inocencia” (1993) y "Casino”, la obra maestra de Scorsese. Una trilogía extraordinaria que evoca mundos (ya sean reales o soñados) perdidos, anhelos de felicidad frustrados, y una globalidad estética, formal, que demuestra la plenitud y la inspiración de un cineasta que no por casualidad es de los más venerados de la historia. Estamos en el verdadero cine, gracias a Martin Scorsese, podemos ser los ojos del Dalai Lama y es allí donde la tormenta se desata, dentro de un hombre cuya agitada y reencarnada alma no comprende los motivos de aquéllos que ciegos, se empeñan en sembrar el odio y la ira donde debería haber paz y abrazos. Pero su lucha continúa y con ella, afortunadamente, también la esperanza.


En realidad, tiene todo el sentido que Scorsese se lanzara a hacer esta película, pues el Dalai Lama es otro de esos personajes martirizados por las circunstancias y que con más deseos que hechos, tratan de cambiar su destino, los cuales abundan en su filmografía. El Lama, por tanto, no anda lejos, desde luego, del Charlie de “Calles Peligrosas” (1973), ni mucho menos del Jesucristo de “La Última Tentación de Cristo” (1988), pasando por supuesto por la Alicia de “Alicia Ya No Vive Aquí” (1974), o más concretamente el Newland Archer de “La Edad de la Inocencia”. Es decir, un personaje puramente scorsesiano, atormentado y obsesionado, que a pesar de su disparidad geográfica y cultural es perfecto para que Scorsese se identifique con él e intente profundizar en su verdad anímica más inaccesible, pues para este cineasta el cine es, ante todo, la herramienta perfecta para esa indagación. Dalai Lama y su pueblo optan por la no violencia, por no igualarse a su invasor (China), por no permitir que se manchen de sangre sus manos y su espíritu. ¿Pero, hasta cuando? ¿Pero, hasta donde? ¿Seguirán siendo válidas las teorías de la no violencia en este siglo? En una escena antológica, el joven líder está de pie, con los brazos abiertos, rodeado por un mar muerto de monjes tibetanos, confundido el rojo de sus trajes con el color de su sangre. Vuelve Scorsese: “Está la lucha entre la violencia y la otra parte de nuestra naturaleza, la bondad. Y es por eso que me interesó la historia. Me pregunto como sería si todos nos tomáramos la vida tan en serio y tuviéramos tan fuertes convicciones como las que él tiene”. Es difícil mostrar la no violencia en el cine, cuando lo sencillo es dejarnos ver lo fiero, la espada que atraviesa el cuerpo, el espasmo postrero de dolor, el granate que tiñe de oprobio la pantalla. Scorsese asumió ese reto y en vez de batallas a campo abierto nos muestra luchas espirituales, prefiriendo entonces la mirada silente y diciente del Dalai Lama al puño cerrado que golpea la cara. La paz al trueno, la vida a la muerte.


A los que piensan que Scorsese se encuentra fuera de foco cuando filma lejos de las calles de la Pequeña Italia de Nueva York, hay que recordarles que fue este mismo director quien nos trajo “La Última tentación de Cristo” que, miraba con más desapasionamiento, era una película que básicamente intentó ofrecernos una figura de Jesús más humana y más histórica que la que los dogmas estaban dispuestos a tolerar. Y en este punto se hermana con "Kundun": ambas quieren recordarnos que tras el símbolo está en realidad un ser palpable, que expuesto al sol refleja una sombra, que sueña, que tiembla. Que está vivo. Y para mostrarnos eso no es necesario ser católico o budista, tan sólo ser un hombre y poseer las ideas tan claras como este director las tiene. El mismo Scorsese nos lo dice, en una entrevista para el periódico The Guardian: "puede que no conozca al detalle la cultura, tuve muchos asesores técnicos para este filme, pero lo que sí comprendo es el conflicto que hay dentro de nosotros, lo bueno y lo malo, la idea de expresarse a través de la violencia como la única manera, que es algo que he visto mucho". Filmada en Marruecos (la realidad política así lo exigía) con un presupuesto y un calendario bastante holgados, Scorsese convertía en imágenes el libreto que durante casi una década había sido reescrito por Melissa Mathison, la autora del guión de “E.T., El Extraterrestre” (1982). Tomaron la decisión de buscar actores no profesionales, y de construir el reparto con actores netamente tibetanos, lo que contribuye, y de qué manera, a expresar un grado de autenticidad y de realismo muy importantes para un filme que se aleja mucho de cualquier narración épica o política acerca de los convulsos hechos históricos del Tíbet en el siglo XX, y que se centra, antes que nada, en la compleja personalidad y primeras décadas de vida del actual Lama. Scorsese le toma a él como centro absoluto de su relato y de su punto de vista, en uno de los ejercicios de identificación moral y espiritual más admirables de los últimos años.



Tenzin Thu Thob Tsarong, que interpreta al Lama adulto, fue elegido por su parecido físico con el líder espiritual, pero además su tía está casada con un hermano del Lama. Muchas de las personas que prestaron su voz y su rostro a esta película están emparentados o trabajaron en el Tíbet durante muchos años, lo que da idea de la búsqueda de Scorsese de una veracidad que no habría de estar reñida con una puesta en escena orientada hacia lo sensorial, hacia lo psicológico o directamente abstracto, antes que a lo narrativo o incluso a lo documental. No era su intención adentrarse (y adentrarnos) en un Tíbet de postal así muchas veces representado, más bien otra muy distinta y doble: por un lado, adentrarse en la mirada de un individuo tan excepcional (en muchos sentidos) como el Dalai Lama, convirtiéndole en un voyeur de una época y unos sucesos fundamentales; por otro, convertirlo en metáfora del espectador omnisciente e ingenuo, de los hombres incapaces de traicionar su credo a costa de un realidad que lo supera a todas luces. En su filmografía la violencia es un elemento recurrente, consecuente con el ámbito donde la mayoría de sus filmes se desarrollan, esto es, las calles de una urbe donde la gente transforma sus soledades y conflictos en ira. Y así sus personajes no encuentran otra manera de expresar su inconformidad con lo que les rodea: Travis Brickle en “Taxi Driver” (1976) y Jake La Motta en “Toro Salvaje” (1980) no pueden comunicarse con los demás y parecen encontrar en la violencia el único lenguaje que aquellos a su alrededor están en capacidad de entender. Pero esa violencia, a diferencia de la que otros directores nos muestran, no es un fin en sí misma; ante todo es un medio para lograr una conquista espiritual, que puede ser la búsqueda de la verdad, la sabiduría o la belleza. Así, el dolor y el sufrimiento como medios de encontrar una redención son un punto central de su obra: ahí tenemos a Jesús inmolado por nosotros en “La Última Tentación de Cristo”, a Charlie en “Calles Peligrosas”, buscando en la religión el sendero del respeto que sólo el asfalto de las calles y la sangre podrán darle, o a Paul intentando sobrevivir a la pesadilla tragicómica de “Después de Hora” (1985). Y mirado de esta forma, "Kundun" es una prolongación de sus temas. El largo y doloroso camino que debe seguir un hombre en una doble búsqueda: respuestas a sus inquietudes y preguntas interiores, y la libertad de su pueblo.



El Lama, como Newland Archer, nunca toma una decisión, nunca echa a un lado su aprendizaje cultural y hace lo que cree que es correcto. En este caso, abandonar la idea de la no violencia y luchar por defender a su pueblo. Al igual que Charlie en “Calles Peligrosas”, se debate entre dos formas de ver las cosas, y no toma partido por ninguna de las dos. Ante la agresión y la invasión de China, ante los muertos, se lamenta y sufre, pero no sabe, o no puede, o no quiere, hacer nada. No hay aquí una crítica de Scorsese hacia el líder espiritual, pero sí una constatación de un hecho: la actitud de los tibetanos no impidió que se viesen exiliados de su tierra. Una vez más, Scorsese no juzga. De hecho, comprende en parte a su protagonista, pero posee la suficiente altura moral como para permitirse un cuestionamiento. Por otra parte, y al igual que en “La Edad de la Inocencia”, su obsesión por el detalle no responde a un esteticismo barato, sino a una inmersión respetuosa en un mundo que no comparte pero que lucha por comprender. Lo que subyace en “Kundun”, antes que su tono de denuncia política (que lo tiene) es el tema de la dignidad y de la convicción, en medio de una historia episódica que el director nos cuenta como si fuera un cuento de hadas. Y lo que nos sorprende es saber que ocurrió entre nosotros, sin que lo supiéramos, sin que pudiéramos hacer nada. Martin Scorsese logra un exquisito balance entre realidad y ficción histórica, consiguiendo un filme que se puede ver como un poema, lleno de texturas y palabras no dichas, tan sereno, tan reflexivo y a la vez tan diciente como un texto budista. Una labor de paciencia, como una de esas mándalas de arena que en el filme vemos, construidas lentamente, al parecer sin sentido alguno y que una vez concluidas son tan inconmensurablemente bellas que nos parece probable que en su creación haya intervención divina.



Su puesta en escena, por tanto, no se ve contaminada por el efectismo, sino que se condiciona por su apego emocional y personal a una situación, a un hecho, a un carácter. La circularidad de su planteamiento, su abstracción y su detallismo, reclaman una empatía y una reflexión por parte del espectador. La fluidez de su cámara y la energía de su montaje, que hacen corto un metraje de ciento treinta y siete minutos, electrifican la serenidad del color y la atmósfera tibetanas, que son un océano de calma sobre corrientes de imágenes y pensamientos tempestuosos. Roger Deakins, que hace un trabajo formidable como director de fotografía, comprende a la perfección las intenciones de Scorsese, y al mismo tiempo que refleja la energía de una cultura, deja entrever los claroscuros de la pasividad frente a la violencia, de la inocencia frente a la barbarie, tambien cabe destacar la banda sonora embrujante y precisa de Philip Glass. Más que nunca, Scorsese lleva a cabo un ensayo sobre las consecuencias de la violencia. Uno de los filmes menos conocidos de su realizador, que sin embargo se revela como uno de los más personales, apasionados y arriesgados. Más que un viaje al corazón del Tíbet, que lo es, es un lúcido retrato de una de las personalidades más apasionantes del siglo XX, y una apuesta por el subjetivismo más puro, más cinemático, que identifica al Lama con cada uno de nosotros, espectadores, seres pasivos que observan, curiosos, un mundo que no nos es posible cambiar o modificar. Quizá Scorsese quiere que, al terminar la película, comprendamos lo mucho que podemos empezar a cambiar al pasar de ser meros testigos a ser protagonistas.



“Magistral retrato histórico del fin del Tíbet”

miércoles, 13 de julio de 2011

La Habitación del Pánico

Dirección: David Fincher
Año: 2002 País: EE.UU. Género: Thriller Puntaje: 08/10
Interpretes: Jodie Foster, Kristen Stewart, Forest Whitaker, Dwight Yoakam, Jared Leto, Patrick Bauchau y Ian Buchanan



La recién divorciada Meg Altman (Jodie Foster) y su hija Sarah (Kristen Stewart), se mudan a una casa de Nueva York, pero la primera noche en ella formaran parte de un juego mortal con tres intrusos que invaden brutalmente su hogar: Brunham (Forest Whitaker), Raoul (Dwight Yoakam) y Junior (Jared Leto). Para salvar sus vidas ellas se encierran en lo que llaman la habitación antipánico (una sala infranqueable de muros de acero provista de cámaras que controlan todo lo que pasa en la casa), pero la propia habitación será el centro de atención ya que lo que buscan los intrusos está en el interior de ésta. En los últimos años (décadas) el cine ha evolucionado de una manera abrumadora e interesante, los avances técnicos cada día son mayores pero estos no han servido para que los cineastas reinventaran el cine sino que la mayoría lo han utilizado para acomodarse bajo premisas estéticas facilonas. En definitiva las formas cinematográficas se están perdiendo y tan sólo unos cuantos cineastas, norteamericanos en su mayoría, saben conjugar la utilización de esas formas clásicas con esos nuevos avances tecnológicos. Chaplin, Renoir o Ford nos apasionan, pero debemos reconocer que gente como Soderbergh, Michael Mann o el propio David Fincher, están intentando con mayor o menor acierto dar un nuevo sentido a lo que llamamos cine igual que los otros tres en su época, y en este aspecto La habitación del pánico es un paso adelante de técnica moderna y narración clásica mezcladas en su justa medida y con resultados positivos. Una idea sencilla es la que sirve para que Fincher desarrolle una historia que apenas transcurre en dos espacios (habitación antipánico y resto de la casa) y que mezcla el tiempo real con el tiempo cinematográfico al estilo de solo ante el peligro, dilatando la narración en los momentos clave para dramatizar las acciones, como la primera entrada a la habitación de Meg o para parar en seco y tomarse la molestia de definir a los personajes de manera clara, concisa y brillante.



Tras convertirse en uno de los cineastas visionarios más importantes de la actualidad debido a una corta trayectoria cinematográfica en la que su personal estilo visual y narrativo han sido elementos definitorios de un universo intransferible y sorprendente, David Fincher volvió a la dirección con “La Habitación del Pánico”. Una cinta que, de entrada, pone de manifiesto la constatación de un talento fílmico y artístico en el que su destreza visual y su ejemplar artesanía han hecho de él un artista de la puesta en escena. Alejándose por completo de la purgativa y magistral “El Club de la Pelea” (1999), obra maestra ilustrativa del materialismo que condena esta época de consumo e intolerancia en la que vive el hombre moderno, Fincher se une al guionista David Koepp para narrar esta historia, cuya intención es alcanzar el desafío de lograr el mayor realismo posible, circunscribiendo la acción por completo a una sola localización, adecuando su ritmo a una perfecta utilización del espacio cinematográfico, como algo que no se revela neutro, sino como centro del drama. Algo que en “La Habitación del Pánico” se logra, en gran parte, gracias a la angustiante y decadente atmósfera patentizada como distintivo del director de “Los Siete Pecados Capitales” (1995). El predomino de las tonalidades lóbregas y tétricas, negativas y apagadas, vuelve a inquirir en beneficio de un guión que, pese a más de algún problema de languidez, cumple correctamente con el buscado suspense psicológico, de una manera simple y eficaz. Y es que aunque a veces se deje llevar por algún que otro tópico, Fincher hace que coincidan en dos espacios todo tipo de personalidades con sus matices y sus motivaciones, haciendo que un hecho o situación concreta no sea una sorpresa sacada de la manga como en la tramposa “El Juego” (1997), sino que son los personajes y sus reacciones lo que nos lleva a una nueva situación.



La premisa argumental recuerda directamente a “Perros de Paja” (1971) de Sam Peckinpah, donde el clímax era algo así como que Dustin Hoffman debía impedir que unos locos del pueblo entraran en su casa para violar a su mujer. Si en la película de Peckinpah el estallido de violencia era la base de ese clímax, el filme de Fincher tira más hacia la trama de suspense hitchcokiano. Para este su quinto trabajo, Fincher ha vuelto a dejar la actitud ascética del discurso moral, esta vez bastante más evidente que en sus anteriores cintas, para apostar por su excepcional punto de vista cinematográfico, un mundo de compleja planificación formal en el que ofrece una nueva lección de opulencia visual donde la visceralidad se sosiega y acelera en función del suspense y del terror. Un perfeccionismo visual reconocido en Fincher que brilla, esta vez, en los pequeños detalles con los que dota de empuje a un guión que si bien adolece de un complejo de trasgresión que no consigue, sí se ajusta a los requisitos de un director difícil como lo es él. La búsqueda metafórica del carácter trágico de la vida sigue siendo la inmutable constante a definir. En este caso, representada en una mujer al cuidado de su hija enfrentada a una amenaza exterior que pondrá a prueba su fortaleza y tenacidad. Una excelente ejemplificación de la sordidez cotidiana que, llena de intenciones naturalistas para hurgar en los miedos y la fragilidad humana, envuelve la obra de David Koepp equivalente a su gran “El Efecto Dominó” (1996) y la del propio Fincher con “El Juego”. La acción es el objetivo, la tónica sobre la que se sustentan los pilares de la edificación modélica de Fincher, acentuando de nuevo la oscuridad en un escenario sórdido, acuoso y oscurantista que representa, en realidad, la intención narrativa de profundizar en el lado más oscuro y desconocido de todos sus personajes en el que ese “Castle Keep” (1969) tecnológico, esa habitación del pánico, implica el aislamiento emocional y la consecuente decadencia familiar, símbolo manifiesto de la era preservadora que se nos viene encima.


El cineasta retorna así a sus digresiones narrativas (perceptible en ese largo plano secuencia digitalizado), en el “photogrammetry”, pero esta vez definiendo su objetivo visual en función de la acción argumental y no de la espectacularidad. “La Habitación del Pánico” se asemeja a una partida de ajedrez, donde se muestra un tablero (la casa) y unas piezas personalizadas en unos personajes situados en dos extremos (el bien y el mal). Una partida en la que, una vez que la acción les enfrenta, cada uno de ellos juega su estrategia para ganar esta agobiante partida a vida o muerte. Pero en contraposición de aquéllos que tachan a Fincher como “vendedor de humo”, el director muestra todas sus cartas, sin reservas, sin guardar esta vez un “efecto” final que confunda. La gran virtud de “La Habitación del Pánico” es su grafía traslúcida. Una vez que son presentados los personajes y los ángulos de la mansión, el diagrama se revela simple y sin trabas. Tanto el “modus operandi” de la madre y la resistencia de la hija, como el contraste de personalidades entre los ladrones que origina un enfrentamiento en la disposición metódica de cada uno de ellos, es expuesto con una limpieza alineada y solvente para que los roles lleguen hasta el extremo sus intenciones, reaccionando todos como se espera de ellos (incluido final). Mucho se ha hablado de la renuncia de Nicole Kidman comenzado el rodaje de esta película, pero lo cierto es que Jodie Foster realiza un ejercicio de interpretación física y dramática intachable, lleno de matices interpretativos, que la sitúan de nuevo en el pináculo de su carrera. Efecto al que no son ajenos Kristen Stewart, Forest Whitaker y sobre todo, un irreconocible Jared Leto, secundarios que demuestran que Fincher es también un buen director de actores. Llena de buenos momentos de una tensión sugerentes, endurecidos por el dominio y el mecanismo utilizado por Fincher desde sus ejemplares créditos, “La Habitación del Pánico” justifica que, empero de la historia, nos encontramos ante un director llamado a ser uno de los indiscutibles genios del cine moderno.



Inicialmente la dirección de fotografía iba a correr a cargo de otro conocido y genial Darius Khondji, pero resultó despedido a poco de iniciarse el rodaje, pues al parecer los ejecutivos de los estudios (esa plaga intelectual de nuestros días) alegaron que le llevaba demasiado tiempo preparar las tomas. Tomó el relevo Conrad Wynn Hall (hijo del legendario Conrad L. Hall), quien se limitó a asegurarse de que el resto de la fotografía principal no afectaba con lo ya filmado (y debe ser su mejor trabajo, porque después de esto no ha hecho nada destacado). La imagen de la película no se resiente lo más mínimo, y posee la fuerza visual, muy por encima de la media, así como el ingenio con los encuadres, que podemos suponerle a Fincher. El juego se agota mucho más tarde que en “El Juego”, pero se agota. Sin embargo, la revelación de Raoul como el verdadero villano de la función (un auténtico psicópata, en realidad), consigue electrificar de nuevo el relato. Lo malo es que esta decisión, que es una trampa de guión en toda regla, al mismo tiempo que inicia un segmento más oscuro y violento que el anterior, hace más visibles las debilidades anteriores. Quizás el relato hubiera necesitado un Raoul desde el principio y la tensión que aporta. La pregunta es: ¿habrían sabido mantener dos horas de película con Raoul presionando a Burnham desde un principio? Da la impresión de que estaban jugando al gato y al ratón con el espectador y no entre ellos, y de que tenían las cartas marcadas. Al menos la historia previa de Meg Altman podría haber revestido de mayor interés o haber dotado a ese personaje de algo más que del proverbial talento de Foster. O el giro que supone la brutal muerte de Junior podría haber supuesto un giro emocional más importante para el espectador. En lugar de eso, asistimos a un espectáculo de suspense de primer orden, pero gélido, que sabe dónde dar al espectador para cumplir la asignatura. Cabe destacar también la magistral banda sonora a cargo del gran ambientador Howard Shore.



La película sabe como diseccionar los miedos que plantea, esa indefensión que no puede curar el dinero ni la tecnología, era quizás única, tratándose de un director capaz de hacer regresar los temores de los siete pecados capitales a la vida de la gran urbe y haciéndonos estremecer. Pero de ese estremecimiento violento que muestra la cinta, es sólo una tangencial muestra del talento de director. Por ejemplo la magnífica secuencia de la llegada de los policías, o la del vecino con el que quieren comunicarse. Un relato de esta ambición exigía menos cálculo y más ir abriéndose de forma paulatina hasta abarcar algo más que una reflexión convencional. El talento de Fincher para el suspense ya había quedado más que probado anteriormente, así como su habilidad para la atmósfera. Pero su mundo de tinieblas particular podía haber contado con dos películas muy importantes que habrían sido su retrato de la sociedad contemporánea, con “El Juego” y “La Habitación del Pánico”. Y aunque la segunda es sensiblemente superior a la primera, todavía le faltaba su gran película en ese sentido. Cinco años después volvería a intentarlo con la que quizá es su película menos comprendida. Y es que no debe ser nada fácil ser David Fincher, e intentar firmar películas personales. Pero más allá de las ideas concretas, Fincher nos lleva de la mano a ese terreno opresivo, oscuro y claustrofóbico que tanto le gusta de un modo brillante, con recursos cinematográficos que pueden no gustar pero que juegan a favor de la historia (al tratarse de un espacio, la no fragmentación de algunas secuencias hace que el espectador conozca desde el primer momento el lugar donde va a desarrollarse la trama) y que en definitiva no tienen ni trampa ni cartón y que son la muestra evidente de la voluntad y el atrevimiento de un cineasta moderno por aportar algo en el campo de las formas cinematográficas. Una buena película de un buen director.



“Una cinta claustrofóbicamente genial”

domingo, 10 de julio de 2011

El Huevo del Ángel

Director: Mamoru Oshii
Año: 1985 País: Japón Género: Animación/Fantasía Puntaje: 07/10
Productora: Studio DEEN / MK Productions / Dr. Movie



Por donde comenzar para hablar de esta intrigante y misteriosa película, la historia de “El Huevo del Ángel” no se puede explicar solo con palabras, hay que verla para por lo menos dos o más veces para darnos una idea de lo que es la historia. Esta película deja de lado todo lo relacionado con la animación, personajes y diálogos, para enfocarse únicamente en una tremenda narrativa visual, que con un ritmo extremadamente lento, nos lleva desde lo sutil hasta lo surrealista. La trama de la película se centra sobre una pequeña niña de aspecto blanco espectral, la cual protege un enorme huevo bajo su ropa mientras vaga por las calles de una ciudad desolada y de estilo gótico, lo que llama la atención, es conocer de donde salió el huevo, como lo obtuvo y que contiene, por otro lado también tenemos a un joven guerrero que al encontrarse con la niña rápidamente se fija en el huevo, ambos comienzan a viajar juntos pese a la desconfianza que se puede percibir entre ellos. Tenemos que mencionar y destacar el trayecto narrativo de esta historia, la cual es simplemente a base de los rostros de los protagonistas, el dialogo es casi nulo y el poco que contiene se enfoca a la pregunta ¿Quién Eres?, que mutuamente se realizan la niña y el guerrero.



Dirigido por Mamoru Oshii, responsable de otra interesante película como es “Ghost in the Shell” (1995), “El Huevo del Ángel” es una obra con un marcado carácter existencial, surrealista e histórico si mencionamos que en una parte de la historia, se narran fragmentos de la Biblia, más específicos del Arca de Noé. Es por esto que todo el carácter existencial de esta obra, recae sobre el profundo significado de la historia bíblica, el cual se ve plasmado a lo largo de toda la historia, no solo en los personajes, sino también en la ambientación y en la mayoría de los simbolismos y metáforas mostrados la mayoría de las imágenes. La historia es compleja en todos los sentidos y es una obra en la cual no existe nada claro, estoy seguro que muchas de las personas que han visto esta historia se han quedado con ganas de respuestas, pero la cruda o interesante verdad, es que no existen respuestas claras a todo lo que sucede, solo algunos significados, simbolismos e imágenes que llevan a que el fanático tenga que crear su propio significado para la historia, es esto último lo que para algunos hace tan especial a esta historia y que para otros la hace ser una obra vacía, por así decirlo. Pero esta historia no sería tan atrayente sin los magníficos personajes que sustentan tan compleja historia.



La película solo se muestran dos personajes principales y muchos personajes de relleno, que en mi opinión tienen una importancia en la historia, los personajes no es un aspecto malo sino todo lo contrario ya que la narrativa de la historia solo se puede llevar a cabo con pocos personajes para poder prestarles toda la atención a los cambios en sus rostros y así darnos una idea de lo que tratan de transmitir. La cinta tiene una originalidad que se agradece ante los ojos de un cinéfilo curtido ya en demasiadas repeticiones mas de lo mismo, harto de ver lo mismo uno y otra vez sin que la cosa parece que vaya a cambiar en mucho tiempo. Ha tenido que ser un film del año 1985 para que uno pudiese disfrutar de una historia seductora, atractiva y de una gran calidad en toda ella. Una película sombría, silenciosa y con una garra electrizante en sus imágenes que recuerdan a las de un lienzo con sus diferentes paletas de colores. Una cinta recomendada a los que se atrevan a ver algo distinto, algo distante a lo normal, pero que consigue plasmar una ventana que abierta de par en par deja ver mas de lo que podría uno imaginar. Una interpretación que leí, es que el personaje masculino es una versión de Jesucristo, con la cruz a cuestas, y que quiere ayudar a que la niña se libere de las cosas materiales para que su espíritu avance y ascienda hasta la "cabeza de Dios" que sería la nave que se ve me parece a la vez absurda, desconcertante y curiosa.



El diseño de personajes es bastante peculiar, ya que solo tenemos dos personajes a lo largo de la historia y el diseño de estos es bastante distinto, por un lado la niña tiene un diseño algo tosco y el joven tiene un diseño más limpio y detallado por así decirlo, la ambientación es lo más impresionante de la película, se parece mucho a la Alemania de principios del siglo XX y no es para menos, la ambientación en tonos grises contrasta con el tremendo fatalismo que envuelve a los personajes, los edificios oscuros estilo góticos que se pierden bajo la luz de la luna, sin duda brindan una muy buena experiencia para acompañar la compleja historia. La música es otro punto fuerte de la película, como ya les he mencionado que la narrativa de la historia no incluye casi nada de dialogo esto lo compensaron muy bien con una gran música de fondo acorde a cada momento que se está viviendo, la música tiene un estilo de orquesta el cual es un gran acierto ya que va de maravilla con la ambientación generalmente obscura y que juntas dan una experiencia emocional muy fuerte. Creo que esta película de animación es de las que más me ha dejado con la cara descolocada, pero no llegué a entenderla al primer visionado y al día de hoy aun me da muchos quebraderos de cabeza (seguro que no fui la única), pero lo que no hay que negar que es un cuento, precioso y muy fantástico.



En términos generales, “El Huevo del Ángel” es una obra que no es para cualquier tipo de persona, es una obra hecha exclusivamente para un público iniciado en este tipo de obras y hasta se puede decir que es una obra hecha directamente para el publico occidental, porque quiéranlo o no, la historia está enraizada en varios pasajes bíblicos y por lo tanto es más fácil para el publico occidental comprender bajo que influencias se ha creado esta obra. Por otra parte muchas personas comentan, que aparte del carácter bíblico de la película, la historia también incluye una fuerte crítica hacia la sociedad japonesa, por la caza indiscriminada de ballenas, este hecho se mezcla con el significado del existencialismo, para darnos una sensación ambigua sobre lo que está sucediendo. Por último, solo me resta decirles a las personas que planean ver esta película, que antes de sacar conclusiones vuelvan a ver la película, se sorprenderán de las cosas que van a descubrir después de verla una segunda vez, y si no encuentran respuestas claras a cada momento de la historia, no se sientan mal, el mismo Mamoru Oshii, ha dicho que no existen respuestas concretas y que ni el mismo sabe lo que en realidad significa la historia, así que lo mejor es disfrutarla y darle el significado que cada quien guste.



“Una fantástica cinta surrealista”

miércoles, 6 de julio de 2011

Golpe al Corazón

Director: Francis Ford Coppola
Año: 1982 País: EE.UU. Género: Romance/Musical Puntaje: 8.5/10
Interpretes: Frederic Forrest, Teri Garr, Nastassja Kinski, Raúl Juliá, Rebecca de Mornay, Tom Waits, Lainie Kazan, Harry Dean Stanton y Allen Garfield



Las Vegas, Hank (Frederick Forrest) y Frannei (Teri Garr), es una pareja que está a punto de celebrar su quinto aniversario de noviazgo, pero tienen una discusión y se van cada uno por su lado, encontrándose con las dos personas de sus sueños: él se encuentra a una bella artista de circo (Nastassja Kinski) y ella a un hombre bohemio que comparte sus sueños (Raúl Juliá). Y en este punto ambos se encuentran con el terrible dilema ¿más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer? ¿Se irá ella a Bora Bora con el pianista, y él se quedará con la bella circense? En realidad la intriga y la historia, es lo de menos, aunque la película comienza con una carga de diálogo importante, lo que trasciende de "Golpe al Corazón" es la forma que tiene Coppola de contarlo. Lo que existe detrás de esta producción es la historia de un sueño y de un exorcismo. Coppola en 1982, recién salido del psiquiátrico que fue el rodaje de su magna obra “Apocalipsis Ahora” (1979), buscó darle otro sentido y dirección a su nuevo proyecto, partiendo de patrones más sencillos y menos ambiciosos en cuanto a la historia, todo ello retratado dentro del marco de un musical, con la ayuda de un guión previo que fue modificado por el director (transcurría en Chicago y no había música). No fue así en el caso de la manera de rodar y mostrar las imágenes, tomando como referencia los antiguos patrones televisivos, con cámaras rodando a la vez, todo ello en un megaestudio dividido en varios escenarios donde transcurre el relato. De todas formas, viniendo de Coppola, “Golpe al Corazón” es un filme singular y único que causa una impresión en el espectador.



La ambición visual es la nota predominante en la mente del director, y esa ambición y ese deseo de crear una historia simple le crean grandes problemas, al menos en su presupuesto, ya que en el rodaje parece que se olvidó un poco de qué quería contar y eso le pasó factura al mostrarla a los críticos. ¿Pero es “Golpe al Corazón” una mala historia? Para nada. Simple, mil veces vista pero bien narrada y con estupendos actores, lo que Coppola mostró a los críticos fue una historia incompleta y esta fue machacada sin piedad; por mucho que luego fuera completada y bien montada, su destino era el olvido en las taquillas. Centrémonos en la película “Golpe al Corazón” es una historia de amor en crisis, que busca revitalizarse en una noche loca, y dejar de vivir en la monotonía y aburrimiento. La forma que se produce este renacer es mediante la separación de la pareja, provocado por el hastío, la desgana y la falta de alicientes; donde cada uno encuentra a la persona de sus sueños y hace replantear su vida y su futuro en ese mismo instante. La intención original de Coppola era homenajear el cine musical de los años 30 y 40, creando un gran espectáculo, pero al mismo tiempo experimentando con el cine. Para conseguir este efecto de cine de otro tiempo Coppola decidió, primero, filmar en el mismo formato usado en ésas décadas. En cuanto a la manera como enfocó el musical fue única y propia de Coppola: en lugar de ser los actores los que cantaran, las canciones expresarían sentimientos de los protagonistas pero serían cantadas a modo de voz en off, expresando el interior de los personajes pero sin que éstos lo verbalicen.



Coppola, dentro de la sencillez del guión con personajes corrientes, crea magia donde la alegría impregna cada escena y los sueños pueden cumplirse. Un claro culpable de que esto suceda es Vittorio Storaro, con un trabajo fotográfico sensacional que acompaña un trabajo de cámara revolucionario, empleando técnicas innovadoras que hacen de Las Vegas un lugar de fantasía y que sin duda es el principal reclamo en esta producción. Este relato no deja de tener ciertas coincidencias con la vida del propio director. Coppola estaba atravesando una acentuada crisis matrimonial con su mujer, que finalmente vio evitar el naufragio, igual que en el filme. Además, fue Las Vegas la ciudad donde realizador y compañera habían contraído matrimonio. En este sentido, el filme aborda varios problemas conyugales, como la demora en sacar a la luz detalles insondables, los peligros de la rutina y el desgaste físico, la honestidad de una pareja o el sacrificio para mantener una relación a flote. El aspecto experimental de la cinta se centra en dos aspectos: su realización y su manera de enfocar el musical. Coppola utilizó entonces un novedoso sistema de “Video Feedback” con el que podía ver las tomas rodadas recientemente y editar la película al momento, en lugar de esperar a que el laboratorio revelase el filme. Esto le permitía trabajar y experimentar con la edición de la cinta de manera continuada. Este sistema en el cual Coppola fue un pionero ahora es estándar y es usado de manera general por todos los cineastas. La película puede tocar al espectador a través de su música y sus personajes, despertando una respuesta emocional canalizada a través de las composiciones dependiendo claro del viaje emocional que haya experimentado el espectador.



Francis Ford Coppola siempre creyó que las nuevas tecnologías eran una herramienta perfecta como vehículo expresivo del séptimo arte. Según sus propias palabras, él creía que la tecnología podía aportar una nueva dimensión en la sensibilidad de las historias narradas. Éstas debían ser explotadas puesto que eran nuevas y se desconocían sus posibilidades estéticas. Esta creencia es la que explica a la perfección la existencia de un filme como “Golpe al Corazón” dentro de su filmografía. El ingente gasto empezó con una minuciosa reconstrucción de Las Vegas en estudio, con el diseñador Dean Tavoularis en cabeza, quien logró un trabajo insuperable. La intención de Coppola, seguramente llevado por el cansancio después de las duras condiciones de rodaje que tuvo que padecer en su anterior película, era que el producto tuviera un aspecto artificioso, casi teatralizado, aunque siempre realzado con sus cánones estéticos. De hecho, el filme se abre y se cierra con la presencia de un telón, como si de una obra de teatro se tratara. Francis Ford Coppola siempre ha atendido a su corazón, tratando de superarse a sí mismo, de dar lo mejor de sí, de marcarse sus propios límites. “Golpe al Corazón” es una plasmación de todo esto. Para rodarla Coppola decidió traer sus estudios Zoetrope a Los Ángeles, tras comprar unos terrenos. Allí pensaba rodar sus películas como se hacía en los años cuarenta. Estaría todo bajo control, sin depender de las inclemencias climatológicas. Los actores y actrices serían de reparto y podrían colaborar en las siguientes películas que Coppola rodara. Todo esto se nos cuenta en los extras del DVD de más de dos horas de duración, recomiendo visionarla.



Todos los planos, composiciones y movimientos de cámara en esta película tienen una razón de ser. Todo es simbólico, todo es eternamente onírico, todo está medido. La forma en la que una escena pasa a otra sin cortar la cámara es una auténtica virguería que permite hallazgos visuales que aportan, sorprendentemente, emotividad a la historia. Historia, por cierto, narrada por una suerte de coro griego, que explica los sentimientos de los personajes. Hay, sí, un par de números musicales genuinos, con baile, música, alegría, pero lo importante de la película es que toma un tema "pequeño", sencillo y le da un envoltorio de cuento de hadas. Y Coppola emociona con ello, con escenas impresionantes como la del aeropuerto, que es una fusión cromática para la recreación de espacios y atmósferas llamativas, así como de conceptos alegóricos: el amarillo era el color de la acción, el azul era el del descanso y el dedicado al personaje de Hank, el rojo se reservaba para Frannie...Coppola también apostó por los juegos visuales con sus personajes, el montaje en paralelo para la narración evolutiva de sus dos protagonistas y el uso y abuso de largos planos secuencia. Las intenciones grandilocuentes de Coppola eran tales que cortejó a Gene Kelly, nada más y nada menos, para que se hiciera cargo de las coreografías del filme pero el mítico actor, en parte por su avanzada edad y en parte porque temía el peso de tamaña responsabilidad, declinó la oferta, por lo que fue finalmente Kenny Ortega, quien hoy se encarga de los musicales Disney, quien diseñara los pasos de baile para esta odisea. De todas formas, viniendo de Coppola, “Golpe al Corazón” es un filme singular y único que causa una impresión en el espectador, ya sea negativa o positiva, pero duradera.



Un elemento crucial que hace que el montaje sea dinámico y se cree una simbiosis perfecta entre las imágenes y la historia en “Golpe al Corazón”; es la música creada por Tom Waits y que es conjuntamente interpretada por Crystal Gayle en la cinta. En este caso no tenemos una banda sonora orquestal o uniforme, sino un conjunto de canciones originales creadas por el músico que adornan momentos oníricos que se producen entre los actores (esas luces de neón que hacen creer a Frank ver la cara de Leia en ellas y que luego es acompañado por un número musical donde la Kinski derrite los corazones de cualquier persona que la ve). Las letras tienen incidencia en la historia y siguen en paralelo las acciones de los protagonistas. Como decía antes, la sencillez bajo un manto de imaginación y creatividad. El tiempo es un juez implacable y ese tiempo le da a este filme las virtudes que siempre se debieron reflejar. Sin ser una película perfecta, “Golpe al Corazón” es un trabajo con riesgo y calidad, con escenas que encandilan por su energía y colorido. Coppola buscó limpiar su alma después de su anterior trabajo con un filme distinto, un viaje tranquilo y sin quebraderos de cabeza, que hechizara al espectador y le hiciera creer que los sueños se pueden recrear. Desgraciadamente, el público dio la espalda y el dinero invertido hizo que Coppola viviera un endeudamiento que marcó su posterior carrera. En estos tiempos de muchos musicales, a mi modo de ver, vacíos y faltos de estilo tanto visual como narrativo, Coppola nos dejó un trabajo diferente, atractivo y lleno de interés que muchos deberían descubrir.



"Una arriesgada, original y lírica película que habla de la pérdida del amor”

domingo, 3 de julio de 2011

El Elemento del Crimen

Director: Lars Von Trier
Año: 1984 País: Dinamarca Género: Thriller Puntaje: 07/10
Interpretes: Michael Elphick, Esmond Knight, MeMe Lai, Jerold Wells, Ahmed El Shenawi, Astrid Henning-Jensen y Janos Hersko



El detective Harry Fisher (Michael Elphick), quien ha estado viviendo exiliado en El Cairo, decide tomar una sesión de hipnosis para aclarar los extraños sucesos derivados de su último caso. Así comenzará a rememorar una Europa pesadillesca, llena de oscuridad y decadencia, en la que sigue el rastro de un asesino serial conocido como "el asesino de la lotería", quien suele estrangular y mutilar a chicas vendedoras de billetes de lotería. Su método de búsqueda estará basado en un libro titulado “El Elemento del Crimen”, escrito por Osborne (Esmond Knight), su antiguo mentor y quien desgraciadamente parece haber enloquecido. Hubo un tiempo en que el director danés no sabía lo que era el dogma, ni conocía la experiencia de torturar psicológicamente a las actrices durante los rodajes, ni rodaba tres minutos al año de una película que se estrenará probablemente cuando usted haya muerto, un tiempo en el que, definitivamente, tenía el ego bastante menos subido que en la actualidad. Ese tiempo pasó, pero quedaron sus primeras obras como testimonio. No quiero decir con esto que menosprecie sus últimas películas, que por lo general me gustan y a menudo demasiado. Esta sería la segunda, si tenemos en cuenta su mediometraje “Imagen de Alivio” (1982), de poco menos de una hora de duración, le sirvió como el trabajo final para sus estudios en la Escuela Danesa de Cine. Ese primer proyecto, realizado con una exquisita factura técnica, resultando una obra tan ininteligible como visualmente fascinante ya mostraba el talento del danés y en parte marcaba el camino a seguir en su primer largo.



Lars Von Trier, quiere representar en lo que se estaba convirtiendo Europa para él, un lugar en el que no se puede vivir, y que Fisher no reconoce cuando vuelve y se da cuenta de que este no era el lugar que el había dejado. El hipnotismo en el que se desarrolla la película será sin duda un tema al que el director volverá, además se demuestra la influencia de la cultura alemana. Sin duda, “El Elemento del Crimen” es una película inspirada, inspirada en otras películas que el mismo Von Trier reconoció en su día: “El Tercer Hombre” (1949), “La Jungla de Asfalto” (1950) o “Sed de Mal” (1958), son claras influencias, pero no quiso con esto dar referencias a ellas en la película, sino que se sirvió de ellas para realizar la suya. Lars tenía una idea de cómo iba a ser su película y no pensaba cambiarla por nada, no quería que su arte fuera corrompido por nada ni nadie y por eso no cambió nada a la hora de pedir subvenciones a la Danske Filmskole, la cual se le concedió y con la que pagó gran parte de lo que le había costado la película, cuatro millones y medio, lo que para una película de este tipo no era mucho dinero, pero la perfecta organización y planificación que se hizo, y la contratación de actores de televisión británicos, por el motivo del idioma (inglés) y la incomodidad que le ofrecían los actores daneses a Von Trier ya que no entendían bien los papeles y en este caso había que ir al grano. El rodaje duró siete semanas, en las que se aprovecharon escenarios como, fabricas abandonadas, cuevas, alcantarillas, edificios en construcción y antiguas fortalezas.



En esta película podemos ver ya cual era la principal preocupación de Von Trier, la forma. Toda una obsesión que le ha perseguido y todavía acarrea en la actualidad. Como si de una actividad científica se tratara, el danés no deja de experimentar con las técnicas narrativas que le concede el medio cinematográfico. Y es en este sentido, donde el director critica y rechaza el modo de contar historias que ya desde sus orígenes Hollywood desarrolló como fórmula efectiva de éxito y bajo el cual el resto de las industrias cinematográficas nacionales quedaron sometidas. Pero volviendo al filme, me veo con la necesidad de dedicarle un jugoso comentario a las técnicas de encuadre, superposición de planos, aplicación de efectos de sala, insertos, elección de la paleta de colores y algún que otro elemento más. Al contrario que ocurriría en sus películas “Dogma 95”, como “Los Idiotas” (1998), la puesta en escena está minuciosamente cuidada. La elección y composición de planos llega a rozar la belleza de las pinturas más complejas de los más grandes pintores de la historia, en particular de aquellos de índole expresionista. El juego de luces y sombras crea una verdadera agonía y asfixia que junto a la elección del color sepia para la mayor parte de la película consigue transmitir la sensación de detrimento y decadencia que quería mostrar el director danés acerca de la situación que entonces se vivía en Europa, reflejada, eso sí, desde un punto de vista dramático.



Algunos de los planos más llamativos y originales son aquellos en los que aprovecha el reflejo del agua en el suelo para mostrarnos una conversación, en este caso, entre el protagonista y su ex-profesor de la escuela de policía. El director recurre también a numerosos planos cenitales, que hacen cargar sobre los hombros de los personajes un mayor peso dramático en el desarrollo de la historia. Pero si hay que destacar un único recurso técnico sobre los demás, ese tiene su gran exponente en la escena en la que el ex-policía y profesor de Fincher le cuenta la muerte del asesino de la lotería. En ella se llegan a superponer cuatro imágenes dinámicas diferentes: el limpiaparabrisas, el coche incendiado, el narrador apoyado en la escalera y el travelling de retroceso en la habitación donde lo cuenta. Una auténtica recreación de una historia a través de un solo plano, sin necesidad de movimientos de cámaras, de cambios temporales, ni espaciales, pues sobre todas esas imágenes se impone la del anciano contando la historia. Toda una obra de arte fruto del ingenio de este extravagante cineasta. Otro elemento a destacar es la inserción de efectos de sala, de sonidos que dramatizan más si cabe las escenas que se desarrollan en el filme, como cuando unas jóvenes vendedoras golpean el cristal queriendo salir y escapar. No podemos tampoco olvidarnos de los cortes entre planos, basados en elecciones sesudas y originales. Me refiero a la cantidad de elementos que se aprovechan para pasar de un plano a otro: el coche de juguete pasa a ser el coche del policía, el fuego de la foto pasa a ser el de la cacerola, etc.



Pero no todo en esta película es extraordinario y brillante. El guión parece perderse en algunos diálogos incoherentes, que no parecen aportar nada al argumento, al igual que la omnipresencia de las ambigüedades formales, temporales y causales. Tampoco aportan solidez a la coherencia de la película las numerosas metáforas y simbolismos, que más que acercarnos a la comprensión sencilla de la trama, nos llevan a lo poético y ambiguo. Quizá y es muy probable, que ésta fuera la pretensión del director, no mostrar todo evidente y artificial como Hollywood. Pero se ha inclinado al otro extremo que representa el arte conductista. En cuanto a la estructura narrativa, Von Trier se apoya en la excusa de que el protagonista le cuenta su problema a un psicoanalista (reflejo del espectador) y bajo esa justificación introduce un relato enmarcado en una atmósfera de incoherencia (en algunos casos) amparándose en que se trata de una historia recordada, por lo tanto susceptible de tener momentos incomprensibles. Lo social no queda fuera de la película aunque algunos piensen lo contrario. La pobreza material y moral en la que viven todos los personajes queda manifiesta en repetidas ocasiones. Además, en la obra se nos muestra un tipo de prostitución a la orden del día, la explotación de la inmigración como objeto sexual para todos aquellos que se encuentran en una situación económica más favorable. Fisher llegará hasta Kim, una prostituta oriental que se ha hecho relativamente rica, en su proceso de identificación con el asesino. Este encuentro mostrará en qué situación se encuentran algunas prostitutas.



Se trata de una película desconcertante, brillante y siniestra. Yo diría que las tres primeras películas de Lars Von Trier fueron una especie de entrenamiento para lo que sería luego su estilo particular de hacer cine, además fue su gran comienzo en el mundo cinematográfico, es una película que impacta por sus escenarios, sus diálogos y su imagen. Sus escenarios aparecen como una Europa podrida por el hombre, diálogos basados en la destrucción del alma del hombre y la imagen de la cinta es espectacular. Pero lo más impactante es el final, unos finales en los que te dejará un tiempo pensando el por qué. La película fue presentada en Cannes donde recibió un premio por su contribución técnica, un premio que cualquier director con su primera película hubiese celebrado, pero que un director como Lars Von Trier no acogió con agrado, el pretendía la Palma de Oro y sin esconder su contrariedad, declaró que la película había sufrido una conspiración, ganándose odios que duran hasta el tiempo actual, pero esta conspiración, no a ciencia cierta, parecen que fueron reales y que el danés nunca perdonará. Tras ganar varios premios nacionales en Dinamarca y no ser muy bien acogida en Francia, Von Trier necesitaba otro proyecto, algo que no tenía muy claro, aunque lo único que sabía era que “El Elemento del Crimen” era la primera de una trilogía sobre Europa. Por todo ello, hay que quitarse el sombrero y reconocer el gran valor formal de la obra y su aportación a la manera de concebir el cine, a pesar de la incongruencia de los elementos temporales, espaciales y causales del filme.



“El colosal debut de uno de los directores más polémicos del cine actual”