domingo, 18 de diciembre de 2011

Érase Una Vez en América

Director: Sergio Leone
Año: 1984 País: EE.UU. Género: Drama/Gangster Puntaje: 10/10
Interpretes: Robert De Niro, James Woods, Elizabeth McGovern, Tuesday Weld, William Forsythe, Treat Williams, Jennifer Connelly, Burt Young, Joe Pesci, Danny Aiello, Clem Caserta y James Russo



Nueva York, principios del siglo XX. Noodles Aaronson (Robert De Niro) es un pandillero callejero que junto con otros chicos del barrio judío se dedican a asaltar y hacer fechorías, pero cuando conoce a Max Bercovicz (James Woods), se forma una fuerte amistad que los convierte en una banda poderosa, en un enfrentamiento con pandillas rivales Noodles es atrapado y enviado a la prisión durante 12 años, al salir lo recibe Max, quien han montado gracias a La Ley Seca una lucrativa organización que se mueve bajo las órdenes de poderosos mafiosos, pero uno de los últimos golpes no ha salido como debía, y con la excepción de Noodles el resto ha sido acribillado, tras huir y esconderse en otras ciudades durante 35 años, Noodles ha recibido una misteriosa invitación para regresar a Nueva York y al volver, encontrará que los fantasmas del pasado aún están vivos y esperan para acosarlo en cada esquina de su viejo barrio; Qué decir de este filme que aún no se haya dicho. Recibió desde atrocidades hasta elogios inmensurables; esta fue la cara mediática que obtuvo en la época de su estreno. Cannes respondió con 15 minutos de aplausos ininterrumpidos y algunos críticos la nombraron el peor filme de 1984. ¿Qué raro, no? A mi entender es una de las grandes epopeyas del cine moderno, con Sergio Leone detrás de cámaras y un elenco irremediablemente exquisito. La obra póstuma de Leone se creo para hacer historia en el séptimo arte, no solo por su origen, el cual se remonta a los primeros años que formaron la década de los 70, sino por su voluntad de recrear y explicar unos acontecimientos pasados en forma de elegía épica, estando planteada y rodada no con las formas estéticas propias que imperaban en aquellos años sino con los cánones propios de su principal artífice, Sergio Leone, un cineasta que durante tres décadas se mantuvo fiel a unos principios muy arraigados en torno a su concepción del cine. Tuvo un costo de 20 millones que luego se extendió por obvias razones, que para la década de su realización era un precio más que estimable para un director respetable; sobre todo por la libertad con la que lo dejaron trabajar y con la cual finalizo su carrera, dejándonos un gran testamento fílmico.


Además es el último capítulo de su trilogía sobre el origen de América formada por “Érase Una Vez en el Oeste” (1968) y “Agáchate Tonto” (1971), “Érase Una Vez en América” supone el último y más grandioso acto de una colosal obra que a pesar de haber sido rodada y montada en tres décadas distintas y tratar acerca de momentos puntuales de diferentes épocas sobre una misma nación, constituye una obra autónoma y conjunta dividida en tres capítulos englobados por cada segmento de tiempo, que se retroalimentan el uno al otro y que poseen el acabado de ser complementarios los unos de los otros. Así pues, la presente película se erige en un monumental fresco acerca de cuatro décadas distintas durante el nacimiento del siglo XX concretizados en la ciudad de Nueva York, el símbolo de la América (Y en consecuencia, del mundo) moderna y civilizada en contraste con los grandes espacios del primitivo Monument Valley de “Érase Una Vez en el Oeste” o de la frontera Mexicana de “Agáchate Tonto” y tomando como motor de la historia a dos jóvenes perdedores y rufianes líderes de una banda de delincuentes callejeros de origen judío a través de sus andanzas, su ascensión, su gloria, su caída, sus amistades y deslealtades mientras son testigos del cambio de una civilización que está en una expansión y progreso constante. Debido a su origen humilde y a sus trapicheos con la mafia más la posterior carrera delictiva que acusarán, Leone permite adentrarnos en el mundo más pobre, en la América que realmente fue forjada en las calles como rezaba la frase promocional de “Pandillas de Nueva York” y que a diferencia de la cinta de Martin Scorsese, la película del cineasta italiano se centra en unas situaciones lo más intimistas posibles dentro de las vidas de los personajes para así abarcar y generalizar lo más posible a modo de ofrecer una reconstrucción lo más fidedigna posible pasando eso sí por el filtro de la épica y la fábula jugando con la pretendida ficción de la historia, frente al realismo descarnado y buscado de los acontecimientos narrados por el director de “Taxi Driver” (1976).


Frente a un acercamiento más simplista que sin profundizar demasiado dentro de la obra de Sergio Leone, fácilmente englobaría este último capítulo dentro de las películas acerca de la mafia, Leone la trata y la muestra más como una consecuencia inevitable del destino trágico de sus protagonistas que como el motor de la acción en sí. Éste es sin duda el único punto en el que convergen el largometraje y la saga de los Corleone de Coppola con la que tanto se le ha comparado. Del mismo modo que películas como “Buenos Muchachos” (1990) o “De Paseo por la Muerte“ (1990) también han sido comparadas con ella, el largometraje de Leone no es una reconstrucción de las costumbres y vida de ciertos tipos de mafia que imperaban en la época que trata. El conflicto mafioso está observado desde un punto de vista totalmente secundario puesto que aunque es importante el mostrar como la banda de Max y Noodles atracan, roban y asesinan, Leone se preocupa más en mostrar las interrelaciones entre ellos y sus momentos de ocio, o sobretodo retratar la vida cotidiana una vez que han alcanzado el poder. Mientras que Max es el único que consigue llevar una vida acorde con la nueva clase social a la que pertenecen y se adapta sin ningún problema, Noodles busca consuelo en los fumaderos chinos de opio. La mafia dentro de “Érase Una Vez en América” no es más que una consecuencia lógica de la situación político-económico-social de la época que se erige en la única consecución posible dentro del destino de estos personajes perdedores sin remisión, un aspecto sobre la cual le debe mucho “Donnie Brasco” (1997), para los cuales la mafia es el único camino posible dentro de un tiempo donde estaban bien vistos los gangsters y su estilo de vida, por desgracia tan habitual y que tan bien retrató en los años 30 y 40 las películas de la Warner con James Cagney de protagonista y Bogart de antagonista. En su momento “Érase Una Vez en América” fue despreciada por la crítica, la razón fundamental es que hubieron dos cortes, la visión del director de 227 minutos, y la estrenada y editada por los distribuidores americanos, de tan solo 144 minutos y que masacra la lamentablemente la continuidad de la historia. Y como suele suceder, los críticos que en su momento la apedrearon, después la elevarían hasta el título de obra maestra.



En “Érase Una Vez en América” Sergio Leone no busca tanto como reconstruir el cine de gangsters que acabo de comentar, sino trata de como materializar las huellas que el cine, la música y la literatura Americana inculcaron en él. En declaraciones del propio Leone: “Ésta película supone para mi una dolorosa venganza. La hice para sacarme todo lo que América me había metido en la cabeza”. A través de la figura de los dos rufianes de pacotilla que suponen los dos protagonistas, Leone expone su propia reflexión acerca del paso del tiempo, la pérdida de las ilusiones y por tanto de la inocencia y el precio de la amistad. Para ello, el cineasta italiano reproduce el ritmo narrativo utilizado en “Érase Una Vez en el Oeste”, la cadencia que viene determinada por la medidísima composición y duración de cada plano, sobretodo en la armonía entre movimientos de cámara y la expresión corporal de los actores que matiza hacia la segunda parte de la película en un bellísimo anti-crescendo que suprime la violencia física de la primera parte y valora poéticamente el relieve dramático de la serenidad. Otra técnica magistralmente utilizada en torno a la puesta en escena es la utilización dramática del sonido. Por una parte el sonido del teléfono como noticia fatal que retumba en los oídos de Noodles y por extensión en los del espectador al aguantar el efecto durante un buen rato, y por otra parte la calculada utilización del silencio como elemento dramático que paraliza la acción viniendo dado por la clara influencia que el cine japonés ejerció en Leone. Mención especial merece la discontinuidad narrativa que permite seguir la historia a través de sus tres momentos puntuales, la adolescencia en 1922, la madurez en 1933 y la vejez en 1968.



La película incluso llega a plantear cierto homoerotismo entre los dos amigos, especialmente acerca de los sentimientos de Max hacia Noodles. El personaje de James Woods, aparte de tener problemas “de virilidad” cuando tiene que acostarse con mujeres, siente celos y un oculto deseo de conseguir todo aquello que Noodles ama o posee en un momento dado. De ahí proviene precisamente toda la fuerza del anticlímax final del filme, donde Leone, acertadamente, envuelve todo este contenido sentimental con una puesta en escena casi onírica, que descoloca al espectador al mismo tiempo que le emociona al nivel más básico, y que deja en la cabeza un mar de dudas sobre lo que ha visto, sin que por ello se pierda la sensación de haber contemplado una conclusión satisfactoria. La fantástica fotografía de Tonino Delli Colli diferenciando las propiedades cromáticas de cada época, unida una nueva colaboración entre el director y la banda sonora de Ennio Morricone, compositor de una partitura muy matizada utilizando los instrumentos acertados que reflejan bien los barrios bajos, coronado por la principal melodía que acompaña a los protagonistas o la versión de “Amapola” que acompañará cada encuentro entre Max y su amada Deborah, ya sea cuando él la observa bailar cuando es niño que es además una de las mejores secuencias de la película (además se puede apreciar toda la belleza de una jovencísima Jennifer Connelly), que es la anterior a su violación por parte de Noodles, aquella en la que le lleva a una cena de ensueño. En el apartado interpretativo, De Niro, actor que interpretó como nadie la cara oscura y autodestructiva del ser humano medio, explota aquí hasta el extremo su otro registro característico, el del superviviente que añora de alguna manera todo lo que ha perdido por el camino. Pocos actores tienen una mirada melancólica capaz de decir tanto como la de De Niro, y Leone lo sabía. El director italiano, que ya había teñido de una melancolía similar a sus dos anteriores obras, dio una nueva vuelta de tuerca a esa emoción primaria gracias al elaborado montaje, donde el juego de miradas que ofrece el protagonista de “Toro Salvaje” (1980) sirve para introducir al espectador en su punto de vista como ninguna otra película lo había hecho.



Si De Niro está perfecto como ese Noodles que siente las cosas de manera pura y primaria, casi como si fuese un niño eterno, James Woods no le va a la zaga como el gangster ambicioso y calculador que resulta ser Max, tan opuesto a su amigo en su visión de la vida como complementario a nivel de carácter. Ellos dos mantienen una relación de amistad y amor tan fuerte, que ni siquiera el gran amor platónico de Noodles por Deborah (Elizabeth McGovern), puede penetrar tan profundamente en su corazón. Tanto Robert De niro como James Woods componen unas intensas interpretaciones, que vienen complementadas por un plantel de actores muy bien encauzados y dirigidos que elevan el largometraje y lo levantan a través de su larguísima duración. “Érase Una Vez en América” es poesía de principio a fin, la historia se entreteje con maestría asombrosa, además es una película que deben ver, no sólo los amantes del séptimo arte, sino todas las nuevas generaciones que desconocen lo que es el verdadero buen cine, en detrimento de la mediocridad de la que hace gala la meca del cine en nuestros días, donde la falta de originalidad, la poca imaginación y, sobre todo, la falta del lenguaje poético escasea casi en su totalidad en las actuales carteleras cinematográficas. Creo que pocas películas consiguen lo que esta: una perfecta conexión espectador-personajes, un interés total por la historia, una sensación única, admirable, casi orgásmica. Se convierte casi sin quererlo en una total obra maestra que mereció ser reconocida en su tiempo, en resumidas cuentas es un filme repleto de ternura, tristeza y hermosura, que parece varias películas en una sola, pues el amor es tan protagonista como el mensaje sobre la amistad que transmite, así como los negocios y el crimen organizado van por encima de todos los valores anteriores. “Érase Una Vez en América” supone la película más pesimista de su creador, el largometraje no es más que la derrota a todos los niveles de un personaje que creyó estar por encima de ese destino que nos marca desde un principio, un destino que le auguraba una existencia mediocre y que de nuevo el otro punto en común con la trilogía de Coppola ya que al igual que Michael Corleone, Noodles lucha y lucha en contra de su destino para acabar sucumbiendo ante él. Una de mis obras maestras preferidas. Imperdible.



“Sublime obra maestra”

1 comentario:

  1. Tremenda e imprescindible película. Simplemente es la vida contada con calma y tranquilidad, aderezada con buena música y con estampas inolvidables. La palabra clave para definir este filme es belleza. Cada una de las escenas y acontecimientos que se suceden en la vida de los protagonistas se van alternando con escenas del presente, donde se puede ver con la perspectiva que da el tiempo, los errores cometidos, los buenos momentos pasados, y en definitiva la añoranza de lo que pasó y nunca volverá.

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