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miércoles, 25 de mayo de 2011

El Cisne Negro

Director: Darren Aronofsky
Año: 2010 País: EE.UU. Género: Drama Psicológico Puntaje: 10/10
Interpretes: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel, Winona Ryder, Barbara Hershey, Christopher Gartin y Sebastian Stan



Nina Sayers (Natalie Portman), es una brillante bailarina que forma parte de una compañía de ballet de Nueva York, vive completamente absorbida por la danza, la presión de su controladora madre (Barbara Hershey), la rivalidad con su compañera Lily (Mila Kunis) y las exigencias del director de la compañía (Vincent Cassel). Esas presiones se irán incrementando a medida que se acerca el día del estreno de “El Lago de los cisnes”, esto provocara en Nina un agotamiento nervioso y una confusión mental que la incapacitan para distinguir entre realidad y ficción. Darren Aronofsky realiza una cinta muy cerrada, opresiva, que se desarrolla en tres o cuatro escenarios y apenas presenta personajes. La trama, al mismo tiempo, es igual de limitada, pues cuenta con un único hilo argumental y es muy sencilla, casi básica. Pero, partiendo de estos escasos elementos, argumentales o físicos, el director lleva la historia mucho más allá, elevándola en niveles de profundidad, es decir, verticalmente en lugar de horizontalmente. Utilizando todos los recursos del terror tradicional, como los sustos de sonido, las apariciones o visiones repentinas, las confusiones… Aronofsky crea numerosas situaciones de miedo que, unidas a la interpretación y marco dramáticos del resto del filme, pueden parecer fuera de tono. La película está en el límite y con un golpecito hacia un lado, podría desequilibrarse y resultar grotesca o ridícula. Sin embargo, la elegancia de la fotografía, ambientación y vestuario de “El Cisne Negro” consigue que todo sea tomado con la seriedad que requiere para que no se salga de esa angustia y esa desesperación que llevan, en ocasiones, al estremecimiento.



Nos encontramos ante un filme de terror psicológico, uno de los géneros que recibo con mayor agrado, pero en el que resulta más difícil hallar productos capaces de retratar con credibilidad la mente enferma, sus causas y consecuencias. El abultado equipo de guionistas ha realizado un excelente trabajo al haber sido capaz, no solo de retratar la locura y contagiar la desesperación, sino también de explotar al máximo las posibilidades, pero sin llegar a pasarse, a pesar de que, como digo, se encontraban cerca de la línea divisoria. Lo curioso es que, si se buscasen referentes para este filme, podrían hallarse en géneros muy dispares de la historia del cine. Podríamos mencionar “Eva al Desnudo” (1950), tanto como se podría suscitar “Carrie” (1976), especialmente por la relación de la protagonista con su madre, una excelente Barbara Hershey, que produce más terror que los espejismos de Nina. Pero las verdaderas referencias se encontrarían en un cine de terror psicológico más europeo, como “Repulsión” (1965) de Roman Polanski y otras cintas de semejante acercamiento a la locura. Si esta educación restrictiva que la ha convertido a la protagonista casi en una frígida inhumana, sin capacidad para vivir, fuese el único sustento argumental de “El Cisne Negro”, nos encontraríamos con una cinta más sobre un tema ya muy visto. No obstante, en este caso es solo un complemento a todo lo demás y, para ser únicamente un aspecto secundario, está estudiado con equivalente acierto. Se lleva más allá esta exploración al hablar de interpretaciones que aquí se aplican a la danza, pero que valdrían igualmente para el cine, el teatro y la televisión. “El Cisne Negro” nos habla de lo que debe sacrificar un intérprete para encarnar un papel. Dejar salir el lado negativo porque el guion lo exige puede ser una forma de abrir una caja de Pandora que era mejor que permaneciese bajo siete llaves.



El guión es realmente inteligente juega en dos actos, primero nos presenta un arco de blancura en un comportamiento dulce casi dócil del cisne protagónico pasando paulatinamente a convertirse en cisne negro, esta transformación esta magistralmente realizada por Aronofsky, que es uno de los mejores exponentes de la condición humana, es un empírico psiquiatra del alma que funciona en todos sus trabajos en un constante acercamiento a nuestros miedos. Sabiendo que la cinta toma “El Lago de los Cisnes” como referente ¿La obra de Tchaikovsky tendrá la misma historia que plantea Aronofsky?, pues si, en ella encontramos una personalidad pulcra y luminosa en busca del amor; y otra, pasional y desatada que se lo arrebata. Mecánicamente tenemos a una de ellas encarnada en Natalie Portman y a la otra en Mila Kunis, ambas, como todas las bailarinas de la película, en busca de la interpretación perfecta. ¿La perfección es posible? Aronosfky, sin embargo, pone su toque y la película se convierte en una lucha entre las pasiones más bajas del ser humano peleando en contra de la opresión de la razón y lo consiente. El “Ello” enfrentado al “Super Yo” para acomodar todo en los términos del mismo Sigmund Freud. La película asombra, sobre todo, la cámara empeñada en seguir los pasos de ballet de la misma manera que seguía los vuelos y las maromas de la lucha libre en la anterior cinta de Aronofsky “El Luchador” (2008). Sorprende también que de la misma manera que seguíamos a Randy Robinson en los pasillos que lo llevaban al ring, su única pasión, en “El Cisne Negro” estemos también permanentemente atados a la espalda de la bailarina, aunque ahora, sabiendo que oprime su pasión, los pasillos se convierten en un laberinto en el que ella busca el elemento faltante para la perfección. La contradicción del ser humano.



Efectivamente. La cámara se repite casi mecánicamente de una película a la otra, pero desde la utilización de los colores hasta la duración de los planos (que aquí se extienden mucho más), pasamos de la historia de un hombre que sobrevive o mal vive asido a lo único que le ha dado algo de dirección, la lucha libre, al repaso de las pasiones de una bailarina, reprimidas en busca de algo que nunca le ha pertenecido al ser humano, la perfección. Es por ello que, desde el enfrentamiento obvio entre el cisne blanco y el cisne negro, llegue una metáfora igualmente conocida pero mucho más efectiva para el final que busca el señor Aronofsky. Todo el tiempo, a cada momento, el cisne blanco que es Natalie Portman ve con desesperación cómo la sangre, su sangre, quiere abrirse paso en su cuerpo: heridas, raspones, cicatrices y eventualmente cosas más graves, manifiestan poco a poco el deseo reprimido. La sangre es roja, la pasión es sangre, la sangre es sexo que también es rojo y desde el primer contacto que tenemos con ese cisne blanco, sabemos que no todo está bien en esa cabeza cuando de esas palabras se trata. La escenografía y el vestuario, como toda buena propuesta fundada en el expresionismo, refuerzan esta sensación: los pasillos de color neutro en “El Luchador” aquí se vuelven grises, apagados, no tienen luz. Los trajes que allá relucían de colores acá llegan casi al blanco y negro, opacando incluso el brillo añadido de los adornos. La casa del luchador, estrecha y modesta se convierte en un laberinto sin salida con un cancerbero desquiciado al que la hija única en edad de ya no vivir ahí (aparece Freud de nuevo) padece con temor inexplicable. Las ropas se destiñen y se rasgan minuto a minuto.


Y encima está el color rojo. El director del ballet pide pasión y el rojo aparece poco a poco hasta que grita por desatarse en una lluvia que bien podríamos llamar sangrienta: empezamos con el lápiz labial, en él el rojo se encierra para soltar las dosis necesarias; pasamos a las venas y las arterias que emiten un pulso que no puede ser apagado y que a fuerza de ser ignorado explota en marcas y estigmas que nos colocan en el territorio del cine de terror. El rojo que Nina oprime y reprime es ese deseo ignorado; no hay improvisación, no hay disfrute, no hay violencia, no hay deseo... pero en el fondo sabemos que no es cierto, que está ahí y que saldrá, cueste lo que cueste. Sabemos que la perfección es completamente ajena al ser humano y sabemos que muchos seres humanos la buscan con desesperación. Sabemos que el ser humano completo debe conocer sus impulsos “negativos” y los “positivos” (eso de los maniqueísmos debería estar ya superado). Entendemos que unos complementan a otros, pero el cambio de tono hacia el final de El cisne negro desconcierta, especialmente cuando durante su desarrollo habíamos jugado con violencia, sexo, esquizofrenia, desorientación, con el color rojo en todas sus gamas. El machaque mental de Aronofsky es agresivo pero sutil más que nunca, en “El Cisne Negro” es el maestro del mobiliario psicológico. Ordena y desordena, ilumina y oscurece, todo para crear algo más que un ambiente, algo más que una sensación. Porque si a ese escenario sube a Natalie Portman, pasará mucho tiempo hasta que después de ver la película dejes de ver su rostro, puro arte interpretativo. Cisne Negro es una historia en la que los opuestos se atraen, la oscuridad echa el pulso a la luz, la lágrima torna a sangre, el romanticismo se descompone y el terror se viste de gala.



Reflexionar sobre este maravilloso arte, que es el ballet, siempre nos imaginamos una escena en la cual se pueden apreciar a puras mujeres, bellas todas, delgadas, que bailan al compás de la música clásica, ejecutando a su vez movimientos absolutamente perfectos y carentes de soltura. Esto definitivamente no sucede en esta película, acá vemos la realidad y el sufrimiento de una bailarina, es por eso que “El Cisne negro” es una cinta de que tiene una protagonista absoluta. Contamos con un único punto de vista, el de Nina o Natalie Portman, quien sostiene el filme, espléndida en todas las facetas de su personaje y sorprendente en su transformación. El esfuerzo de la actriz por encarnar el papel más rico y complicado al que se ha enfrentado se ve más que recompensado. Los premios que ya ha obtenido, sin duda son merecidos. Los demás personajes sirven cada uno un propósito diferente dentro de la involución que va sufriendo la reina cisne. En este sentido, el más interesante lo encarna Mila Kunis, quien sorprende con una brillantísima interpretación, que funciona en ocasiones de contrapunto y en otras de “alter ego” de la principal. Vincent Cassel está perfecto en un enigmático personaje que acarrea la función de catalizador para desencadenar todo el fuego que Nina llevaba dentro: él es la motivación para que ella sufra su metamorfosis. Winona Ryder supone ese futuro al que la protagonista odiaría acercarse… y así el resto de los personajes que, perfectamente, podrían vivir en la mente confusa de Nina. “El Cisne Negro” no es una cinta de terror al uso, ni diría que es de este género, es más un drama con todas de la ley, pero el cual esta envuelto en una fabula fantástica con algún elemento esporádico de terror, que va creciendo a medida que la historia entra en una sordidez y psicosis total. Es sin lugar a dudas la película más conseguida de su director. Tanto en su aspecto visual, de una gran belleza, exquisita y portentosa.



"Trágica pero bella a la vez, obra maestra"

miércoles, 27 de octubre de 2010

Toro Salvaje

Director: Martin Scorsese
Año: 1980 País: EE.UU. Género: Biopic/Drama Puntaje: 10/10
Interpretes: Robert De Niro, Joe Pesci, Cathy Moriarty, Frank Vincent, Nicholas Colasanto, Theresa Saldana, Mario Gallo y John Turturro

Tras un período oscuro en la vida de Martin Scorsese, dominado por la enfermedad y el vicio (crisis por agotamiento mental y físico, agraviada por el asma que padecía y por algún que otro exceso con las drogas), Scorsese emprendió el que sería el proyecto que lo catapultaría definitivamente como uno de los mejores directores americanos de los últimos tiempos. Animado fervientemente por un Robert de Niro que veía en “Toro Salvaje” una oportunidad de oro para explotar al máximo sus cualidades interpretativas. La trama le la cinta se centra en Jake La Motta (Robert De Niro) un joven boxeador que entrena duramente, ayudado por su hermano y manager Joey (Un maravilloso Joe Pesci), para convertirse en el número uno de los pesos medios. Pero sus complejos psicológicos y sexuales le llevan a manifestar su agresividad tanto dentro como fuera del ring. En medio de esta tormenta interior se encuentra su hermano, convertido en víctima de la enfermiza paranoia y los celos de Jake. Pronto consigue ver hecho realidad tan ansiado sueño, pero el triunfo y el éxito convierten su vida en una pesadilla. Por un lado, su matrimonio cada vez marcha peor debido a sus salidas nocturnas con otras mujeres; por otro, la mafia le presiona para que amañe algunos combates. La cinta contó con un guión férreo que finalmente elaboró nada menos que Paul Schrader, Scorsese vio en esta realización la oportunidad de volver a demostrar su valía, pese a haber caído en un pozo profundo del que otros seguramente nunca hubieran salido.

La historia está basada en el libro que sobre la vida del boxeador Jake La Motta que escribieron Joseph Carter y Peter Savage. El guión que finalmente escribiría Schrader (después de haber pasado por las manos y la pluma de Mardik Martin) trataba de huir de la visión suavizada que Carter y Savage habían elaborado sobre una figura que, bien se sabe, no se caracterizaba precisamente por su carácter angelical y ejemplar. En el guión de Schrader, la figura de La Motta aparece como un personaje débil, pese a su fuerza, crueldad y violencia. La Motta es un ser inseguro de sí mismo, y por este motivo es del todo “scorsesiano”. El sentido de culpabilidad, de autocastigo y de penitencia personal impuesta por los errores cometidos, lo resuelve Jake en el ring. Éste es el único lugar donde La Motta puede descargar sus rabias y pagar sus deudas para consigo mismo. Así, los combates se convierten en realidad en enfrentamientos de Jake con su propio yo. La Motta se odia a sí mismo, o al menos se castiga no aceptando una personalidad falta de seguridad y de amor propio. Joey le describe como una persona introvertida y difícil de tratar, que siempre hace lo que quiere y cuando quiere, pero lo cierto es que Jake se hunde en la nada cuando le faltan las personas que ama, o mejor dicho, la única persona a quien él verdaderamente quiere, su hermano. Joey le conoce, ante él no puede ocultar nada, y por eso le necesita, pues con él se siente seguro, y sólo en él confía. Su hermano le protege y aleja del fantasma de su voz interior que constantemente le recrimina sus acciones.

El personaje de Vicky (Cathy Moriarty), la mujer de Jake, actúa como otra de las causas generadoras de su debilidad. Ella, siempre altiva y distante, mucho más fuerte que él, aparece como una especie de femme fatale en la vida de Jake, pues por ella perderá a su hermano, aunque de hecho sea sólo la imaginación de Jake la que, demasiado suspicazmente, crea que ella le engaña. Rodada en un espléndido blanco y negro, pese a las reticencias iniciales del mismo Scorsese, que por aquella época estaba realizando paradójicamente una campaña en favor de la mejor conservación de las películas en color, “Toro Salvaje” puede ser considerada sin dudarlo como una de las pocas obras de la historia del cine que más ha revolucionado la utilización del lenguaje audiovisual. Colaborando de nuevo con su montadora Thelma Shoonmaker, Scorsese demostró con este filme no sólo su perfecto conocimiento y utilización de los recursos visuales y sonoros que el medio ponía a su alcance, sino que además dio una lección inolvidable de innovación formal sin precedentes. Scorsese decidió hacer una película sobre boxeo cuando este tema estaba bastante en boga en el mundo del cine “Rocky II” (1973) y la sensiblera “Campeón” (1979) de Zeffirelli estaban arrasando en taquilla), pero él decidió tratar el tema de una manera que nada tenía que ver con las producciones anteriores. Scorsese decidió introducir la cámara en el mismo centro de la lucha. Lejos de la visión habitual del ring desde fuera de las cuerdas, el director acercó la cámara a los personajes, utilizando a menudo el plano subjetivo y un ritmo aceleradísimo de planos muy cerrados que enfatizaban la violencia de una manera terriblemente cruel.

Los momentos más brutales son montados con un ritmo externo trepidante y con movimientos de cámara bruscos, contrastaban con la ralentización de imágenes, utilizada siempre para mostrar la percepción subjetiva del personaje. Esta ralentización, que aparece en todos los planos en los que Jake observa su entorno de manera reflexiva, como cuando ve por vez primera a Vicky en la piscina, o cuando observa sus movimientos y sus conversaciones con los mafiosos, también es usada para enfatizar el dolor y pérdida de contacto con la realidad exterior que Jake vive en el ring. La última pelea mostrada, en la que Jake se dejará castigar como si de una penitencia se tratase, para purgar la culpa por la pérdida de su hermano, es de una violencia aún más salvaje por el formal de las imágenes. La sangre salpicando al jurado, la repetición estilizado ralentizada de los golpes y los flashes de los fotógrafos inmiscuyéndose en la bochornosa derrota de Jake, conforman una escena que por su estilo visual ha pasado a la historia del cine como una de las más bellas y a la vez más violentas jamás filmadas. “Toro Salvaje” supondría un punto de inflexión en la carrera del director. Sus búsquedas formales anteriores, más de acuerdo con una utilización de los recursos ópticos y de montaje apropiados a su visión de las cosas, se convertirán a partir de este filme en una reinvención formal de estos recursos, recreando a su manera un lenguaje visual envidiado por sucesivos realizadores. Scorsese se entromete en el espacio de los personajes y se acerca a ellos de una manera atrevida y sin contemplaciones, acompañándoles por todos los rincones y siguiendo sus pasos como en el plano secuencia de acompañamiento, rodado con steady-cam, de Jake, antes de que destroce literalmente la cara de un rival que a su mujer le resulta atractivo.

El tiempo cinematográfico es también bien utilizado por el director. La película narra la historia de La Motta durante más de quince años, y para ello Scorsese decide condensar los hechos dando protagonismo absoluto a los combates, y dejando ver la progresión de su vida personal intercalada entre ellos, como pinceladas de adorno a una vida que encuentra su verdadera explicación existencial en el ring. Como muestra, uno de los mejores ejemplos de montaje elíptico jamás rodado, el que resume la carrera ascendente del boxeador hasta el éxito intercalando imágenes congeladas y ralentizadas de las peleas, rodadas en el mismo blanco y negro estilizado y perfecto de todo el filme, con otras imágenes en color que sintetizan los hechos acaecidos en su vida personal: su matrimonio con Vicky, la boda de su hermano, el nacimiento de los hijos, etc. El tratamiento documental (emulando la textura de las películas familiares amateurs en 8mm) que Scorsese da a estas imágenes en color, junto a la expresividad de la música de Pietro Mascagni, “leit motiv” sonoro que se repetirá en diversos pasajes a lo largo del filme, y los títulos que fechan las peleas, conforma una secuencia perfecta de una carga expresiva y emotiva pocas veces igualada. Pero para explicar mejor el fondo real de esta película, nadie mejor que Scorsese: “Es realmente la historia directa, simple, casi lineal de un tipo que llega a algo, que lo pierde todo y que luego se recupera. Pero se recupera espiritualmente. No lo logra físicamente, materialmente, sino a través de algo que alcanza en su interior. Lo que me fascina a este respecto es ver cómo un boxeador se sitúa, en cierta forma, a un superior nivel espiritual. Él funciona a un nivel primitivo, casi animal. Y es quizá porque se sitúa a este nivel animal que él está más próximo del propio espíritu. Lo que quiere decir que probablemente los animales están más cerca de Dios de lo que lo estamos nosotros”.

Con total seguridad, al menos para quien firma estas líneas, “Toro Salvaje” es el mejor filme de Scorsese desde “Taxi Driver”. Estas dos cumbres de su carrera fueron protagonizadas por un De Niro indescriptible lleno de energía y talento (muy diferente al de ahora mismo) también cabe destacar a Schrader en el guión, pero esta cinta también fue fundamental para su director, porque Scorsese recuperó la fe en sí mismo, y aunque fue una etapa muy dura para él, consiguió salir más fuerte y más sabio. “Toro Salvaje” fue nominada a ocho Oscar, y aunque se alzó, de manera incontestable, con el de mejor actor y mejor montaje, perdió en la categoría principal frente a la muy inferior “Gente Como Uno” de Robert Redford, que también venció nada menos que a “El Hombre Elefante” de David Lynch y “Tess” de Roman Polanski, en un disparate difícil de asimilar. Poco importa, en definitiva, como poco importa su casi nula repercusión en taquilla en la época, porque “Toro salvaje” queda como uno de los más estremecedores relatos que se conocen acerca de la soledad y la autodestrucción. “Toro Salvaje” es una historia triste, terriblemente amarga, sobre la figura de un hombre vencido por su propia inseguridad. Es otro personaje inquietante dentro de la filmografía de Scorsese. Lejos de intentar llevar a la pantalla a héroes estereotipados y convencionales, Scorsese retrata el alma humana tal como es, desnudando su cruel naturaleza y mostrando con ello la faceta más autodestructiva de la psicología humana. Dedicada a Haig Manoogian, su primer profesor en la universidad de Nueva York, a quien Scorsese ha responsabilizado siempre de ser el causante de su amor por el cine, “Toro Salvaje” es para muchos de nosotros una de las mejores muestras de lo que el cine puede llegar a ser si cae en manos adecuadas, y las de Scorsese por supuesto lo son.

“Una desbordante obra maestra”

jueves, 15 de abril de 2010

El Escritor

Director: Roman Polanski
Año: 2010 País: Alemania Género: Thriller/Político Puntaje: 08/10
Interpretes: Ewan McGregor, Pierce Brosnan, Olivia Williams, Kim Cattrall, Tom Wilkinson, Timothy Hutton y James Belushi

Este es el último post sobre la filmografía de este genial director como es: Roman Polanski. Un escritor (Ewan McGregor) acepta a regañadientes terminar las memorias del antiguo Primer Ministro británico Adam Lang (Pierce Brosnan), después de que la persona que lo estaba haciendo, que llevaba muchos años como ayudante de Lang, muriera en un accidente. El escritor toma un vuelo para trabajar en el proyecto, en pleno invierno, en una casa junto al mar de una isla en la costa este de Estados Unidos. Sin embargo, al día siguiente de llegar, un antiguo ministro británico del gabinete de Lang acusa a éste de autorizar la captura ilegal de sospechosos de terrorismo y su posterior entrega a la CIA para que los torture, hechos que están considerados como crímenes de guerra. La controversia atrae a periodistas y manifestantes en masa a la mansión de la isla donde se aloja Lang con su mujer, Ruth (Olivia Williams), y su ayudante personal, Amelia Bly (Kim Cattrall). El veterano director polaco regresa allí donde es admirado con este apasionante thriller.

Polanski filma con una precisión absoluta. Sin ligerezas. Sin caer en ese estilo tan actual de exagerar el cine negro. Para él, esto es un juego. Un juego cruel, pero juego al fin y al cabo. De modo que está presente un erotismo y un humor negro que alinean un relato lleno de pequeños y placenteros detalles (el barrendero al que el viento le lleva lo barrido, el gorro del jardinero, la recepcionista disfrazada…) que hacen respirar de cotidianeidad una trama que, de otro modo, hubiera resultado más fría. Porque estamos ante una verdadera “pieza de cámara” (pues la mayor parte de su metraje transcurre en el interior de un búnker de lujo…). Polanski no tiene ya nada que demostrar a nadie, y se lo pasa como un chiquillo y esa sensación (vigorosa, juvenil) se transmite en cada secuencia. La elección de los espacios de esa mansión, tan abierta por cristales al exterior, pero tan encerrada por su ubicación aislada juega otra vez a favor de la angustia. Los personajes se encuentran en una isla y el precursor del protagonista perdió la vida precisamente en el único medio que existe para escapar de ella. Los movimientos están condicionados y cualquier paso custodiado. Con todo ello, se hace más arduo respirar que averiguar las claves que se ocultan en la gestión del gobernante retirado.

El experimentado Polanski toma, de un relato gastado e irrisorio, los mecanismos que mejor se prestan a producir el modelo de thriller que tan magistralmente ha llevado a cabo en previas oportunidades. El polaco cuece una atmósfera asfixiante y corrompe la urgencia de la investigación, gracias a un conjunto de secuencias conducidas con tranquilidad, pero que no extravían, ni por un instante, la siniestra presencia de una amenaza indeterminada, tan poco concreta que podría ser, por lo que al protagonista concierne, una simple paranoia sin fundamento. La escena del GPS despunta entre ellas como un ejemplo claro de construcción de la tensión y de mantenimiento del interés. Si al escritor se le ha podido llamar "fantasma" gracias a que, en inglés, la expresión para hablar de los autores ocultos tras una firma famosa contiene esa palabra; mucho más invisible es aún el antiguo Primer Ministro, personaje que, entre carrera y carrera, echa una mirada nostálgica a otras épocas de su vida. A su alrededor, dos mujeres convertidas en rivales por la situación, luchan por su espacio. Misteriosos todos ellos, plenos de verdades sin desvelar, cada uno de los personajes que aparece en “El Escritor” aumenta la curiosidad, pero más centrada en sus vidas y personalidades que en su desempeño dentro de la confabulación.

La nueva película de Roman Polanski no es una de sus películas más personales, pero el director sabe llevarla a su terreno y sacar mucho provecho de una historia con toques hitchcockianos gracias a su enorme oficio. A pesar de que la película te sitúa ante unos hechos dramáticos, y con puntos de conexión evidentes con la actualidad política de la pasada década, Polanski usa con brillantez la comicidad que despunta de su inteligente guión, forjando así grandes instantes cómicos, que ayudan a depurar las pequeñas incoherencias y baches inverosímiles por los que pasa su guión. Un guión que se le hubiera podido sacar mucho más brillo e intensidad, si se hubieran destinado más páginas a recrearse en los momentos de mayor tensión, adrenalina e intriga, tal y como su director nos brindó a lo largo de la ejemplar “Lunas de Hiel”. Es en los instantes finales, cuando el protagonista se ve en apuros, cuando la cinta cobra mayor fuerza y no se detiene hasta su repentino final. La grata impresión que se lleva uno durante su visionado responde también al excelente trabajo de fotografía, a la genial ejecución visual de Polanski, y a la incesante y agobiante música de Alexander Desplat, que sumerge a la perfección al espectador en la agravada maraña por el que pasa su intranquilo escritor. Este filme es un apasionante thriller político, que empieza seduciendo al espectador con su descripción de personajes, con la extraña atmósfera que se respira en esa isla y que envuelve a sus protagonistas, y que termina adentrándose en un túnel de tensión, angustia, y drama, todo ello, añadido con unas admirables gotas de humor.

Los caracteres encontrados y la exploración de la propia personalidad son, igualmente, bazas constantes en Polanski que, en el caso particular de “El Escritor”, aportan madurez y valía al encargo. Los diálogos, henchidos de sarcasmo y de sagaces consideraciones, perfilan a unos personajes de vuelta de todo y con poco que perder. McGregor se introduce en la carcasa de un hombre superado por las coyunturas, que se ve forzado a desempeñar un rol de investigador que no le corresponde y para el que no está capacitado, el director aprovecha la noción de extraer a un ciudadano de a pie de su hábitat natural para dotar a la historia de un realismo y unas apreciaciones de los que las narraciones detectivescas al uso carecen. Con todos sus éxitos, es un autor que no firmará el libro que está escribiendo porque ni siquiera tiene nombre, un pelele ante quien los malos de la película ni tan solo demuestran el respeto de considerar su presencia un riesgo que pudiese desentrañar su secreto. Sus opciones se representan en una elocuente metáfora encarnada por un jardinero que en vano trata de arrebatarle al viento las hojas secas de los árboles. Si al escritor se le ha podido llamar “fantasma” gracias a que, en inglés, la expresión para hablar de los autores ocultos tras una firma famosa contiene esa palabra; mucho más invisible es aún el antiguo Primer Ministro, personaje que, entre carrera y carrera, echa una mirada nostálgica a otras épocas de su vida.

Cada uno de los personajes que aparece en “El Escritor” aumenta la curiosidad, pero más centrada en sus vidas y personalidades que en su desempeño dentro de la confabulación. Supongo que, dentro del género novelesco de espías o de thriller político, se podría abrir un gran apartado relacionado con las teorías de la conspiración. Algunas las consideraría ocurrentes, como las que dieron pie a las dos versiones de “The Manchurian Candidate” y a otras les otorgaría una credibilidad que captaría nuestra atención ante el desenredado de sus detalles. El complot ideado por Harris no contiene ni la originalidad de unas ni la legitimidad de otras y carece de la fuerza para enganchar, pero más aún para sorprender. Tratar de justificar las decisiones de este ex-Primer Ministro, trasunto de Tony Blair, con un elemento subversivo como el que incluye Harris, puede ser más risible que sugestivo. La base literaria de “El Escritor” sirve a Polanski para hacer lo que le motiva, que no coincide con las intenciones del novelista. Si se busca en la película un transcurso de thriller político conspirativo, la experiencia será insatisfactoria y se verá interrumpida, antes casi de haber despegado, con un brusco final. Si se trata de ver, sin embargo, el espíritu del director, reflejado en la opresión y el encierro, o un retrato de interesantes personajes; todo, incluso esa conclusión precipitada, cobrará sentido para componer una propuesta que, si bien no está entre las mejores de Polanski, no carece de ninguna de las constantes que hacen su cine tan fascinante.

"Un thriller político extraordinariamente preciso y bien realizado”

viernes, 26 de marzo de 2010

La Desconocida

Director: Giuseppe Tornatore
Año: 2006 País: Italia Género: Drama Puntaje: 08/10
Interpretes: Kseniya Rappoport, Michele Placido, Claudia Gerini, Margherita Buy, Pierfrancesco Favino, Angela Molina y Clara Dossena

Irena (Ksenia Rappoport) es una joven ucraniana con un pasado lleno de violencia y humillaciones, se muda a una ciudad italiana donde consigue trabajo como empleada doméstica para una familia de orfebres: los Adacher. Irena se encariña con la familia, y sobre todo con la niña, Thea (Clara Dossena), la cual padece una enfermedad neurológica muy peculiar. Aunque Irena no es capaz de superar por completo los horrores de su vida, sigue adelante gracias al recuerdo de un amor atormentado, melancólico y perdido. Poco a poco va integrándose en la familia y ganando su confianza. Pero el pasado no ha terminado de ajustar las cuentas con ella y la familia poco a poco se interrogara ¿Quién es realmente Irena?. “La Desconocida” es un filme más que interesante. Esta cinta recibió el premio de David di Donatello cómo Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actríz (Ksenia Rappoport), Mejor Fotografía y Mejor Música (Ennio Morricone) en el 2007. También aspiró para los premios Oscar en el 2007 a Mejor Película Extranjera. Luego de cinco años de rodar “Malena”, Giuseppe Tornatore volvió tras las cámaras con esta bomba cinematográfica.

Giuseppe Tornatore se dio a conocer hace ya algunos años por su mítica “Cinema Paradiso", luego de esta laureada cinta llegarían “Están Todos Bien”, “El Hombre de las Estrellas”, “La Leyenda del Pianista en el Océano” y “Malena”, todas ellas con una atmosfera nostálgica y romántica. Si bien “La Desconocida” nada tiene que ver con sus anteriores producciones, el hecho de estar firmada por el maestro italiano ya es, a priori, toda una garantía de buen cine. Y la verdad es que no decepciona lo más mínimo, porque nada se puede reprochar a esta propuesta; una película en la que el director se mueve como pez en el agua por diversos géneros cinematográficos: drama que desemboca en suspense, con algún atisbo de cine social (sin moralina ni maniqueísmo de ningún tipo) y policial para volver de nuevo al suspense y ofrecernos escenas finales sobrecogedoras. Con una muy acertada narración que provoca misterio, emoción y hasta lágrimas, la película expone dentro de la trama ciertos conflictos entre las clases sociales: una clase alta insegura y que hace uso de su poder económico para obtener lo quiere, y una clase social baja envuelta en la prostitución, que roba y mata pero también puede crear fuertes lazos de amistad. El filme posee una fuerte inclinación por el “cine de arte”, con una fotografía muy bien cuidada y a veces virtuosa más allá de su funcionalidad, un montaje veloz y con varios flashbacks, que la hacen dinamica.

El director va descubriendo la historia de la protagonista en dos hilos narrativos diferenciados. Por un lado, su misterioso pasado, servido mediante justos y justificados flashbacks que permiten comprender la trama pero sin excesos en su uso; por otro, los verdaderos motivos de la estancia de Irena en la ciudad. Ambos no serán desvelados hasta casi el final del filme, garantizando el suspense y la atención del espectador. Así, lo que comienza con atisbos de drama se convierte en un thriller psicológico que va ganando nuestra curiosidad con el paso de los minutos. Porque en esta cinta nada es lo que parece y el director juega hábilmente con el espectador en secuencias que van adquiriendo sentido a medida que la película avanza a través de un guión magníficamente orquestado para llevarnos poco a poco a su terreno. Nada en ella sobra, todas las escenas contienen esa información trascendente ofrecida en pequeñas y magníficas dosis que obligan a no perderse ni un segundo. La carga dramática, medida a la perfección y muy contenida, mantiene la tensión y consigue atmósferas repletas de intriga, al tiempo que nos muestra escenas crudas y frías de violencia sexual explicita para denunciar el infierno que actualmente viven miles de mujeres como Irena, sumidas en la esclavitud sexual. Con “Una Pura Formalidad”, visceralmente protagonizada por Gerard Depardieu y Roman Polanski, un kafkiano thriller ya había demostrado el buen sentido que tenía para las historias oscuras. Porque “La Desconocida” es sin duda una historia oscura, retorcida y un poco despiadada, aunque el espectador tarde un poco para darse cuenta de ello.

La diferencia inicial de esta película con la mayoría de las de su género, es que no se nos presenta como un thriller, de manera que la primera sorpresa viene por cuenta de los giros que empieza a dar el filme hacia situaciones más amenazantes, misteriosas y sorprendentes. Porque al principio Irena, parece una mujer humilde y vulnerable, otra extranjera buscando sólo ganarse la vida honradamente. Aunque su sigilo y su interés por una familia en particular, además de unos rápidos recuerdos al pasado, empiezan a alertar sobre la verdadera naturaleza de la historia. Como dejando migajas por el camino, Tornatore va llevando al espectador por ese sendero lleno de curvas en el que no se puede ver con mucha anticipación lo que viene y donde cada migaja, cada nueva información suministrada a su tiempo e inteligentemente, es un elemento más para contribuir a la intriga y expectativa del público. El principal recurso para esto son esos flashbacks que inicialmente sólo se presentan como cortos choques para la retina, pero que a medida que avanza la historia se van haciendo más amplios y, a su debido tiempo, le van contando al espectador sobre el dramático pasado de Irina siendo explotada como prostituta, más otras impensables vejaciones.

En relación con ese hábil suministro de información, que va en función, como en todo thriller, de la intriga y el suspenso, lo más interesante y mejor logrado del filme es la transformación del personaje. Pero no se trata de un cambio como el que ocurre en casi todas las películas, el que se opera por las cosas que le pasan en la historia al personaje, sino que se transforma es por ese ocultamiento y progresivo descubrimiento que hace el relato del pasado y las intenciones de Irena. De manera que estamos ante un producto aparentemente convencional, por ser de género, pero por tratarse de un director que conoce muy bien las emociones humanas, no se queda sólo en el crimen, el suspenso y la intriga propios del género, sino que pone en primer plano lo que le pasa y siente el personaje. Y es que, normalmente, el cine de género depende de sus personajes estereotipados, y aunque aquí el antagonista lo es totalmente, la protagonista está llena de matices y humanidad, su drama personal tiene tanta fuerza como las secuencias de acción y suspenso. Y siendo consecuente con esto, Tornatore es capaz de terminar su historia en uno de esos picos emotivos y ternuristas que lo caracterizan, haciendo de ésta una película definitivamente diferente, original y llena de fuerza dramática y narrativa.

“La Desconocida” es un filme sólido que se sustenta en un guión lúcido y magníficamente elaborado, desplegado con una fuerza poco usual que logra crear una atmósfera digna del mejor thriller europeo. Cuenta con muy buenas actuaciones, entre las que destacan, además de la protagonista (Ksenia Rappoport), la actuación de la niña (Clara Dossena), o la de Michele Plácido, que consigue poner los pelos de punta, e incluso Angela Molina en un papel secundario. La factura se completa con la excelente banda sonora a cargo del maestro Ennio Morricone; banda sonora a la altura de otras compuestas por él como “Cinema Paradiso” o “La leyenda del Pianista en el Océano”, aunque para este caso ha sabido imprimirle ese necesario toque más oscuro. Confieso que la vi con cierto escepticismo ya que es inevitable comparar después de una obra maestra como “Cinema Paradiso” haga tra igual; pero he de decir que, aún siendo una trama difícil de seguir y que requiere mucha atención, no sólo me llamo la atención, sino me impacto no puedo más que recomendarla porque se trata de una película excelente.

“Tornatore hace gala de su cine, teniéndonos en vilo con una trama de suspense emocional”

sábado, 20 de marzo de 2010

Oliver Twist

Director: Roman Polanski
Año: 2005 País: Inglaterra Género: Drama Puntaje: 08/10
Interpretes: Ben Kingsley, Barney Clark, Jamie Foreman, Harry Eden, Leanne Rowe, Edward Hardwicke y Mark Strong

Oliver Twist, así como el resto de los chicos del orfanato, se están muriendo de hambre, y deciden jugarse quién de ellos pedirá más comida. Oliver es el elegido. En la cena de esa noche, después de su ración normal, Oliver se dirige al director del orfanato y le pide más comida. Tachado de ser problemático por el Sr. Bumble, el bedel y por el director, Oliver es ofrecido como aprendiz a cualquiera que lo quiera contratar. Tras ser condenado a limpiar chimeneas, Oliver se convierte en aprendiz del enterrador Sowerberry. Pero Oliver se pelea con uno de los chicos del enterrador, y decide escapar e irse a Londres. En las afueras de la ciudad, cansado y hambriento, Oliver conoce a Artful Dodger, quien le ofrece un lugar donde hospedarse en Londres. Lleno de inocencia, Oliver se ve inmerso en el mundo del hampa de Londres e, ignorando sus tareas reales, se encuentra en medio de una banda de chicos carteristas dirigida por el malvado Fagin. Decimoséptimo largo de Polanski, el director vuelca en el filme su experiencia de infancia, marcada por la pérdida de la madre, la reclusión del padre en Mathausen y su huida del gueto de Cracovia. Construye una historia dura y crítica, en la que la presencia del mal golpea la inocencia del niño. Sin sentimentalismos, opta por un relato frío e irónico, similar al de Dickens. El mal, obstinado y persistente, no conoce redención: sus salidas son la locura o la muerte. La presencia reiterada de la muerte evidencia que ésta es el mejor aliado del mal, al que alimenta y engrandece.

Cuando un director gana un Oscar obtiene también un privilegio temporal: la posibilidad de sacar adelante un proyecto que, si no fuera por dicho galardón, escasas serían las productoras que se atreverían a apostar por él. Gracias al éxito artístico y económico de "El Pianista", Roman Polanski ha podido permitirse el capricho de realizar una nueva adaptación de "Oliver Twist", una de las obras más conocidas del genial Charles Dickens. Semejante decisión se me antoja aventurada, porque, a fin de cuentas, ¿no han sido incontables las ocasiones en las que este reputado texto literario se ha transformado en imágenes, bien hubieran sido éstas rodadas para la pequeña pantalla o bien para ser proyectadas en una sala de cine? “Oliver Twist” es la novela de Charles Dickens que ha sido más veces editada también muchas veces llevada a la gran pantalla, quedan para el recuerdo la excelente adaptación de David Lean y la menos afortunada de Carol Reed y, si esto se puede aseverar, la más incontestable de su extensa obra. Sin embargo, siempre ha ido acompañada de cierta polémica al ser acusada, en muchas ocasiones, de ser una obra de carácter antisemita. Él, que en sus novelas acostumbraba a denunciar los abusos y la miseria social de su tiempo, tuvo que defenderse e, incluso, enmendarse en trabajos posteriores de tales acusaciones. De hecho, “Oliver Twist” es una obra prohibida aún en diferentes instituciones de los Estados Unidos debido, precisamente, a esa supuesta condición antisemita que para algunos desprende su lectura.

Pues bien, el director de “El Bebé de Rosemary” (1968) cumple su propósito desde el rigor, sin intención alguna de desvirtuar el libro que tiene en las manos, llevándose el texto a su terreno pero sin ponerse por encima de él o robarle ápice de su autenticidad. Polanski nos cuenta la historia de Oliver con el mismo respeto y la misma pausa con la que debió pasar las páginas del libro al leerlo por primera vez (y debería haber condensado más el contenido de algunas de ellas). Con el guión de Ronald Harwood también firmante del texto de su anterior “El Pianista” (2002) como base, el cineasta narra las adversidades del niño de forma lineal, se detiene en el detalle y, sobre todo, se esfuerza por mostrar todas las caras del protagonista. Con el respaldo de la excelente creación de Barney Clark, un actor inglés de 12 años sin apenas experiencia previa (una película independiente y una teleserie), Polanski cincela con esmero al niño y convierte cada uno de sus gestos en la mayor expresión de un sentimiento. Véase, por ejemplo, el rostro del crío cuando le ofende la injusticia, le ciega la ira o le mata el hambre. Esta vez, el rigor es la opción del cineasta. Y es respetable. Pero, en su decisión de ser escrupuloso y cuidadoso, tendría que haber calibrado un par de cosas. La primera, la duración de ciertas secuencias, demasiado dilatadas para lo que tienen que contar; algo que provoca que el relato avance con ritmo cansino en determinados pasajes. La segunda, la excesiva lisura de algunas secuencias, excesivamente académicas y sin ribetes.

No obstante, el director equilibra esas flaquezas ocasionales con varios logros. Y el principal es su decisión de no suavizar los fragmentos más duros del clásico de Dickens. Consciente de que no tiene ningún sentido diluir la crudeza de un libro en el que se habla de las cosas más feas miseria, hambre, maltrato, delincuencia, corrupción-, el cineasta da a la película un acertado barniz de oscuridad. Tan sólo rompen esa ausencia de luz algunas imágenes aisladas (como el rayado amanecer) que corresponden a los puntos de fuga del relato, a esos instantes aislados en los que aflora la belleza relacionada con la inocencia del protagonista. El resto son tinieblas. Polanski no se anda con rodeos al visualizar las desgracias que viven Oliver y algunos de los niños que se cruzan en su camino, entre ellos la bella Nancy (una espléndida Leanne Rowe, también de currículum reducido). Ojo, esto no quiere decir que el director haya cargado las tintas al recrear la tragedia de los personajes: "Oliver Twist" puede llegar a ser muy fosca y cruda, casi asfixiante, pero jamás resulta escabrosa. Polanski no busca la tenebrosidad en el escándalo. La encuentra en las reacciones en seco, los gestos cortantes para lo que cuenta con el apoyo de un grupo de actores capaces de esquivar la caricatura a la hora de afrontar personajes basados en el exceso y la atmósfera ensombrecida. La clave de esto último está en parte en un extraordinario diseño de producción, lejos del cartón piedra y extrañamente verista, y en la fotografía del polaco Pawel Edelman, también operador de cámara de “El Pianista”, quien confiere al filme el aire de opresión y aflicción que requiere.

Otro de los puntos fuertes del filme de Polanski es que esa oscuridad no fulmina ni las cosas bellas de la historia la inocencia, la idea de camaradería, el espíritu de ayuda ni el humor que se cuela en sus fragmentos más picarescos. El diálogo matizado y las escenas de doble cara (como las ambientadas en casa del viejo Fagin), hermosas pese a tener una trastero trágico, permiten al director capturar todas las caras de una historia en la que pasan tantas cosas terribles como mágicas. Finalmente, cabe mencionar al reparto, sobre todo a un estupendo Ben Kingsley, quien casi consigue estar al nivel de Alec Guin-ness dando vida a Fagin. Da gusto verle en un papel a la altura de sus cualidades interpretativas tras observar cómo de vez en cuando malgasta su talento en productos de dudosa calidad ("El Sonido del Trueno", "Sospechoso Cero", "Thunderbirds"). Los actores secundarios están muy bien elegidos, siendo sus rostros y ademanes muy propios de cualquier producción de época. Polanski realiza una adaptación que se podría tildar de convencional, pero no por ello desacertada. Si algunos detalles de la obra desaparecen aquí, no se puede decir, sin embargo, que el espíritu de Dickens embriaga la pantalla, en una ambientación espectacularmente acertada del gótico Londres de la época. Visualmente poderosísima, la elección de actores es igualmente magnífica, con un Barney Clark que salva el papel de Oliver sin concesiones. En el caso de Hagin y su banda se puede ver la doble cara de los personajes, lugar donde se aleja de otras adaptaciones: aquí ni los malos son tan malos, su inequívoca maldad tiene un motivo y un trasfondo más positivo. Polanski acarrea los males del libro de Dickens (su mensaje demasiado obvio, tal vez, fruto de una historia para niños) pero también las indudables virtudes que han hecho de este una obra universal.

Una narración magnífica que mejora a cada instante; una oscuridad estupendamente aprovechada por un creador de ambientes como es este director; un Fagin tan ambiguo y entrañable; una música tan adecuada como sólo Portman podría componer; una historia tan profunda como sólo Dickens podría escribir. Eso es esta película para mí. ¿Que tiene fallos? Yo sólo veo el de unos primeros minutos demasiado pausados y fríos. Algunas comparaciones "odiosas" que me apetece hacer entre Polanski, otros directores y la novela original: Este Fagin ofrece una dualidad nueva que reúne los rasgos malvados de siempre y una faceta más enternecedora que tiene su culmen en la escena del calabozo / La Nancy de Polanski es la que más me ha conmovido de todas las adaptaciones cinematográficas que he visto. Su encariñamiento con Oliver es el que más fácilmente me creo / Su narración es muy fluida y absorbente, aunque de un magnetismo progresivo cuyo nivel comienza más bajo que el de Lean, por ejemplo. Quizás sea eso lo que hizo que mucha gente se desentendiera al principio y no supiera apreciar posteriormente lo bueno que ofrece / Polanski se olvida de Monks, el hermanastro de Oliver. Tal y como está adaptado todo, otorgando tantísimo protagonismo a Fagin y superándose las dos horas de metraje, la verdad es que la presencia de Monks sólo podría haber perjudicado. Me parece mejor esto que una fugaz y confusa aparición, como sucede en muchas de las otras películas. Una esplendida adaptación.

"Espléndida y conmovedora adaptación, toca el corazón y la conciencia”

martes, 2 de marzo de 2010

El Pianista

Director: Roman Polanski
Año: 2002 País: Inglaterra/Francia Género: Drama Puntaje: 10/10
Interpretes: Adrien Brody, Thomas Kretschmann, Maureen Lipman, Ed Stoppard, Emilia Fox y Frank Finlay

Wladyslaw Szpilman (Adrien Brody) es uno de los pianistas polacos más conocidos, pero cuando estalla la segunda guerra mundial, como tantos otros judíos, Szpilman y su familia son desalojados de su apartamento y apiñados junto a miles de personas en un ghetto de Varsovia, donde el pianista se ganara la vida como puede tocando en los bares en que los que se reúne con colaboradores y traficantes del mercado negro. Esta película, enormemente aclamada y galardonada, dirigida por Roman Polanski, quien vivió en su propia carne la represión nazi, y basada en el libro de Szpilman, es un vivo y gratificante relato de la vida en el ghetto. La fuerza del tema y de las emociones que genera, junto con la bonita y amplia gama de variados personajes secundarios convierte a "El Pianista" en una historia optimista y llena de esperanza a pesar de todo el horror. Tras una larga andadura por América y un palmarés envidiable, en esta ocasión el director de "Repulsión" y "Chinatown" ha querido mirar hacia su patria para cumplir un viejo sueño: filmar el difícil período del ghetto judío de Varsovia y evocar así su propia niñez, en medio del horror y del dolor. Polanski nos ofrece una película sincera y muy sentida, histórica y personal, emparentada con películas como "La lista de Schindler" por un lado y con "El piano" de Champion por otro, que pone una nota de humanidad a la masacre del siglo pasado más veces llevada al cine.

¿Cómo retratar el horror cuando éste es al mismo tiempo tan incomprensible como humano? Desde dentro, responde Polanski con este filme. Pocas veces se ha mostrado tan bien el holocausto judío como aquí, donde podemos seguir paso a paso cómo se fueron desmadrando las cosas, cómo de las pequeñas prohibiciones y de los primeros ataques a los derechos de un grupo de personas se pasó a aislarlos, encerrarlos, atacarlos y finalmente exterminarlos. Algunas de las escenas violentas mostradas en el filme se encuentran entre las más brutales filmadas nunca sobre este tema, trasmitiendo a la perfección la fría locura que acompañó a este momento. Todo está aquí visto desde los ojos de un artista, un pianista que no da crédito (como el espectador) a lo que sucede a su alrededor, que no es capaz de asimilar el horror, que trata de esquivarlo, aunque finalmente caiga, primero irremediablemente en sus fauces, para después ser salvado por un ángel del tipo más inesperado. El filme posee una capacidad para dar una visión global sobre esos hechos y ofrecer muchas ramificaciones de la trama sin apenas dispersarse en su hilo conductor, aunque resultando evidente la potencia y pegada que gana cuando se convierte en un proceso íntimo y aislado dentro de los ojos del brillante actor Adrien Brody (del que ya habíamos podido ver grandes interpretaciones escondidas en películas de cineastas como Spike Lee, Terrence Malick o Ken Loach), obligado a sobrevivir como un Robinson en medio del Apocalipsis.

Es posible que "El Pianista" sea una de las mejores películas que se han hecho sobre el Holocaustro Judío, y quizás porque no necesita trasladar su cámara a los campos de concentración, ni a las cámaras de gas. Mucho antes de llegar a tal grado de deshumanización, la historia del terror nazi y de todos aquellos que no hicieron nada por impedirlo, ya incurre en la más indigna de las abyecciones. En este filme, Polanski es capaz de permitirse el lujo de ser aceradamente distante, de no adentrarse en exceso en la sentimentalidad de los personajes, y en prácticamente prescindir de todos menos del protagonista. La carga emocional está basada en una historia espeluznante y absurda, ayudada por una planificación de la imagen gloriosa, en la que no sólo el color juega un papel fundamental, sino que la escenografía contribuye en todo momento a remarcar esa ambiente de degradación moral que obligatoriamente ha de sentir el espectador al ver esta película. Y con ser esta cinta un testimonio impresionante, se equivocan aquellos que creen que su afán no es más que el de relator. Durante toda la película, el guión de Ronald Harwood (un guionista que a veces ha estado desacertado, pero desde luego no en esta ocasión), pone en boca de varios personajes frases de reproche por cómo los judíos han respondido siempre con la política de brazos cruzados ante los diferentes exterminios que han sufrido durante la historia, e incide en la necesidad de reaccionar de una vez por todas, dejarse de tanta mansedumbre, y responder efectivamente a todos aquellos empeñados en borrarlos del mapa.

Se aleja Polanski del estilo de Hollywood buscando la máxima objetividad en la historia, y así mostrar la dura realidad por la que su pueblo tuvo que pasar. Por eso, aparte de los recuerdos de Szpilman y de los de su propia infancia en Cracovia, consultó a historiadores y supervivientes del ghetto, y todo el equipo se imbuyó del espíritu que quería dar a la película viendo documentales de dicho período. El resultado es un filme clásico, que recupera aires europeos para mostrar la verdad de esos difíciles momentos. Lo hace sin caer en maniqueísmos ni sectarismos, mostrando un país “en el que había polacos buenos y malos, judíos perversos y justos, e incluso alemanes con corazón, entre los despiadados”. Es, pues, un homenaje a su pueblo, una mirada nostálgica y llena de humanidad, y un deseo de ir más allá de los avatares políticos para penetrar en unas vidas singulares, llenas de deseos de vivir en medio de un paisaje urbano en ruinas. Por eso, la película se aprovecha de una estética fría que mantiene al espectador distante, sin que sufra, en una posición más próxima a la reflexión serena que a la lágrima o a la cólera. Las notas de Chopin abren y cierran la película. En medio, los bombardeos y el salvajismo de las ejecuciones arbitrarias nos traen la ruindad de unos y la angustia de otros. Se alternan escenas llenas de dureza como la del anciano inválido que es lanzado por la ventana delante de sus familiares, con otras que rebosan emotividad; hay momentos llenos de lirismo donde aún queda un lugar para el amor, y otros en que la muerte se nos presenta sin tapujos. Especial fuerza dramática tiene la escena en que Szpilman sale del ghetto para entrar en un patio cubierto por cuerpos amontonados escena que recuerda a "Lo Que el Viento se Llevó", o cuando sale del piso en que se ha refugiado y se encuentra solo en una calle con todos los edificios en ruinas mientras que la cámara hace un travelling ascendente para coger perspectiva, metáfora de cómo la música se eleva entre la ruindad moral para aportar un poco de humanidad.

Si Polanski entrega en la primera mitad una cinta de narración clásica y calculada, casi documental, sin el más mínimo rastro de calor humano, una auténtica jauría nazi y judía (pues, como también sucedía en el magnífico cómic "Maus", hermano bastardo de este filme, las luchas internas entre los judíos y la dispersión y sorpresa que les impidió rebelarse, también se muestran como un hecho importante de ese momento histórico), que camina por terrenos de extrema frialdad, con un ritmo a veces un poco desigual, aunque siempre dentro de una puesta en escena de alta precisión; es realmente en su segunda mitad cuando el filme se salta sus limitaciones, que amenazaban con dejar un sabor a demasiado poco en el espectador, para zambullirse en los complejos terrenos de la metáfora humana y de las apariciones casi milagrosas, en medio de un ambiente de duermevela en el que navegamos con su protagonista, donde la poesía y la belleza pueden surgir en cualquier rincón y en donde la riqueza narrativa que posee Polanski necesita ser demostrada, se despliega en toda su magnificencia (véase toda la estancia del pianista en el apartamento y la utilización de los sonidos en off y de las imágenes robadas del exterior, siempre filmadas escrupulosamente desde el punto de vista de Brody). Esta desigualdad existente entre las dos partes es uno de los elementos que juegan a favor del filme a la altura de las más grandes obras de la década pasada, aunque sin duda no evita que sea una cinta que nadie con un mínimo de sensibilidad y de incontenible hambruna cinéfila debería perderse (ver al maestro en acción es un privilegio que nos ofrece en los últimos años con cuenta gotas).

Cada miembro del magnífico reparto, la dirección de fotografía, la música que interpreta el pianista y la original del filme, así como todo el departamento de arte son dignos de mención y acaban por consolidar esa búsqueda de la obra de arte total emprendida aquí por Roman Polanski. La incomprensión que ha sufrido el filme por parte de algunos críticos especializados desde su presentación en el Festival de Cannes 2002 (donde recordemos se alzó con la Palma de Oro), es una injusticia que el tiempo se encargará de colocar en su lugar. Lo más extraño lo encontramos en el hecho de que se le reprochara allí a Polanski el alejarse de su estilo surrealista y de su humor complejo, cuando esto es indudablemente una licencia artística completamente válida para abordar este tema y tampoco es la primera vez que este cineasta la lleva a cabo (de hecho el tono del filme recuerda, salvando las distancias, a otros trabajos como "Frenético"). Así que, una película imprescindible. Recomendada para todos aquellos que no logran entender qué es un Holocausto y qué no es un Holocausto, y para todos aquellos que aún no han entendido por qué los judíos no van a permanecer inmóviles, esperando a que alguien haga algo, a que alguien les socorra (cosa que nunca pasa), mientras haya quien jura "echarlos al mar", nunca más.

“Un cinta histórica y conmovedora, de estremecedora sinceridad y hermosura"

jueves, 11 de febrero de 2010

La Muerte y la Doncella

Director: Roman Polanski
Año: 1994 País: Inglaterra Género: Thriller Puntaje: 08/10
Interpretes: Sigourney Weaver, Ben Kingsley y Stuart Wilson

Sigo repasando la filmografía de Polanski, esta vez me toca hablar de una de sus películas más infravaloradas “La Muerte y la Doncella”. El argumento de la cinta es la siguiente, Paulina Escobar (Sigourney Weaver) es la esposa de un prominente abogado, Gerardo (Stuart Wilson), ellos viven en un innombrado país del tercer mundo. Una noche una tormenta obliga a su marido a traer a casa a un vecino, el Dr. Miranda (Ben Kingsley), a quien Paulina cree reconocer como parte del antiguo régimen que la torturó. Paulina le recluye, decidida a desvelar la verdad, mientras se debate entre su represión psicológica y su memoria; Gerardo entre su esposa y la ley, y el Dr. Miranda se ve forzado a un duro cautiverio mientras marido y mujer tratan de descubrir la verdad sobre un oscuro pasado. La cinta es una escalofriante disección del poder. Una atmósfera de suspense enfermiza, de volcánica violencia externa e interna. Qué talento el de Polanski, irrenunciable buceador de las tinieblas.

Con esta cinta vuelve Polanski por donde solía, por los amados territorios de los personajes encerrados con un solo juguete, ellos mismos, en atmósferas claustrofóbicas, en tensos ambientes donde se desencadena la tragedia conforme la tensión ambiental se eleva, se eleva, se eleva, hasta llegar a ser vitalmente una válvula de escape que deje salir tanto humus, tanto miedo, tanta irracionalidad. No es éste el gran Polanski de "Repulsión " o "El Inquilino", ni tampoco el protodemoníaco de "El Bebé de Rosemary", como se sabe de Roman Polanski uno debe estar siempre previamente avisado: con algunas excepciones, sus obras rodearán asuntos turbios, siempre muy turbios. En esta ocasión la protagonista es la muerte...y nos involucra en el meollo entre un abogado, su mujer otrora torturada en tiempos de dictadura y un médico que, casualmente, va a parar al lugar menos debido…El mal, la locura, el miedo, la tristeza, la angustia, la soledad... todas esas sensaciones se hayan unidas por el eje común del horror. Y Polanski conoce muy bien ese eje, y es más, sabe interpretarlo.

Imagino que la tenebrosa causa de ese talento se haya en que él lo conoce muy bien. En la memoria de Polanski tiene que haber múltiples cicatrices que jamás desaparecerán. Por ello, su plasmación en la pantalla del horror no puede ser más escalofriante y brutal. "La Muerte y la Doncella" se trata de un relato profundamente desolador cuyos protagonistas se hallan atrapados por un tenebroso pasado que les oprime y no lo suelta. En este pasado tortuoso hubo una víctima, y consecuentemente, un verdugo, y ahora, en el presente, aquella víctima superviviente cree encontrarse con ese verdugo. La voz de éste, su risa, su olor, una cinta de Schubert, expresiones y detalles; pistas sobre las que el sufrido cerebro de aquella víctima relaciona al diabólico verdugo que la torturo, tejiendo acto seguido una venganza para exorcizar sus demonios internos. Hay un tercero, el marido de la víctima, convertida ahora en verdugo, unido a ella por amor, y al otro por el sentido cívico. A partir de ahí, Polanski nos guía por un aterrador viaje al lado oscuro del ser humano, a sus instintos más míseros y primitivos.

Por supuesto que "La Muerte y la Doncella" se resiente de su origen teatral, por más que Polanski haya procurado "airear" en lo posible la película, con hermosos aunque estáticos paisajes nocturnos (gallegos, curiosamente, aunque la acción se supone que se desarrolla en Hispanoamérica). Su nudo gordiano, el hecho de que las víctimas tomen el papel de los verdugos y hasta qué punto el ser humano vejado es capaz de humillar también hasta caer en la misma abyección, es hoy por hoy tal vez una atractiva propuesta filosófica, pero desde luego es difícil que suceda: invariablemente los verdugos siguen siendo verdugos, y sus víctimas, víctimas. Acaso el papel más ambiguo, el del testigo que, a su vez, es el único que pugna por mantener la cordura en este marco de insania, resulte ser también el más culpable: culpable de no intervenir, de no tomar partido, de no imponer el imperio de la razón. Un guión magistral que Polanski da forma con su incomparable genio y su insuperable sentido del suspense, ayudado inestimablemente por unos intérpretes prodigiosos a los que se debe gran parte del filme.

La música recuerda la que acompañaba a Paulina durante su tortura, el opus para cuarteto de cuerdas de Schubert "La Muerte y la Doncella". La partitura original de Vojcieh Kilar intercala pasajes de gran melancolía (sentimientos de Paulina), con marchas marciales amenazantes. La fotografía, del gran Tonino delli Colli resalta los contrastes entre claros y oscuros, luces y sombras, en una atmósfera sombría, con predominio de formas geométricas, evocadoras de una prisión. El guión contiene unos diálogos fluídos y tensos, que dan paso a un desarrollo argumental muy cinematográfico, pese a su raíz teatral. La interpretación de los tres protagonistas es magistral, especialmente la de Weaver, que es simplemente espectacular. La dirección del filme se recrea en la exploración de los orígenes de la violencia. Todo funciona a la perfección en esta tela de araña, tejida con la lúcida y desequilibrada fibra de la venganza, el poder; del horror. Con esta película me he visto sumergido en un universo aterrador que cuando se muestra en carne viva es terriblemente doloroso, el de la maldad del ser humano, involuntaria o no, siempre espeluznante.

El siempre subyugante Roman Polanski nos ofrece en esta ocasión uno de sus filmes más redondos y efectivos, no sólo visto dentro de su estimable filmografía, sino encuadrándolo en el panorama cinematográfico de los últimos tiempos. Con tres personajes, una casa y poca luz, el realizador polaco narra una historia desgarradora y escalofriante a partes iguales, gracias sin duda al buen ejercicio del guión, claramente deudor de su origen teatral (por ésto conciso y de personajes bien definidos), además somos testigos de toda una gama de sentimientos: una rabia feroz, una insondable humillación, un miedo tremendo y un deseo brutal de vengar todo el dolor padecido. Con pocos elementos y sobriedad de recursos, aquí tenemos una contundente denuncia que no puede dejarnos indiferentes. Una gran película que usted deberia ver de todas maneras.

“Definitivamente claustrofóbica y aterradora”

viernes, 22 de enero de 2010

Lunas de Hiel

Director: Roman Polanski
Año: 1992 País: Inglaterra Género: Intriga/Erótico Puntaje: 08/10
Interpretes: Peter Coyote, Emmanuelle Seigner, Hugh Grant, Kristin Scott Thomas y Victor Banerjee

Roman Polanski sufre un doble rasero, no sólo en su vida privada, también en su vida creativa. Parece establecido que el cineasta ha firmado un grupito de obras mayores que casi nadie cuestiona, y un puñado de obras menores, entre las que se encontraría “Lunas de Hiel”. Pero yo hoy quiero romper una lanza en favor de situar a esta película entre las más inspiradas y personales de toda su apasionante carrera de Polanski. La trama se centra en Nigel y Fiona (Hugh Grant y Kristin Scott-Thomas) disfrutan de su séptimo aniversario de boda con un crucero por el mar. A bordo ambos se encuentran con Mimi (Emmanuelle Seigner) que parece encontrarse indispuesta, y la llevan a su camarote, donde conocerán a su marido, Oscar (Peter Coyote) que está impedido en una silla de ruedas. A partir de ese día Nigel se obsesiona con Mimi. Oscar se da cuenta y propone a Nigel que intente seducirla. Para ello le relata sus experiencias sexuales con Mimi antes de sufrir el accidente que le dejo paralítico.

Después de dirigir la magistral “Tess”, Roman Polanski tuvo un considerable bajón en su carrera, siendo quizás la etapa menos inspirada de su filmografía. “Piratas” y “Frenético” son un buen ejemplo de ello. Ambos filmes dispares y de diferentes intenciones aunque, ambas ligadas por un nexo en común: el de la desidia y la falta de inspiración. Es por ello que, con “Lunas de Hiel”, el realizador volvió a retomar el buen rumbo. En parte la película, se acerca más al espíritu de “Repulsión” o al de “El Inquilino” que al resto de sus productos. Al igual que en estos, relata la degradación física y psíquica de sus protagonistas. Hurga en los rincones más oscuros de cada uno de ellos. Y lo hace de manera fría, casi distante, sin acercarse demasiado a sus personajes. Diseccionando sus caracteres a través de un fino y afilado bisturí, deja que sangren con sus profundos cortes de cirujano voyeur y, al mismo tiempo, anula toda posibilidad de rescatarlos de su eminente caída al pozo más oscuro. Polanski no siente ningún tipo de pudor por abandonar a su propia suerte a unos personajes empeñados en no dejar cicatrizar sus heridas.

Pocas veces en el cine hemos sido testigos de una historia de amor tan perfecta, tan preciosa, tan apasionada. El escritor y la bailarina se conocen y su pasión es absoluta y cimera, sin aristas ni trabas. Pero todo irá cambiando paulatinamente, hasta el punto de que nunca hemos presenciado semejante degradación emocional y física, y llegaremos a asistir a un verdadero ritual de sacrificio sentimental, cuyos roles de víctima y verdugo irán alternándose dando rienda suelta al sadismo de ambos contendientes. ¿Es posible encontrar el amor de una vida para después desdeñarlo por convertirse en rutina? ¿Es el sexo la válvula de escape eterna que satisfaga un vacío interior? ¿Dónde están los límites de la pasión? ¿También la crueldad y la indiferencia consentidas son pasión? ¿Y el desprecio, y la compasión? Polanski no da respuestas, sólo formula preguntas. Ama a sus imperfectas y salvajes criaturas, pero no por ello les da demasiadas oportunidades. Descarnada descripción de los avernos infinitos a los que desemboca una relación apasionada y tumultuosa, escalofriante relato de “pasiones devoradoras” que embarcan a sus dueños a un viaje más allá de toda posibilidad de redención, o brutal disección de los mecanismos de autodestrucción o sadismo que implica todo amor envenenado de odio y celos. Cualquiera de estas frases, y algunas más, podrían aplicarse a la realización número trece de Polanski.

A partir de de la trama del filme (ósea de los conflictos amorosos), Polanski entra en una controlada y explícita espiral de flash-backs relativos a la convivencia de esos dos amantes. Por su parte, el estupefacto Nigel se convierte en la figura del espectador, atento desde la platea a los juegos sexuales y amorosos de Oscar y Mimi y, ante todo, a la degradación de ambos en su particular dependencia. El masoquismo empieza a aparecer en las vidas de estos. Su afable unión acabará transformándose en un infierno conyugal, lo cual no supone ninguna sorpresa, pues el filme lo deja bien claro desde que, por primera vez, presenta a esos dos seres. Oscar que es un escritor norteamericano afincado en París y Mimi, una exuberante camarera de un restaurante de la ciudad. Sin lugar a dudas, se trata de una de las mejores interpretaciones de Coyote, mientras que Seigner, a pesar de su poca valía como actriz, acaba dando el pego como la mujer excitante; ese tipo de mujeres que, desde siempre, ha retratado a la perfección Polanski, Hugh Grant, gracias a su sosería innata, logra convertir al inseguro y timorato Nigel en un personaje totalmente creíble, mientras que la siempre eficaz Kristin Scott Thomas resuelve a la perfección el rol de mujer insatisfecha y no atendida por su compañero.

Y por encima de ellos está la novela de Pascal Bruckner y ante todo, el fantástico guión adaptado por el gran Gérard Brach, un habitual de Polanski desde que éste dirigiera “Repulsión”. La historia es negra; muy negra. Dura y cruda, sin concesiones. Pero, aparte, sabe administrar pequeñas gotas de humor negro que hacen más llevadera su proyección. Tanta mala leche y cinismo vuelca en su singular sentido del humor que, por momentos, la hiriente relación establecida entre Oscar y Mimi parece una transposición, en personajes de carne y hueso, de los cartoons protagonizados por El Coyote y El Correcaminos. Ciertamente sublime. Y es que no hay mejor manera de plasmar los pasajes más arrebatados que haciéndolo mediante un poco de chispa. Aunque ésta sea sardónica, abrasiva y vitriólica. Incluso, y sin que sirva de precedente, la banda sonora de Vangelis resulta espléndida y bonita. Casi, casi, un milagro tratándose de quien se trata. Pero la verdad es que, en esta ocasión, su partitura musical acompaña perfectamente las neuras y desidias de los cuatro personajes protagonistas, embarcados todos ellos en un crucero con muy pocas esperanzas. Un naufragio moral asegurado al cien por cien.

La película más personal de Roman Polanski. Alejada de preceptivas convencionales como Frenético y en las antípodas de aquél cine de corte más conceptual. “Lunas de Hiel” situó a su director en su óptica más intimista para narrar no ya el declive emocional y sexual de una pareja, algo ya expuesto a mitad de la película, sino el periplo de dos personas que experimentan polos tan opuestos como extremos, llevados por esa trayectoria que va desde la pasión al tedio, desde la ensoñación al rencor y al desprecio más absoluto. Dos personajes opuestos que finalmente, tras un largo periplo de destrucción, en el que los roles cambian trágica y cómicamente, llegan a comprender que se destruyen a sí mismos cuanto más maltratan a su par. Que finalmente se odian, y a la vez se necesitan mutuamente. O quizás, se necesitan porque se odian. Y en ese punto precisamente reside ese nexo de dependencia mutua. “Lunas de Hiel” es en cualquier caso, con todas las virtudes del cineasta, una divertida imagen despiadada del carácter depredatorio de las relaciones humanas; me atrevería a decir que también con todos sus defectos la mejor obra de Polanski, la más subversiva, auténtica por desencasilladora, y también la más original.

“otra genial obra del universo oscuro y tétrico de Polanski"